19.12.10

Especial Navideño.

Mis buenos amigos de Magacín, me invitaron una vez más a publicar un cuento navideño en su revista. Eso me hizo feliz. Siglo XXI me ha cedido espacios desde hace ya largos siete años. Y la relación cada vez va mejor: este año, se les ocurrió que diez escritores guatemaltecos formuláramos  nuestra versión de Santa Claus. Entre otros también publican, mis buenos amigos: Wendy García, Juan Pablo Dardón, Gabriel Arana, Carmen Lucía   Alvarado, Oswaldo Hernández y el Verde, Braliem Jousc. 
Les dejo el link que lleva a mi cuento, que les aseguro, disfruté escribiendo. Salud. 

15.12.10

Feliz Cumpleaños Heat


*Imagen de Michael Mann: Vincent Hanna y Neil McCauly, conversan en un café.

El Génesis.
En 1995 yo tenía dieciséis años y era un cinéfilo bastante errático. Pero quiero ser más específico: el 15 de diciembre de 1995 yo seguramente estaría viendo una porno. O quizá no. Ese año, ahora lo recuerdo, formaba parte del equipo de natación y trabajaba ad honorem, en una empresa de cómputo. Vaya adolescencia.
Ese mismo día, estrenaban Heat en los Estados Unidos. Sobre la alfombra roja, habrán caminado juntos Al Pacino y Robert De Niro. También Michael Mann. A los tres los he nombrado mis profetas. Su método: la revelación.
Para el estreno de la película, yo era un vago. Seré honesto: un año antes, me habían expulsado del colegio por liderar una banda que mediante métodos alternativos, le asignaba mejores calificaciones a los alumnos que habían perdido.
Como a mí no me iba mal en las clases, nunca tuve que hacer uso de mi propio servicio. Digamos que para mí aquello era más bien una digresión poética, como lo fue en su momento, prender en llamas los cuadernos de dos alumnos rematados, mientras les recitaba mi manual para ser un tipo listo sin convertirme en un mamón. También vi Heat y me pareció una película genial, pero no tenía muy claro por qué.
La Revelación
Haré una pausa con mi historia escolar. También un salto de cinco años: En el 2001, tendiendo casi veintidós, fui contratado por el Ministerio Público como parte de su personal administrativo. Ingresé a una Fiscalía poco complicada, bastante teórica, algo que agradecí en mis años de universidad. Sin embargo, en el 2006 la historia cambió radicalmente. Fui solicitado por la Fiscalía de la Niñez Víctima.
Durante un año y medio investigué violaciones de niños y niñas. Mi hijo acababa de nacer. Supongo que ese momento fue clave en mi vida. Los largos días que pasaba entrevistando a las víctimas, imaginando cómo pudieron haber abusado de ellos para buscar mejores pruebas hicieron mella en mí. Y nunca volví a ser el mismo. 
Supongo que una parte de mí todavía viaja entre esas historias. O entre sus preguntas: ¿señor, por qué cree que dios me dejó vivir? ¿por qué cree que dejó que mi papá me violara? ¿Cuándo me voy a morir?
El Advenimiento
Voy al 2007, el primer gran caso de Trata de Personas por adopciones irregulares había empezado en un allanamiento que yo dirigí. Además el tema tuvo un estallido mediático. Crearon una unidad especializada y me pidieron formar parte de ella. Y hasta la fecha sigo aquí.
Durante todo este tiempo, he visto la película unas treinta veces. Lo digo sin vergüenza. Soy un declarado fan. He tratado de resumir tantas veces el por qué me gusta y jamás he podido llegar a una conclusión que me deje completamente satisfecho.
Me explico: la película trata sobre la miseria humana. Y de cómo nos vemos atraídos por esa miseria, llenándonos de ella hasta el punto de desear  inyectárnosla en el antebrazo.
Se trata de dos versiones de la misma persona: la que lidia con el desastre. Por un lado, un frío, inteligente y exacto criminal, interpretado por De Niro y por el otro, un explosivo, histriónico y complicadísimo jefe de la sección de robos y homicidios de la Policía de los Ángeles interpretado por Pacino.
He tomado de los dos. Quizá más de Pacino, obviamente, por mi trabajo como fiscal. Pero la ética del personaje de De Niro en la película, es aplicable a mi vida también.
Ningun personaje en la película queda inconcluso. Es la primera fotografía desde todos los ángulos posibles que se ha tomado de la angustia. Y uno ve todos los planos en las casi tres horas que dura.
Los apóstoles
Ambas vidas, la de Neil, el cabecilla de la banda criminal mejor organizada del cine y la de Vincent Hanna, la más fiel representación de un investigador entregado a su trabajo, son una línea que los tiene a ambos en sus extremos opuestos. Esa línea se llama violencia, poder y dolor; la que uno elija. Es tan fuerte, tan intensa, tan brillante, que ilumina al resto de personajes.
Hablo de Justine, la esposa de Hanna, por ejemplo. Con mi propio fracaso matrimonial a cuestas,  puedo dar fe de su veracidad. Teniendo un trabajo poco común, Hanna, ha querido tener una familia. Lo ha intentado varias veces; pero con ella, también fracasa. Hay peleas constantes por la falta de atención de Vincent a la vida matrimonial.Y Justine tiene razón. 
Un diálogo que lo ejemplifica de manera acertada es el que sostienen cuando Hanna la dejó en medio de una cena de amigos. Ella pasa horas esperando en el restaurante y cuando Vincent finalmente aparece, luego de haber ido a recoger el cadáver de una chica con el cráneo triturado, recibe el necesario reclamo de su esposa: por qué no puedes intentar tener una vida con más tiempo para los dos. Por qué no puedes compartirme algo de tu vida, que me cuentes de tu dolor, le reclama. Él, le responde, y lo cito libremente, "Claro, cariño, voy a ser de esas parejas, que cuando llegan a casa tienen momentos para compartir: te diré, hola mi amor, quiero compartirte algo; hoy en el trabajo vi el cadáver de un recién nacido, que sus padres drogadictos metieron al microondas porque lloraba demasiado, te lo comparto mi amor; estás equivocada."
Justine no se da por vencida y le devuelve una puñalada (sigo citando libremente y estoy seguro que me equivoco): tú no eres el tipo con el que me casé,  eres sólo los restos. Te mantienes caminando entre los cadáveres que has visto y vives respirando la muerte. Toda la gente que te quiere, sólo somos el desastre que vas dejando a tu paso. Fin de la escena. Fin del matrimonio.
El mío fue más o menos igual. Y así algunas otras relaciones que he tenido o al menos intentos de tenerlas. Llamadas a media noche, operativos que duran 36 horas seguidas. Fiestas a las que no fui, cumpleaños, bodas, qué se yo, uno recibe una llamada de alguien que le cuenta que su esposo está en la morgue muerto, en plena crisis de llanto y al colgar, uno no puede simplemente seguir picando la verdura para la sopa que le prepara a su familia. Uno no puede, de verdad que no. 
Así podría mencionar a cada uno de los personajes pero creo que no acabaría nunca. Llevo quince años viendo continuamente la película y siempre le encuentro algo nuevo. Supongo que estoy jodido.
Los complementos
Armado de una fotografía impecable, con el mejor guión que he visto para una película de acción, Michael Mann hizo a mi juicio su obra maestra. Una que no ha podido ser superada en estos tres lustros. Coinciden conmigo, la mayoría de críticos. Es más: la escena del robo de banco que aparece en el film, sigue siendo para todos la mejor escena de acción que jamás se haya filmado.
Pero Heat va mucho más allá de eso. La película habla de mi vida. De cómo cuando uno es expuesto al dolor intenso, uno se convierte en otro. Y de cómo uno se va volviendo adicto a esa sensación. Nada más intenso. Nada más turbio. Un mar picado que no deja ir marcha atrás. Aunque uno tenga claro que el naufragio es seguro.
El hundimiento tendrá un sountrack impecable. La música de los ahogados durante el film, es siempre la más exacta. Es más: la escena final, que sucede en el aereopuerto, tiene una de las piezas mejor realizadas por Moby. Dios moviéndose por sobre las aguas, que así se llama, nos dibuja nuestra alma en pleno abandono.
Sólo la muerte le trae la calma a los personajes. La vida, para ellos, es siempre salvaje. Yo lo entiendo a la perfección. Han matado a cuatro de mis más cercanos colegas en estos nueve años que llevo de trabajar para el MP. Me han amenazado e incluso me dispararon una vez. Pero no puedo parar. De verdad que no.
Qué más da: todos vamos a morir. Pero yo, mis queridos amigos y amigas,  puedo elegir por qué y les aseguro que yo no planeo morir de vejez.
Como Neil, soñando con un mar lleno de algas luminosas, en una ciudad enorme que lo hizo sentir solo; como Hanna tomándole la mano mientras se va; Voy a seguir queriendo  tanto, que podría entregar mi  vida sin dudar. Así quiero vivir. Así quiero morir. Lo demás solo son datos que me han dejado de interesar. 

