30.12.08

Salud, Tigres del Norte!

Se supone que el entusiasmo reflexivo de las masas me lleve a tomar el camino de la normalidad y a su vez, papel y lápiz para redactar un listado de cosas que haré en el dos mil nueve. Adelgazar, engordar, fumar, no fumar, follar, no follar. Qué se yo. Y también supone una meditación sobre el dos mil ocho. La cosa pinta sencilla para mí: el dos mil ocho fue una mierda. Pero también una maravilla. Y estoy seguro que así será el dos mil nueve y los consecuentes años de mi vida. He vuelto al barrio donde crecí. Al inicio había conflictos entre él y yo, pero vamos, ya hemos hecho las paces. La otra noche, por ejemplo, un borracho se tiró en la acera frente a mi casa. Antes de que le robaran los zapatos y que se meara en el pantalón para evitar el frío, se puso a cantar. Era algo así como una ranchera pop. La entonaba con tal ánimo, poniéndole todo su vicioso corazón que me terminó por gustar. Y en vez de salir, como los otros vecinos, a tirarle un balde de agua fría encima para que se meara otra vez del frío, lo dejé estar. Tirado en la acera, pernoctando bajo un árbol que la municipalidad y mi abuelo han insistido en asesinar. Ese, que a su pesar, sigue jodiendo la vista y el cableado de telefonía pública. Cubriendo a los borrachos. Hay nidos de zanates y palomas instalados en su copa raquítica. Cantan por las mañanas con tantos decibeles que es difícil dormir. Ahora que el sol es menos violento, las hojas mecidas por el viento frío, hacen juegos de sombras en mi habitación, penetrándola por la ventana que da hacia el este, mientras la cortina verde se mueve infinitamente hacia dentro y hacia fuera. Cuando los pájaros me despiertan, me quedo mirando las sombras dispuestas sin ningún pudor sobre mis sábanas, todas desordenadas en una cama minúscula y solitaria. Sé que pasarán muchos días así. Que hará falta recorrer kilómetros y salvar tiempos para que deje de ser así. Nada me preocupa ya. El dos mil ocho fue una herida profunda en mí. Una incisión a propósito, una cirugía. Tengo el resto de mi vida para sanar. Y si de sanar se trata, estoy casi listo. Iré a comprar un vino espumoso. Lo abriré y esperaré en la noche, bajo el árbol, a que venga otro borracho y lo invite a brindar. Por nosotros, los desesperados.

17.12.08

Onetti, el ocio

La almohada, a mi pesar, me ha empezado a resultar incómoda. Llevo dos días echado. Me levanto únicamente para bajar por las escaleras y encaminarme al refrigerador. Luego, tomo las cosas empacadas que están allí envejeciendo lentamente. Debería dormir en un refrigerador. La gente del polo, envejece menos? Cuando tengo hambre meto algunos chorizos en el microondas. Miro hinoptizado como da vueltas el traste y espero hasta que me desee una buena comida. Luego coloco el traste sobre los otros trastes que están en el lavaplatos. Esperando a que deje mi estado onettico. Pero para eso falta mucho. O quizá no. En la puerta del refri hay puestas dos notas con lo que parece ser mi letra. Son dos recordatorios de pagos que vencen el día de hoy. Demonios.
Salgo a la calle y me quedo instantáneamente ciego. El sol brilla a más no poder. Me pongo los anteojos para el sol y salgo, tratando de caminar como si fuese un proxeneta del Bronx. Me gusta el estilo de los proxenetas. Quisiera andar siempre de trajes blancos y púrpuras y ordenarle a la gente que haga cosas con un bastón en cuyo extremo esté incrustrado el diamante que haga recordarle a todos que mando porque tengo dinero. Pero dejo a un lado la fantasía narcisista. Los pagos en el banco me recuerdan mi posición paupérrima. En fin, conduzco.
Hay obscenas filas de autos para entrar a los comercios. Detesto las filas. Y eso supone una tortura en el trópico. Acá para todo se hace fila. Para el médico, para el estadio, para los restaurantes. Hacer fila en un restaurante de comida rápida! vaya si acá tenemos una cultura burocrática. Y la gente en las filas se comporta con ciertos patrones. Estan los que hacen la fila ordenadamente, según el tiempo de arrivo. Están los que se quieren meter a la fuerza. Están los que hace la fila callados, están los que hablan, están. Están todos en la fila. Cuando llego finalmente al banco falta sólo una hora para que lo cierren. Y la fila es de cuarenta y cinco personas afuera del banco, según contó la hija de la señora que va atrás de mí. Dentro, habrá otras cuarenta y cinco.
Pasan los minutos y la fila no avanza. Los bancos están atestados de gente que quiere cobrar su aguinaldo. Para gastárselo ipso facto si es que no lo han hecho desde hace meses. Yo no quiero cobrar, quiero pagar. Pero debo hacer la fila para ello. La señora de atrás me ha dicho que va a dar una vuelta mientras, que le guarde su lugar. Creo que alguien ha encontrado una utilidad a mi existencia.
La señora ha vuelto con su hija sonriente. Dice que no va a hacer más fila. Que se va a "colar". Es decir que va a atropellar a quien le toque que atropellar, pero que va a entrar. Creo que espera una reacción mía. Algo así como hágalo. O hagámoslo yo los empujo por usted. Que se joda sola. Yo probaré suerte.

