30.12.08

Salud, Tigres del Norte!

Se supone que el entusiasmo reflexivo de las masas me lleve a tomar el camino de la normalidad y a su vez, papel y lápiz para redactar un listado de cosas que haré en el dos mil nueve. Adelgazar, engordar, fumar, no fumar, follar, no follar. Qué se yo. Y también supone una meditación sobre el dos mil ocho. La cosa pinta sencilla para mí: el dos mil ocho fue una mierda. Pero también una maravilla. Y estoy seguro que así será el dos mil nueve y los consecuentes años de mi vida. He vuelto al barrio donde crecí. Al inicio había conflictos entre él y yo, pero vamos, ya hemos hecho las paces. La otra noche, por ejemplo, un borracho se tiró en la acera frente a mi casa. Antes de que le robaran los zapatos y que se meara en el pantalón para evitar el frío, se puso a cantar. Era algo así como una ranchera pop. La entonaba con tal ánimo, poniéndole todo su vicioso corazón que me terminó por gustar. Y en vez de salir, como los otros vecinos, a tirarle un balde de agua fría encima para que se meara otra vez del frío, lo dejé estar. Tirado en la acera, pernoctando bajo un árbol que la municipalidad y mi abuelo han insistido en asesinar. Ese, que a su pesar, sigue jodiendo la vista y el cableado de telefonía pública. Cubriendo a los borrachos. Hay nidos de zanates y palomas instalados en su copa raquítica. Cantan por las mañanas con tantos decibeles que es difícil dormir. Ahora que el sol es menos violento, las hojas mecidas por el viento frío, hacen juegos de sombras en mi habitación, penetrándola por la ventana que da hacia el este, mientras la cortina verde se mueve infinitamente hacia dentro y hacia fuera. Cuando los pájaros me despiertan, me quedo mirando las sombras dispuestas sin ningún pudor sobre mis sábanas, todas desordenadas en una cama minúscula y solitaria. Sé que pasarán muchos días así. Que hará falta recorrer kilómetros y salvar tiempos para que deje de ser así. Nada me preocupa ya. El dos mil ocho fue una herida profunda en mí. Una incisión a propósito, una cirugía. Tengo el resto de mi vida para sanar. Y si de sanar se trata, estoy casi listo. Iré a comprar un vino espumoso. Lo abriré y esperaré en la noche, bajo el árbol, a que venga otro borracho y lo invite a brindar. Por nosotros, los desesperados.

17.12.08

Onetti, el ocio

La almohada, a mi pesar, me ha empezado a resultar incómoda. Llevo dos días echado. Me levanto únicamente para bajar por las escaleras y encaminarme al refrigerador. Luego, tomo las cosas empacadas que están allí envejeciendo lentamente. Debería dormir en un refrigerador. La gente del polo, envejece menos? Cuando tengo hambre meto algunos chorizos en el microondas. Miro hinoptizado como da vueltas el traste y espero hasta que me desee una buena comida. Luego coloco el traste sobre los otros trastes que están en el lavaplatos. Esperando a que deje mi estado onettico. Pero para eso falta mucho. O quizá no. En la puerta del refri hay puestas dos notas con lo que parece ser mi letra. Son dos recordatorios de pagos que vencen el día de hoy. Demonios.
Salgo a la calle y me quedo instantáneamente ciego. El sol brilla a más no poder. Me pongo los anteojos para el sol y salgo, tratando de caminar como si fuese un proxeneta del Bronx. Me gusta el estilo de los proxenetas. Quisiera andar siempre de trajes blancos y púrpuras y ordenarle a la gente que haga cosas con un bastón en cuyo extremo esté incrustrado el diamante que haga recordarle a todos que mando porque tengo dinero. Pero dejo a un lado la fantasía narcisista. Los pagos en el banco me recuerdan mi posición paupérrima. En fin, conduzco.
Hay obscenas filas de autos para entrar a los comercios. Detesto las filas. Y eso supone una tortura en el trópico. Acá para todo se hace fila. Para el médico, para el estadio, para los restaurantes. Hacer fila en un restaurante de comida rápida! vaya si acá tenemos una cultura burocrática. Y la gente en las filas se comporta con ciertos patrones. Estan los que hacen la fila ordenadamente, según el tiempo de arrivo. Están los que se quieren meter a la fuerza. Están los que hace la fila callados, están los que hablan, están. Están todos en la fila. Cuando llego finalmente al banco falta sólo una hora para que lo cierren. Y la fila es de cuarenta y cinco personas afuera del banco, según contó la hija de la señora que va atrás de mí. Dentro, habrá otras cuarenta y cinco.
Pasan los minutos y la fila no avanza. Los bancos están atestados de gente que quiere cobrar su aguinaldo. Para gastárselo ipso facto si es que no lo han hecho desde hace meses. Yo no quiero cobrar, quiero pagar. Pero debo hacer la fila para ello. La señora de atrás me ha dicho que va a dar una vuelta mientras, que le guarde su lugar. Creo que alguien ha encontrado una utilidad a mi existencia.
La señora ha vuelto con su hija sonriente. Dice que no va a hacer más fila. Que se va a "colar". Es decir que va a atropellar a quien le toque que atropellar, pero que va a entrar. Creo que espera una reacción mía. Algo así como hágalo. O hagámoslo yo los empujo por usted. Que se joda sola. Yo probaré suerte.

Han pasado cincuenta y tres minutos desde que llegué a la fila. Avanzó unos tres metros, de ahí, nada. Faltan siete minutos para que cierren. Estoy seguro que no voy a entrar. Pero permanezco. Soy un masoquista.

Falta un minuto para que cierren y un agente de seguridad sale a abrir la puerta. Yo estoy a escasos diez metros de entrar. La señora que iba detrás de mí, empuja a otras señoras y se mete a la agencia bancaria. Se inicia un desorden. Sale el guardia. Sale otro. El último se parece al negro que llora en el vídeo de Van Zandt. El que menciona Vegas. También quiere llorar.

Una señora bastante más pequeña que los guardias, regordeta y con el pelo bastante corto empieza a gritar. Dice que lleva una hora haciendo fila y que es injusto que no la dejen entrar. Los guardias la empujan para que no logre atravesar la puerta. Ella empieza a patear la vidriera del banco. Llora.

Los guardias bajan la persiana de metal del banco. La gente se empieza a ir. La señora está en crisis.

Es de noche.
Conduzco a casa.
Un tráfico espantoso.
Cuando finalmente llego, voy a la alacena, tomo dos latas de atún, un tenedor, mi botella medio vacía de Jack y subo a la cama.
Tiro la almohada.

4.12.08

vísperas

Arturo hablaba del comedor solidario. Él había ido, según me informó, en lo que denominaba una experiencia social verificativa. A juzgar por su pobre capacidad de mentir, supe de inmediato que Arturo había ido con el sólo objetivo de conseguir un almuerzo a tres quetzales, algo así como cuarenta centavos de dólar. Lo único malo, prosiguió, es que en las mesas hay de todo tipo de gente: así como nosotros Julio, pero también vagos, drogadictos y putas. Dadas las clasificaciones de Arturo, hubiera preferido no me aplicara el “nosotros” y me sentara con las putas. Deberías ir algún día, concluyó, y luego fue a terminar de sacar las dos mil quinientas copias que le habían encargado estuvieran listas una hora antes de nuestra pequeña charla. Al día siguiente, salí de vacaciones. Estaré todo el mes de diciembre fuera. Y hoy, decidí pasearme en el auto. Las calles están frías y hace mucho viento. Son circunstancias inexplicables para quien no conoce la peculiar situación de nuestra tropicalidad. Es decir, Guatemala según el marketing turístico, es un universo de selvas entrelazadas, donde los ciudadanos se mueven en lianas. Y si bien es cierto, que varios compatriotas no dejan diferencias visibles entre sus rasgos temperamentales y los monos, lo de las lianas es sólo una metáfora. En esta ciudad hace frío en estas épocas. Uno sabe que viene navidad, por los insistentes anuncios comerciales y porque los desamparados se empiezan a morir de hipotermia. Y pensando en los desamparados, quise conocer el comedor solidario. Así que tomé el auto y fui hacia allí para tener mi “experiencia social verificativa”. Como hace unos meses robaron el radio del carro, cuando ando en él, dejo que la ciudad hable. En esa charla, supe que la ciudad estaba irritada al mediodía. Insistentes chillidos de bocinas, eran el signo inequívoco de la rabia colectiva. Estaba a una cuadra de llegar al comedor solidario y una larga fila de vehículos impedía mi llegada puntual al local. Al avanzar la fila, pude ver a lo lejos, las sirenas encendidas de dos motopatrullas. De inmediato supe que debía abortar mi misión. La entrada al comedor estaba despejada. Esta vez no habían largas columnas de gente hambrienta. Nada de eso. Y a unos diez metros de ahí, la policía. Cuando llegué al punto, el auto que iba delante de mí, detuvo la marcha para averiguar lo que pasaba. Había un hombre tirado debajo de las sombras de los árboles, justo antes de un puente. Estaba recostado sobre el césped, abrigado con ropa raída. Tenía los ojos abiertos puestos en el cielo y así en las mínimas copas de los árboles que allí nacían. A su lado, dos policías con cara de preocupados. Supuse que había muerto. Seguimos la marcha y di vuelta en cuanto pude. Al regresar, la unidad judicial que recoge los cadáveres ya estaba allí, tomando los datos del indigente. Supongo que murió de hipotermia, como lo harán muchos de sus colegas en estas épocas. Y también supongo que murió con hambre, porque no llegó al comedor a tiempo. O quizá sólo le gustó el lugar y se echó a dormir. No lo sé. Regresé a casa y preparé un sándwich de atún. Pensé en Arturo y la irremediable mentira en que vivimos. En la inexplicable circunstancia tropical. Y en los ojos del muerto, puestos en el cielo, a diez metros del comedor solidario.