*Pueden comprar la película con el Buki. 
** Pueden conseguirla en Blockbuster. 
*** No sé cómo la consigan, pero tienen que verla. 

11.12.10

Manifestación Pública

No son buenos tiempos para los soñadores. La realidad nos apunta con toda su artillería. En el silencio de mi casa, he visto a mis vecinos asistir al funeral de sus sueños. Sin embargo, en las calles donde los niños juegan a disparar, sigue amaneciendo. Un esplendoroso sol ilumina las habitaciones oscuras de los hijos ausentes. La televisión nos grita familia y yo sólo puedo responder ausencia. Hay un cielo inmaculadamente azul. En las calles todo son manchas de tinta desdibujándose. Cuando se borren las palabras que nos nombran, sólo quedará nuestra imagen: unos pequeños con mirada de asombro y ese día, celebraremos. 
Esta noche, el cielo arderá con la fiebre de la pirotecnia. Es una liturgia para los pobres marchar desde sus casas, desde los barrios duros, hasta el mejor puesto. Yo los he visto, he caminado con ellos, para ver sus sonrisas incompletas de dientes, iluminarse con el rojo brillante del cielo.
Si algo quisiera es que todos pudiésemos volver a ser niños y oír nuestro corazón latir, siguiendo la música de una canción que salga de voces nuevas, mientras jugamos a una ronda donde el tiempo tenga prohibida la entrada.
Borrar nuestra tristeza, recibir todos los abrazos perdidos, darnos todos los besos como si fueran el último o el primero, como si sentir fuera la única opción.
Que la razón sea  descubierta en toda su cobardía, como el dedo que acaricia el gatillo, del arma que apunta a nuestros sueños.  

4.12.10

Lección segunda (pero no menos importante)

Alguna vez lo tuve todo y lo perdí en los naufragios. Alguna vez desperté teniendo una familia y me sentí el hombre más feliz y orgulloso que jamás haya pisado esta lona. Alguna vez levanté las manos en señal de victoria y todavía recuerdo cómo me alzaron en hombros para que viera a la multitud eufórica que me vitoreaba como si hubiese encontrado la cura del cáncer. Y si algo aprendí, es que por cada golpe que das, también recibirás otro y que el secreto de todo esto, es aprender a recibir los palos de la mejor manera, antes que acaben con tu sonrisa y te enceguezcan a puño limpio. Hoy siete casas más tarde, duermo sólo con dos azaleas en el balcón. Extraño mucho a mi hijo y sin embargo sé que está ahí, y que ese hermoso niño sabe  que su padre lo ama con la suma de todas sus derrotas; pero también de sus victorias. Eso  es más de lo que había imaginado. Más de lo que mi corazón creía capaz de sentir. Mucho más que todo lo que perdí.
Jamás me he dado por vencido; porque hasta en la derrota he encontrado la forma de sacar provecho.
Esta, madre, es la manera que me enseñaste a recibir los golpes.

*Imagen de Clyde Keller. 

26.11.10

Malacara va a Misa.

Tomo el teléfono y marco. Tonos intermitentes, los agradezco. Detesto llamar a alguien que me hace escuchar una canción tonta mientras contesta. Vamos, que detesto los backtones. Tonos, he dicho y contesta: ¿Aló? Hola, don Javier, ¿cómo le va?, ¿Quién habla? ; Vaya, ¡qué pronto me ha olvidado! le digo con un inevitable dejo sarcástico que se lo chupa completito, soy yo Malacara, ¡tu fiscal favorito! La voz hace una interjección nerviosa. Luego titubea, y sé que  todavía lo tengo en la bolsa: sí licenciado, ¿dígame en qué puedo servirle? Pues lo mismo Javier: estás jodido, tus procesos van caminando, ¿cómo va la información que te he pedido?; La tengo, ya la tengo; Pues a mí no me sirve que tú la tengas, sino que YO LA TENGA; bien, te la daré, te la daré, ¿te la llevo a la oficina?; Pues claro, pero no te apures ahora, qué creías: es domingo Javier, voy a entrar a misa ahora, a pedirle a Dios que se apiade de tu alma criminal, pequeño bribón; Pero no te pongas así, que yo voy a ayudar, mañana te llevo la información lo juro por mi madre; Vamos a ver si aprendes un poco de respeto y no metes a tu madre en lo que haces, Javier; bien, mañana, lo prometo mañana temprano. Bien vamos a ponerlo así: si no vienes a las ocho, a las ocho y cinco, sabrás de mí y del señor Juez de Primera Instancia que se muere por conocerte; Lo haré, lo haré, mañana ya vas a ver.
Colgué. Prendí el televisor. Sintonicé un partido de fútbol y me dispuse a dormir. No hay nada que me alegre más el día que hacer lo mío. Y lo mío es, hacerles saber que estoy aquí y vengo por ustedes, cabrones. 

19.11.10

Tenía abierta la puerta de mi oficina, esa que da al patio. Desde ahí se ven los autos y un enorme depósito de agua, mientras es sostenido por parales de madera completamente enmohecidos. A más de alguno le aterra la imagen: toneladas de agua dispuestas a inundarnos  a la primera. Podría morir ahogado es decir; pero no le ponía demasiada atención a eso. Leía unos informes. Sí, eso hacía cuando empezó a lloviznar. Diminutas gotas descendiendo lento como si fuese un espectáculo de perlas, flotando como átomos en un cuerpo imaginario. El cuerpo del viento en el patio. Quise fumar. Llevo meses sin hacerlo, así que no cargaba un cigarro. Vi la hora: acababa de perder quince minutos de mi período de almuerzo. Me puse el saco y salí a la calle. Llovía con más intensidad. La gente corría por las aceras, sobre todo una señora con su hija. Mucho más lento, un tipo con el pelo engominado, pasó frente a mí. Había una patrulla estacionada. En la parte descubierta,  soldados  se cubrían de la lluvia con improvisadas capas hechas de nylon. Dejaron las armas al descubierto y por la manera en que se acercaban unos a otros, fácilmente se podía deducir que tenían muchísimo frío. Los fusiles se mojaban. Me coloqué en una esquina, bajo un pequeño parasol, cubriéndome de la llovizna. Esperaba cruzar la calle para entrar al restaurante. Era un mediodía demasiado nostálgico para no notarlo. Un noviembre frío y lluvioso. Un fin de año que me deja húmedo y titiritando. Vaya. Por un momento el tráfico se detuvo y pude pasar. Me mojé muy poco y entré al restaurante, donde otro policía me abrió la puerta. Ordené para llevar. Y mientras esperaba la orden, frente a un gran ventanal, vi como también la lluvia se reducía, sobre los soldados congelados, las armas húmedas y la gente pasando por la acera. Muchos de ellos iban sonriendo con bastante sinceridad. Para mí, aquél gesto, representó un hermoso símbolo de resistencia. Y me dieron ganas de escribir. 

12.11.10

Embudo.

