13.9.10

Mis vecinos disparan y follan.

Eran como las once. Sí, lo recuerdo bien porque vi el reloj en el auto, antes de cruzar. Decía diez cuarenta y ocho. Doblé hacia mi casa y en la siguiente esquina, en aquella calle oscura y solitaria, debajo de una sombra, oculto, permanecía un muchacho. Tenía unos catorce años, pelo engominado, pantalones cortos y una chaqueta de béisbol. Aquí nadie juega a la pelota. Todos quieren meterle un gol a Brasil. Pero este muchacho me miraba, con los ojos opacos, como de un asesino y se movía tan asustado como si fuese un gato viendo mis colmillos de caza. Corrió, lo recuerdo bien. Se movió a lo más oscuro de la sombra cuando supo que me acercaba. Yo lo vi, ya lo he dicho, y luego crucé hacia la izquierda.
Al llegar, detuve el auto. Me bajé. El chico y yo estábamos a una cuadra. Lo veía de reojo. Si de pronto venía, tendría qué hacer algo; qué podría hacer: correrlo, ahorcarlo con mis manos, quitarle el arma, pegarle con el arma, dios mío, no sabía qué hacer, sino mirar cómo se escondía bajo las sombras mientras yo abría la puerta de mi edificio, con el motor del auto encendido y los faroles alumbrando, pensando uno de los dos va a morir.
Pero el chico no se movió y yo entré sin ningún problema. Y vaya si no era una noche movida. En alguno de los tres apartamentos que están ocupados, alguien follaba. Oh sí; se distinguían con la claridad de un teatro en casa los gemidos multicanales de una mujer. Ah. Ah. Ah. Ahmmmm. Ah. Lo oí mientras cerraba la puerta y me quedé dos segundos abajo, pensando ¿quién de los vecinos folla la noche de un lunes, mientras yo huía de un chico que se escondía bajo las sombras?
Permanecí alrededor de tres minutos inmóvil. Después subí a oscuras hacia la segunda planta. Los gemidos disminuyeron hasta desaparecer. Subí otro piso y llegué frente a mi puerta. Abrí y encontré mi cama alumbrada por los focos de la calle. No encendí la lámpara. Sólo me acosté, con ganas de escribir un poema. Pero no tenía mucho qué decir. Así que permanecí con los pantalones puestos, acostado, unos tres minutos y escuché, en medio de la noche, dos tiros. Venían de la calle de enfrente y luego se escucharon otras dos detonaciones, por la calle de atrás. Pum Pum. Silencio. Pum pum. Gritos de hombre. Miré por la ventana y pensé, demonios, una bala perdida podría atravesar el techo y matarme mientras escribo un poema. Qué verguenza.
Mis vecinos algún día dejarán de follar y dirán, qué mierda, apesta. Llamarán a la policía y me encontrarán semidesnudo, con la computadora en el escritorio ahogada en un charco de sangre. Un agente uniformado leerá un texto en el ordenador encendido, sería el poema que escribía mientras una bala me atravesó el cráneo. Se reirán. Oigo ya sus risas. !Jo, este tipo sí que era un imbécil!
Puta, alguien descargó una tolva. Seis disparos, los conté. Miré la hora. Eran las once treinta y dos. La vida pasa tan rápido en esta zona. Es decir, de pronto tienes catorce años matas a vecinos, robas, te drogas y huyes de los disparos de un señor enfurecido. Y mientras yo, claro, pienso en mis vecinos follando y en que ese chico pudo matarme, antes de que escribiera un poema.
Mierda, no quise escribir, se me fueron las ganas. Pensé que si una bala me atravesara, debería ser mientras paseo en bicicleta escuchando música intrascendente o cuando estoy en el retrete, leyendo poemas de otros. Eso estaría bien.
Me acosté de nuevo. Había silencio. Un rotundo mutismo en las calles. También en mí. No pensaba en nada. No podía escribir. Me acosté de lado. Empezó a llover. Las gotas chocaban contra la lámina. La puerta del balcón estaba abierta. Se vino un aguacero. Cerré los ojos. Me quedé dormido. También soñé que construía un barco.

1 comentario:

Silvia Fortin dijo...

Morir escribiendo un poema, me sonaba bastante poético, pero este es otro punto de vista!
Solo faltaron tus cetáceos junto al barco.
Saludos Julio, un abrazo!