29.8.11

1.47 am

Las nubes se tragaron la luz tenue de la luna, cayendo sobre los techos de teja. El bosque de enfrente se sumergió en la oscuridad. Un vecino carente de toda habilidad para conducir, montó el auto en su arriate atropellando las flores que morían bajo los neumáticos. Trípoli ardía bajo el fuego rebelde. París se volvía triste, Viena permanecía pacífica. La luz gris parpadeante de un televisor encendido alumbraba las cortinas de una habitación en la casa del cerro. La refrigeradora iniciaba otro ciclo, la vecina de al lado taconeaba, la de enfrente tosía. La bruma nos ahogaba. El universo se expandía. Las sábanas olían a limpio, un pájaro se posaba sobre el techo , escribí un cuento sobre una batalla antigua. Estaba feliz, me tomé un vodka. Dios me sonrió el Diablo hizo una fiesta. Me descubrí otra cana del lado derecho, envejecía. Todo pasaba, mientras tú dormías. 

22.8.11

Hombre enloquecido recorre el pasillo número 3


Los domingos por la noche están hechos de desasosiego. Lo dice todo el mundo, así que no debo explicar más. Mi plan de contraataque es hacer algo definitivamente fútil; porque todos saben que las actividades sin sentido han sido el mejor distractor de la humanidad ante la tribulación, desde siempre.
No encuentro actividad más ridícula que ir al supermercado. Lo digo porque desde hace años existe el servicio a domicilio y jamás lo he usado. Sigo insistiendo, sin ningún motivo racional, en pasearme por los pasillos inundados de esa luz blanca lechosa, que ahoga las latas de atún y chiles.  
Qué decir de las mujeres que ofrecen producto en cada esquina. Algunas lo hacen en faldas cortas, tacones altos y sonrisas enormes mientras te dan pequeños nachos ahogados en salsas de preservantes y químicos. No logro entender la relación entre la chica y la salsa. Por eso estamos tan confundidos: un adolescente se come unos huevos motuleños y tiene una erección pensando en la impulsadora. Caramba.
A mí lo que me provocan los enormes almacenes con sus estanterías es angustia. Esas grandes ferreterías con productos infinitos. A veces creo que el único cliente de esos sitios, sería alguien construyendo un enorme robot que destruya las dos terceras partes de la ciudad antes de quedarse sin baterías. Porque es una ley de la vida quedarse sin baterías a la mitad de algo importante.
Esquivando los frenéticos movimientos de la gente con sus carretillas, me dan ganas de verlos a todos desaparecer. Llegar a un arreglo con los gerentes, en el cual ellos me abren el supermercado en horas inhábiles a cambio de que yo no les denuncie por los siete mil delitos que veo que cometen.
Sin embargo, la idea de un supermercado vacío y un tipo recorriéndolo a media noche, está bien para una película de terror. Sería un espectáculo horrible de ausencia: tanta comida lista para ser devorada y nadie que la coma, tanto rollito de papel perfumado para limpiarse el culo y nadie que se lo limpie.
La mejor solución es no hacer caso de nada. Mirar los embutidos durante minutos, tratando de entender de qué parte de la bestia provienen.  Calcular la vida de los peces. Imaginarles nombre a los camarones. Esconderse entre las estanterías de licores. Alejarse de los grupos de gente degustando lo que les pongan enfrente. Carajo, un día podrían ofrecer popó de codorniz untada en un pan en el supermercado y habría una fila para comérselo.
Me hago el sordo a las emisoras cutres de los supermercados. Le subo volumen al reproductor y finjo que voy de cacería. Mira qué bien me fue este domingo: yogurt de frutas menos el nancite, que lo escupo, un jamón salmón (vaya Dios saber de qué bestia y cuál parte de ella viene esa delicia), cereal y leche. Frutas que no tuve que cortar del árbol. La maravilla de la modernidad que hace todo aparecer como de milagro. Como milagro es también poder pagar cada domingo la enorme cuenta en la caja registradora. La cajera siempre se mira dos veces mi licencia de conducir para asegurarse que soy yo el que paga. Y siempre la engaño. 