Es una frase tan trillada que me da pena y asco decirla. Pero demonios, estoy atorado de trabajo. Cientos de papeles flotando sobre mi escritorio y decenas de casos nuevos que llegan a mi mesa. Ahora hago una pausa para pensar. Tengo que calmarme. En estos momentos varias cosas se me vienen a la mente, a saber: el rostro de dos personas que he visto hablar hasta la saciedad sobre lo que debería hacerse en esta área. Un aro luminoso incluso se enciende sobre sus cabezas cuando en un acto de santidad abrazan a las víctimas. Sin embargo, cada vez que hay una situación qué resolver, apagan el teléfono. Mis queridos hermanitos en la miseria. Siguiente cuestión: hoy leí que varias ovejas en Turquía se suicidaron. Una se tiró al despeñadero y las otras la siguieron. También leí que en Alemania, quieren separar a una pareja gay de buitres, obligándolos a ponerse al día con las hembras de su especie. Conclusión: el mundo es un caudal corriendo hasta el desamparo y dos enormes olas se formaron en Alemania y Turquía. Yo espero la espuma o el agua qué mas da. Mientras pienso esto, igual los papeles siguen acumulándose sobre mi escritorio. Los buitres intentarán volverse heterosexuales y las ovejas turcas seguirán deprimidas. Saldré a almorzar. De vuelta, iré a hacer mil gestiones, mientras mi teléfono suena con llamadas para darme más obligaciones. Pero no me quejo: al menos tengo dos opciones. La primera es sentirme infinitamente diminuto, apachurrado como un insecto ante las circunstancias. La otra es afrontarlo como se debe: mandando a la mierda las circunstancias, sosteniendo el mar entre las dos manos. Sé bien qué debo hacer: en las situaciones de crisis, sólo los cínicos sobreviven. Abran paso, no sea que salgan lastimados. 

5.11.10

El puño de Douglas en la quijada

mis mujeres y yo hemos sido
una luz penetrando hacia las flores
empezamos todas las veces
tomados de la mano
como  niños en excursión hacia el parque:
podíamos tener
las risas los globos los pájaros
la calma por las tardes
pero antes o después
en algún lugar nos perdimos
yéndonos más veloces que en la llegada
como tren que atraviesa el Japón de madrugada
aferrándonos al mundo
como se toma el agua de una ola
con toda la belleza
del puño de Douglas contra mi quijada:
un hijo a la distancia
pájaros volando a las cinco y media
árboles incendiándose en el jardín
treinta y un años reflejándose en el espejo
a las tres y media de la mañana
me quedé calentando las sábanas
reservando mesa para uno
pagando mi funeral en sesenta cuotas
el primer requisito para estar muerto
lo cumplí hace diez años
estoy indefinidamente solo
como Tyson cayendo a la lona
un sábado por la noche
con mi abuelo como testigo
yo juré que si me noqueaban
lo primero que haría
sería sonreír y abrazar a mi madre
y heme aquí con los brazos abiertos

1.11.10

Here comes that rainbow again


Cuando era niño mi madre amaba a Kris Kristofferson. Yo quería ser un soldado e ir a la guerra. Mi madre me salvó del hambre e hizo lo que pudo para que fuera un buen tipo. Leí los libros que venían. Entre ellos Las Uvas de la Ira. Kris Kristofferson escribió un poema que canta para Jhonny Cash. A veces me dan ganas de llorar. Por las mañanas veo a la gente escarbando en mi basura. Se juntan temprano las familias, el sol les da en la cara. Los niños ponen tanta atención como si se tratara de una clase de ingeniería mecánica. Mi madre me enseñó lo que sé sobre ser hombre. Kris Kristofferson dice que siempre sale un arcoiris. Hay días en los que sólo puedo sentarme a esperar a que salga, mojándome bajo el aguacero. 

24.10.10

Intermedio. Myke Tyson cayendo a la Lona. III

Querida, hablemos de esta lección: imagínate un micrófono en la mano del presentador. El hombre de traje ruge como una fiera. De su boca sale un futuro tan claro como la mirada de una madre. Las bestias sólo saben de sangre.  Las lámparas alumbran la lona azul. La tensión es más sensible si tocas las cuerdas. Mujeres en minifalda listas para juzgar si soy frágil. La fila llena en la casilla de las apuestas. Un lector es un apostador inmisericorde. Un buen lector podría apostar contra su madre, si ese día no lo inspira. Don King es el mejor editor de novelas. La campana sonando es la primera palabra del mejor cuento escrito hasta ahora. Escribir es una pelea de doce asaltos contra mi tristeza, contra mis injustificadas ganas de no morir derramadas sobre una hoja en blanco. Myke Tyson noqueará a Buster Douglas. Myke Tyson es la muerte encerrada en dos puños cortos. Myke Tyson es mi primer profesor de literatura. El Perro más salvaje, subiendo al cuadrilátero para dilapidar un adversario. Una página en blanco es un cuadrilátero que espera tu sangre. Buster Douglas perdió a su madre y ganó un puñado de ira. Myke Tyson perdió la vista en un ojo por la sangre del párpado.  Una risa plastificada cayendo lentamente por la televisión en el décimo asalto. Celebramos un cumpleaños el once de febrero de cada año. Japón entero aborda el mismo tren, que a su vez, va al mismo sitio, que no es otro que la mandíbula de un hombre que a su vez es la mejor imagen del fracaso: Tyson cayendo a la lona en ocho cámaras lentas. Las apuestas se cobran treinta y dos a uno. La gente aplaudiendo a un desconocido. ¿Entiendes ahora a qué me refiero cuando digo que escribir además de todo también me aterra?

22.10.10

La Joya. Capítulo tercero: los slides de autoayuda para una morgue.




La lista de enemigos de H. López no ayudaba para nada. Eran demasiados. Gente de la misma iglesia que dirigía, políticos que competían contra él, bandas de extorsionistas y secuestradores que habían sido eliminadas por los escuadrones que comandaba en secreto. Incluso su mujer podría haberle matado. Él estaba asegurado por una cifra millonaria, así que a ella, la muerte de su esposo le suponía una jugosa ganancia. Habría que agregar que ella también era la competencia del buen Harry, en el partido político que dirigían.
Claudia de López, que así se llamaba, había incursionado en la política, aunque con inicios bastante modestos, sí con un creciente número de seguidores. Se decía que ella misma podría significar la separación del partido si llegase a terminar su relación conyugal. Tenía motivos: el pastor era conocido por sus aventuras amorosas con las feligresas. Vaya, otros nombres qué agregar: los esposos de las mujeres que se folló.
El Sapo y yo trabajábamos juntos; decíamos en voz alta, los nombres de las personas que se nos ocurría investigar, mientras el forense, unía sobre una plancha metálica las partes del cadáver. Estaba incompleto. El forense explicó el motivo: la bolsa abandonada frente a una de las iglesias de la secta, había sido encontrada antes por los perros: la prueba eran los mordiscos en la ingle y los pies. ¿Cuánto tiempo habrá pasado esa bolsa ahí? Era esencial saber las horas.
Alguien de la policía entrevistó a la esposa. Claudia declaró que Harry había salido un día antes de hallar su cadáver hacia San José, Costa Rica. Ella mismo lo había dejado en el aeropuerto. Lo único inusual había sido que no se comunicara al llegar a su destino.
Un día y medio. Ese tiempo tuvieron para interceptar a López en el aeropuerto, llevarlo al sitio donde lo asesinaron y descuartizar el cuerpo, dividiéndolo en dos puñados de partes y órganos colocados en las mismas bolsas negras de plástico.
Bolsas genéricas sin ningún dato. Ninguna huella, más que las de los bomberos que hicieron el hallazgo. Jamás se les ocurrió usar un guante. Estoy seguro que si comparara las huellas encontradas, también habría de los fotógrafos de los diarios de nota roja. No se encontraron prendas de vestir en las bolsas. Así que quizá los asesinos las conservan. Alguien tendría que regresar a la Joya a buscar esas prendas.  Alguien tendría que entrevistar al detenido. Hacerlo confesar. Habría que hacerle sentir que no tenía otra salida que colaborar con la Fiscalía. Eso lo haríamos al día siguiente, el Sapo y yo.
Una mujer se acercó a nosotros, en la mitad de la autopsia. Tenía puesto un uniforme del Instituto de Ciencias Forenses, pero no era doctora: era una secretaria. Habló primero con el doctor, entregándole un trozo de papel con unos números escritos a mano. Entonces se dirigió a nosotros, preguntando: ¿Ustedes son los Fiscales Antonio Sánchez y Roberto Malacara? Para servirle, contestó el Sapo y de inmediato esbozó una sonrisa como la que hace cuando estamos en tribunales. Bien, llamó a la oficina una persona de nombre Juan Luis Flores, que dijo ser su jefe. Dijo que era urgente que le devolvieran la llamada. Gracias, ¿nos permite usar su teléfono? pregunté. Ella nos condujo hasta la oficina principal.
Al llegar, pude ver que tras la puerta de ingreso, un buen número de reporteros esperaban que saliéramos. Tomé el teléfono y hablé con Flores. Los planes habían cambiado: quince minutos después de haber ingresado al Centro de Detención Preventiva, el Yoni, el detenido de la Joya, había sido asesinado a golpes. La policía entró tarde, formándose un motín. Todavía no recuperaban el cadáver, que ahora yacía en la celda con la lengua cercenada.
Colgué. Le informé de todo al Sapo. Nos sentamos ahí mismo en la oficina, en silencio, pensando. Tenía muchísimos nombres frente a mí. Como en todos mis casos, una película empezaba a rodarse. Una película incompleta, donde yo tendría que adivinar las escenas faltantes.
Mientras hacía anotaciones en mi agenda, el Sapo regresó a ver si encontraba más datos en el cadáver de López. Más bien en sus pedazos.  Frente a mí, la secretaria de la morgue, revisaba en su computadora algunos mails. Abrió uno, al que adjuntaron una presentación en slides; hablaba del valor del amor y la amistad. Una canción cursi se escuchaba en el fondo, con un piano insufrible. Qué bonito, verdad Licenciado, me dijo, sonriendo y haciendo clic en el ratón, como si fuera una adolescente.
Eran las once treinta de la noche. A esa hora, en la calle, en las iglesias, en la celda del Yoni, en los rastros de sangre, se formaba un océano de dudas esperando encontrar su respuesta. 