18.11.08

Tristeza Maleza

Al segundo intento, finalmente encendió mi cigarrillo. Los restos incinerados de los fósforos que dejé caer sobre la acera son pisoteados por un tipo de saco y bufanda, que como la demás gente, va de prisa. Demasiado a prisa, me parece, porque sólo van rápido los que lo tienen todo claro. Y a juzgar por el rostro de esta mujer, por ejemplo, que ahora pasa frente a mí con la mirada perdida en los profundos abismos de la nada, estoy seguro que va demasiado ligero. En un acto de lucidez yo prefiero quedarme acá, sobre la acera, apostado sobre el muro frontal de mi oficina. El segundo nivel está invadido por el sol de noviembre, pleno y frío; mientras, en la primera planta, la sombra deja correr libremente al aire helado que choca contra mí. Fumo, y las bocanadas salen a perderse en el profundo azul del cielo abierto. Veo pasar los últimos autos que quedaban en la calle. Detrás de ellos se viene una inmensa manifestación que invade la totalidad del espacio. Poco a poco, el lejano sonido de las trompetas de los muchachos de la sinfónica municipal, que ocupan el edificio vecino, se va haciendo sordo frente a los niunpasoatrás, los no queremos, no nos da la gana, ser una colonia norteamericana y los alertas! Me parece que los manifestantes también van demasiado a prisa. Andan con carteles dispuestos sobre lazos que cuelgan de sus hombros, con cintas que colocan en sus cabezas plagados de nombres de los mártires de la revolución, con toda esa parafernalia de signos de protesta. Y como siempre, la música de los Guaraguao amplificada desde la camioneta celeste, o en algún momento celeste, como lo muestran algunas de sus piezas que guardan pintura ante la invasión del óxido y el destajo. He visto pasar tantas veces a la gente exigiendo cosas en los ocho años que llevo trabajando en este sector de la ciudad, que ya una manifestación más no me roba la calma. A veces creo que hemos decidido ser ciegos y sordos. O la gente ha decidido ser ciega y sorda. O yo no entiendo a la gente y yo soy un ciego y sordo, negligente y desconocido. Pero, a pesar de mí, siguen las voces, que son las mismas, ebrias muchas, hambrientas todas, con los mismos gritos que son ignorados crónica y categóricamente. Y quién tiene la osadía de arriesgarse a platicar con una piedra? Sólo un necio o un poeta. Pero no veo poetas por acá, sólo hombres, mujeres y niños, con las miradas perdidas en los profundos abismos de la nada. Que van demasiado a prisa, como si lo tuvieran todo claro. Como si todo el mundo lo tuviera claro, menos yo.
El cigarro se termina y con él la manifestación. Meto ambas manos en los bolsillos de mi pantalón donde sólo encuentro un juego de llaves y unas cerillas. A lo lejos, el sonido de las trompetas se vuelve a escuchar. Decido regresar a mi oficina a teclear unas líneas, servirme café, balancearme sobre la silla, mirar por la ventana. Mirar mucho por la ventana. Y camino lento, lentísimo. Porque una sola cosa tengo clara: que un buen tiempo atrás, conocí la tristeza y así el infinito.

foto:Daniel Herrera, Prensa Libre.

9.11.08

clap, clap, dance!

He abierto mi viejo clóset con la esperanza de encontrar algo profundamente aterrador. O impío, como un cadáver. El mío propio por ejemplo, como para tomarlo de la percha de donde cuelga y arroparme con él de una vez por todas. En cambio, sólo he encontrado aquél viejo abrigo que sobró dentro del clóset de mi abuelo y que me regaló un día soleado de marzo. Al salir a la calle, a pesar del terrible frío y el viento, aquella larga noche del cinco de noviembre, no podía dejar de sentir el hedor mezcla de humedad y sudor de mil novecientos cuarenta y ocho que expelía el viejo abrigo verde a cuadros.
Supuse que mi atuendo era adecuado, porque me hacía ver ante los ojos de los connotados ciudadanos, justo como me sentía: fuera de lugar. Ontológicamente anacrónico, para ser más exactos. Y como usualmente lo hago, me desaprehendí de eso que parecía ser la verdad de mi vida y me concentré en los hechos.
Horacio me había invitado a tomar unas cervezas. Así que entré al bar, esperando que las cenizas cayendo de docenas de cigarros no fuesen a prender en llamas el abrigo que aparentaba ser más inflamable que mi propias ganas de desaparecer del mapa.
Aparentemente a salvo, me senté a la mesa con Horacio, quien ya había bebido, como es su costumbre, más de la cuenta. Coloqué el abrigo en el respaldo de la silla y Horacio dispuso no quitarle la vista de encima y darme su repetido discurso del porqué no debo usar ropa de segunda mano. Se fundó en principios éticos y sociales. A Horacio siempre le da por ponerse axiológico cuando está borracho. Pero no lo escuché, realmente no tenía ganas.
Sin detenimiento, me empiné el vaso lleno de cerveza oscura, mientras veía como los labios de Horacio se movían de arriba abajo motivados por algo así como un temblor epiléptico. Todos a mi alrededor hacían lo mismo: parloteaban. Conversaciones vacías. Es como si todos al mismo tiempo hubiésemos perdido el valor de la palabra. Aquella era una situación terrible.
De tal manera que opté por hacer, lo que haría cualquier tipo en estas tristes circunstancias: llevar todo al absurdo y disfrutar.
Le comenté a Horacio mi plan: Sábes, carísimo Horacio, triste compañero de copas? cada vez que estoy jodido anímicamente (tú lo estás siempre, acotó, pero lo ignoré como se ignoran las verdades más soleadas), me imagino que todo el mundo, especialmente los que más daño me hacen, están de pronto en un musical. Y cantan, bailan, en grupos algunos, otros solistas y todo se resuelve de inmediato.
Horacio tenía una risa boba mientras le confesaba mi más íntima salida al infierno sin cordura. Tomó otro trago de su cerveza, dándose unos segundos para dejar la ironía y soltarme su daga: Julio, todos los musicales son gays. Sin ofenderte, pero me parece que tu idea no me resultaría a mí.
Y absolutamente seguro de que el universo entero me es anacrónico, así como de mi incuestionable masculinidad, me imaginé a Horacio bailando charleston mientras entona en do mayor eso de "los musicales pertenecen a una suerte de arte homosexual". Y me reí con ganas y tomé mucha cerveza y luego saqué a bailar a Estela, la prima de la mejor amiga de la novia de Horacio. Y fue así que todos aquellos bailarines y comensales pensaron equivocadamente que yo era un ser normal, mientras lo cantaban a capella sobre las ínfimas mesas del bar.

31.10.08

Nota al reverso

El piso seis deja a la imaginación de su servidor, las posibles gestas suicidas con destino a: I. Una heladería; II. Una venta de zapatos; o, III. Un carrito jotdojero. Mas, si hasta el día de hoy, viernes treinta y uno de octubre del dos mil ocho, día de San Alonzo Rodríguez, confesor, la idea concreta del suicidio me ha resultado esquiva; veintinueve años corridos y algunos bisiestos en esta ruta acelerada al infierno resultaría ridículo prescindir de mi existencia, aún por más invisible que parezca al mundo en general. Sin que tampoco en este juicio pese demasiado, la tentadora posibilidad de acabar mis días entre toneladas de helado de fresa con vainilla, unos zapatos de tacón baratos o las impúdicas longanizas del chef. De manera que, determinado a reconocer la magnitud de mi propia cobardía, cuyo efecto más inmediato es una absoluta imposibilidad de atentar contra mi integridad física, debo introducirme de inmediato en mi vehículo (porque el piso seis, desde donde me ubico geoposicionalmente, corresponde a una torre de estacionamientos), y buscar de inmediato un pedazo de papel y un lápiz en el interior del auto. Ambas cosas están allí: el papel en el anverso contiene un anuncio gráfico de un servicio de putas culonas y en el reverso un espacio rectangular en blanco, donde, con el lápiz, antes propiedad del Gobierno de la República, me dispongo a escribir tómese nota que en un auténtico acto de lucidez, volitivo y manifiestamente libre: “He convocado a todos mis enemigos, que no son muchos sino dos o tres y hemos acordado lo siguiente: Reclamo el uso exclusivo de mi nombre, así que enemigos ya no les llamaré ni Julio, ni Roberto, ni Julio Roberto. No señor. Desde ahora a ustedes, respetabilísimos únicos dos enemigos que asistieron a esta convocatoria urgente, les llamaré Rambo y Chuck, simplemente porque Rambo y Chuck son dos nombres que me hacen cagarme de la risa. Así que Rambo y Chuck, ahora serán los dos perros sumisos y fieles de mi sombra, y me acompañarán obedientes a todas partes: a las citas con el psiquiatra, a mis reuniones de neuróticos anónimos, a mis clases aplicadas de manejo de armas, a las sesiones del partido político donde recién me afilié en busca de un escaño en el Congreso, a mis borracheras en bares de mala muerte, a los sitios donde suelo pedir comida para uno, incluso a tomar conmigo mi té chai, elephant vainilla, acompañado de su respectivo pastelillo de naranja y almendra. Y los sacaré al ataque, Rambo y Chuck, sí y sólo sí, aparece la dueña de esta mínima pieza de lencería, conocida por el vulgo como tanga, que lleva ya dos semanas en el sillón de atrás del auto, recordándome con su escaso volumen de tela lo bueno del primer polvo y lo triste del segundo. Los haré salir, Rambo y Chuck, para cobrarle a esa mala mujer el daño emocional del polvo mal dado”. (transcripción literal del original) Salvado este punto, enciendo el auto, cancelo la tarifa del parqueo y me dirijo sonriente mas no entusiasta a por mi tacita de té chai y mi pastelillo de naranja y almendra. Colgando en el camino, la tanga roja del espejo retrovisor y encendiendo el último cigarro de la cajetilla, a la que sin querer también prendo en llamas.

19.10.08

inventario no. 1

Si me preguntás por nosotros, te diré la verdad. Somos dos amantes que se buscan en la penumbra, no la de la habitación con cama, mesa y lámpara; sino la de la extensa noche escampada. Amantes a ciegas, arrastrándose entre las sábanas. Somos las luces del bar que se apagan, los últimos besos en la mesa, las manos tomadas. Mujer en las sombras, herida que no sana. He querido recordar tu nombre pero tu nombre no me recuerda nada.

14.10.08

visitación

Llevo dieciséis años preparándome para ser viejo. Adiestrándome en las tareas del abandono desde muy joven. Es como si el ánimo se me hubiera gastado muy pronto, demasiado. Como la fe en el otro. Ahora tengo veintinueve años y creo que el año entrante recibiré una visita. Acudiré a la puerta con mis pasos seniles y abriré lentamente. Un grupo de evangelizadores estará esperándome, con sus trajes limpios y pobres, roídos y asoleados. Será una familia. Veo a los dos padres honestamente trabajadores y a las dos hijas deshonestamente eróticas. Y de la boca dulce de las hijas saldrá la música: hemos venido, querido señor, a visitarle. Les dejaré entrar y los sentaré a todos en mi sofá. Prepararé un té. Serviré el té en las tazas de porcelana que compraré en el mercado. Y mientras lo sirvo, me explicarán que ellos se dedican a visitar gente como yo: personas solitarias. Veré por la ventana el mismo árbol de siempre y luego les ofreceré galletas. Son tan útiles y prácticas cuando se tiene visita. Después, con disimulo, fijaré la vista en las dos mujercitas sentadas en mi sofá. Una tendrá diecinueve y la otra veintitrés. Y perderé todo el sentido de la cordura. Quizás no me contenga y hasta les ofrezca un anis. Será una tarde linda, ya lo sé. Pero luego todos se irán y yo me quedaré con las ganas de que no. Total, ya nada me importa. Ser viejo es esperar que la muerte se acuerde de ti. Yo creo haber oído mi nombre el otro día.

29.9.08

Resurección (love reign over me)

Justo cuando empezaba a olvidarme, me espantó la súbita invasión del fuego. Como una extensa llama que arde y consume voluntad. Había decidido ignorar las señales. Tomar mis despojos y llevarlos rumbo a una vida más democrática: el silencio de los cafés vacíos, la euforia de los estadios, la negación de la palabra. Engrosar las mayorías, acallar las dudas. Olvidar procesadores de texto, correos masivos, mensajes perturbadores. Darme paz. Pero sólo encontré silencio y en el silencio a lo lejos la voz, el martilleo, las palabras, una manifestación contra el propio vacío. Han sido tres o cuatro meses? No lo recuerdo. Había empezado a olvidar mi nombre, entre partidos de fútbol, borracheras, almuerzos silentes, libros de Jung y Camus. Apenas despierto. Apenas. Y todo vuelve a ser claro. Una luz que todo lo ilumina, en este mundo de oscuridades. Y aquella voz que había olvidado, empieza a dictarme oraciones sin sentido. Creo que he vuelto a ser el mismo.

