24.11.09

Caballos

Abrí la ventana del auto. El abrumador sonido del viento hizo que se perdieran las palabras de mi abuelo. El viejo hablaba, conducía y fumaba. Sintonizaba la radio. Nos hacía llegar a la finca de Tomás, su amigo, en menos de hora y media. Le fascinaba estacionar su auto celeste, mil novecientos setenta y uno, bajo la sombra de un limonar y unas palmeras. Luego abría la cerca. Yo escuchaba a las chicharras quejarse del calor. Aquello era un desierto. Esa vez dormiríamos allí. Era sábado lo recuerdo, no había escuela. No creo haber tenido permiso de mi madre para dormir en ese sitio. No lo creo. Mi abuelo era quien decidía llevarme.
Entramos a la finca. Nos recibió Tomás y luego su esposa. Ambos vivían en una construcción, que servía de casco a la enorme finca donde aun nacen tomates, cocos y varios segmentos de milpa. Un río atraviesa el terreno y el sol lo cubre por completo. La luz brillante hacía que las arrugas de Tomás saltaran en su rostro. Se colocó el sombrero. Sudaba. También su esposa, Ofelia, junto al fogón donde preparaba la comida. Mataron una gallina. Comimos, mientras nos limpiábamos el rostro con un trapo y espantábamos a los perros con el mismo artefacto. Las moscas vinieron luego.
La tarde cayó lento. Intenté caminar hacia el río pero sentí que los pies se encendían en llamas. Aquello era el mismísimo infierno y mi abuelo no hacía más que recordar que antes habían bosques de cedro. Yo añoraba el río. Aguas cristalinas pasando al ras del suelo bullendo. Un puente colgante donde había jugado antes. Pero el maldito calor no me dejaba caminar los doscientos metros hacia el agua.
Fui hacia una pila. Tomé una enorme cáscara que servía como recipiente y la llené con agua. Dejé caer un chorro sobre mi cabeza. Tomás se reía y veía sus enormes dientes resaltados por la ausencia de algunas piezas. Ofelia soplaba el fuego de nuevo. Las gallinas corrían pensando que iban a morir.
Cenamos.
La noche entró junto al frío y yo no puse demasiada atención a las estrellas. Ahora extraño tanto el brillo titilante y multicolor de las noches. Sin embargo, esa vez puse atención a la cama. Mi abuelo dormía en un catre, a mi lado, en la misma habitación. En el dormitorio contiguo, Tomás y Ofelia fornicaban. Oía los gritos de la vieja. El crujir del camastro. Los grillos, las chicharras. Pero no puse atención a las estrellas.
Al día siguiente Tomás me llevó a ordeñar una vaca. La leche salía caliente. Entendí que también era un fluido cuando la espuma me inundó la boca con el primer trago. Sabía dulce. Luego me dejó subir a su caballo.
Cabalgué y llegué al río. Era una alfombra translúcida y helada donde dejé que mis pies se acostumbraran de nuevo a la frescura de la humedad. A la superficie lisa de las piedras. Varios peces viajaban con el agua buscando el océano.
Yo me devolví a la finca, en el caballo. Era un animal hermoso. Tan grande y dócil que me recordó a Ofelia.
Nos fuimos por la tarde del domingo.
Pero mi abuelo buscaba resolver algo y volvimos a ese sitio dos meses después.
El caballo estaba enfermo, se fracturó una pata cuando cabalgaba por una quebrada. Tomás estaba triste, así que tomó una pistola. Y frente a mí, le asestó un tiro al caballo. La sangre empezó a correr hacia un océano que navegaré cuando vuelva a ser sensato.
El sol volvió el charco de sangre opaco y espeso. Pequeñas islas de polvo emergían en él.
Ofelia seguía en el fuego.
Mi abuelo permanecía en silencio.
Un enorme amor por los caballos me nació junto a las plantaciones de tomate, milpa y frijol.
Para un caballo la muerte viene como un alivio. Tal y como yo la espero.
Esa noche, puse atención a las estrellas.