Han pasado cincuenta y tres minutos desde que llegué a la fila. Avanzó unos tres metros, de ahí, nada. Faltan siete minutos para que cierren. Estoy seguro que no voy a entrar. Pero permanezco. Soy un masoquista.

Falta un minuto para que cierren y un agente de seguridad sale a abrir la puerta. Yo estoy a escasos diez metros de entrar. La señora que iba detrás de mí, empuja a otras señoras y se mete a la agencia bancaria. Se inicia un desorden. Sale el guardia. Sale otro. El último se parece al negro que llora en el vídeo de Van Zandt. El que menciona Vegas. También quiere llorar.

Una señora bastante más pequeña que los guardias, regordeta y con el pelo bastante corto empieza a gritar. Dice que lleva una hora haciendo fila y que es injusto que no la dejen entrar. Los guardias la empujan para que no logre atravesar la puerta. Ella empieza a patear la vidriera del banco. Llora.

Los guardias bajan la persiana de metal del banco. La gente se empieza a ir. La señora está en crisis.

Es de noche.
Conduzco a casa.
Un tráfico espantoso.
Cuando finalmente llego, voy a la alacena, tomo dos latas de atún, un tenedor, mi botella medio vacía de Jack y subo a la cama.
Tiro la almohada.

4.12.08

vísperas

Arturo hablaba del comedor solidario. Él había ido, según me informó, en lo que denominaba una experiencia social verificativa. A juzgar por su pobre capacidad de mentir, supe de inmediato que Arturo había ido con el sólo objetivo de conseguir un almuerzo a tres quetzales, algo así como cuarenta centavos de dólar. Lo único malo, prosiguió, es que en las mesas hay de todo tipo de gente: así como nosotros Julio, pero también vagos, drogadictos y putas. Dadas las clasificaciones de Arturo, hubiera preferido no me aplicara el “nosotros” y me sentara con las putas. Deberías ir algún día, concluyó, y luego fue a terminar de sacar las dos mil quinientas copias que le habían encargado estuvieran listas una hora antes de nuestra pequeña charla. Al día siguiente, salí de vacaciones. Estaré todo el mes de diciembre fuera. Y hoy, decidí pasearme en el auto. Las calles están frías y hace mucho viento. Son circunstancias inexplicables para quien no conoce la peculiar situación de nuestra tropicalidad. Es decir, Guatemala según el marketing turístico, es un universo de selvas entrelazadas, donde los ciudadanos se mueven en lianas. Y si bien es cierto, que varios compatriotas no dejan diferencias visibles entre sus rasgos temperamentales y los monos, lo de las lianas es sólo una metáfora. En esta ciudad hace frío en estas épocas. Uno sabe que viene navidad, por los insistentes anuncios comerciales y porque los desamparados se empiezan a morir de hipotermia. Y pensando en los desamparados, quise conocer el comedor solidario. Así que tomé el auto y fui hacia allí para tener mi “experiencia social verificativa”. Como hace unos meses robaron el radio del carro, cuando ando en él, dejo que la ciudad hable. En esa charla, supe que la ciudad estaba irritada al mediodía. Insistentes chillidos de bocinas, eran el signo inequívoco de la rabia colectiva. Estaba a una cuadra de llegar al comedor solidario y una larga fila de vehículos impedía mi llegada puntual al local. Al avanzar la fila, pude ver a lo lejos, las sirenas encendidas de dos motopatrullas. De inmediato supe que debía abortar mi misión. La entrada al comedor estaba despejada. Esta vez no habían largas columnas de gente hambrienta. Nada de eso. Y a unos diez metros de ahí, la policía. Cuando llegué al punto, el auto que iba delante de mí, detuvo la marcha para averiguar lo que pasaba. Había un hombre tirado debajo de las sombras de los árboles, justo antes de un puente. Estaba recostado sobre el césped, abrigado con ropa raída. Tenía los ojos abiertos puestos en el cielo y así en las mínimas copas de los árboles que allí nacían. A su lado, dos policías con cara de preocupados. Supuse que había muerto. Seguimos la marcha y di vuelta en cuanto pude. Al regresar, la unidad judicial que recoge los cadáveres ya estaba allí, tomando los datos del indigente. Supongo que murió de hipotermia, como lo harán muchos de sus colegas en estas épocas. Y también supongo que murió con hambre, porque no llegó al comedor a tiempo. O quizá sólo le gustó el lugar y se echó a dormir. No lo sé. Regresé a casa y preparé un sándwich de atún. Pensé en Arturo y la irremediable mentira en que vivimos. En la inexplicable circunstancia tropical. Y en los ojos del muerto, puestos en el cielo, a diez metros del comedor solidario.