16.10.10

La joya. Capítulo segundo.

La razón de esta audiencia, señor Jonathan Esaú Canales Campos, es porque usted el día nueve de octubre del dos mil diez, aproximadamente a las seis horas con treinta minutos, fue detenido en el interior de su residencia ubicada en la séptima calle nueve guión treinta y cinco, colonia la Joya, lugar donde también se localizó una bolsa de plástico negra la cual contenía una mano izquierda posiblemente perteneciente a  una persona de sexo masculino, dos glóbulos oculares y una oreja. Asimismo, también se le encontraron una pistola marca Glock sin licencia, modelo 17, varios cartuchos útiles para Fusil AK 47 y una granada de fragmentación útil. También fueron encontrados dos cuchillos de carnicero en la misma habitación con fluidos y cabellos. Hechos que a juicio del Ministerio Público, constituyen los delitos de: Asesinato, contenido en el artículo 132 inciso sexto, el cual habla acerca de la perversidad con que ha sido cometido el crimen; Tenencia ilegal de armas de fuego bélicas o de uso exclusivo del Ejercito de Guatemala o de las fuerzas de seguridad y orden público del Estado, explosivos, armas químicas, biológicas, atómicas, trampas bélicas y armas experimentales, contenido en el artículo 112 de la Ley de Armas y Municiones; el delito de Tenencia ilegal de municiones, contenido en el artículo 114 de esa misma ley y el delito de Portación ilegal de armas de fuego de uso civil y/o deportivas, contenido en el artículo 123 de esa misma ley. Para ello se cuentan con los siguientes elementos de convicción...
Enumeré la lista de pruebas. El tipo me miraba, sentando en la mesa de enfrente, junto a su abogado defensor. Engrilletado, no podía más que intimidarme con la mirada. O al menos intentarlo. Yo seguía leyendo la lista de cosas: informes del médico forense, testigos, etcétera. Seguía viéndome. No llegó a darme demasiado miedo: era él quien debía sentirlo. Hoy mismo estaría en una celda, rogándole a Dios que le concediera el milagro de no ser violado por sus compañeros de cárcel. Pero hay demasiados presos pidiendo lo mismo, muñeco y Dios mantiene la línea ocupada. 
El abogado defensor no pudo decir mucho. El Juez la tenía fácil. Mandó al Yoni a prisión y me dio dos meses para investigar. Me jodió. Era muy poco tiempo. Ya inventaría algo. Tomé mis cosas y busqué al piloto de la oficina. Al salir del sótano de Tribunales, donde están los juzgados de turno, encontré el cuadro de siempre: el olor a cebolla de los puestos de tacos, las señoras esperando con ansias. La camioneta de la Unidad se acercó a mí y subí. El piloto dio vuelta mirando por el espejo retrovisor que nadie nos siguiera. Avanzamos y encendí la radio. Las noticias eran las mismas: un tráfico de mierda por todas partes. Hablaron sobre mi detención, que había sido por la mañana. También dijeron que esa noche, los bomberos habían sido alertados sobre otra bolsa con restos humanos que había sido abandonada al lado de una iglesia en el sur de la ciudad. 
Mi teléfono sonó. Era el Sapo, mi colega. Luego de un breve saludo, el Sapo fue al grano: "Malacara, encontraron otra bolsa con restos y el forense ya sabe quién es el mutilado. Te vas a cagar" No jodás Sapo pizado, decíme quién putas es. Me dijo el nombre. Efectivamente un asombro me sobrevino.  Enorme, como una roca. Gigante como el culo de un dios griego. La mano, la oreja y los ojos, eran del Pastor Harry López. Del candidato Harry López. Del millonario Harry López. Del jefe del escuadrón de la muerte, según las malas lenguas, Harry López. Otra llamada entró a mi celular. Era mi jefe. Contesté. Eran una infinidad de órdenes. La primera era llegar a la morgue y reunirnos ahí. El piloto aceleró. Recordé los glóbulos oculares al momento de sacarlos de la bolsa.
Harry López; ya tenía un rostro para completar el horror de aquella mirada permanentemente abierta. 

10.10.10

La joya. Capítulo primero.







Te dije que tomaras algo, concluyó el oficial, dirigiéndose a uno de sus agentes que bostezaba sin parar, vencido por la madrugada. Agazapados a las orillas de una casa de tres niveles, situada en una montaña, esperábamos el momento adecuado para entrar. El ejército acordonó el área y toqué la puerta. Con cada golpe contra el metal mal pintado de negro, se devolvía el eco de una habitación vacía. Volví a tocar, pensando en una barreta de metal. La incrustaría en una de las bisagras, deshaciendo el concreto. El portón caería, en un par de minutos.Se escuchó un ruido. Un ventana en la segunda planta se abrió y un hombre salió a ver. Policía,  gritó el oficial, abra la puerta. Me coloqué del lado contrario al que la puerta abría para no estar en su ángulo de tiro. Abrieron y cinco agentes entraron acompañándome. Encontramos a un par de hombres viéndonos fijo. Los colocamos contra la pared y los agentes los revisaron en busca de armas. Uno de ellos, completamente vestido de negro, parecía ser el jefe. Tenía tres anillos, dos de ellos en forma de calaveras con los ojos brillantes y rojos. Del cuello le colgaban una decena de  cadenas plateadas. Un tatuaje en la mano derecha  lo delataba como miembro de una pandilla. El otro tipo, a penas hablaba. Parecía un jugador de fútbol venido a menos. Neutralizados ambos, nos permitieron subir a la segunda planta, por unas escaleras con una lámpara de araña en medio. Había una infinidad de cucarachas en el sitio, transitando impunemente por el suelo y los muebles. La segunda planta, tenía varias habitaciones. En una de ellas, lloraba un recién nacido al lado de su madre. Los hombres de la casa guardaban silencio, esperando a que encontrásemos algo. Pasé a otra de las habitaciones, llena de ropa desperdigada. Ahí dormían dos niños. Uno de ellos, según dijo el padre, sufría de ataques de epilepsia. La revisé y salí de nuevo. La última habitación me esperaba al fondo del pasillo. La orilla de una cama se veía desde fuera, la puerta estaba entreabierta. Me acerqué y los dos hombres se colocaron a la orilla del pasillo, contra la pared. Dos policías iban tras de mí con las armas desenfundadas. Atravesé el umbral de la puerta abriéndola de golpe. Un olor a mentol salía del sitio. Amanecía tras una ventana enorme. El sol naranja de octubre incendiaba el cuarto, encegueciéndome por un momento. Con la mano izquierda, me protegí de la luz. Había un sofá. Me senté en él. Respiré profundo. El espectáculo estaba listo: un río de sangre corría hasta mis pies comenzando desde una bolsa negra, dispuesta al lado de varias velas encendidas.  

6.10.10

Dos Microrrelatos en la Nave de los Locos.

