31.3.09

Jacinta

Jacinta recitaba sus poemas en el bar. Los llevaba anotados en unas hojas amarillas que había arrancado de su cuaderno. La gente no le ponía demasiada atención, pero ella no lo notaba. Leía con énfasis como si fuese una actriz de teatro en plena audición. A mí me pareció notable su pasión. Ese detalle me hizo suponer que ella sería una buena amante. Es más, eso mismo pensé cuando ambos nos topamos en este mismo bar, hará ya un año. Las primeras veces la vi acompañada de un tipo con barba que según Bernie, el bartender, era un abogado que la mantenía. Es decir, le pagaba el apartamento y algunos vicios. Era casado, dos hijos así de gordos, me dijo Bernie, abriendo los brazos como Cristo crucificado. Ya ves que los bartender le saben la vida a todo el mundo. Ahora Jacinta vivía sola, sin el abogado, en un apartamento baratísimo que pagaba con su salario de recepcionista en una clínica médica. La encontré el otro día en el supermercado y me mencionó que ya no iba tanto al bar porque regresaba agotada de tanto trabajo. Aquella vez llevaba puesta una falda corta, sin medias y unos tacones que hacían lucir sus piernas aún más torneadas. Quise llevarla conmigo ese día, para ver esas piernas de cerca, pero tenía visita en casa. Algunos conocidos de cuando trabajé en un bufete llegaron y no se fueron hasta que no daban más de borrachos. Repetían: Julio, nunca conocimos nadie como vos, estás loco. Vaya y yo no estaba tan borracho.
Jacinta terminó de recitar sus poemas y sólo otros dos hombres y yo le aplaudimos. De inmediato la abordé y la invité a un trago. Parecía emocionalmente cansada. Me gusta la pasión con la que lees tus textos, algunos versos parecen aún más intensos de esa manera, le confesé mientras veía como Jacinta se bebía la copa de vino de un solo trago. Oye Julio, dijo mirándome, me siento extraña acá, siento como si acabara de desnudarme ¿podemos ir a otro lado? Pensé en varios sitios pero el mejor resultó ser mi casa. Se lo propuse y aceptó. Estando en mi casa, se acomodó en el sofá, se quitó los zapatos y puso sus largas piernas sobre la mesa de la sala. Hice sonar unos discos de José González, el buen argentino-sueco que descubrí hace poco. Le serví más vino a Jacinta. Ella siguió bebiendo y poco más tarde, cuando llegó el momento de las confesiones de borrachos, Jacinta me dijo que había leído algunos de mis textos y que le habían parecido geniales, no todos, sino sólo los menos tristes. ¿De verdad estás tan solo? Preguntó, y su mano izquierda acarició mi cabeza como cuando una mujer consuela a un niño. En ese momento pensé que mis oportunidades de llevarla a la cama habían fracasado. Pero no me rendí tan fácil esa vez. Mira Jacinta, le dije, tomándole la mano que acariciaba mi cabello y quitándole la copa de la otra, no se trata de estar solo o no, sino de retratar la soledad para dejarla muerta en el texto. Quiero capturar la belleza, eso es todo; así como ahora, cuando sólo puedo fijarme en ti y no pienso en otra cosa, sino en la maravillosa forma de tu cuello, y en lo profunda que debe ser tu espalda desnuda entre mis sábanas.
No sé si Jacinta estaba sensible o generosa. Lo cierto es que minutos después, estaba sobre mí, besándome como loca. También yo dejé la razón a un lado, tirada sobre el piso junto al sostén de Jacinta. Tenía unos senos maravillosos, ni grandes ni pequeños, más bien redondos. No paraba de besarlos y de buscar que se pusieran tan sensibles como yo lo estaba. Subí a Jacinta a la cama. La ventana estaba abierta y podía ver el árbol meciéndose con sus pequeñas hojas atravesadas por la luz de una luna en cuarto menguante. Cuando yo penetré a Jacinta, sentí un inmenso calor recorriéndome. Ella estaba acostada debajo. Con mis dos manos, tomé sus brazos y los coloqué por encima de su cabeza. Ella trabó sus piernas a mi trasero para empujarme y hacer que la penetración fuera más profunda. Sus ojos negros me miraban fijamente y pensaba en sus poemas. Por dos segundos me pregunté si ella pensaba en mis textos, pero luego me dejó de importar. Quizá fue por la manera tan tierna en que Jacinta tomó mi cuerpo y lo besó donde quiso, hasta hacerme acabar dos o tres veces. Yo hice lo mismo con ella. Porque vamos, nunca pierdo la oportunidad de conocer a qué saben las mujeres que duermen conmigo. Eso es algo que nadie más sabrá. Es un regalo de ellas para mí. Me encanta verlas acabar mientras me emborracho con sus fluidos.
Terminé agotado. Jacinta se quedó dormida sobre su lado izquierdo. Yo la abracé y me así a sus nalgas tibias. La ventana de la habitación seguía abierta. Tal vez los vecinos escucharon nuestros gritos. A la mierda los vecinos. No me importó nada en ese momento. Incluso a lo lejos, como la música de todas las noches, escuché las descargas de disparos entre las casas. Y nada. No me preocupó ni siquiera eso.
La única duda que me queda, es que si ahora que han pasado tantos días, Jacinta piensa en mí, o al menos en la posibilidad que escriba sobre ella, mientras pasa la vida sobre su escritorio de secretaria de consultorio, garabateando sus poemas sobre las recetas médicas.