16.8.11

Cubículo 2

Quizá era la forma en que untaba la mantequilla en el pan. Grandes trozos amarillos deslizándose con el cuchillo, dejando a su paso enormes capas de grasa que hacían brillar la rebanada  tostada. 
Quizá fue eso lo que me hizo dudar de él. No había ninguna congruencia entre  su discurso, depurado, mesurado, casi el de un monje tibetano y su porcina forma de comer. 
Lo miraba llenarse la boca de migas y aceite; y no podía hacer otra cosa más que esperar a que terminara de hablar. Fingir que le ponía atención y contestar como si fuera un autómata. Debía en todo caso, disfrazar las enormes ganas que me nacían de ensartar su cara contra el plato y  destrozarle el cráneo con la taza de café. 
Pensé en los griegos. Pero no en las estatuas decapitadas. 
Imaginé qué harían ellos con un tipo como éste: un displicente órgano de la pereza. Lo tirarían al mar desde el despeñadero, seguro. Su cuerpo caería por los acantilados. Con suerte su cabeza chocaría contra una afilada roca y moriría antes de caer al agua. Al menos no moriría ahogado. 
Se lo comerían las aves. Alimentaría toda una parvada de gaviotas, de pelícanos. Bancos de peces mordisquearían los trozos. ¡Ah! los griegos sabían qué hacer. 
Nosotros no. Nos viene bien aguantar tipos como este, maquinando acerca de cómo hacerse más rico, con menos esfuerzo y con mucho más poder. Sí, eso era. Detrás de toda esta fachada de asco, el tipo lo que ansiaba era el poder. Imaginármelo dirigiendo la vida de otros de su especie me perturba. Era dirigir todas las marchas al precipicio.
La mesera se llevó los platos. Preguntó  si algo había estado mal con mi comida, porque estaba intacta. No respondí. Sólo miré a mi interlocutor escudriñar la carta de los postres. 
Pedí un ristreto. Quería inyectármelo. A veces me siento como un arma cargada y creo que el Diablo tiene el dedo en el gatillo. A veces me siento peligroso como una noche en prisión, en la barraca de las maras. A veces me prendo en llamas. 
La noche me esperaba afuera. Me lo recordó el niño que tocó la vidriera del restaurante, mostrándome su mano vacía, esperando que la llenara con monedas. 
Pedimos la cuenta. Imaginé que fuera estaban los leones esperándolo. Que yo sería testigo del espectáculo de la naturaleza. Pero afuera no había nada más que autos a toda marcha y prostitutas en la esquina. Luces titilantes de neón; pero nada parecido a un enorme felino esperando devorar a un jabalí. 
Nos despedimos. Lo volví a ver en la oficina, como era usual. Pero el tipo se traía algo, yo lo sabía. Se lo dije a todos, una semana después cuando lo detuvieron. 
Un vecino lo denunció por tener un perro que chillaba toda la noche. La policía llegó y entró a su casa. Encontraron un arsenal. 
Nadie lo extrañó demasiado. Vaciaron su cubículo lo más pronto que pudieron. Una chica lo suplió en el puesto. Casi no pienso en él. Pero a veces aparecen manchas de dedos grasosos en el escritorio y no son míos. 