22.6.08

trocamos el oro por los espejos


Recientemente cambié de oficina. La nueva, todavía bastante desamoblada se sitúa en la parte más vieja de la ciudad. Es una casa antigua con mucha madera y bronce. Varios vitrales le dan un sentido secular al inmueble. Me gusta pasearme por los pasillos deshabitados y distinguir entre el silencio los leves sonidos que provienen de la vecindad. Al lado de la oficina, un centro cultural alberga a una orquesta sinfónica juvenil. La sección de vientos ensaya en una habitación que colinda con el patio interno de mi oficina. Así que tengo a Tchaikovsky y a Beethoven conmigo la mayor parte del día. El viernes, decidí salir por unos cigarros y al salir, pasé frente al local vecino. Como está abierto al público, decidí entrar a conocerlo. Un enorme patio central iluminado por luz natural es la mayor atracción de la casa, en cuyos pasillos rectangulares decenas de habitaciones completan la intrincada arquitectura colonial. En una de estas habitaciones daban clases de teatro. La clase de ese día, trataba del maquillaje. La maestra enseñaba a los alumnos el arte de dramatizar los gestos mediante su uso. La más atenta de sus alumnas era una espigada muchacha de unos diecinueve años que parecía sufrir una especie de trance mientras escuchaba la explicación. Era realmente hermosa. Tenía unos enormes ojos avellanados que estaban abiertos a plenitud como queriéndose apoderar de todos los gestos de su maestra. Parecía como si le hubieran abierto la puerta del más edénico de los jardines. Era un espectáculo intenso, como si una verdad estuviera siendo regalada. Algo místico. Salí de allí pensando en el teatro, la música y una película de Richard Linklater basada en una obra de Philip K. Dick que vi el otro día. Creo que las cosas empiezan a aclararse hoy más que nunca para mí. Los días que he pasado sin escribir, los he utilizado para estar en silencio. Permanecer en ese estado la mayor parte del tiempo posible. Tratar de absorber los objetos que me rodean, las conversaciones, los gestos, los silencios. Entender la mecánica de mi vida. Pararme frente al abismo de mi propio vacío; pero no saltar. Sólo estar allí respirando el precipicio. Detenerme. Justo como la actriz que quería aprender. Y en este juego de desenmarañar mi egocéntrico universo he podido arribar a conclusiones que sólo han logrado volver más pantanoso el terreno que piso. Lo que más me ha sorprendido es la enorme lista de cosas que he dispuesto como distractores de la realidad. Tal parece que nuestro destino como especie es evitarnos a toda costa. Desodorantes, sal, drogas, alcohol, tabaco, café, tintes de cabello, perfumes, la ficción, joder, la literatura entera estan basados en un distanciamiento entre el sujeto receptor y los hechos concretos y naturales por llamarles de algún modo que acontecen. Me pregunto, qué sería de nosotros si nos deshiciéramos de toda estos modificadores de la percepción. Pienso que a la mayoría de personas, les aterraría encontrarse tal cual son. Y pensando en ello, medito también en la causa: de dónde surge este pánico a la existencia dada? De verdad que no lo sé, ni tengo tan siquiera una sospecha. Por ejemplo: la última vez que yo me sentí cómodo tal cual era, fue con Eunice. Hacía mucho calor esa tarde y decidimos tomar una siesta. Pero ninguno pudo dormir. Hablamos durante horas de casi todo y me sentí plenamente aliviado. Como si hubiera tenido una congestión de ideas que me atormentaban y al expulsarlas en esa sesión, al sentirme plenamente comprendido, todo hubiera encontrado un sentido. Y durante ese breve espacio de tiempo me sentí en paz, y creo que Eunice también. Nos desnudamos, pensando hacer el amor, porque creímos que ese era el paso lógico que debíamos dar luego de nuestra conversación. Es decir, materializar esa penetración que habíamos protagonizado en el plano ideal. Y estábamos allí los dos desnudos, simplemente mirándonos. No me sentí juzgado. No me sentí obligado a hacer nada, no sentí ninguna exigencia plantada sobre mí. Y me quedé dormido en el mismo lecho que mi amante desnuda, sintiéndome seguro de que alguien había sido testigo por un mínimo momento, de mi existencia. Era la primera vez que había visto mi reflejo. Y también fue la última. Eunice y yo jamás volvimos a tener esa conexión y lo reemplazamos con sexo. Fue una lástima.
Regresé en silencio a mi oficina, con los cigarros en el bolsillo. No he podido encender uno, no quiero que nada me distraiga de mí. Ni siquiera los pasos de la muchacha que antes vi aprendiendo teatro, y que luego caminó delante de mí, compartiendo las aceras que no nos llevan a ningun lugar. Nada de distracciones, ni siquiera los olvidados caminos que me llevaron hasta aquí. Ni siquiera los pliegues, las curvas, los líquidos hirvientes del sexo de mis amantes. Ni siquiera la tinta regada sobre el papel. Ni siquiera yo, en pleno uso de mis facultades imaginativas. Así que, al llegar a la oficina, tomé asiento, cerré los ojos y esperé al silencio, que se vino pronto y de igual modo se fue, espantado por las torpes notas de los alumnos de la sinfónica que mascullaban el Lago de los Cisnes de Tchaikovsky. Y sentado en mi silla, supe que lentamente, sin preveerlo, planificarlo o tan siquiera sentirlo, yo, Julio Roberto Prado, me había empezado a rendir.

18.5.08

Camino


Empieza a arderme el brazo derecho. Examino mis brazos y la diferencia es notable: uno está más moreno que el otro. Al derecho le ha pegado directo el sol durante una hora y media. Abro la ventana para sentir el viento. Una ráfaga con olor a azúcar invade el interior del vehículo. Vamos a unos ciento veinte kilómetros por hora en este cacharro viejo que me facilitaron, con todo y chofer, para dar un pequeño curso en Quetzaltenango la otra ciudad de Guatemala. La vista es increíble. A veces desde la carretera, el mar se deja ver confundiéndose con el otro mar: el verde, de las hectáreas cubiertas por la caña. Y de pronto, la vegetación se torna más exótica y los bosques de palos de hule se dejan venir. Trato de pensar en el curso. Es acerca de los derechos de la mujer y la niñez y la ingerencia de la masculinidad en la explotación sexual comercial. Es una paradoja: que un hombre hable sobre derechos de la mujer, lo sé. Pero en este país, las cosas se complican aún más si una mujer habla sobre la reivindicación de sus derechos. Mucho más si el tema sexual va implícito. El diálogo se facilita entre congéneres. O eso al menos es lo que piensan mis jefes, y yo, no hecho más que asentir y montarme en este auto oxidado para llegar a mi destino. Le pido al chofer que prenda la radio. Sólo dos emisoras se sintonizan: una de noticias y otra de reggaetón. Como soy un necio, escojo las noticias. El país acaba de salir de una crisis del transporte pesado. Los pilotos hicieron una huelga. Ahora, decenas de camiones liberados viajan por los caminos. Y los rebasamos uno por uno. La radio que escuchamos transmite noticias originadas en su mayoría en la capital. Hablan de un policía de tránsito detenido por un policía nacional civil, es decir, por un miembro de la seguridad pública. Supuestamente, el detenido estaba golpeando a un parroquiano por mear en la calle. Doce horas después, el policía nacional civil que aprehendió al policía de tránsito apareció muerto en su automóvil. Algunas personas llaman a la radio para mostrar su consternación. Mientras tanto, nosotros nos detenemos en Mazatenango, una pequeña ciudad enclavada en el corazón de la Costa Sur guatemalteca. El piloto entra a un restaurante de comida rápida. No va a comprar; va a utilizar el baño. Yo aprovecho para estirar las piernas y encender un cigarro. Tengo dos minutos afuera y transpiro profusamente. Me deshidrato. La gente parece ir toda a prisa por acá. Moverse al ritmo de un buen merengue. Cuando era niño era distinto: mi madre me mostró el país, y recuerdo con claridad que era un país tranquilo. Las montañas llenas de guerra, de masacres, pero para un citadino como yo, que no rebasaba los diez años, aquello era una situación invisible. Yo sólo recuerdo la tranquilidad de las calles vacías y mi madre, trabajando para comunidades lejanas. Entre el bullicio, a lo lejos se distingue el ulular de las ambulancias. Esto no me gusta. A dos cuadras de donde estamos parqueados, queda la comisaría de la policía. De allí salen un par de radiopatrullas a toda marcha. El ruido de las sirenas se reproduce en la radio: significa una noticia urgente. El locutor anuncia un enlace con Mazatenango, entonces pongo más atención. El corresponsal avisa que acaban de dispararle a un Magistrado de la Sala de Apelaciones que conoce de los asuntos de esta región, en pleno parque. Joder! Vaya si este país se esfuerza por hacerme llegar su aliento a sangre. Apago la radio. Son las seis y media de la tarde. El sol, no tardará en ocultarse y con él también el calor. Ya los mosquitos empiezan a salir en busca de sus presas. Yo los ahuyento con el humo de mi cigarro. Arnulfo, el chofer, regresa del baño y se sube al auto. Prendemos la máquina y seguimos rodando por la carretera. Y la misma secuencia de caña, palos de hule y ríos empieza a presentarse tras la ventana. Así, hasta que iniciamos el ascenso de las montañas donde está Quetzaltenango; justo donde ya no se ve la línea infinita del mar. Sólo montañas, más ríos y pequeños poblados. Me dan ganas de dormirme. De volver invisible esta guerra, otra vez. Desaprender. Olvidar. Ser un niño. No regresar nunca a la ciudad. Internarme en la montaña. Hablar con los pájaros. Ser una idea. Cualquier cosa con tal de que el aliento a sangre no me corrompa. Volverme un optimista. Pero hoy, sólo puedo ver cómo las últimas cenizas del día se apagan en esta noche que nos abraza. Tan profundo, tan hondo, como el mar invisible a mis espaldas.