21.3.09

Curador



Dejé el auto en un estacionamiento que funciona debajo del Parque Central. Subí las gradas que conducen hacia la plaza y empecé a caminar. Era de noche y la iluminación en el sitio era escasa. Los pocos focos que aún funcionaban, tenían que jugárselas entre las ramas de los árboles.
Las bancas del parque estaban ocupadas por gente de toda clase: un par de drogadictos inhalando el vapor del pegamento, una señora esperando a su marido con falda y piernas cruzadas, y varios homosexuales conversando alegremente.
Reconocí entre ellos al prostituto que reside en una pensión situada frente a mi antigua oficina. Era uno de esos negros musculosos. Supe a qué se dedicaba, porque me lo dijo un tipo del trabajo. Mi colega era homosexual. Decía que el negro era su puto favorito, y que no lo había vuelto a hacer con nadie como lo hizo con él.
Atravesé el parque y llegué al Palacio Nacional de la Cultura. Allí, dos policías me registraron. Una mujer policía con los ojos sobremaquillados me pasó por el mostrador de la recepción una lista donde anotar mis datos. En la casilla de “Institución o Empresa de dónde nos visita” coloqué: ¡Noticias para Dios! Es la segunda vez que lo hago. La primera vez fue en un parque ecológico y espero ser el primero en declarar oficialmente como profesión: blogger. Cuando me den el nuevo carné de identidad será. Imagino la cara del funcionario del registro cuando se lo diga. Blo ¿qué? Preguntará. Blogger: se lo deletrearé. Le pediré que no me pregunte de qué se trata eso, porque yo tampoco lo sé.
Terminé de llenar el formulario, lo firmé y subí al segundo nivel. La presentación ya había dado inicio. Hablaban de algunas instalaciones que dieron la vuelta al mundo, para presentar a Centroamérica en el arte. Vaya.
El tipo que estaba a cargo de escoger a los artistas y depurar sus trabajos estaba dando una charla. Me senté y de inmediato me llevaron una copa de vino. La cosa pintaba bien. Hasta que puse atención a lo que decía el curador.
El resumen de lo que dijo va así: Centroamérica es un territorio atrasado, de retrasados. Somos gente que baila merengue. Los artistas son unos idiotas. Por eso yo les enseño a ser mejores, es decir, igual a los artistas europeos que son de primer nivel. Y una ensarta de mierdas más que nada tienen que ver con el arte, sino con la competencia y la exteriorización de las ambiciones. Van Gogh no estuvo en ninguna galería importante. Se encerró en su cuarto. Van Gogh era un genio. Onetti también.
El curador se burlaba de sus artistas. Los mencionaba por nombre y les decía cosas como “pero ahí como lo ven, es bueno”, “vos ni siquiera conocías a Miguelangel, hasta que yo te lo enseñé”. También señaló a una señora del público mientras le decía “así como usted está vestida, si la ven, piensan que todos somos así: gente que come bananos” Y la audiencia se reía.
El tipo era un vendedor de clichés. También de artesanías. Porque, joder, eso ya no era arte. Era lo que a él le daba la gana que fuera, adecuándolo a los requerimientos del mercado. He allí el porqué si eres artista no debes vivir de tu arte. Es una obligación moral rescatar a los mecenas. Familias opulentas que mantengan uno o dos pintores, escultores o músicos.
