29.7.13

El niño robot



La mañana del veinticinco de julio bajo un aguacero, nosotros, los miembros del equipo técnico, con júbilo anunciamos que nuestro proyecto había sido ejecutado de manera exitosa. 
Nuestro robot andaba por sí solo. 
Nuestro robot abría y cerraba los ojos y sus manos como compuertas de un canal interoceánico. 
Lo vimos caminar con pasos torpes en el laboratorio, sorteando los instrumentos que lo crearon. 
Nuestro robot es un niño que no sabe abrazar. Lleva sus brazos erguidos siempre como dos astas. 
Y lo vimos salir bajo el aguacero hacia el jardín que rodea el edificio, pero los colegas rápido decidieron protegerlo del agua y devolverlo a su matriz. 
Se nos ocurrió algo mirando su osadía, porque nosotros trabajamos coqueteando con lo imposible. 
Queríamos sacar a nuestro robot del laboratorio. Queríamos llevarlo al mar. 
¿Puede un robot percibir el infinito y calcularlo como una interpelación a sí mismo? A su pequeñez, a su diminuta condición de metal bajo el velo del secreto.  
¿Puede acaso nuestro robot verse en el espejo y decir estos que veo son mis bordes dibujados en el cristal? 
Somos personas de ciencia y quisimos averiguar. 
La mañana del veintiséis de julio salimos rumbo al mar. Llevamos a nuestro robot en el asiento de atrás del auto eléctrico, mirando al frente como si el camino no tuviera orillas. 
Tardamos una nada en llegar y que las bandadas de pelícanos sobrevolaran el techo del auto. 
Nos bajamos a caminar en la playa y sacamos a nuestro robot bajo el sol de las once. 
Su armadura roja brillaba sobre la arena y el estruendo de las olas. Parecía una caracola vestida de vino. 
Enterraba sus torpes piernas en la arena. Subía y bajaba sus brazos que son incapaces de abrazar. Se acercaba al mar y no le importó la muerte del óxido. 
Y aunque es imposible una emoción en su desierto de acero, juro que se dibujaba desconcierto en el filo metálico de su rostro, mientras las olas llegaban mansas a sus pies y se hundía. 
Dejamos que se hundiera, nuestro robot. 
Dejamos que se uniera al mar en un abrazo infinito.  
Ese fue el mejor gesto que tuvimos para perpetuar lo imposible.

24.7.13

James Nachtwey
El protocolo de autodestrucción comenzó. 
Esta nación se arrancará las entrañas con los dedos metálicos. 
Ninguna semilla quedará inmaculada. 
La gente habla de cambios pero sigue haciendo lo mismo.
La gente habla de un mejor país pero no de quitarse las esposas o de tomar la mano que alza el látigo.
Seguimos haciendo lo mismo y pidiendo a sus dioses que tengamos otros resultados. 
¿No es eso un signo de locura?
Ninguna semilla quedará inmaculada. 
Todos los hijos de esta nación serán bautizados en fuego.

22.7.13

Yuriko Yamaguchi. Landing


Un día veremos llover los currículos de la gente que nadie contrata y será el aguacero más voraz que jamás hayamos presenciado.

19.7.13

Julio Prado es una calle en Santiago.





Mi hijo se llama Santiago. Como la ciudad. Recién recordé, no había caído en cuenta, que en Santiago de Chile hay una calle llamada Julio Prado. Se lo dije a mi hijo y le pareció genial. Es como si vivieras en mí, dijo. La poesía se hace sola.

17.7.13

Saturno y el Minotauro

Saturno devorando un hijo. Goya.
Yo maté al Minotauro y los dioses saben que fue un acto de misericordia. 
Fui invitado a un banquete a la casa de Saturno, a mirar cómo devora legiones hasta llegar a la soledad desértica cuando trague al último de sus hijos.
Está ciego por la gula, vació la luz de sus ojos que ahora son como dos bolas que escupió el cañón de un buque naufragado.
Esta noche, durante el banquete, Saturno conocerá la misericordia, la ternura, que es capaz de proveer mi espada.

16.7.13

A place to bury strangers

Una calle densa, cuando la noche le lame las aceras. Estábamos los cuatro en el auto con esta canción a tope sonando, porque me recuerda que en las sombras de mis sombras, se pasea con la sonrisa desenvainada un fantasma, y que yo siento su filo metálico contra mi cuello, a pesar de que juro haberlo vuelto cenizas. Y mientras el semáforo daba verde, un travesti enorme, monumental, con unas piernas largas y descubiertas salió de una esquina hacia el auto. Pensé que nos mataría, pensé que subiría al capó del auto con sus tacones asesinos y los incrustaría en el vidrio y esa noche cenaría con Genghis Khan y sus huestes en el Hades, con Adolf, guapa, con el gran Marqués de Sade, pero lo que hizo aquella chica fue seguir el ritmo de la música en el auto y tomar el semáforo como un tubo y deslizarse sobre él, solo para nosotros, con una risa de ingenuidad y violencia, con sus piernas largas, con sus pestañas infinitas, aquella noche densa, que lamía las aceras con su oscuridad húmeda, Valquiria, sombra de mis sombras, cenizas que sopla la brisa. Fantasma.