30.4.08

como un árbol, plantado al borde de las aguas

Llevaba quince minutos dentro del auto. Noel estaba en la tienda de mascotas vendiendo sus animales y yo vigilando las cosas desde fuera. La vitrina del local me lo permitía. Noel finalmente quería deshacerse de ellos y me pidió que lo ayudara trasladándolos a donde el veterinario que los va iba a comprar. Era un tipo viejo y con peluquín, el veterinario. Examinaba a los animales con gozo. No puso objeción con los perros y con el gato. Pero sí con el loro. A su parecer el animal estaba descuidado y tenía razón: Noel no le había dado de comer lo suficiente. En fin, no aceptó al animal. Noel le refutó, pero el trato estaba cerrado; así que tomó el dinero de los perros y el gato y se llevó consigo al loro. Colocó la jaula en el asiento trasero del auto. Yo saqué un cigarro, pero de inmediato me pidió que no lo encendiera para que no se enfermara el loro. Joder, este animal va a traernos problemas, refunfuñé. Entonces Noel se puso a dar vueltas como un desquiciado. No quise preguntar por nuestro rumbo porque me pareció incierto, aunque Noel manejara lento, lentísimo. Después de andar una hora, llegamos hasta una zona aledaña a la ciudad y nos estacionamos frente a una casa vieja, de dos niveles con un rótulo de cerveza que pendía de un hierro nacido de la fachada. El anuncio se balanceaba con el viento y parecía estar a punto de caer. Noel se bajó del auto. Ya sé qué hacer con este animal me anunció solemne. Yo pensé que lo iba a abandonar allí a su suerte, o lo iba a liberar como si fuese una paloma mensajera. Pero me equivoqué. Se acercó a la puerta de madera y llamó a ella varias veces. Una mujer con unos mínimos shorts abrió y de inmediato abrazó a Noel. Platicaban de algo y se acariciaban los hombros entre sí. No pude averiguar de qué, porque el maldito loro no dejaba de parlotear. Encendí finalmente mi cigarro. Noel entró a la casa y cerraron la puerta. Me dispuse a esperar, reclinando mi asiento. Lejos, unas niñas jugaban a la rayuela. El cielo parecía más brillante de lo usual. Había calor. Estos meses son así en el Istmo. Un niño pasó en bicicleta con un canasto de pan sobre la cabeza. Un anciano sentado fuera de su casa en una silla de madera, no dejaba de verme. El loro no se callaba. Me bajé del auto. Sondeé la casa buscando a Noel. Ni rastro. Las ventanas estaban todas selladas. Pero acercándose se podía escuchar las risas de adentro. Una, pertenecía indiscutiblemente a Noel. Las otras eran de mujeres, algunas se oían muy jóvenes. Husmeé entre las rendijas de la madera y pude ver a Noel abrazando a una mujer, sentada sobre sus piernas. Pronto distinguí la verdad: no era una mujer, era una niña, de unos catorce o quince años. La mujer de los shorts sirvió cervezas en la mesa. Noel tomó un sorbo del vaso y luego tomó a la niña por la cintura y la llevó hasta unas gradas. Se perdieron por allí. Me alejé de la ventana y me dirigí al auto. El viejo sentado en su silla no dejaba de verme. Me fumé otro cigarro. Por fin, Noel salió de la casa, con la camisa desabrochada y abrió la puerta trasera del auto. Tomó al loro y lo llevó hasta la puerta del lugar, donde la mujer de los shorts lo recibió y pronto llamó a alguien de dentro. La muchacha salió a la calle. Tenía puestos una blusa transparente, que mostraba sus pechos y una minifalda. Le dieron el loro. Noel también le dio unos billetes y le acarició la cabeza. Luego se despidió dándole una palmada en las nalgas a la mujer de los mínimos shorts. Cuando se subió al auto lo puso en marcha de inmediato y empezamos a dar vueltas otra vez por la ciudad. Hasta que un semáforo en rojo nos detuvo. Noel me miró y me suplicó: no vayas a contarle nada a Amanda, por favor. No pude responderle, sólo saqué mis cigarros y le ofrecí uno. Yo también tomé uno y lo encendí. Fuera, en la calle, un niño paseaba a un perro que se parecía mucho al que Noel acababa de vender. La luz de la tarde volvía todo cálido y la ciudad empezaba a prepararse para otra noche. Una en la que debería hacer cualquier cosa para olvidarme de los ojos de ese viejo que me miraba inmutable desde su silla. Apostada frente a la casa vieja, desde donde vio crecer a la niña que hoy tiene un loro. Uno que no deja de parlotear.

20.4.08

aquella luz, es una llama que arde?


La cotidianeidad entre otras cosas, enceguece. Esconde bajo la espesa bruma de la rutina, las cosas que sorprenden al ojo inocente. Esta ciudad por ejemplo, vista en mi condición de peatón no me parece la misma ahora que la examino desde la impresionante perspectiva que ofrece el ventanal de la casa de Horacio. Ha sitiado su mansión en una de las altas montañas del sureste de Guatemala y desde esta altura, a esta precisa hora en que nos nace la noche, la ciudad es un manto luminoso e intermitente. Un río de lava escupido por un gigantesco volcán que cotidianamente se ve dormido. Es una tierra incandescente esta, de muchos volcanes, y su centro: una ciudad que arde, entre disparos de fuego. Es muda la ciudad tras la ventana. La música de la fiesta le calla los murmullos. Horacio ha dispuesto invitarme a otra de sus farras. Celebraciones que fabrica con el único objetivo de incrementar su bien ganada fama de dandi generoso. Elegantes meseros reparten canapés y cócteles. Un vistazo alrededor me da la primera impresión de la fiesta. Un examen general de invitados. Es siempre la misma lista de nombres, organizados en idénticos grupos, pero con distinto peinado cada vez. La misma gente regodeándose de las mismas glorias. Es como si hubiesen tomado una fotografía, la hubiesen publicado en la sección de sociales del periódico y luego la expusiesen en cada celebración habida. Una imagen congelada de gente, conversaciones y relaciones sociales. Me aburro, intensamente, me aburro. He venido porque me hacía falta salir de casa. Últimamente he pasado mucho tiempo en silencio. Ordené mis libros. Revisé viejas notas. Regué mi jardín. Desconecté para siempre el teléfono. Limpié el frigorífico. Vaya, hice de todo para conseguir una idea concreta, clara, que me ayudara a seguir escribiendo. Pero nada. Son ya dos semanas sin ninguna iluminación concreta. En cierto modo, esto me ha hecho recordar porqué abandoné la idea de ganarme la vida con mis textos. Lo que me hace falta, ahora lo sé por experiencia, es sufrir un acontecimiento disparador. Dos o tres segundos intensos que me hagan resucitar de este letargo, este período mutis mutandi en el que involuntariamente me he hundido. El jolgorio de la gente, me llama la atención; lo provocan Horacio bajando las gradas, abrazado como siempre de una mujer, notablemente hermosa y anónima. Esta vez es una morena con un vestido que deja saber por qué Horacio se ha interesado en ella: las curvas, el volumen de las curvas, el color de las curvas. Ningún interés mueve a Horacio tanto como el placer que una mujer es capaz de darle. Lo sé, me lo ha dicho, lo he visto. Lo conozco desde hace quince años, cuando empezábamos la adolescencia en un colegio de curas. Horacio, al contrario de lo que se esperaba de nosotros en el colegio, se volcó a un hedonismo intelectual que luego se manifestó sin mesuras en el plano concreto ya en nuestra madurez. La buena fortuna familiar, le ha hecho más fácil el camino. Y si bien, hoy labora al igual que yo en una profesión en la que el lucro es ajeno, el dinero llega a sus manos de diversas y generosas fuentes. Ambos somos catedráticos en la universidad donde egresamos. Horacio imparte Ética y Filosofía. Por mi parte, me inicié como catedrático de Historia de las Religiones y ahora, por propio abandono, he llegado a ser un maestro de cursos libres de redacción y oratoria. Al principio me pareció una idea beneficiosa, puesto que proyecté terminar finalmente una novela que ideé hace cinco años. Quería publicarla y para ello me deshice de los compromisos que me absorbieran tiempo. Pero ahora, seis meses después, tengo las mismas notas de hace cinco años llenas de tachones nuevos, la casa llena de cenizas de cigarro esparcidas por doquier al igual que botellas de güisqui vacías y libros que me han hecho recordar que los temas esenciales han sido agotados por los griegos y alguno que otro contemporáneo, apropiándose de toda posibilidad de belleza en el lenguaje escrito. Pero no soy de los que se rinden fácil; Horacio tampoco. Ahora saluda a otros invitados y se aproxima a mí. Me presenta a Débora, la morena que lo acompaña. Es una mujer agradable de suaves manos y un finísimo y largo cuello sobre el cual pende un collar de brillantes que supongo es regalo de mi colega. Hay algo especial en ella, a parte de que es una mujer elegante y contrasta con las últimas conquistas de Horacio. Ahora recuerdo a las brasileñas en semana santa, por ejemplo. Pero bien, además de la encantadora Débora, Horacio me remite después del breve saludo, con un viejo conocido: Noel. Lo conocí cuando era una promesa joven de la poesía, junto a su novia, Amanda. Se casaron y recién se ha separado, según me cuenta. Fue algo terrible, no teníamos hijos, pero sí dos perros, un gato y un loro al que nunca le tuve cariño. Tú sabes que uno no puede ser del todo fiel, llevábamos once años juntos y tres de novios; un buen día me conseguí un amante y Amanda se enteró. Fue un desastre, un mar de lágrimas y reproches. Me echó de la casa el mismo día, junto con los animales, tomé el auto y los metí allí. Anduve una semana completa buscando un apartamento donde los aceptaran, hasta que finalmente Horacio me alquiló una casa en el norte de la ciudad. Yo brindé a su salud y luego lancé el dardo: y todavía escribes, Noel? Hubo una pausa silente de su parte, volteó a ver la ciudad tras el ventanal. Escudriñó el horizonte y por unos segundos pensé que se había sumergido en un abismo espiritual del cual no lo podría regresar. Pero pronto volvió la mirada hacia mí y me disparó a quemarropa: lo he dejado. Escribir, es una cosa de locos, Julio. Si lo vas a tomar en serio, si de verdad quieres escribir dos o tres líneas que valgan la pena debes tener en cuenta que a cambio habrá un sacrificio. Uno muy grande, uno que yo no estoy dispuesto a dar. Creo que me estoy perdiendo, pensé, pero de inmediato, Noel continuó explicando: Las historias más genuinas, ya están escritas todas, ocultas eso sí en un plano surreal. El verdadero escritor es sólo una ventana entre ellas y el lector. La idea no puede ser entendida sino bajo el frágil sistema de lo místico. El universo en sí, no puede ser sostenido sino por la iluminación! Todo tiene un lado oculto a la vista: ves, la ciudad, desde acá, cuál es el lado qué ves? Y su espalda? Has visto las cosas de verdad? Por ejemplo, este vaso: no le ves completo, ves un lado. El escritor debe ver todos los lados al mismo tiempo si quiere comprender un objeto. No se puede describir algo si no se conoce el objeto a cabalidad. Y para ello debe trasladarse el escritor al otro plano, a la espalda oculta de las cosas. Bah! Y cómo vas a hacer eso, Noel, las drogas son para gente mucho más joven que nosotros! Oh, no estoy hablando de las drogas, Julio, hablo de algo mucho más exigente: para ser un escritor, debes vivir en un plano dual de ficción y realidad. Y para ello, debes desdibujar una gran parte de ti, acá en el mundo real. Ser un fantasma, me entiendes? Un testigo mudo, silente, una sombra que absorbe de la luz ajena la iluminación de sus letras. No tomar parte, vamos, no ser! Y esa parte tuya que se borra, existirá en otro plano, el irreal y esa dualidad hará que seas una ventana entre la historia y el lector. Joder, estás loco, Noel! Dije y cambié de conversación. Hablamos del clima, como todos los idiotas que no saben de qué más hablar. De los cuadros que llenan las paredes de la casa de Horacio. De nada. La fiesta terminó tres horas después y yo estaba sino borracho, a punto de estarlo. Me despedí de mi anfitrión y de Débora. A Noel lo perdí cuando se acercó a platicar con sus ex editores. Era la madrugada del sábado diecinueve de abril. Obscura, fría. Las calles desiertas, mientras las recorría en el auto, en silencio, con la radio apagada. Me detuve en la carretera, camino a casa, para darle un último vistazo a la ciudad, desde la perspectiva de esta montaña. Apagué el auto y me quedé allí largo tiempo, pensando en lo que Noel me dijo. Suena desquiciado, lo sé, pero cada vez encuentro más verdades en sus palabras. Hay que despojarse de uno. Un plan asceta para escribir. Una madrugada que se pierde en el olvido. Amanece. El tránsito empieza a fluir mientras sigo aparcado viendo la ciudad. Aún no me armo de valor para regresar a casa, porque sé, que cuando llegue allí, las líneas epidérmicas de mis dedos habrán inevitablemente, empezado a borrarse, sustituyéndolas líneas ficticias, imágenes. Y una ventana empezará a dibujarse en mí; o bien, un infame engaño, que sólo yo podré desenmascarar.