Pero espera, si eres escritor debes tomar un empleo. Cualquiera que sea. Vete a manejar un autobús, sirve tragos en un bar, vuélvete operador de un call center. Pero no jodas con ser escritor a tiempo completo. Tienes que vivir para poder sentarte frente al ordenador y hacer una historia decente.
Y no acudas a reuniones como esa a la que fui, a oír a un mal comediante. O hazlo por las razones que me motivan a mí hacerlo: el vino, los pinchos de fruta, los sándwiches de queso y las mujeres con pinta de adictas al crack.
En fin. Cuando terminó la presentación, también se acabó el vino, la comida y las mujeres se fueron de ahí. Yo seguí al último par que quedaba, mientras les exponía mis ideas sobre el anarquismo poético. La ausencia de poder, dominantes y dominados, en el arte. Pero como siempre, prefirieron que les hablara del crack. Así que dejé que se fueran por otro rumbo.
Caía una suave llovizna. Las lámparas del parque mal alumbraban el camino. Otra vez me encontré al negro, subiéndose al auto de un tipo. Otro tipo que hizo feliz, supongo. Mientras que yo, estuve dispuesto en ese instante a mandar todo a la mierda: la oficina, el derecho, la justicia y dedicarme a ser un borracho.
A tiempo completo.

16.3.09

Lucía Jones

He decidido ya no escuchar mis discos de Norah Jones o atenerme a las consecuencias. Es decir, si los escucho, terminaré sintiéndome atraído por el conjunto conformado por las mujeres de pelo quebrado, las pecas y el piano; no sólo eso, también llamaré a Lucía, con la idea que ella es una buena mujer y que yo soy un tipo que puede hacer feliz a una buena mujer. Ambos postulados son errados y estúpidos. Así que, si en todo caso decido escuchar la colección, terminaré sin duda alguna, abriendo la puerta de mi casa a una mala mujer que aparenta ser buena, destapando un vino semi barato y llevándome tanto a la mujer como la botella a la cama. Aquí comienza lo terrible del asunto: Lucía estará desnuda, es decir, magníficamente desnuda, con sus curvas, sus piernas flacas, sus dos lunares en la espalda, pensando que finalmente soy el tipo que la acompañará a su cita semanal con la manicurista; mientras que yo, borracho, desnudo, simplemente desnudo y agotado, la veré descaradamente con deseo y la abrazaré pensando que ella puede llegar a ser magnífica con el piano, a pesar de sus uñas acrílicas y que, luego de fumarnos un cigarro, será capaz de entender con claridad mis dos poemas sobre las relaciones de poder en el arte. Cinco minutos después del orgasmo —desde ya lo aseguro sin pudor alguno—, nos joderemos mutuamente los sueños, cuando yo comience a escuchar los discos de la Jones y ella me pida que le baje volumen, porque quiere hablar por teléfono con su peluquera para hacer cita. Terminaremos odiándonos, claro. Al final, sólo quedarán las sábanas regadas en mi cama, una botella de vino vacía y un disco que suena repitiéndose hasta el infinito. Quizá en ese instante, me invada la decencia, y tome el valor suficiente para agarrar un bate y destruir de una vez por todas los discos, los de Norah Jones. En tanto despido a Lucía una vez más de mi casa.