16.11.09

Juez

Dos hombres se sientan frente a mi escritorio y ponen sobre él, un pliego de hojas llenas de fotos y de letras. Son los informes que pedí ocho días atrás. Sus enormes barrigas y sus camisas con los botones desabrochados hasta el esternón los delatan: son los policías. Se ríen. Conversan. Ponen sus gruesas manos sobre sus muslos para contrarrestar el peso de sus barrigas.
Con esos informes y con las otras pruebas que ya tenía, imprimí el escrito donde pediría al juez que me dejara entrar a la casa. Tenía puestos mis zapatos negros, vamos, todos saben que cuando los llevo es porque romperé alguna puerta. Ese día sería para rescatar a una niña de once años y a su hermana de quince de uno de los más grandes prostíbulos de la ciudad.
A los hombres les gustan tiernas, dice uno de los policías. Me cuenta que el otro día fue hacia Retalhuleu una ciudad del interior del país. Allí entró a un sitio donde fue a rescatar a mujeres encadenadas en las camas, donde las obligaban a coger con los clientes.
Estaban todas flacas, me dice. Me daban tanta tristeza, no comían, amarradas, con sus trajes típicos a los camastros. Pero qué se puede esperar de esos lugares, si hay algunos donde subastan vírgenes los primeros viernes de cada mes.
Les sirvo café. Lo beben como agua. Me tomo una pastilla de litio. Mi querido carbonato de litio.
Salen los policías en sus autos disfrazados de civil hacia quién sabe qué destino. Seguro nada bueno harán, quizá extorsionar a algún dueño de bar. Yo salgo hacia el juzgado.
Al llegar, una enorme fila de gente me espera. Me dispongo a aguardar por mi turno, para hablar con el juez y explicarle que necesitamos entrar al bar. Delante de mí, una señora luce todavía golpeada. Reparte su tiempo entre llorar y mecer a su hijo de brazos, mientras otra niña pequeña se prende de su pierna. Quisiera fumar. Quisiera encender un cigarro y apagármelo en el brazo izquierdo y despertar de una maldita vez.
Permanezco en silencio y continúo en la fila.
Oigo que la mujer ha sido golpeada por su marido. Atrás siguen una muchacha con sus padres. La abusaron. Recuerdo que es fin de mes. Que acaba de pasar un fin de semana largo. Que ser hombre es hacérselo saber al mundo con meados, semen y sangre.
La fila avanza.
Permanezco sin hablar. Cuando trabajas con el dolor ajeno, te empiezas a vaciar por dentro. Le dejas espacio al dolor, le permites habitarte. A mí me llena el dolor de doce niños abusados y veintidós niñas prostituidas. Son los casos que llevo investigados con solución. Los otros no me habitan, me succionan.
Conozco bien ese juzgado. Un abogado tomó a mi ex mujer por el brazo acá. Se la quiso llevar a la fuerza. También le quiso meter mano. Es un lindo sitio éste. Los policías uniformados chulean a las mujeres.
Trato de pensar en otra cosa. Trato de no pensar. Trato.
Entro a hablar con el juez. Es un tipo joven, con gafas a media nariz. Lleva puesta una camisa corinta bastante desgastada. Su pelo grasoso me hace pensar que hoy evadió el baño. Un tipo así te da una mala impresión hasta en una cantina. Ahora, es el Señor Juez y deberá resolver mi solicitud.
Le explico lo del bar, la niña, once años, quince años, la hermana. Urgente.
Se reclina en su silla y se mueve en semicírculos.
Me mira y me hace preguntas.
Las contesto todas: once años, quince años, prostitución, hondureñas. Bah.
Me dice que me permitirá entrar.
Ya de pie, me despido y abro la puerta. Antes de salir, el juez me dice: “ese lugar es lindo, hay buenas muchachas allí. Si encuentra algún amigo mío dentro, ahí se lo encargo”. Se ríe.
Trato de sonreír pero más bien me sale una mueca de asco.
Afuera, la señora golpeada, calma a su hijo de brazos y la muchacha abusada llora con su madre.
Es su turno de hablar con el juez. Les toca explicarle su dolor. Mientras que para mí, al salir a la calle, una invasión de aire, humo y ruido me recuerdan que es lunes. Un día cualquiera, que se repetirá hasta la saciedad.
Subo al auto y voy por las niñas. Sé que hoy tampoco podré dormir.