+imagen: Guate360

6.4.08

dibújame un futuro, profeta


Una hoja de papel que contiene nombres de calles escritas a mano y un boleto de avión situados sobre la mesa al costado de mi cama. La cortina meciéndose de afuera hacia dentro, la luz intermitente de una tarde que empieza a caer. Los pájaros migrando hacia sus copas aprovechándose de una ráfaga de viento y con ellos, vuelan también la hoja y el boleto. Un pasaporte y dos jeans perfectamente doblados sobre la cama. El aviso inequívoco de que te vas, amante viajera, brisa que fluye, nómada Ruth. Extranjera, siempre, en cualquier lugar. Tu hogar es la redonda extensión del planeta: las playas donde las olas borran mis pasos, las mesas para dos en los cafés, los cines donde veré a los amantes besarse sin pudor, los taxis que me llevarán a donde no estás, las camas de los hoteles en donde no hicimos nunca el amor. Ubicua sibila, has hecho tuyos todos los sitios y en cada uno forjaste las letras ardientes de tu nombre. Condena que cae sobre mí: en cada lugar a donde lleve esta presencia que comienza a desdibujarse, te empezaré a recordar. Diré tres veces tu nombre y una parte de mí, inevitablemente se desprenderá: echará raíz: dará frutos y florecerá cada abril cuando el calor se deje sentir. Y bajo su sombra, los amantes se despojarán del pudor y de las ropas. Y los acogerá cuando duerman borrachos el largo sueño del placer. No te encontraré, lejana Ruth y me desprenderé en trozos, perderé mis fronteras y a cambio, se me dibujarán nuevas formas con la exacta simetría de tu piel. Seré una reverberación de tu luz, una sombra que te nace lejana, desde esta noche, cuando te lleve finalmente al aeropuerto y tomes ese avión que te llevará al exacto sitio donde no te encuentre mi tacto. Empezarás inexorablemente a dejar de ser tú y transmutarás a una suerte de desierto que me absorberá por completo el alma. Llegarás a una ciudad repleta de calles que no te reconocen y parques en plena destrucción. Serás bautizada con el anonimato de las multitudes y tu nombre no será signo de rebelión. Porque bien sabes que nadie podrá darte el imperio, rendirte un sitio como yo: la ciudad es tuya, está a tus pies: puedes encenderla en llamas y dejar que ardamos aquí los libros, los otros y yo. Pero nada harás Ruth, sino largarte. Mujer que empaca sus perfumes. Mujer que se abstiene de mí. Cintura que tomo sin aviso. Cuello que beso de principio a fin. Boca donde resuelvo dejar mi sabor. Te tomo contra mí y siento tus pechos llenarme el corazón. En este preciso instante, daría todas mis miserias por volverme pesada ancla que no te permita dar dos pasos fuera de aquí. Pero soy leve, mujer que abrazo, mujer a la que amarro todos mis días felices. Espalda que recorro con mis manos, mientras la intento dirigir, así como se dirige la nave de un náufrago, moviéndose lento al ritmo de un piano imaginario que empieza a sonar. Lloren desconsolados los pasos que no dimos, los versos que no te escribí, las palabras reservadas para el amor que tus oídos no alcanzaron a oír. Baila conmigo Ruth, encuéntrame entero, reconoce que me has llenado todo de ti. Y luego déjame de una vez, lárgate hacia donde no te vea y procura que cuando alces el arco, a donde mandes tu flecha, sea el más fatal y certero de todos los disparos que has de disparar. Incéndialo todo Ruth, que nada permanezca. Vuélvelo todo cenizas tras de ti. Constrúyeme un camino con largas columnas de fuego que me lleven hasta donde estés: lejos, en el anonimato de las ciudades que no has conquistado, donde tu mensaje no sea ley, sino murmullo para los sordos. Yo te iré a buscar, mi amante, mi preciosa Ruth, cuando tenga la certeza de que en esta ciudad no queda nada tuyo, que no queda partícula por recolectar.




Imagen tomada de skyscrapercity

30.3.08

ne me quitte pas

He visto pasar al mismo hombre durante tres o cuatro veces frente al café. Quizá al igual que yo, espera a alguien. Dentro, las decenas de conversaciones sólo destacan mi silencio. Miro la taza y en ella el vacío. Impregnado, el café ha dejado testimonio de haber estado allí. Me estoy aburriendo. He salido temprano de la oficina, tal como había planificado desde anoche, cuando en casa sonaba un acetato de Nina Simone insistentemente interrumpido por el timbre del teléfono. Al otro lado, Ruth: quedamos en encontrarnos en este café, en el que estoy desde hace dos horas con quince minutos. Desde hace cuatro tazas de café y un paquete de cigarros, que ahora luce vacío y que como inconfundible signo de mi desesperación, lo vuelvo un embrollo entre mis manos. Me recrimino lo iluso que fui. Pero, vamos, la culpa es de los nervios, la nicotina, la cafeína y de estos dos larguísimos meses sin follar. Eso es: esta abstinencia me tiene impulsivo. Debo encontrar alguien con quien inexorablemente terminemos en la cama. Penetrarla sin preguntar, embarazarla de ideas obscenas y húmedas, en las que mi nombre se repita una y otra vez. Pienso inevitablemente en Ruth; en la redondez de sus senos que perfectamente caben en las palmas de estas manos que ahora reviso y están vacías de senos. De las piernas, las largas piernas de Ruth. De todas esas perfectas líneas que la definen; y sin quererlo hago, digámoslo así, un inventario de su cuerpo y joder, lo recito a la perfección, tanto, que me sonrojo de saberlo. Soy un tonto, me digo y este tonto se va. Esto es: salir rumbo a la rutina de maldecirla a cada vuelta de esquina donde no está. Pago y me largo de allí. Al salir a la calle, siento cómo el calor de marzo golpea con todo a este ser que se consume en pasiones fallidas. Al doblar en la primera esquina, la maldije. O intenté maldecirla, porque antes de terminar una mano tocó mi hombro. Quise con todas mis ganas que fuera la mano de Ruth. Y era ella. Vas a alguna parte, guapo, dijo y yo me desarmé. La tomé de inmediato por la cintura y la abracé fuerte. Sentí al hundirme entre su cabello, su olor, su olor dulce y afrutado. Oye, querido, me alegro de verte también, me susurró al oído y luego me pidió que la invitara a un trago. Sé que en tu apartamento guardas Jim Beam, llévame allí para sentir que vuelvo a casa yo también, me suplicó mientras tomaba mi mano. Y nadie pude negarle cosa alguna a Ruth, así que manejé hasta allí. En el coche oímos algo de Dexter Gordon, mientras nos asíamos de las manos como dos adolescentes en pleno flirteo. Llegamos a mi casa y al bajar del auto, tomé a Ruth de la mano. Amor, necesitas regar este jardín, dijo, mira las flores todas maltrechas! Sólo atiné a sonreír, mientras abría la puerta. Entramos y nos sentamos en el sofá. Ruth reconoció cada uno de los muebles y supo que todo allí estaba igual. A excepción de mí: me notaba con una gripe existencial.
Una gripe existencial? / Eso, Julio, una sencilla enfermedad con una cura igual de sencilla. / A ver, en qué te basas para emitir tal opinión? / He leído tu blog. / Ja! Lo sabía. / De una vez, te aviso, que yo no voy a pensar nunca en un epitafio para ti, querido, entiende eso de una vez por todas, por favor. / Era una metáfora muy barata esa… / A ver, y qué exactamente quisiste decir? / Que quiero que tengas la última palabra sobre mí. Incluso sobre mi muerte.
Ruth se quedó mirándome con esa sonrisa que me desdibuja todo signo de pudor. Oh sí! Estoy vulnerable, sujeto a su voluntad y su deseo es que yo pierda por completo la razón. Se acerca lentamente hacia mí, deja el vaso de güisqui sobre el piso y recuesta sus manos sobre mis hombros, mientras abre ambas piernas para acomodarse sobre mi regazo, sentados ambos en el sofá. Empieza a besarme el cuello y mientras lo hace, le prometo que esta vez le voy a dejar impregnado tan profundo mi olor que nadie podrá dudar que es mi mujer. Eso pareció terminarla de encender. Follamos: en la sala, en el dormitorio, camino al dormitorio, en el piso. Diez toneladas de una vida sin follar, fuera de mi espalda. Luego permanecimos horas en la cama oliendo a semen y güisqui. Y fui testigo de cómo la luz del miércoles veintiséis de marzo empezaba a iluminar mis pies junto a los pies de Ruth, que dormía sin enterarse de nada. Me levanté a preparar café y desde la ventana distinguí el espectáculo de mi victoria: mis conciudadanos preparándose para ir a dejar la vida entre el tráfico y los almuerzos económicos, mientras yo permanecía en casa empachado de tanto sexo. Iban por allí, entre otros, mi vecina y su amigo, el de la ropa limpia. Me levanté para hacer café. Estando en la cocina, Ruth me abrazó por la espalda informándome que también había despertado. Me volteé hacia ella, lleno de un repentino impulso autodestructor.
Quédate esta vez, disparé, y no me refiero a hoy, quédate siempre, déjame ver cómo envejeces, cómo pasan los días como ráfagas mientras espero la noche, nuestras noches juntos, saber qué significa llegar a casa y saber que estás allí junto a tu cepillo de dientes. Y Ruth, precisa, tomó mi mano y la besó. Luego se la llevó al pecho y me dejó allí, otra vez, con el café, impregnado en una taza sucia.
El ruido del agua cayendo del grifo de la ducha, empezando a disolver mis palabras. Volteé hacia la ventana y ví como el terrible miércoles veintiséis de marzo era ya una cuestión real, concreta: un día más. Y fui hacia el sofá para empezar a grabarme cada paso que Ruth dio dentro de casa, mientras ella en el baño, iniciaba la terrible ceremonia de borrar el olor de mi saliva, de desprendérselo a fuerza de restregones de la piel. Mientras que a mí, completamente plagado de dudas y de ganas, sólo me resta callar de una vez por todas estas malditas ganas de seguir platicando con sus pliegues. Esos que conozco tan bien.