10.3.09

Función

Pasaban veinte minutos después de la una de la tarde. Estaba sentado en la barra de un bar, bebiéndome una cerveza mientras veía de reojo cómo Raúl hacía un negocio con una vieja estrambótica. Por eso mismo estaba ahí, para protegerlo. También por eso pedí la cerveza en botella: para estrellársela a la vieja en la cabeza si se ponía demasiado loca. Pero no puse demasiada atención a lo que hacían, porque la cerveza estaba demasiado buena. Era una Carlsberg. Su botella verde me hacía pensar en cosas frescas.

Al otro lado del mostrador, una mujer servía los tragos: unas pocas libras de más, pero balanceadas, un mechón de pelo que constantemente acomodaba detrás de su oreja y unos ojos que tuve qué adular. ¿De dónde eres? Le pregunté. Ella me contó toda una historia acerca de sus padres: un uruguayo y una venezolana que terminaron en Guatemala. La gente siempre me pregunta de dónde soy, me dijo, quizá sea por mi altura. No, no es por tu altura, repliqué, a pesar de que era bastante alta; la gente sabe que no eres de acá por la definición de tus cejas. La forma tan precisa en la que encajan con tus ojos oscuros es lo que te delata: no se ven ojos como los tuyos a menudo por aquí. Al terminar mi línea, pensé que había llevado las cosas a un punto de flirteo barato, pero no fue así: le gustó lo que le dije. Luego hablamos de su pueblo, e hice algunas observaciones sobre el bar. Había una escultura aborigen que retrataba a un tipo encaramado sobre los hombros de una mujer de pechos desnudos. ¿No te parece esa, una escultura machista? Le pregunté; ella sonrió y tomó la escultura, la puso de cabeza, colocándola al lado de las botellas de güisqui y me preguntó ¿así te parece mejor? Bromeamos un rato y me siguió sirviendo más Carlsberg heladas y lavando copas. En los ratos de silencio sólo nos veíamos. A la cuarta cerveza, apareció Raúl haciéndome señas para irnos. Pagué la cuenta y le dije a la cantinera que volvería enseguida, pero no lo hice porque Raúl me llevó a hacer mil diligencias lejos de allí.

Cuando anocheció, estando acostado en mi cama, pensé en el tipo de amante que soy. Concluí que debo ser uno malo. Pésimo. Estoy seguro de ello, porque para mí, los buenos amantes tienen una capacidad intrínseca para decir adiós. Comienzan sin problema otro amor. Yo no.

Cada adiós de los míos, que no han sido muchos, sino dos o tres, han sido prolongados y durante el tiempo que han durado, he quedado deshecho. Literalmente. Después de los dos amores que me marcaron tuve, necesariamente, que replantearme la vida. Así que después de ellas, ya no he sido yo, sino que soy otro. Es decir, ahora sólo soy una reconstrucción mía. Este que escribe, ya no es el que parió mi madre, sino un doblemente renacido en las camas de mis mujeres. Quizá sea porque con cada fluido que regalé a mis amantes, iba un trozo de lo que los curas que me educaron llamaban alma. Es decir: estoy jodido.

Hoy regresé al bar a buscar a la cantinera y a tomarme un güisqui; pero en su lugar, había un cantinero, así que sólo pedí el güisqui con hielo. Di dos sorbos a mi vaso y examiné el sitio, buscándola. Ni señas de ella. Luego, noté que la escultura que unos días antes había puesto de cabeza, había regresado a su sitio original: el hombre montado sobre la mujer. Había borrado todo de mí.