"La escopeta" y "Mandemos a Bukowski a la Mierda", dos microrrelatos inéditos, de mi autoría, fueron publicados en el blog "La Nave de los Locos" del escritor español Fernando Valls. Para leerlos pinchen el siguiente enlace: 


Un abrazo. 

J. 

29.9.10

Tomates en la Chácara, 10pm

Todos se esconden en el barrio de los asesinos a sueldo. Atravesando el silencio del pánico nocturno, un auto avanza por las calles desiertas ofreciendo tomates a cinco la bolsa. El mismo precio por la cebolla. Es un pick up viejo con la lámina amarilla comida por el óxido. En el techo lleva un megáfono que amplifica la voz de la vieja. Conduce lento como un gusano. Tiene voz de animal resbaloso, como de atún o de serpiente.
Trato de escribir algo decente en la orilla de mi cama, o quizá sobre la alfombra. Pienso que debería llover en  todos los entierros; que sólo votaría por un niño para presidente. 
Pienso en días que se fueron. Mi pasado es un tobogán en la orilla de una alberca vacía, un camino que conduce a ninguna parte y sin embargo conduce, como la vieja que ofrece tomates pero no vende.

27.9.10

El viento y el bosque

Dormía bajo el árbol plantado a la orilla del campo. De vez en cuando, abría los ojos para escudriñar sobre mí, el luminoso cielo azul fragmentándose en las formas que las ramas de los árboles decidían. A mi lado los niños jugaban a la pelota, dando gritos de emoción a cada instante. Era una tarde tranquila y un viento frío movía suavemente las hojas del pasto debatiéndose entre el verde y el amarillo, cuando el sol naranja las atravesaba.  Ese mismo viento se perdía después entre los árboles del bosque, haciéndolos silbar como un tren viejo. Me dieron ganas de leer. Tomé uno de los libros que llevaba y les di una hojeada. Era la voz de un hombre que hablaba de tipos que vivían solos en apartamentos madrileños. Leí muy poco. Me puse de pie y guardé el libro en el bolso. Me lo coloqué sobre la espalda y empecé a caminar. Tomé uno de los senderos que se introducían en la arboleda. Al caminar, las voces de la gente se fueron apagando entre las innumerables hojas de los arbustos, las ramas caídas, y los árboles enormes y frondosos, colmados de encendidas flores rojas. Se escuchaba un río, pero no podía verlo por lo poblado de la maleza. El camino me llevó hasta un puente colgante. Los maderos estaban pintados de un verde opaco y pendían como una onda meciéndose a mis pasos. El río pasaba manso, rodeando cada piedra multicolor hundida entre el agua. Me detuve un breve instante a ver la corriente. A la orilla del río, una poza se formaba: en ella, podía ver mi reflejo sobre el puente, como una desdibujada sombra negra,  las orillas de un pájaro que trae el invierno. Seguí caminando. El camino se hacía más estrecho por las ramas de los árboles. El sol estaba por ocultarse. Los zanates, gorriones y zensontles llegaban a los árboles. El sol parecía incendiar la parte más alta del bosque. Caminé hasta llegar a un claro. Ahí pude ver el ancho y hondo camino que dejó un río seco. Las raíces profundas de los árboles lucían desnudas a la orilla de la senda, llena de piedras, lianas pudriéndose y ramas incrustadas en el suelo. Era una cuesta, que conducía hasta un paredón. La caminé y al llegar, pude ver que el río que antes atravesaba esa montaña, fue desviado para no atravesar un residencial relativamente nuevo. Las casas, sin embargo, parecían abandonadas, como si nadie las hubiese habitado. Eran ruinas, empezando a ceder su estructura a los helechos y las enredaderas. Había muchísimo silencio, así que decidí volver al campo. Casi podía escuchar mi corazón latiendo, al ritmo de mis pasos camino abajo. Llegué de nuevo  al claro y me senté en una piedra. Esa noche habría una redonda luna llena. Tomé una manzana que traía en el bolso y la mordí. Hacía frío. Pensé otra vez en la voz que había escuchado esa mañana al teléfono, diciéndome que conocía mi nombre, que habíamos follado en diciembre. Que yo había destrozado su vida y que mi castigo sería no saber quién demonios era. Que se iba a hacer daño. No me dio tiempo a responder. No me dio tiempo a contarle que en diciembre había pasado encerrado escribiendo o emborrachándome, sino es que las dos al mismo tiempo. Sólo me quedó la voz metálica, enmudeciéndose, en la diminuta bocina de mi teléfono. Por eso tomé las cosas, por eso caminé al bosque. Hay personas que son pozos andantes que no tienen fondo. Hay gente que puede consumirte, como si fueran un incendio. Hay nombres que se van haciendo impronunciables y  se van secando como los ríos en el desierto. La nada es tan profunda como el más grande de los océanos. Y hasta ahí, seguramente, corría desbocada, la tipa que me llamó por la mañana. Mientras que yo, permanecía guarecido en el silencio de ese bosque, esperando a que la noche cayera. A que fuésemos condenados al olvido. Mientras que al ver cómo los días también mueren, yo me iba sintiendo más tranquilo. Mientras mi nombre siga siendo un sonido impronunciable para los pájaros.   

24.9.10

Ludwing

Entramos al teatro
y tomamos asiento
entre señoras y el murmullo
las luces desaparecen
la orquesta afina
cuánta emoción
cuando el primer violinista
da la señal a los otros
la novena de Bethoveen
arranca como un tractor
yo guardo silencio
mis vecinos enmudecen
algunos se duermen de inmediato
yo intento contenerme
si cierro los ojos
veo claramente
al mundo rompiéndose
como las piernas de un soplón
en el sótano de un restaurante
las paredes de mi casa
los papeles de la oficina
las cárceles
los hospitales
las iglesias donde no me casé
pedazos enormes
desintegrándose en el vacío
es la cáscara de todo 
lo que veo perderse
debajo de las cosas
la desnudez es un desierto
en el  que se escucha el retumbo
del agua venir
como docenas de elefantes
un océano violando lo seco
con olas, pájaros y peces
yo me ahogo
ciudadano de la Atlántida
en el único bautizo posible
y aplaudo
de pie aplaudo
a los músicos
a Ludwing
¡oh Señor lo que ha hecho ese sordo!
quiero escribir
aquí están mis ojos