23.3.08

Éxodo


Los perros del vecino se quedaron encerrados mientras él, supongo, vacaciona. La ventana de mi habitación da justo hacia su patio y eso ha sido ahora más que nunca un inconveniente.
A toda hora los perros ladran y más que ladrar, se quejan. Han hecho escándalo desde el martes por la noche y lo hacen aún hoy domingo. Incluso llamé a protección animal y nadie atiende. Nada es útil en estos días. Incluso los diarios dejan de circular: la más extensa y ridícula prueba de que vivimos en una aldea.
El ruido martilleante de las bestias enfadadas y la falta de sueño me provocan recriminarme. Lamentar el desprecio que a su tiempo hice a las múltiples ofertas de Horacio: me había invitado a pasar estos días de descanso en Cancún, junto a las dos exóticas brasileñas que lo iban a acompañar.
No lo vas a creer, dijo: ¡trabajan de bailarinas en un show! Y mientras lo decía, frotaba sus manos, una contra la otra y esbozaba una sonrisa que lo hacía verse como un tonto.
Yo le expliqué que salir de la ciudad en estas épocas y largarse hacia las playas me parecía la opción menos higiénica. Estás muy equivocado, me replicó, esta suerte de éxodo masivo implica algo mucho más allá de lo físico, es una cuestión espiritual judeo-cristiana; ya verás: éste sábado, ¿no fue cuando Eloí sacó de Egipto a su pueblo, liberándolo al partir en dos el mar rojo?
Yo asentí, pero igual me negué a ir con él. Realmente me repugnan las multitudes. Así que Horacio tomó el vuelo, sin quien atestiguara su peripecia carioca.
Esperar la mano de Dios partiendo las aguas del Caribe junto a una brasileña semidesnuda no era mi idea de salvación. Es que hoy no necesito ser salvado, sino de mí. Y creo conocer a la perfección mis puntos críticos.
Lo de Horacio es pandémico. La mayoría de gente se ha ido en busca de una playa donde mostrar la abundancia de sus carnes, ya sea esperando a Dios o bien, alguien para aliviar su calor interno. Gracias a ello, Guatemala está realmente vacía en estos días.
No se avizora grupo alguno moviéndose por allí. El silencio es casi todo: las calles, los cafés, los cines. Me encanta. Es como si hubiesen borrado a la mayoría de conciudadanos, y eso sólo puede alegrarme.
Pasé toda la semana revisando las esquinas en las que usualmente transito. Una y otra vez. Y son otras, lo juro. Están limpias: incluso aquella en la que mataron a un hombre a sangre fría, frente a mi auto, cuando conducía hacia el trabajo.
Dos hombres descendieron de un coche y desenfundaron sus armas descargándolas sin piedad ni detenimiento en el cuerpo que caía. Lento, lentísimo, como si ya fuera de los gusanos. Hicieron lo suyo con absoluta impunidad. Nadie dijo nada. Nadie hizo nada. Sólo atiné a meter la cabeza tras el volante y observar lo fácil que es morir en Guatemala.
Afortunadamente en esta semana es muy difícil ver un asesinato en esta ciudad. Lo único que vas a ver si sales son las imágenes de iglesia paseándose en procesión por las calles del centro.
El viernes decidí salir a buscarlas. Luego de caminar, encontré lo que me temía: una multitud. Era gente pobre en su mayoría, lo sé porque entre ellos, sobresalen muchos borrachos y desdentados.
El aire de la calle traía consigo una mezcla de olor a incienso, aserrín, alcohol, pegamento y fluidos humanos. Pero vamos, este es el prójimo: hediondez que invade el espacio. Obscenidad. Olor a catre. Un gusano que se arrastra dejando a su paso la estela brillante de la baba.
A mi lado, apenas alumbrado por el foco intermitente que pende del poste, un  niño (he decidido calificarle así, aunque parece tener unos dieciséis años) inhalaba pegamento. Es una práctica común en estas calles. Dicen que te hace olvidar el hambre.
El niño, digámosle así, veía pasar la procesión. Los tambores de guerra retumban. Imagen barroca de un Cristo mostrando su muerte. Música fúnebre. Siempre deseé un funeral con banda. Como lo acostumbran en Nueva Orleans. Que toquen los músicos, mientras los albañiles aguantan la risa colocando uno sobre otro los ladrillos del nicho. Quizá le deje algún dinero a Horacio para que lleve a mi entierro a las brasileñas y que muestren allí lo suyo. Que esa sea mi última broma.
Pero volvamos al niño, quien bajo efectos del pegamento, luego de la procesión se dio vuelta y largó de allí. Se lo tragó de inmediato la multitud y le perdí de vista.
Tomé su ejemplo e hice exactamente lo mismo: regresé a casa. Los perros ladrando me esperaban. Pensé indeterminadamente en desaparecer, perderme de vista.
Es una necedad mía, continuar en esta ciudad, pero no me permitiré desertar. Ni tampoco me lo permitirá Cavafis con su infausto poema.
Mientras los ladridos de los perros me roban todo resto de paz, pienso en los caminos atestados. En los ahogados, los muertos, las balas, la sangre corriendo hacia la escotilla del drenaje, los semáforos en rojo, los niños inhalando pegamento, el éxodo.
Tengo la certeza de que cada paso dado en esta ciudad es un paso más cerca de la muerte. Y del destino ya sólo puedo decir una cosa: todos deberíamos pensar en el epitafio de nuestra tumba, que lo único seguro es que vamos a morir.
            Sé exactamente de qué va a ser: yo me voy a morir de asco.

16.3.08

El cielo, Elías, prendélo en llamas

El teléfono está sonando. Es la quinta vez que me llaman esta noche y también que no contesto. Llevo un par de días saliendo de casa exclusivamente por circunstancias inaplazables. Como el trabajo, por ejemplo. Si bien, la gripe ha terminado de afectarme, creo que empiezo a desarrollar otra enfermedad que me resulta familiar: la náusea. Y sí; se trata de la mismísima náusea sartreana: La contingencia como lo esencial, no máscara, quiero decir. Dos jugadas antes, Eva, poniéndome en jaque mate y yo flotando perdido en esta marejada que revienta en un filoso acantilado. Después de salir de la clínica de Umaña, empecé a sentirla. Una espiral que succiona; que acaba mi ánimo, revuelve el estómago, me convierte en un autómata. He asistido a la oficina como tal. El martes recién pasado le conté de la situación a Horacio y ha insistido en que no abandone la idea de Eva. Horacio quiere que me vengue de ella, que golpee a Umaña, que me emborrache y que de paso lo invite a las dos cervezas que le debo por haber arruinado su noche en el putero. Y no ha dejado de llamarme desde entonces. Estoy completamente seguro que es él quien está tras estas llamadas insistentes que no he querido contestar. Así que desconecto el teléfono. Y me siento a escuchar lo que la ausencia de ruido intencional te deja. Puedo distinguir el motor de la lavadora automática de mi vecina. Funciona una y otra vez, vueltas cíclicas. Es la una y media de la mañana. Quién lava ropa a esta hora? Y también oigo su voz. Tiene un timbre peculiar. Parece reír. Salgo a ver por la ventana y nadie pasa por esta calle. El cielo, como todos los de marzo está despejado. Dos estrellas apenas brillando dispersas. Y yo, escudriñando el horizonte, el terrible horizonte, el extenso y lácteo horizonte vacío de presencias extraordinarias. Surge dentro de mí un solo deseo: que de entre las delgadas capas de gas que cubren este catastrófico planeta, venga el mismísimo Elías en su carro de fuego y me invite a dar un paseo. Le enseñaría cosas, a Elías, seríamos amigos, él y sus caballos de fuego. A cambio del paseo, yo le enseñaría las mismísimas puertas del infierno dibujadas a lápiz en la ingle de una mujer: Eva, vamos, Elías, Frankfurt, vos conocés. Pero nada pasa por el cielo. Sólo dos estrellas agonizando entre lo lactoso. Y la única respuesta a mis plegarias es el infeliz y mecánico baile de una lavadora automática. Quién lava la ropa a las dos de la mañana? Mi vecina, que ríe y está acompañada. La veo desde otra ventana. Me escondo, no prendo luz. Está con un hombre. La besa, se besan, se ríen, sorben de dos copas gemelas el líquido que seguro más tarde les sabrá a líbido. Y terminarán luchando contra el deseo en la cama, seguramente, mi vecina y su amigo, mientras la lavadora termina de lavar la ropa. En tanto yo, me acuesto en esta cama que no es más un conjunto de resortes y seis patas, sino un continente. Un continente vacío es mi cama y defino de una vez por todas que es Asia. Sin gente, pero sí valles y montañas, algunas gélidas hasta el hartazgo. Islas sí, gente no. Asia vacía. Y este corazón que se pudre no es más un músculo, es un engranaje, un reloj, no sístole, no diástole, tic-tac, el viejo juego, sí del tic-tac. Me invade la náusea y siento la imperativa necesidad de asomarme otra vez a la ventana. La náusea, digo en voz alta mientras defenestro las dos terceras partes de mi cuerpo. Veo dos pisos abajo, mi jardín empezando a marchitarse gritándomelo con signos inequívocos: el pasto amarillento, las flores derritiéndose. No he regado esta semana. Nada ha pasado esta semana, ni siquiera una carroza encendida en llamas que me lleve a dar un paseo. Sólo la noticia de ropa limpia y dos voces que se ríen a carcajadas. Gemidos incluso. Creo, honestamente que he comenzado a perder la razón. A alucinar, también. Levanto la vista y a lo lejos sólo se distinguen, agonizantes, dos estrellas brillando apenas dispersas en el cielo. Y dentro, el absoluto vacío del lado izquierdo de mi cama.

