20.12.12

Jardín

Ayer llegué a casa temprano. Estas tardes de diciembre tienden a ser soleadas. Me dirigí a la habitación para recostarme mirando la cortina verde ser tomada por el sol del atardecer, justo antes de perderse en las montañas. Se encendía. Cerré los ojos.
He dormido muy mal en estos días. Demasiada reunión, incluso con gente con la que jamás debí toparme. De esa que celebra cualquier gesto que le nombre y se descascara de tanto ego. Pero ahora estaba seguro en casa, descansando y la tarde parecía ser hermosa. 
En el apartamento contiguo vive una pareja de ancianos. Escuché la voz de la mujer atravesar la pared. Hablaba con sus nietos, que parecían ser un poco extraños. La madre de los niños apareció y los reprimía diciéndoles idiotas. No parecía ser una linda familia. 
Hice a un lado la cortina y ojeé la calle. Una niña rodaba por la acera en su triciclo, una niña muy pequeña y dulce que parecía divertirse. Avanzaba y a veces la perdía de vista entre la copa de un pino que alcanza mi ventana. 
Volví a recostarme y también vino el silencio. La familia vecina ya iba por la calle, vociferando, hasta subirse al auto y largarse. Cerré los ojos.
De pronto me vi a mí siendo otra vez niño, con unos seis o siete años. La edad de mi hijo. Jugaba en el jardín de mi abuela, como lo hice siempre por aquella época. Vi todas sus hermosas flores brotar de la tierra húmeda. Mi abuela siempre fue muy cuidadosa y le gustaba mostrar su jardín a todas las visitas. Había fresas, papayas, duraznos, pitahayas, y muchísimas flores. Había un jazmín. El sol empezó a explotar entre las flores, ocultándose tras el muro del vecino, hecho de ladrillo desnudo, naranja. 
El ambiente estaba inundado de un viento muy fresco. El cielo no tenía ninguna nube flotando en él. Vi los duraznos pender del árbol con sus manchas rojas sobre el amarillo y escuché la voz de mi abuela hablando por teléfono. Sentí mucha paz. En aquél entonces el mundo era un manso cachorro y no un depredador. Música pop y mucho color en todas partes. Eran los ochenta.
Desperté y me sentí muy feliz. Quise llamar a mi abuela. Pero esperé hasta hoy. Le conté que la había soñado y también a su jardín y se puso muy contenta. Noté que se le quebró la voz.
Sobre su jardín ahora hay una torta de cemento.Creo que a ella también el mundo le arrancó algo a  mordidas. 

5.12.12

Al final de esta espera

Esta vez abrí la puerta correcta. Era la que daba al río. Ahí corre como el estruendo partiendo en dos la roca en la montaña y la tierra, es la cicatriz en la tierra y la caricia que la sana, todo al mismo tiempo. Ahí estaba, todo detrás, al abrir la manecilla, era sólo de escoger la correcta.
Ayer decidí que al llegar a casa iba a correr por la calle que da a nuestros condominios. En ambos extremos hay un bosque y un barranco. Cuando descendí hacia el fondo, sentí que volaba. Y de vuelta, subiendo, en aquella cuesta inclinada, justo al doblar en la curva más pronunciada del trayecto, el sol me estalló en la cara mientras las piernas parecían arder. Yo respiraba como si quisiera tomar el aire del mundo y dejarlo todo en un soplido, como el estallido del sol en una tormenta. Luego subí a casa y salí hacia el bar.