19.9.10

La hija de Rambo

¡Son las once y media de la noche y el pendejo no contesta! Gritó Rodríguez, mientras sostenía el teléfono y las hojas de planificación del allanamiento para capturar a nueve policías robafurgones. Tranquilizáte mijo, sugirió un colega, al tiempo que bebía una taza de café frío. Rodríguez, visiblemente enfurecido, volvió a marcar el número. Esta vez sí obtuvo respuesta. Refunfuñó teléfono en mano, paseándose por uno de los pasillos de la Fiscalía. La luz era demasiado tenue. Las lámparas blancas no encendían siempre.
Dadas las circunstancias de tensión dentro, decidí salir a tomar aire a la calle. Dos o tres autos pasaban. Afuera, unas diez autopatrullas estaban estacionadas y los policías uniformados aprovechaban para comer bocadillos, que habían comprado a un tipo que empujaba una carretilla con varios canastos multicolor. Otros compañeros fumaban. Yo tenía un Redbull guardado esperando a que me diese sueño.
Dos horas y media después, estábamos organizados: Rodríguez nos citó a todos en el lobby del edificio y nos dio algunas instrucciones breves, porque era su caso, y repartió los fólders con las órdenes de allanamiento, las órdenes de aprehensión y algunos datos como las fotografías de quienes debíamos detener. Al abrir mi fólder de inmediato vi la fotografía del tipo: alrededor de cuarenta años, bigote, ojos oscuros, el inconfundible uniforme blanco con dos insignias policíacas sobre el hombro, que daban cuenta que era Comisario. Al fondo: una pantalla azul. La descripción del sospechoso incluía su apodo: el Comandante Rambo. Vaya apodo. Supongo que por el mote de “Comandante” él era el cabecilla. A mí me había tocado el gordo; ¡por favor! si ni siquiera es mi caso. Esto pasa cuando vos te declarás públicamente suicida.
Me asignaron entonces a tres compañeros para realizar la captura, todos fiscales: El Chejo, de secuestros, un tipo rudo, armado, de pocas palabras, barba de candado y pelo castaño cortado casi al rape; el Charly, un fiscal contra el robo de vehículos, que conocí años atrás cuando era parte del equipo de recolección de evidencias. Un levantamuertos, vaya. Y la Negra, fiscal con quien llevamos casi cinco años trabajando delitos sexuales y trata de personas. Tan ruda que embarazada me acompañó a tomar una cárcel de mareros y trasladar a los cabecillas a una prisión de alta seguridad. Ahí iba ella con su máscara, entre el gas pimienta y los disparos, mientras otros compañeros lloriqueaban afuera del miedo, escondidos en los autos.
Nos pusimos de acuerdo: llegar, tomar, aprehender. Sin más. Luego subimos a un pequeño bus, para unas veinte personas y salimos hacia el lugar, a unos doscientos kilómetros al oeste de donde estábamos. Se habló poco en el auto. Yo dormía en pequeños lapsos que eran interrumpidos por fuertes golpes de mi cabeza contra la carrocería del bus. La carretera había sido destruida por una tormenta. Fue un viaje largo, nos tomó cuatro horas llegar al sitio, cuando normalmente hubiesen sido dos.
Estando ahí, me asignaron algunos miembros del ejército, para apoyar en la captura. Formados todos los grupos, se decidió ir a cada una de las casas. Eran las cinco de la mañana y ningún allanamiento se puede hacer en Guatemala antes de las seis. Nos movimos al “punto”. Era un callejón sin salida, cuyo tope era un campo de milpa. Los soldados fueron los primeros en bajar. Se mimetizaron algunos entre la hierba y otros rodearon la casa, escondidos tras los autos. Luego bajaron los policías. Hicieron lo mismo: esconderse. Tendríamos que esperar media hora para entrar. Mis colegas fiscales y yo, aprovechando la poca luz de la calle, nos apostamos al lado de una pared. El Chejo y yo planificábamos cómo entrar. Mientras hablábamos acerca de ello, el Chejo volteó rápidamente hacia una casa y me dijo: “Se abrió una ventana”. Entonces desenfundó su arma, una pistola nueve milímetros. Vi hacia la casa y efectivamente, la ventana había sido abierta y ahora se cerraba. Entonces la puerta se abrió. El Chejo se hizo hacia una pared y apuntó con su arma al hombre que salía de la casa. Yo me hice al lado de un auto. El hombre me vio y me dijo: “buenos días” yo le contesté el saludo, pensando mierda, va a haber un tiroteo. El hombre, se hizo a la luz y pude ver que era un anciano. Se percató que el Chejo le apuntaba con el arma. Yo le dije, éntrese a su casa por favor. Y él obedeció. Las cosas se complicaban. Vi el reloj: eran las seis menos cinco. Entonces me enfilé hacia el “punto”. Era una casa de block, con poca construcción. Dentro, unos autos aparcados y un perro ladrando con rabia. Esperé los cinco minutos y toqué. Al tocar dos policías se pusieron tras de mí. Toqué otra vez. Se escucharon unos pasos. Los policías apuntaban sus fusiles hacia la puerta, que al tocar una tercera vez, se abrió. Era una señora de unos cuarenta años, en pijamas. Le notifiqué el motivo de nuestra visita y se negó a dejarnos entrar. De inmediato, tiró la puerta para cerrarla; pero yo la detuve con el pie y me entré. Dos policías me siguieron. El perro que ladraba se nos tiró encima, pero la cadena lo detuvo y se quedó ahí, ahorcado con ganas de arrancarnos un pedazo. Le pedí que toda la gente que estuviera en casa saliera al patio. Entonces llamó a su esposo. Más policías entraron. Un hombre salió hacia el patio, vestido con un short, sin camisa. Lo vi bien y era él: el Comandante Rambo. Me tranquilicé: el primer objetivo estaba cumplido, capturé al jefe. Le explicamos a qué veníamos y le pedimos que nos enseñara la casa. Luego de revisarla, encontramos un arma larga sin registro. Él debatía, alegando que la Constitución le permitía tener armas, yo le explicaba que sólo aquellas que estaban registradas. Tres pequeños niños salieron a la sala. La más grande, de unos doce años, nos miraba con susto y lloraba. Los otros estaban asustados y salían al patio a ver qué hacíamos. Rambo llamó a su abogado. Eran un hombre mayor. El mismo que había salido antes de la vecindad. Vaya, pensé acá están organizados.
Rambo y su Abogado intentaban convencerme para que no mencionara lo del arma larga, diciendo que era una práctica común en aquella zona. “Mire, yo fui policía y me dieron de baja injustamente. Algunas veces yo lo dejaba pasar porque mala onda con la gente, porque ellos tienen un arma para defenderse de esta ola de delincuentes que hay”, rogaba Rambo en la sala, de pie, mientras que yo estaba cómodamente sentado en su sofá, al tiempo que sus hijos me miraban con lágrimas y su esposa me maldecía desde el comedor. ¿Se dan cuenta, que usted, un policía de formación y un abogado, me están pidiendo públicamente, a mí, un fiscal, que me haga la vista gorda de un delito? Ellos no entendieron el punto y me siguieron rogando. Mientras Rambo suplicaba, dejé de escucharlo. Me imaginaba las veces que a él le habían rogado de esa manera los pilotos de los camiones que había asaltado. Cuántas muertes llevará encima, eso no lo sé. Acá comienza el karma, concluí y crucé la pierna. Lo esposamos. Subimos las evidencias al auto y también al detenido. Una hija mucho mayor, de unos veinte años, que vivía fuera de casa pidió que la dejáramos acompañar a su padre. Accedimos. Se subió junto a él en la parte de atrás del pick up. Alegaba que ella debía ir adelante. Bah! Llegamos al juzgado y dejamos al detenido. Ahora era responsabilidad del juez y de Rodríguez, a quien informé por teléfono. Al llamarlo me contó que otros compañeros habían encontrado granadas, armas largas y a toda la banda. Un éxito.
Era mediodía y el sueño me estaba ganando. Me tomé el Redbull. Según mis cálculos llegaríamos hasta las ocho o nueve de la noche a la ciudad. Para entonces habríamos cumplido treinta y seis horas de trabajo continuo sin dormir. Joder. A eso de las tres, reunidos todos, tomamos el camino a casa. Una patrulla encendió la sirena y avanzamos entre las enormes filas de autos. Hacía calor. Paramos a comer en un restaurante al lado de la carretera. Bebimos unas cervezas. Hacían chistes los fiscales. Brindamos.
Volvimos al camino. Abrí la ventana porque hacía mucho calor y algunos de los colegas habían comido demasiado y lanzaban gases hediondos, dando risotadas. Empezaban a ponerse ebrios. Afuera, lloviznaba intermitentemente sobre las plantaciones de caña. Cabeceaba en mi asiento. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver los ojos de Rambo, como un niño asustado, pensando mierda esta vez va en serio. También miraba los ojos de su hija, juzgándome, terrible, con los ojos llorosos, asustada, incrédula, imposibilitada de hacer algo, queriéndolo hacer todo por su padre engrilletado. La cosa era justa. Esa niña y su padre, estoy seguro, esa noche también soñaron conmigo.

13.9.10

Mis vecinos disparan y follan.