9.3.08

antesala

Mientras ingresaba a la clínica, estuve a punto de arrepentirme. Buscaba al doctor Umaña para averiguar si Eva, realmente había abortado un hijo mío, y si él realmente había atendido ese procedimiento. La enfermera que vigilaba el escritorio de la recepción, al verme ingresar y luego acercarme, se permitió hacer una observación en voz alta: el doctor no atiende hombres. Sentí que estaba tomándome por un tonto. Anotó mis apellidos en la lista de espera solamente después de haberle dado una extensa y falsísima explicación del por qué estaba yo, un hombre, solicitando al punto de la exigencia una cita con un ginecólogo y obstetra. Dije que éramos amigos de la niñez, entre otras cosas y que quería consultarle ciertas cuestiones para una reportaje sobre los nacimientos prematuros. Y mostré mi credencial de prensa mientras rogaba a mi suerte que no examinara el documento. Hacía cuatro años había dejado de trabajar para ese periódico. Y la tipa, excesivamente maquillada y engañada por este servidor, me mando a sentar, junto a las otras personas sin quitarme un segundo la vista de encima. Incluso cuando llamaba al doctor por el teléfono, me miraba como si llevase ocho granadas y un fusil bajo la camisa. Cuando colgó el teléfono, tomó su labial y repasó el brillante rojo en su boca. Parecía como si intentase dar un tono circense a la escena.
Tomé asiento junto a las demás personas. Eran mujeres casi todas, embarazadas muchas, acompañadas algunas de sus maridos. Todo el mundo parecía feliz. Excepto yo, por supuesto, y otros dos tipos que llevaban consigo unas gigantescas maletas de cuero. Para distraerme, agarré una de las revistas que estaban sobre la pequeña mesa dispuesta al centro de la sala. Era una revista de medicina. Me dio pereza leerla. A mi lado, uno de los tipos con maleta, me saludó. Sabía que ese era el inicio de una conversación, de las que se dan en las salas de espera. Aburrida, plana, pero útil para pasar el tiempo. Le respondí y luego me preguntó de qué casa farmacéutica venía. De ninguna dije y el exhaló a modo de relajarse. Pensé que era competencia dijo y soltó una sonora carcajada que no tuvo ninguna réplica de mi parte. Evidentemente se trataba de un tonto, de la peor clase: un tonto impertinente. Luego no volví a hablarle. Tomé otra vez la revista y fingí interés. De reojo veía a la enfermera observarme con insistencia. Como si esperara que yo me derrumbara y saliera corriendo. Como diciéndome que no me había creído ni una sola palabra. Como sabiendo que yo estaba allí por Eva.
Pasaron treinta y cinco minutos y yo seguía fingiendo que leía la revista. Lo único que me interesó de ella fue un artículo que detallaba los efectos de un nuevo tipo de anestesia. Por las fiestas, digamos.
Leyendo este artículo estaba, cuando la enfermera se levantó y me llamó por mi apellido, avisándome que el doctor estaba esperándome. Dejé la revista y entré a su consultorio. El doctor era muy distinto a lo que yo pensaba. Lo imaginé viejo y con una bata amarillenta; y era todo lo contrario: joven, casi de mi edad, con un traje impecable. Un tipo de esos que disfrutan restregándote su éxito por la cara.
Tomé asiento y con la disfonía que me causó la gripe, hice un esfuerzo proverbial por explicar de la manera más racional y sucinta el por qué estaba allí. Es decir, el embarazo, Eva, mi terrible situación de incertidumbre y el aborto. El doctor me miraba fijamente, como si estuviese buscando la explicación médica de mis rasgos físicos. Me sentía como un animal raro desde el momento en que pisé la clínica. Y estaba sobrio, por dios que sí. Le enseñé incluso la nota de Eva, donde hablaba de nuestro supuesto hijo y del adiós. Esa nota escrita sobre una factura suya. Cuando terminé de explicar la situación, el doctor abrió la gaveta de su escritorio y sacó una fotografía. Era una foto de Eva y de él. Y luego me explicó que conoció a Eva porque era paciente de un colega con quien compartió consultorio y que la había invitado a salir. Habían sido amantes, dijo y que ella había ocultado por completo mi existencia. Que nunca había atendido a Eva como médico sino sólo como hombre (esto último provocó que le viera con lástima, igual a Eva, eran tan vulgares) y que jamás había realizado un aborto. Que esa era efectivamente una factura suya, pero que debía haberla extendido por cualquier otro motivo. Vaya, que todo lo de Eva era una mentira, una estratagema para destruirme por completo y de paso también a él, que al final de cuentas era la víctima de la situación, porque todavía la amaba. Que incluso antes de mi visita, tenía planes de ir a buscarla a Frankfurt. En este punto de confesiones, no quise contarle que nuestra Eva, ya tenía a Lotar, mucho menos teniendo noticia de las connotaciones de semental que implica el sustantivo.
Era una situación incómoda y para salir de ella por la vía más fácil el doctor me ofreció ir por unos tragos luego de que terminara con las pacientes. Pero no acepté. Me excusé con la recién pasada gripe. Así que me fui de allí estrechando la mano del hombre con el que compartí a Eva. Eso, sin tener la más mínima idea de nuestra situación de bígamos.
Al salir de la clínica me di cuenta que afuera, el clima estaba radiante. El cielo azul profundo y el viento fresco. Encendí un cigarro. Un cigarro cubano que la misma Eva había dejado en casa la última vez que estuvo allí. Y sonreí. Jamás nadie se había tomado tantas molestias para conmigo.
Y supe que no me equivoqué cuando dije que tras los ojos de Eva había una mente criminal, disfrazada de venus. Los tacones, los escotes, los cigarros. Las noches de bar en bar. El hotel, los hoteles! , la ficción. Oh, la ficción...
Y en el reporte de hoy debo decir que estoy herido. Pero que ésta, sencillamente es una herida de fácil curación. De cicatrización rápida. Tan rápida, tan veloz, como decir adiós.

Adiós Eva.

2.3.08

Sonntag

Amaneció lloviendo y es domingo. Aunque seas el tipo más optimista de esta ciudad, los días como hoy soy una combinación que invita a permanecer en casa todo el día. Solo. Con el viejo amigo Jack. Así que no hago otra cosa más que ver mi jardín. Porque tengo uno, como previsión para la vejez. Me entretengo remozándolo, abonando el pasto, regándolo. Cada dos días. Pero hoy me ahorré el trabajo: está lloviendo y hace frío. En marzo! Quién iba a decirlo, en pleno trópico del itsmo centroamericano.
El vecino sale a caminar bajo la lluvia. Parece no importarle la amenaza de gripe. Yo tengo gripe y me siento fatal. Me da cierta envida verle andar despreocupado bajo la llovizna. Parece entrar en razón. Desiste de su caminata. Sube al auto y se va. Admirable. Yo no podría dar dos pasos en la calle. Por consiguiente resuelvo quedarme en cama. Pero no puedo. Pienso en el cúmulo de cosas en el clóset. Son tantas, que las puertas van a ceder en cualquier momento. Podría ser mientras esté durmiendo, por ejemplo. Una avalancha de basura inundará la habitación. Y será inútil resistirse. Estaré ahogado entre papeles viejos, cajas de zapatos y calcetines sin su par. Hasta que el vecino regrese de su paseo dominical y escuche mis gritos. Es una pesadilla.
Me obligo a prevenir el daño. A sacar la basura, vamos. Tengo que comenzar por algo: las cajas de zapatos. Dentro de las viejas cajas de cartón, encuentro fotografías. Son de algunos de los viajes que he hecho; pero no aparezco en ellas. Pero sí mis amantes. Es como si intentara borrarme de mi propia vida eliminando cualquier prueba de mi existencia. La teoría del autoboicot. Las fotos no las tiro.
Encuentro dos cajas repletas de papeles. Son colecciones de facturas, notas de desahucio, memorandos de prensa, artículos escritos y olvidados, una carta amabilísima que redacté para el editor que extravió hace cinco años el manuscrito de mi novela fundamental, y una sorpresa. Una nota de Eva:

Julio, corazón:
(Eva siempre fue sarcástica)

Anoche lo decidí. No quiero vivir más con vos. No es nada personal, lo sabés. Es sólo que la cosa no funcionó.

Eva.

PD. Le hubiéramos puesto Adrián. Era hombre.

Esto último adquiere sentido cuando examino el reverso de la nota. Estaba escrita sobre una factura. Del doctor Carlos Umaña, ginecologo y obstetra. No tengo idea de cómo llegó hasta aquí la nota. Es más: Eva no me dejó así de pronto. Optó por una beca y se fue a estudiar su maestría en biología. A Frankfurt. Debe ser una farsa. Una venganza, de alguna pelea estúpida. Además, siempre tomaba sus pastillas. Yo la veía haciéndolo, era una obsesión, de las mórbidas. Mierda. Jack no va a ser suficiente esta vez.

Son las once de la mañana en Guatemala. En Frankfurt, las seis de la tarde. Tomo el teléfono y llamo a Eva.

Hola Eva / Hola, quién habla? / Habla Julio / Julio? / Si, Julio! / Bueno, qué quieres, estoy a punto de salir a cenar…/ Encontré tu nota / Qué nota? / Esa nota donde dices que me ibas a dejar. Y que tuvimos un hijo…/ Estás loco! No existe ninguna nota así / Bueno, si te llamé es porque la estoy leyendo. No hay otro motivo para hablarte. No lo hago desde que te marchaste y eso fue hace un año y medio / Oye, este asunto es ridículo. Jamás te escribí una nota así. Cuando me fui te lo dije de frente y créeme: NUNCA TUVIMOS UN HIJO. Así que hazme un favor, déjame en paz, que ya me tengo que ir a cenar. Lotar está esperándome / Lotar? / Adiós Julio. No me vuelvas a llamar. El número te lo dejé por alguna emergencia familiar. FA-MI-LIAR me entiendes? y ésta, definitivamente no es una.

Colgué el teléfono. Me serví otro güisqui. Tiré todos los papeles a la basura, sin prestarle atención a ninguno.

Basta de sorpresas por hoy.

23.2.08

destino

He puesto uno de esos discos en el reproductor. De los que oyen los borrachos cuando se les parte el corazón. Literalmente. Elliott Smith se apuñaló exactamente en ese sitio, cuando decidió matarse. Lo hizo después de grabar estas canciones que de por sí, eran el vaticinio de su rendición. Liarte con el dolor puede conducirte hacia una perspectiva distinta de las cosas. En mi caso, me predispone a una estética fluida. Es cuando te alejas de los objetos cuando los aprecias en su justa dimensión. Voy en el auto, por cierto. En el espejo retrovisor a lo lejos se distinguen las luces que por las noches alumbran Guatemala, ciudad. A veces me da por manejar en la noche. Sin un rumbo predestinado. Vengo de la nada y voy hacia allí . Sólo soy un detalle más de este paisaje, y si te descuidas, puedo consumirte conmigo. Echar raíces, me entiendes. Pero no es ese el motivo de este viaje. Es sólo tomar el volante y conducir. Oyendo discos que me hagan sentir miserable. Hasta que no vea más luces, hasta que no conozca exactamente dónde estoy. Hasta que mi suerte dependa de los ladrones y asesinos, menos citadinos, de carretera. Esos escondidos entre la espesa vegetación que inunda este país, plagado de tropical fools. Tontos como éste que conduce sin destino. Una vez conduje hasta México. Dejé el auto tirado en Tapachula y luego tomé un bus hacia el Distrito Federal. Cuando estaba en la habitación del único hotel disponible a las cuatro de la mañana, traté de recordar de qué estaba huyendo. Y no lo sabía. Me asomé a la ventana y contemplé el esplendor nocturno de una ciudad desconocida. Me fumé un cigarro que saqué de una cajetilla comprada en algún lugar de Oaxaca donde estacionó el autobús. Acabé con las diminutas botellas del minibar. Borracho tomé la guía telefónica y disfruté no encontrar ningún nombre conocido en sus dos mil quinientas páginas. Regresé dos días después sin decir dónde había estado. Pero esta noche no habrá México para mí. Sólo caminos oscuros como este, que recorro sólo, en el auto. Quiero ver de lejos las calles. Sentir la nostalgia de las esquinas. La ausencia de olor dulce de la ciudad, que más que urbe, es una guarida de sicarios. Huir de la ficción que es Guatemala. Que no es. Que no será. Que nunca fue, una ciudad para nosotros. Demasiadas posibilidades de morir sin dejarte más herencia que el recuerdo de este tu amante entregado. Demasiados días en los que estás centrada en ser tú, y calcular las consecuencias fácticas de serlo, mientras que yo tiendo a la ausencia, a dejarme a mi suerte, mientras intento descifrar esa idea que nos haga felices. A divagar. Cualquier cosa con tal de no pensar en el cepillo de dientes que sobra en mi baño. Todos los caminos conducen a tí, lo sabes. Aunque al final no seas más que una sombra inasible, como todo objeto deseado.