Pagué la cuenta y salí de inmediato. Eran casi las cinco de la tarde. Supuse que era buen momento para ver la cartelera del cine y meterme a una de sus funciones. Esta vez escogí una película romántica, incluso compré palomitas de maíz y una soda. Y mientras los personajes se juraban amor eterno, yo tragué mis palomitas con Fanta y por dios que sentí que algún día encontraría a alguien con quien compartir mis discos de jazz y los poemas que escondo en la alacena. Pero luego, la función se acabó y también con ella las palomitas y la soda y pude ver cómo las parejas lentamente se levantaban de sus asientos, se tomaban de la mano algunas, otras se abrazaban y se dirigían qué se yo, a sus casas, moteles o autos. Mientras que yo, sufría de regreso a casa, de una maldita compulsión por usar cada teléfono que tenía a la vista para llamar a esos dos viejos amores, mis dos mujeres, para que me saluden por favor a ese que fui, ese que no soy más y le digan que lo extraño.

5.3.09

Lago

El olor a pollo frito me recuerda que no he comido y también la maldita gastritis. No estoy en casa, estoy en Panajachel, un pueblo a las orillas del lago Atitlán. He venido a trabajar acá. Precisamente a uno de los sitios turísticos más concurridos del país, donde hace más de diez años, era otro tipo caminando por las calles, que no pensaba en el trabajo sino en una noche de bares y mariguana. Ahora no. Ahora paso el tiempo en un sitio de Internet público, donde pagaré por cada minuto consumido, así que cada letra que publique vale. Pero no escribo nada, sino que gasto la mayor parte del tiempo observando cómo se consumen los minutos en el pequeño contador. Y nada. Quizá sea el maldito olor a pollo frito. O el viento. Hace mucho viento. Los árboles que están al lado de la habitación del hotel donde me hospedo se cimbran chocando contra el techo. Por las noches, se oyen como toquidos. Dos veces pensé que era la mano divina la que tocaba el techo para cobrarme las bebidas y dos mujeres que dejé dolidas. Pero luego pensé que era un gato. Y me sentí menos tranquilo. Ayer cuando caminaba para el hotel, tuve que atravesar un campo entero de fútbol para llegar. Era sólo un promontorio de polvo, con dos porterías. No había nubes en el cielo, sólo estrellas. Era una bóveda de estrellas. Cuando estás en la ciudad hay mucho ruido y muchas luces y no te dejan ver el cielo. Te pierdes de mucho en la ciudad. Si eres escritor, te jodes, porque te pierdes la oportunidad de ver las cosas como son. No puedes describir así, sólo el engaño. No tenemos un cielo así en las noches de Guatemala City. No tenemos nada.
Mañana subiré a un barco que me llevará por el lago de Atitlán. Hoy hablé con un niño que me dijo que lo que le gustaba no era el lago, ni los barcos, sino atravesar el lago en un barco y sacar fuera del barco su mano para tocar el agua que salpica. Yo haré lo mismo mañana. Trataré de tomar el sol en el barco, sentir el agua, olvidarme de todo. Quisiera contar qué pasó con aquella mujer. Pero no dejo de pensar en los gatos y los árboles cimbrando. Y en una caja de cartón. Una donde cupieron sin mayor problema mis libros y mis discos. Mis cosas. Esas que guardaste tú cuando dejé la casa. Había tan poco de mí en esa casa: todo cupo en una caja. Pienso en la muerte. Yo también cabré en una caja. Pero ahora no quiero pensar en eso, me aburre. Quiero pensar en el lago, en los barcos y en el agua humedeciendo mis manos, fuera de la embarcación. Y también en dónde voy a colocar mis libros y mis discos, en mi nueva casa sin ti.


imagen no recuerdo de dónde la tomé pero no es mía.