30.11.07

descubrirás que somos el mismo animal

Cuando llegues a tu apartamento vacío de mí, harta de la vorágine de los semáforos en rojo, de las uñas rotas y de los cafés endulzados con sacarina. Cuando te desnudes despacio y sin testigos. Cuando abras el grifo del agua caliente y ese sea el único sonido en tu casa. Cuando te duches, minuciosa, mansa y libidinosa, con la paciencia de quien duerme sola. Cuando te encuentres empapada de deseos y espuma, y te enteres finalmente, que después de varios intentos ciegos, nadie te tocará ni te habrá tocado como yo lo hice. Nadie, querida, ni siquiera tú, presa de la fiebre. Porque todos los dedos ignorarán tus caminos. Mujer nostálgica y deseosa. Mujer concupiscente. Mujer necia. Mujer que olvidé hace ocho años.

29.11.07

orificio

Benedetto, el vecino de arriba, es un modernista. La otra noche, mientras intentaba conciliar el sueño, el estrepitoso sonido de su teatro en casa no me facilitaba la tarea. Subí hacia su apartamento con la pijama puesta. Toqué la puerta como la gente, pero abrió hasta que incrementé considerablemente la violencia de mis golpes. De inmediato, conocí su televisor plasma de cuarenta y dos pulgadas, y al verlo, mis sospechas resultaron ciertas: Benedetto estaba viendo una película porno. En la pantalla, dos mujeres se besaban como locas, incluso en esas partes que el pudor no me permite nombrar. Las dos luchando una sobre la otra, y luego, saboréandose entre sí. Era como ver cazar a un oso hormiguero. Benedetto escuchó atento mis súplicas y justo cuando terminé mi arenga, liberó todo el desprecio de su hedonismo, diciendo: si la televisión tuviera un orificio de mediano tamaño, por el cual yo pudiera fornicar con ella, sería la novia perfecta.

Bajé a mi apartamento. Me volví a acostar y disfruté del absoluto silencio. Pero no me pude dormir.

27.11.07

vocación



Y si se le ocurre mencionar algo de esto con los inútiles de sus compañeros, dé por terminada su carrera en esta empresa, dijo el flamante licenciado Díaz, mientras su yugular a penas contenía un nudo gigantesco y amoratado, que le palpitaba incesantemente. Escupía e insultaba, encendido en furia; pero su enojo, lejos de asustarme, me daba lástima: el licenciado Díaz estaba desnudo sobre el sofá de su oficina y debajo de sus piernas blancas y fláccidas, unas nalgas desnudas y bastante femeninas se erguían mostrando sin pudor las marcas que las palmadas erotizadas recién le habían impreso. La mujer se levantó y en vez de cubrirse los senos con las manos, escondió con ellas su rostro. No le sirvió de mucho el truco, la reconocí. Era Karina, la encargada de cobros y la misma mujer que antes de subirnos al auto para venir a la oficina, había presentado a unos vecinos como mi novia. Tomé con toda serenidad la manija de la puerta y comencé a cerrarla. Karina buscaba con desesperación su ropa y Díaz recogía del suelo el retrato de su esposa y sus dos hijos. Los tres redondamente gordos. La puerta se cerró. Caminé hacia mi cubículo y encendí la computadora. Quería empezar mi carta de renuncia, pero me dio asco pensar en la posibilidad de Díaz y Karina fornicando sobre mi teclado, o sobre la copiadora, o sobre el papel carbón, o sobre la maldita alfombra. Y no quise tocar nada en ese lugar. Solo me fui de allí, comprendiendo que ser creativo de publicidad no era lo mío y que siempre debo tocar una puerta antes de abrirla.