14.2.08

Bienaventuranza. Primera.

Dichosos nosotros los que jugamos a ser amantes en la carencia, valentines paupérrimos que sólo sabemos regalar calor guardado debajo de una sábana y una mano que acaricia debajo de la mesa sucia de una cafetería trasnochada.

Dichoso yo, que te tengo a ti, para bailar cuando no se baila, reír cuando no se ríe, y amar en tiempos de rabia. Lámpara que alumbra la densa oscuridad de mis dudas. Llama que arde. Verdad sabida. Letanía. Quiero inventar un idioma, para rebautizarte con un nombre que te haga justicia, maravilla, encierro de bondad, generosa, has tenido para mí todo y yo, querida, sólo te doy a cambio un gracias y estas notas, que al final son nada.

Mesura. Eso me pido. Decirle sólo a tu oído las cosas dulces que se me ocurran. Guardar mi amor en una almohada, donde te acuestes a soñar con futuros, casas amuebladas y desayunos para dos en la cama. No quiero gritar nada. Hacer un alboroto. Tú sabes, amor, que lo mío es hablar quedo y que lo último que quiero, es darle una oportunidad al destino para la venganza. Han sido demasiados inviernos los que te esperé apostado en esta esquina. Viendo hacia la misma ventana. Esa que daba a la sala, de la casa en que no estabas.

7.2.08

Diversión in absentia. Test No. 1


Horacio es un salvaje. Uno de esos tipos que sin tu permiso, llegan a estar sobre la pieza fundamental de tu vida, ni te enteres nunca por qué les permites permanecer. Mientras yo disertaba las particularidades de la guerra que se libra en las calles entre criminales y no criminales, de sus migraciones, sus trincheras, Horacio insistía en un tema bastante disímil: mencionaba intermitentemente el nombre de un prostíbulo que frecuenta. Acto seguido, extendió una invitación, que según él, “no aceptaba un no por respuesta”. Quería que yo también fuera al sitio. Pensaba que era tiempo de salir a conocer el mundo.
Acepté. Quería conocer el mundo de Horacio. Así que nos lanzamos hacia el lugar y tal como lo prometió, las mujeres que lo atendían eran nocivamente hermosas. Para no perdernos ni un detalle de la acción, nos apostamos a un lado del escenario, como dos adolescentes legos en el sexo. De inmediato salió a bailar la más voluptuosa de todas las meretrices, contoneándose de maneras imposibles; mostrando, por qué no, los dotes que la genética y la ciencia le habían concedido. Horacio me sonreía agitando su vaso, provocando el choque de los hielos contra el cristal. Esto, amigo mío, mata toda filosofía de autodestrucción, dijo y se colocó el cigarro en la boca para tomar con sus dos manos los abundantes muslos de Chantal, la bailarina, encajándola sobre sus piernas. Y mientras Chantal se dejaba querer, yo, que todo lo razono, viendo a Horacio buscar desesperadamente una cura para mi incapacidad de diversión, pensé, a lo mejor como producto de esa misma limitante, que el maldito lugar estaba lleno de idiotas que habían perdido por completo la fe en sus propias habilidades de conquista, y que absolutamente derrotados se arrastraban hasta este sitio —ahora viene la peor parte— con el propósito de alquilarse una vagina para masturbarse.
Y se lo dije a Horacio.
Supongo que tenían razón quienes afirmaron que soy incapaz de divertirme, dije, mientras cerraba la puerta de casa dejando a Horacio fuera, con esa expresión de desilusión que me resulta tan familiar. Empezaba a digerir el hecho de no verme más cuando se despidió. Una vez dentro, encendí el ordenador para tratar de explicar en un texto la idea de la guerra. Y de los prostíbulos. Pero tampoco pude escribir. Sólo conseguí permitirme salir al balcón a ver pasar la noche. Es decir, a vigilar las calles vacías, el resplandor naranja­-sepia que mancha las nubes y las rutas de las ambulancias con sirena abierta. No pensaba en nada serio. Sólo una cosa ocupaba mi mente: la manera tan precipitadamente hermosa con la que abres mi puerta.
Y te juro que en ese momento me senté a ver la puerta. Y que también crucé los dedos.

28.1.08

I’m looking forward to joining you, finally

Justo como un animal domesticándose. Así me siento, echado en la acera, al lado de la mujer que toca el acordeón. Es ciega y poco virtuosa con el instrumento. Toca una canción absolutamente melancólica con la torpeza de un diletante y eso me tiene fascinado. Y mientras la oigo tocar, pienso en la maldita foto. Acabo de toparme con Verónica en el diario. Abrazándose con otras señoras, porque Verónica ahora es eso: una señora, de brazos gordos que abusa del fijador y de los tintes. Pero no pude, por más que quise, sentirme gratificado con la vida. Es que me da por pensar en la absoluta facilidad con la que me deshago de la gente. Aún sin pensarlo. Como lo hice con Verónica, en su tiempo. Y me gustaría saber qué ganaría mi vida si no fuera tan insoportablemente nihilista. Pero sólo es un deseo descartable. Me gustaría, en todo caso, que esta ciudad no fuera una herida abierta, y que este que camina, no fuera yo, sino mi sombra. Y que los lugares se lanzaran al olvido, tan fácil como las malas noches en la cama y que, por dios santo, en todos los malditos cafés donde estuve feliz y acompañado, fueran demolidos e incluso dinamitados, y en su lugar se edificaran monstruosas torres de oficinas, atestadas de abogados y psiquiatras. Para que la gente a la que he defraudado, tenga un amigo donde acudir. Como lo tuvo Verónica en su tiempo, cuando me acusó con su terapista de maniático depresivo. También de narcisista —lo olvidaba—. O como cuando llegó con su abogado y me quitó la mitad de mis cosas. Incluso de mis libros, que estoy seguro quemó junto a nuestro abstruso pasado. Pero nada de eso va a pasar. No mientras siga escuchando a la mujer tocando su acordeón. Y, maldita sea, no tenga ni una moneda para darle a modo de agradecimiento.

19.1.08

Anciano

El otro día pasé a tomarme a un café a uno de esos lugares, extraños por cierto, donde se reúnen usualmente los viejos a platicar de política, enfermedades comunes y soluciones geriátricas. Ese tipo de cafés, donde se sientan los amigos a ponerse al día de los fallecidos. Me gusta tomar café allí. Siempre me he comportado como si tuviera setenta y ocho años. Con el mismo entusiasmo, me refiero. Y a los adultos mayores nos gusta platicar. Mi vecino de asiento sobre la barra, por ejemplo, era un conversador. Estaba impecablemente vestido, con saco, corbata y camisa inmaculada. Hablamos, de casi todo, hasta que llegó el punto en el que sobrepasé los límites de la discreción y le pregunté si trabajaba en los alrededores. Entonces, el tipo, me dijo que se había jubilado hacía quince años. Que trabajó por allí, en la misma empresa, durante unos treinta años. Y que desde el primer día que se ausentó a sus labores, no ha podido dejar de levantarse a la misma hora, ponerse el saco, la corbata, la camisa e irse de casa, donde deja a su mujer, para llegar a la sede de su antigua oficina, que ahora no es más que un edificio abandonado. Entonces se va de allí a caminar o a tomarse un café. No he podido deshacerme de la rutina dijo, si lo hago me muero. Era una de esas cosas, que no esperas oír y que te empujan a un abismo crítico. He pasado semanas pensando en ello, porque creo que yo soy en potencia, alguien cuyo único asidero al mundo real es la constante repetición de los mismos actos sin sentido. Especialmente cuando marco mi tarjeta de asistencia en la oficina. Quizá por eso me entretengo buscando esos momentos luminosos en los que se rompe la rutina. Para mirar desde el filo. Para saber que estoy vivo. 

6.1.08

compañero

Era un almacén monocromático: blanco, gracias a la iluminación que proveían las lámparas de gas. Estaba lleno de estanterías, atestadas con frascos, dispuestos de acuerdo a su color y tamaño. Herminio, el encargado del negocio, gustaba del orden. Al punto de lo enfermizo. Y allí estaba, gozando de su reino, ataviado con su uniforme perfectamente planchado, tamborileando los dedos sobre el mostrador, mientras veía como un cliente se apostaba cómodamente sobre el amueblado de jardín en exposición; a pesar del rótulo que advertía no hacerlo. Estaba siendo paciente, como siempre. Y es que, Herminio se definía a sí mismo como una persona justa, y consideraba que la experiencia de sus ocho años en prisión, estaba superada. Un milagro del Espíritu Santo, decía. Pero ya habían pasado quince minutos, y el hombre permanecía sentado sobre el amueblado. Y Herminio decidió ponerle fin a la situación. Cerró la caja registradora con llave, se apartó de su cubículo y se enfiló hacia el final del pasillo, donde estaba el tipo ensuciando el producto, mientras hablaba cómodamente por teléfono. Posó su mano sobre la espalda del cliente para avisarle del inconveniente. El hombre volteó y sonrió. En su mano derecha tenía un revólver. Y con él apuntaba hacia la cabeza de Herminio, quien lo reconoció de inmediato. Habían pasado cinco años en la misma cárcel. Pero Herminio nunca supo su nombre, sólo su apodo. El tipo explicó que se trataba de un asalto. Y le pidió a Herminio que vaciara la caja registradora. Caminaron hacia ella, lentamente. Una pareja que se encontraba en el interior de la tienda, al ver lo que pasaba, se tiró al piso. Herminio sacó las llaves de su bolsillo. Apagó la radio, tomó el dinero y se lo entregó al asaltante. Enseguida, se tiró sobre sus rodillas. El tipo empujó su arma contra la barbilla de Herminio, alzándole el rostro, como intentando reconocerle. Pero no dijo nada. En vez de ello, amenazó a todos, gritándoles que si llamaban a la policía los iba a matar. No había necesidad de ello, se sobreentendía. Luego huyó por la puerta principal, en plena carrera. Herminio se levantó y ayudó a la pareja. Les ofreció una taza de té por cuenta de la tienda. Los tres hablaron del asalto; acordaron no denunciar al ladrón. Y la pareja se fue de la tienda, dejando a Herminio sólo, viendo fijamente la caja registradora. Sabía exactamente cuánto dinero tenía antes del asalto. Eran más o menos cien dólares. Estaba claro: no podía informar del asalto, menos al dueño. Éste, podría investigar y enterarse de sus antecedentes criminales. Lo despediría, eso era seguro. No podía darse ese lujo. Cerró la tienda por un momento y fue al cajero automático, de donde sacó los cien dólares de su cuenta. Luego, regresó y los metió en la caja. Apagó las luces y cerró la persiana del local definitivamente. Al llegar a casa, buscó su agenda de teléfonos. Hizo un par de llamadas y consiguió la dirección del asaltante. Le subió el volumen a la radio, tocaban música de alabanza. Mientras tanto, Herminio cargaba su arma.