8.8.11

Mudanza


Mi madre y yo cenábamos una pasta. Como siempre, hablábamos poco, más bien nos dedicábamos a hacer anotaciones puntuales sobre la casa, la familia y esas cosas que uno habla cuando se reúne con su madre una vez por semana.
Era mi turno de hacerle saber las novedades. Le di la noticia y de inmediato dejó caer sus cubiertos sobre la mesa. Se limpió la boca con la larga servilleta blanca que guardaba sobre sus piernas y me miró. Alzó la mano y me mostró la palma abierta. Cinco dedos largos y delgados, erguidos mientras ella me decía: cinco veces, Julio. Llevás cinco mudanzas en cinco años.
Digamos que quizá lleve más, pero mi madre, afortunadamente, ha olvidado las otras. Han sido demasiado fugaces para que las recuerde. En todo caso, se le dificulta el recordar dónde ha vivido su hijo los últimos siete años, dado que nunca me visita. Por fortuna, claro.
Por ejemplo: en los últimos tres años mi madre sólo me visitó una vez; hacían trabajos en la red de distribución de agua de su colonia; es decir, llegó para usar el baño.
Finalmente, mi madre continuó con la cena y bueno, yo me quedé pensando de todas maneras en mis mudanzas. Sí, han sido bastantes, consecutivas y determinantes.
El último año y medio por ejemplo, lo pasé en un departamento bastante extraño. Quizá el sitio más raro en el que he estado. Una caza vieja, llena de incongruencias que a lo mejor algún día me atrevo a contar con detalle. Pero este no es el momento: quiero hablar sobre mis mudanzas.
Los últimos tres años, debo ser honesto, los pasé en sitios horrendos. Volví al barrio duro donde crecí y bueno, pensé que se me facilitaría escribir. Pero no fue así. Descargas de disparos a cada instante, sirenas a los doce minutos exactos, vecinos peleando entre sí, vecinos disparando contra el portón, vecinos peleándose con amigos dejando manchas de sangre en las gradas, pájaros que quedaban atrapados en el patio, una cancha de fútbol con infinito polvo, una iglesia que sonaba las campanas de madrugada. Mierda.
Fue como querer escribir sobre el mar y hacer que me tragase una ballena. Y lo único que tenía, era el mundo a través de la escotadura, como si fuese una proyección dentro de una caja negra, una de sombras y luces malformadas. Es decir, no escribí ni un folio. A lo sumo, dos o tres textos decentes y lo demás todo desechable. Pero lo entiendo: la mitad del tiempo la pasaba tratando de mantenerme a salvo de la mierda y la otra mitad la pasaba fuera de ahí, huyendo.  Así que hice lo que debía hacer: que me escupiera la ballena.
Era martes, lo recuerdo bien, cuando se me ocurrió volver a un sitio querido. Hace siete años, había vivido en un edificio de apartamentos al norte de la ciudad. Lleno de árboles, de pájaros, de parques y avenidas transitables en extensas caminatas que siempre terminan en un bosque que aún permanece insondable. Una cápsula de tiempo. Y como si se tratase de una revelación, lo acordé: me mudaba otra vez.
No acostumbro tener muchas cosas y si las tengo, las tiro. Tener equipaje ligero siempre, esa es la regla dura. Un día volví al edificio, me topé con el mismo administrador de hace siete años y tres días después estaba pasándome allí, un domingo caluroso en el que todos se hipnoptizaban con el fútbol.
Hay muchas cosas que disfruto del lugar. Vivo en un cuarto nivel y tengo un apartamento cómodo. Tengo cuatro habitaciones, vacías por el momento. No tengo muebles. Los perdí en las mudanzas. Pero tengo lo básico: un puño de ideas para llenar todos los sitios.
Ahora mismo mis libros están en cajas y poco a poco van llenando las libreras y otros, seguirán esperando tener dónde colocarse. Para no perder la costumbre, dejé algunas cosas olvidadas en el otro sitio. Pero da igual: toda mudanza me recuerda un poco a la muerte, donde nada llevaré.
Llevo una semana en este sitio y me siento fenomenal. Despierto temprano a mirar cómo la bruma se come las casas vecinas en el cerro de al lado, con los árboles con poco follaje extendiendo sus ramas como si fuese una ilustración de tinta sobre papel.
Mi habitación tiene doble altura y el techo de madera. Cuando amanece y miro todo el panorama, me siento como viviendo lejos. No sólo en espacio, también en tiempo.
Los edificios tienen ese estilo arquitectónico del principio de la década de los ochenta. Colores ocre, trazos rectos, jardines que abarcan y abrazan. La gente que vive acá los ha decorado acorde a ello.
Quizá lo cómodo del lugar es que me recuerda por mucho a las fotografías que vi en las revistas de mi niñez. Es decir: vivo en uno de esos sueños idílicos de hace treinta años. Y me va bien, de maravilla.
Ahora mismo recuerdo que hace siete años, cuando viví en un apartamento del segundo nivel, me topé con gente interesante. Quizá la más era una chica que se mantenía en un parque o caminando por ahí. Alguna vez la vi tocando la guitarra y le puse atención. Me parecía guapa, está claro, pero había algo de más. 
Una tarde me la topé y la encontré inmensamente triste y quise hacer algo más que continuar caminando como si nada pasara. Pero no pude. No la volví a ver; pero cada vez que paso por el parque pienso en ella.
Pienso en muchas cosas la verdad y sobre todo siento. Esta vez, sé que volví por motivos trascendentales. Ya no soy el mismo que estuvo acá hace siete años. Ahora soy otro y me alegra. Estoy muy feliz y no me avergüenza.
Ya la felicidad no me parece un arrebato de tontos,  sino un río ancho y manso, corriendo en toda su hondura hacia el mar. Y es del mar que quiero escribir. Así que heme aquí, cómodo, desde mi estudio, pensando que mi vida de nómada no tiene otra explicación que mi propia brújula: este corazón que llevo en la mano.