*imagen: free patents

23.11.07

A veces es mejor hacerse el sordo

Como si algún día fuera a ganarla, la primer semana de cada mes, compro un número de la lotería. Y los domingos por la mañana siempre pasa lo mismo: rompo el billete tras leer los resultados en el diario y deposito sus restos en el cesto de basura, junto a lo que queda de mi sueño de subvencionar mi ocio, renunciar al trabajo, disertarle a mi jefe acerca del por qué lo diagnostico imbécil mientras éste se atraganta con el café frío de la oficina, escribir un libro, ser famoso, comprarme una pipa, tener un biógrafo y aparecer en mi propio vídeo porno. Lo que todo el mundo sueña hacer. La primera semana de junio, motivado por una corazonada, me sentía con suerte. Compré un número de lotería. Al día siguiente, me levanté temprano y salí a comprar el periódico. No quise abrirlo en la calle, era demasiado vulgar. Frente a mí, una iglesia se erigía en medio de dos edificios de oficinas. Entré a la iglesia y me senté en una banca. Era temprano y la gente empezaba a llenarla para oír misa. Me llené de paz, imbuido por el canto de los canarios de la casa parroquial. Cerré los ojos y elevé mi plegaria: Señor, hazme millonario. Abrí el diario y busqué el número ganador. Lo encontré: no era el mío. Supongo que Dios no se manifiesta en las cuentas bancarias, ni tampoco lo hará en mi declaración jurada de bienes. Salí al atrio de la iglesia y una mujer que deambulaba por allí, se me acercó. Olía a orín. Me abordó como si nos conociéramos y me dijo: una vez mi corazón me gritó que él era malo, que me quería hacer la malogra, pero no le hice caso. Y mi corazón no se equivocó, me dejó recogiendo mis pedazos. Siempre hay que oír al corazón, concluyó, y se fue a espantar a las palomas que deambulaban frente a la iglesia. Me dieron ganas de un café. Antes de abandonar el atrio, sin querer, le grité a la mujer: ¡yo que tú no confiaría¡ Y me fui de allí, gastando mis zapatos de domingo, de burócrata asalariado.

21.11.07

la próxima vez que llames, es probable que no esté en casa

En mil novecientos ochenta y uno, tenía dos años. Mis padres se separaron y luego del divorcio, mi padre nunca más se apareció en mi vida. Supongo que habrá ido a pensar las cosas por ahí. El otro día, para mi sorpresa un hermano suyo me llamó diciéndome que mi padre estaba Guatemala, y que quería verme. Me dio un número de teléfono para que le llamara. ¡Que yo lo llamara después de veintiséis años! Sin embargo lo llamé. Un frío timbre de voz femenino, con acento argentino, usado de manera estándar en las grabadoras de los teléfonos móviles, me contestó. Me pidió que le dejara un mensaje, a mi padre. Respiré profundo y le dije que quería conocerle y que me gustaría que conociera a mi hijo y a mi esposa. Luego colgué. No recibí ninguna llamada de vuelta. Aquello me pareció una alegoría de la relación con mi padre, como hablar con una piedra en el agua, seca por dentro. Es sólo que ya no me afecta. Tengo un hijo que no sabe leer y a penas aprende a hablar, pero le gusta que le lea poesía y novelas de Álvaro Mutis. Y esa es la única idea de padre que quiero tener, más allá de las ausencias y las llamadas no devueltas.

imágen: elizabeth perry

15.11.07

clochard



Mujer que corres sin revelar al mundo tu destino, te veo pasar por la calle y cuando pasas frente a mí, toda tú te ruborizas encerrada en el gris uniforme de una agencia bancaria, que a pesar de lo ajustado, no esconde los efectos de la gravedad sobre tus senos, ni los brincos que dan éstos, adecuados al compás de tus pasos ligeros. Transitas, abres brecha e igual sorteas peatones en la acera, autos en la calle o las lustrosas motocicletas del buen reparto a domicilio, para seguir puntual con tu camino, abordando un bus del servicio urbano repleto de desconocidos, muchos de los cuales te faltarán el respeto pensando en ti desnuda o tratando de tocar impunes tu cuerpo. Huyes, toda tú avergonzada, mientras que a mí sólo me queda confesar que ese día estaba, como dijo el señor policía que me detuvo una vez por borracho, falto de cariño de mujer, aunque me dé vergüenza decirlo.