7.11.09

Rockstar: Thom Yorke


hay tardes soleadas
secas y desbordadas
en las que intento disipar
mi angustia sobre las aceras

hay tardes eternas
sentado en la sala
de mi médico psiquiatra
en las que siento que la vida
es una oficina burocrática
llena de gente esperando
a que la muerte los atienda
mientras cuentan sus desgracias

sólo queda
perder el tiempo fumando
bebiendo
follando
leer un buen libro pensando
todavía no me toca

tengo
cientos de noches pensando
en los autos dispuestos
en filas hirvientes
con radios tocando
canciones que no sé bailar
y al menos quisiera
aprender a callarme
para dejar que sea
mi último segundo
el que diga si mi vida
ha valido la pena
mientras siento que la tarde
se escurre inevitable
entre los espacios vacíos
de mis dedos abiertos

3.11.09

Viento

María Eugenia abre la puerta del horno y saca de adentro, un sándwich de pollo que dispone sobre un plato blanco, al que agrega un puño de papalinas. Me lo sirve.

Yo sorbo de la taza, el cortado largo de siempre. Sabe a caramelo; pero te pega como puño de boxeador. Despierto. Bach suena en unas bocinas salpicadas de pintura blanca.

Antes de comer, veo hacia fuera, como si esperase que alguien entrara. Una ventisca haciendo pendular las lámparas es lo único que viene. Bailan las luces siguiendo al viento y la música.

Leo a Bukowski:Beber es tu respuesta para todo” le dice Sarah, su novia. Hank refuta: “Beber es mi respuesta para la nada”.

Me detengo un breve instante.

Las letras del libro empiezan a ser borrosas. Miro hacia fuera. La danza de los violines y el viento continúa para las lámparas. El sol ilumina un auto rojo, mientras transita la calle. Dos tipos hablan sobre cómo mejorar la economía de El Salvador mientras muerden churros remojados en café.

Ahora mismo me siento un tipo afortunado. Podría ser un condenado que ignora todo sobre su infamia. Podría ser mi padre, huyendo de mí. Sin embargo, soy yo.

Sólo podría ser mejor, si me convirtiese en viento. Para hacer bailar las lámparas y viajar hasta la cama donde duerme mi mujer. Escabullirme entre sus sábanas. Llenarle los pulmones. Tener la suerte de ser sus palabras.

Ella escribe. Yo tartamudeo palabras sobre hojas en blanco.

Esta es mi respuesta para la nada.

Martes como Lunes

El despertador ha sonado no sé cuántas veces ya. A lo lejos escucho la radio. El vecino la enciende todas las mañanas en su patio y me hace escuchar las noticias o el programa de Lucy Bonilla, la dama del buen decir. Despierto con eso. Con el calor de las cobijas aún resguardándome. Con el cielo nublado, con un azul brillante amenazándolo.
Esta es otra semana. Es otro día más. Pero diferente, porque lo primero que hago es tomar la computadora y escribir. Debería hablar sobre las cosas que acabo de soñar. O de la marcha de la gente que veo por la ventana hacia los autobuses, caminando hacia sus trabajos después de un fin de semana largo.
Todo empieza a tener un ritmo mucho más lento en esta ciudad. El frío tiene la culpa. El viento. El hielo que no vemos.
A veces extraño ver el cono del volcán congelado. Me daba paz.

1.11.09

En algún momento ninguno supo herir

Las tardes hace veinticuatro años eran mirar hacia en el cielo el ocaso del azul y la eclosión del rojo, naranja y amarillo intenso, como la primera premonición nocturna.
Eran convencer a mis amigos que las nubes eran estáticas y que la tierra era la que se movía rotando como una pelota en mis dedos.
Eran hallar el orden dentro de un patio repleto de niños jugando.
Esconderme en los árboles, volar una cometa, inventar que era un aventurero perdido en mi jardín.
Las noches, eran resguardarme bajo las sábanas con un beso de mi madre o de mi abuela.
Una cena caliente servida con tanto amor como era posible.
Cielos poblados de estrellas, con una ciudad a oscuras, en silencio.
Sólo el viento quedaba en las madrugadas
Los días hace veinticuatro años, eran la incapacidad de imaginar que hay gente que gasta su tiempo en hacer daño.