Eran como las once. Sí, lo recuerdo bien porque vi el reloj en el auto, antes de cruzar. Decía diez cuarenta y ocho. Doblé hacia mi casa y en la siguiente esquina, en aquella calle oscura y solitaria, debajo de una sombra, oculto, permanecía un muchacho. Tenía unos catorce años, pelo engominado, pantalones cortos y una chaqueta de béisbol. Aquí nadie juega a la pelota. Todos quieren meterle un gol a Brasil. Pero este muchacho me miraba, con los ojos opacos, como de un asesino y se movía tan asustado como si fuese un gato viendo mis colmillos de caza. Corrió, lo recuerdo bien. Se movió a lo más oscuro de la sombra cuando supo que me acercaba. Yo lo vi, ya lo he dicho, y luego crucé hacia la izquierda.
Al llegar, detuve el auto. Me bajé. El chico y yo estábamos a una cuadra. Lo veía de reojo. Si de pronto venía, tendría qué hacer algo; qué podría hacer: correrlo, ahorcarlo con mis manos, quitarle el arma, pegarle con el arma, dios mío, no sabía qué hacer, sino mirar cómo se escondía bajo las sombras mientras yo abría la puerta de mi edificio, con el motor del auto encendido y los faroles alumbrando, pensando uno de los dos va a morir.
Pero el chico no se movió y yo entré sin ningún problema. Y vaya si no era una noche movida. En alguno de los tres apartamentos que están ocupados, alguien follaba. Oh sí; se distinguían con la claridad de un teatro en casa los gemidos multicanales de una mujer. Ah. Ah. Ah. Ahmmmm. Ah. Lo oí mientras cerraba la puerta y me quedé dos segundos abajo, pensando ¿quién de los vecinos folla la noche de un lunes, mientras yo huía de un chico que se escondía bajo las sombras?
Permanecí alrededor de tres minutos inmóvil. Después subí a oscuras hacia la segunda planta. Los gemidos disminuyeron hasta desaparecer. Subí otro piso y llegué frente a mi puerta. Abrí y encontré mi cama alumbrada por los focos de la calle. No encendí la lámpara. Sólo me acosté, con ganas de escribir un poema. Pero no tenía mucho qué decir. Así que permanecí con los pantalones puestos, acostado, unos tres minutos y escuché, en medio de la noche, dos tiros. Venían de la calle de enfrente y luego se escucharon otras dos detonaciones, por la calle de atrás. Pum Pum. Silencio. Pum pum. Gritos de hombre. Miré por la ventana y pensé, demonios, una bala perdida podría atravesar el techo y matarme mientras escribo un poema. Qué verguenza.
Mis vecinos algún día dejarán de follar y dirán, qué mierda, apesta. Llamarán a la policía y me encontrarán semidesnudo, con la computadora en el escritorio ahogada en un charco de sangre. Un agente uniformado leerá un texto en el ordenador encendido, sería el poema que escribía mientras una bala me atravesó el cráneo. Se reirán. Oigo ya sus risas. !Jo, este tipo sí que era un imbécil!
Puta, alguien descargó una tolva. Seis disparos, los conté. Miré la hora. Eran las once treinta y dos. La vida pasa tan rápido en esta zona. Es decir, de pronto tienes catorce años matas a vecinos, robas, te drogas y huyes de los disparos de un señor enfurecido. Y mientras yo, claro, pienso en mis vecinos follando y en que ese chico pudo matarme, antes de que escribiera un poema.
Mierda, no quise escribir, se me fueron las ganas. Pensé que si una bala me atravesara, debería ser mientras paseo en bicicleta escuchando música intrascendente o cuando estoy en el retrete, leyendo poemas de otros. Eso estaría bien.
Me acosté de nuevo. Había silencio. Un rotundo mutismo en las calles. También en mí. No pensaba en nada. No podía escribir. Me acosté de lado. Empezó a llover. Las gotas chocaban contra la lámina. La puerta del balcón estaba abierta. Se vino un aguacero. Cerré los ojos. Me quedé dormido. También soñé que construía un barco.

6.9.10

nosotros y las fotos


Es lunes y miro las fotografías donde aparezco con ella. Acostados en el pasto, el mundo parece tener una orilla. Más allá de la orilla, el mar, donde nadamos como dos niños que miran por primera vez las olas. En otra foto, aparece mi mano derecha junto a su mano izquierda. Mi mano se ve demasiado blanca, la de ella femenina. Vamos en el auto, en un viaje fallido hacia occidente. También hay otra, en la que estamos reflejados en una tetera. Me entretengo diez minutos antes de volver al trabajo. Qué fantástico, uno usualmente finge una sonrisa cuando le toman una fotografía. Todos queremos ser recordados felices. En éstas fotos, nadie parece fingir nada. Sólo son dos cuerpos extendidos sobre la hierba, unas manos tomadas, dos siluetas en una tetera. La felicidad no está en las fotos, sino en esta manera tan tranquila en la que afronto este lunes; mientras pienso en ella y en los infinitos sitios en los que podremos fotografiarnos.

1.9.10

El cumpleañero

-Vos, ¿qué pensás del niño?, me preguntó Alejandro, mientras miraba la foto del pequeño en la prensa. Celebraba sus tres años con un pastel verde dispuesto sobre una mesa forrada de plástico. Varios familiares aplaudían al lado.
Todos en la foto se veían marchitos. Eso pensé mientras fingía formular una hipótesis acerca del paradero del niño. Uno desarrolla un instinto. Uno sabe qué pasó. La respuesta a eso es fácil: mientras más te adentrás en la criminología, más pensás como un criminal. Yo soy una maldita bestia en potencia.
- El niño está muerto, contesté sin decir más.
- Mierda, seguro que sí. Pero ¿dónde podrían haberlo enterrado?
Medité. Vi la foto, sentí un frío excepcional, pensé en una especie de túnel negro con una abertura al final blanca. La poca luz que entraba en el orificio me dejaba ver las paredes brillantes por la humedad, era una caverna mohosa.
-El niño está cerca de una fuente de agua, dije.
Alejandro tomó el teléfono y llamó al equipo que estaba en la casa de la sospechosa. A tres horas de donde nosotros estábamos, en una montaña árida. Les dijo que buscasen cerca del pozo o de la pila, y que devolvieran la llamada si encontraban algo.
Yo me senté a escribir unos oficios. Me sentía mal. No había dormido mucho. Había bebido. Estaba un poco borracho todavía. Era un veintitrés de diciembre.
Las fiestas me joden. En el freezer tenía el cadáver de un pavo. Una botella de vino enfriándose. Un teléfono apagado. Aquella vida tranquila congelándose.
Un par de minutos después, el teléfono de la oficina sonó: el equipo que allanaba tenía algo: cerca de la pila, tras escarbar con una pala, asomaron a la luz tres dedos humanos. De un infante, aparentemente.
Alejandro me avisó. Me tomé un Red Bull. Encendí un cigarro. Saqué el arma de la gaveta, la cargué y me la coloqué en el cinto y salí a la calle.
Había muchísimo sol. Me puse las gafas oscuras. Detesto la luz. La gente pasa en sus autos viéndome con asco. Miran el nombre de la Fiscalía, el edificio y a mí. Nos desprecian. Qué más da. No me pagan por ser popular. Menos con los criminales.
La camioneta verde se detuvo enfrente. Alejandro y yo subimos. El piloto emprendió la marcha. Los policías hicieron sonar las sirenas. Era la música de la fiesta.
Había comenzado la cacería. Qué alegría, era hora de atrapar una presa.

23.8.10

Bicicleta

Las oficinas de la corte están llenas. Son oscuras y no lo digo como una forma de decir tristes, sino como una manera de decir terribles. No tienen suficiente luz, no hay ventilación, no hay baños. Hay bancas de madera apolillada, colocadas sobre los pasillos mal iluminados por lámparas de luz blanca, lechosa, que se derrama sobre los presos, los deudores, los despedidos, los cesantes, los agrios demandantes. Hay diminutos cubículos sin sentido con torres monumentales de papeles. Hay cuatro ascensores donde la gente sardina se sube y huele a democracia. Un ciego que saca fotocopias, un café que sabe horrible, un sótano con una mazmorra. Estoy yo, a las tres con diez, del viernes, esperando una audiencia, con los audífonos puestos; mirando de reojo a las señoras canosas, con vestidos largos, zapatos sucios y manos ásperas que aguardan por sus hijos engrilletados. Ellos suben del sótano a sus audiencias, para que les den la cárcel o la muerte en una acera, lo que venga primero y hacerse los rudos ante los abrazos de sus madres, sus hermanos, sus primos, las novias con pantalones apretados. Miran con desafío a los fiscales, como yo, da igual, no escucho nada, sólo la música en los audífonos; y ésta, es una tarde terrible: todos los presos tienen madres. Todos lloran. En las bancas, cubriéndose de lágrimas y de leche de luz blanca sucia, como luz de matamoscas. Tengo ganas de pasearme en bicicleta. De volar una cometa una tarde de domingo sintiendo el olor a pasto. De pensar en cómo será el mundo, cuando todos seamos niños. Pero lo dejo para otro día. Es hora de la audiencia.