*foto: veinte minutos

13.11.07

piano bar

Ha dejado de cantar. La gente le aplaude y ella responde sonriendo, inclinando su cabeza hacia el público. Como gesto de humildad, ovaciona a sus músicos. Toma todo aquello con calma: el homenaje, los gritos, los exabruptos. En la barra, las cenizas empiezan a desbordarse de mi cenicero. Enciendo otro cigarro y sorbo el último trago de mi güisqui. Sobre la tarima un espectáculo se prorroga: la luz de los reflectores hace que su vestido se trasluzca y sus formas se descubran. Son líneas curvas finamente trazadas y escondidas en parte, por la negra lencería de encaje. Es un claro aviso de guerra. El pianista da unas breves muestras de su virtuosismo. Es jazz. Le sigue suave la batería y luego el contrabajo, ejecutado por un tipo que no ha quitado la vista del suelo en toda la noche. Ahora cierra los ojos mientras toca su instrumento. Un saxofonista que viste un viejo saco azul que le talla holgado, sustituye a la cantante y ella desciende del escenario. La gente se abalanza sobre su célebre figura, la mayoría de los que inundamos este pequeño bar, oculto en el sótano de un edificio olvidado. Un repentino impulso nace en mí, un intento de sedición. Quiero acercarme, invitarla a un trago, ser un caballero; mentira, quiero ser un palurdo, llevarla a mi cama, embarazarla de ideas obscenas, besarle las comisuras de... No sé, mejor pido otro güisqui, Borbón, dos hielos. En otro universo tal vez, las noches de tipos solitarios que malgastan su tiempo diseñando frases que contengan el absoluto, no serán paralelas a las vidas de las mujeres que provocan el olvido de…Se sienta a mi lado, sonríe. Un desconocido sentimiento de seguridad me asalta. La invito a un trago. Acepta y me quita el cigarro de la mano. Da una bocanada, y luego, sin piedad ni permiso, lo apaga sobre el vicioso cúmulo de cenizas.

6.11.07

piromaniaca, eso eres


Hay palabras que no decimos
y que ponemos sin decirlas en las cosas.

(R.Juarróz)

¿Tú, perversa? Claro que sí, mírate nada más: la ceja arqueada, la copa sobre la mano, la risa, tu risa, mi risa, los nervios. La forma en que cruzas las piernas, suave, delicada, acomodándote en la silla, cómo te mofas de mí, cómo saboreas el vino, cómo te acaricias el pelo, el descaro con que muestras los muslos, la exquisita operación de quitarte los tacones y la manera en que tus pechos se desbordan tras el escote, me inducen irremediable a la fiebre. Instigadora, yo te acuso. Ninguna barrera racional quedará en pie si tú quieres que caiga. Y no voy a permitirme el escape. Eres mala y viciosa, mujer, me tienes besándote hasta el más mínimo poro, recorriéndote la piel que muestras generosa, así tus curvas, así los caminos en tu vientre, así las fuentes obscenas de donde brota sin pausas el agua salada que colma los mares, inunda ciudades y bautiza vocablos enérgicos, que se convierten en este canto que yo te ofrezco, el más humilde de los diáconos en tu catedral. Exhalaciones, onomatopeyas e intermitentes vocales mudas anuncian mi rendición, y la firmo sobre tu cuello con húmedos susurros, a milímetros de ti, dentro de ti, perdiéndome; para que luego, mujer concupiscente, prosigas tu rutina, la del desdén, la de la ausencia, la de la ducha que a propósito borra el olor de mi saliva. Qué estamos haciendo, a qué estamos jugando. El sexo es cosa seria, ven para acá, que quiero platicar con tus pliegues.