18.8.10

En la víspera

Debería decírtelo: si algo tiene que permanecer en mí de ese martes, es nosotros en casa, viendo el jardín interior desde el auto. Música en la radio. Una sola gota de lluvia resbalando limpiamente por el vidrio del frente. Tú olor. El balcón. Las montañas cubiertas de nubes. Las canciones en portugués sonando hasta el infinito. Tú, entre mis manos. Mis manos llenas. Un aguacero haciendo sonar las láminas. Las hojas del árbol. Las enormes mariposas blancas volando hacia las lámparas naranja. Tu pelo cubriendo mi pecho. Tu corazón latiendo. Hondo. Algo permanecerá en lo más profundo de mí. Será algo tuyo. Pero no te lo diré. No será necesario: lo sabrás cuando me veas y te reconozcas en mis manos, y en la manera que digo tu nombre, cuando tu oído está cerca.

8.8.10

Nota al lado del reloj.

si el domingo te sorprende

pensando en flores naciendo de tu pecho

imaginando que las nubes grises

son atravesadas de golpe

por aviones enormes

volando hacia el polo contigo dentro

salva la tarde

y un hotel de un incendio:

llámala

Oficio de domingo.

Esto es un informe
dice que he pensado en ti
que veo tus huellas
impresas sobre el espejo
también he visto los labios
al lado de las manos
y por salud te digo
que he pensado en ti
y limpio el espejo

1.8.10

Si el domingo te encuentra pensando en flores naciendo de tu pecho


Odiaba las canciones que sonaban en la radio. Patéticas, eso eran. A penas me podía concentrar. Ideas violentas. Días duros. Soy un tipo rudo y en cinco minutos tiraré una puerta. No debo escuchar la música. Pilotos. Los choferes oyen esas cosas. Piensan en sus mujeres. Son tipos románticos e incomprendidos. ¿No puede cambiar la radio? pregunto. Y dice que no.
Rodrigo va adelante, con el piloto. Le pregunto: ¿alguna vez has ido a Izabal? Él me mira. Se ríe. Contesta: sí, una vez. Un amigo tiene una casa en Río Dulce. Me quedé a dormir en la hamaca. Nunca había visto tantas estrellas por la noche. Eran miles. Estaba oscuro. Me pasó algo increíble: a media noche, tres caballos salieron de la nada; pasaron corriendo a mi lado, a la orilla del río. Dos grandes y uno pequeño. Como una familia. Rarísimo.
Volvimos al silencio. Amo los caballos. Lo he dicho muchas veces. Me gustaría que el petróleo se agotara. Volver a los barcos de vela y los carruajes. Las calles devolvérselas a los equinos. Sin canciones cursis. Sin pilotos que extrañan a sus mujeres, mientras hablan de fútbol.
A veces siento como si la noche no terminara. Y que debería de huir en medio de la nada.

24.7.10

Un Poema para Madrid



Madrid es la fiesta
que nunca tuve
cuando transité la vida marital
la pasada década

soy un espectador que se embriaga
mientras se produce la música
de la gente disfrutando estar junta
y las risas rebotando en la acera
se agregan a la porcelana y el vidrio

las mujeres
con sus breves faldas
y sus largas piernas
con sus bombas de tiempo
y sus tiros en la recámara
van cargadas y te sonríen
¡mierda!
en verdad lo hacen
y se ven hermosas con labios rojos
y los largos cabellos sueltos
bañándoles los escotes

es verano en España
una buena época para las caderas
se menean por doquier
tú sólo tienes que sentarte a mirar
bebiéndote una cerveza
mientras piensas:
estas tipas saben
que dejé cincuenta y dos kilos
de soledad al otro lado
hoy harán de mí lo que quieran
en las pequeñas camas
de los hoteles con desayuno

pero quién piensa en el otro día
si tenemos la noche
los bares de tapas floreciendo en las aceras 
el Palacio de Cristal
a donde va a morir la luz de la tarde
debajo de las bancas frías
donde escribo mi mejor nota de despedida

es demasiada alegría
para ser cierta
yo creo que esta gente me engaña
pero ¿qué hay de verdad
a las tres de la mañana?

una mujer ha dicho mi nombre
en la mitad de la noche
y eso será lo único que recuerde
cuando vuelva a casa

22.7.10

Viena Capítulo IV: Los cetáceos.


Voy a dejar correr el agua. Hacer que me recorra para perderse en la alcantarilla de la ducha. Se escucha igual a una lluvia calmada. Está helada. Cierro los ojos y tengo la misma pesadilla de siempre: me encuentro inmerso en un mar azul, floto. El agua está turbia, el sol a penas la atraviesa. A mi izquierda, una sombra se aproxima. Es una sombra marrón que va creciendo. No para de crecer.
Es un pez. Distingo sus aletas. Sus enormes branquias. Es un cetáceo. Una maldita ballena café con sus ojos como esferas de la nada. Enorme, gigantesca, es un edificio, del tamaño de mi miedo. No puedo moverme. La ballena se acerca, viéndome con sus ojos, haciéndome sentir tan insignificante. Su piel está llena de algas. Y cuando está a unos metros, yo creo que me va a matar, de veras lo pienso, pero sólo pasa frente a mí regocijándose, animal jubiloso, bestia que come hijos de Dios.
Cuando termina la pesadilla no sé realmente qué hacer. ¿Debo matar a la ballena o abrazarla como un activista? Cierro el grifo. Tomo la toalla y me seco. Es mi última noche en el Lenas Donau Hotel. Busco los cigarros y decido salir a caminar.
Tomo el U-Bahn hacia el centro. Son las siete y media de la tarde. Hay mucha luz en la Stephanplatz y yo camino sin saber a donde diablos voy. La gente es alta, es rubia, es silenciosa. Un solo pordiosero para toda una calle: en su silla de ruedas inflándole una llanta con una bomba manual.
Encuentro el palacio de la ópera. Tomo unas fotos y camino por donde alumbra más el sol. Las calles están vacías. Qué importa, yo llevo cigarros una chaqueta y todo el desasosiego que un tipo puede tener. Quiero beberme una botella de güisqui completa, de un solo trago y apearme al lado de este monumento de Goethe. Maldita sea, ¿qué diablos significa la ballena?
Quiero volver a ser una antorcha. Una llama, quiero volver a ser igual de irresponsable: tanto como para pensar que volveré pronto a Viena a descubrir el misterio de cada esquina que no crucé. Pero pienso en los vuelos. En los malditos vuelos enormes atravesando los Pirineos. Y olvido el güisqui.
Entro a un parque. Está circulado con grandes rejas de metal forjado. Hay un camino de concreto sobre una superficie irregular sembrada de árboles, pasto, flores y monumento. Saben recrear un ambiente pacífico.
Camino y encuentro uno de los monumentos al emperador. Está cabizbajo y lo compadezco. Toda una vida para mirar al suelo. El escultor debió odiarle. Prosigo y encuentro un enorme palacio. Dos turistas belgas hablan en francés sobre las gradas de la entrada principal. Huele a mármol. Doy un vistazo al jardín y es enorme. Hay gente que duerme bajo los árboles, otros se besan y otros andan en bicicleta. Yo no tengo güisqui y sueño con ballenas.
Seguí caminando. Un restaurante italiano en el camino. Está lleno, me piden esperar quince minutos. Pero vamos: es mi última noche en Viena, esperar no va en mi agenda. Así que sigo y encuentro el famoso museo: el Albertina. Dentro, Alexander Katz está expuesto. Me entretengo un rato adentro.
Salgo, queda luz, muchas ganas, avanzo por los callejones circulares, empedrados, llenos de pequeñas tiendas cerradas. Imagino a sus dueños comiendo con sus familias en sus austriacos departamentos. Los veo cada vez que tomo el metro. Edificios tras edificios donde todo tiene ángulos rectos. Bah. El arte tampoco me explicó la ballena. Quizá sea una buena pregunta para mi psiquiatra.
No quiero pensar en mi médico mientras atravieso los túneles peatonales del palacio real. Llego a la escuela española de equitación. Parece Roma. O más bien, se parece a mi idea de Roma.
Enciendo un cigarro y fumo.
Ya es de noche. Hay luna llena, qué suerte. Puedo seguir andando hasta encontrar el camino al hotel, donde los sillones rojos me esperan para pasar metido entre las sábanas que huelen a nada. Mientras que afuera, la idea de una vida tranquila empieza a abandonarme para quedarse en Viena.