19.12.11

El Trineo de Santa


Los convivios me aburren. Son patéticos. Uno debe fingir una sonrisa durante todo diciembre. Fiesta tras fiesta, se viaja a través de  una gira por la miseria humana.
Por ejemplo, el de mi oficina era obligatorio. Mis jefes nos exigían una cuota para que tener derecho a disfrutar de un terrible conjunto musical, una cena de jamón bañado con salsa amarillo pardo y un discurso motivacional. Por supuesto, estaba terminantemente prohibido el consumo de bebidas alcohólicas. Es decir, se trata de una extorsión a plena luz del día, terriblemente impune, sin anestesia.
            El año pasado quise denunciarlo ante el Ministerio de Trabajo; pero nadie me tomó en serio. Es más, para mi mala suerte, llegué cuando celebraban su propio convivio.
Entre chicharrones, carnitas y oficinistas públicos bailando perreo, no me animé a decir nada. Me rendí, es la verdad. Pero no pasaría otra vez. Iba a destruir el sistema desde la raíz. Mi plan no podía fallar.
            Primero debía escribirle a Rodríguez, de Recursos Humanos. Su taza navideña llena de ponche, su escritorio adornado con manzanilla y sus villancicos a todo volumen, me hacían pensar en enanos, sí, enanos vestidos de rojo, que dan discursos navideños. Un discurso que diría algo como: “con mi burrito sabanero voy camino de belén, tuki tuki tuki tuki; tuki tuki tuki tá”.  
Rodríguez, en un mundo ideal, debería vivir en el Polo y ser un lindo osito, pero para nuestro infortunio, organizaba el convivio. Era la mente maestra tras la extorsión.
            Le escribí un correo comunicándole mi deseo de ayudar a nuestra celebración navideña. Me contestó que ya todo estaba cubierto; pero que, dada mi buena actitud, harían un espacio para la actividad que propusiera.
“Yo propongo llevar un Santa Clos para animar el evento”, le escribí, “para animar el intercambio de regalos”. Tal como lo planeé, Rodríguez aceptó.
Pude pasar al siguiente paso: tomar el diario y buscar en la sección de clasificados. Encontré lo que necesitaba: Un anuncio de masajes a domicilio.
Les marqué y contraté tres de sus mejores masajistas mujeres y tres hombres, para ser democráticos, exigiendo que todos fueran vestidos con trajes navideños.
Todo iba de maravilla. Nadie debía sospechar, así que me lo guardé todo y seguí actuando como si nada. Era sólo cuestión de paciencia y listo. Podía pasar al último paso: El Convivio.
El día del evento, mis compañeros de trabajo estaban tan emocionados como lo estuvo mi familia en el funeral de mi tío Ceferino. Las caras largas lo decían todo. Sin embargo yo sonreía.
El salón, decorado con lucecitas parpadeantes, olía a comida barata. El conjunto musical ensayaba sus bailes epilépticos. Que alguien nos salve de esta agonía, por misericordia, pensé.
Me llamaron a la mesa de los jefes. Estaban bastante entusiasmados con la idea del Santa, principalmente porque yo lo pagaría. Ensayé con ellos mi sonrisa fingida y llegada la hora, salí a buscar el regalo sorpresa.
Mis traviesas ayudantas y los musculosos tipos, llegaron puntuales: eran sin duda, las más esculturales bailarinas exóticas de la ciudad, en todo el esplendor de sus breves minifaldas y sus largos escotes.  Llegaron en un microbús, junto a un Santa redondamente gordo, que al sonreír mostró sus colmillos de oro. Las llamó una por una: Shakira, Cristal y Pamela,  y les ordenó salir a saludar. A todas les di su besito.
De inmediato las envié al salón. La orden era clara: un baile de veinte minutos y luego una vuelta por la mesa de los jefes. “Hagan algo especial con el tipo que tiene el gorro de Santa”, dije, refiriéndome a Rodríguez.  
Ellos entraron e hicieron lo suyo. Pusieron música, y bailaron lentamente. Se fueron despojando de sus trajes rojos, al ritmo de las palmas de un público eufórico hasta el tope.
Shakira, Cristal y Pamela, quedaron en tanga y botas, mientras mis compañeros aplaudían como locos y los jefes no sabían qué hacer. Los bailarines estaban dando movimientos pélvicos sobre la mesa de las secretarias. Algunos de mis colegas, animados por las chicas, se habían quitado las corbatas y las agitaban en el aire como si montaran un potro imaginario.
Minutos después, una de las muchachas se encargaba de Rodríguez, rodeándolo de glúteos y senos; pero fue abruptamente detenida, cuando la policía apareció.
Al parecer, la administración del hotel donde celebrábamos el convivio, nos denunció por el escándalo, pues según ellos atentaba contra su ambiente familiar. Nos registraron a todos.
Al final, detuvieron a Santa Clos, porque dijeron que tenía una orden de captura. Me coloqué tras  la unidad, viendo cómo lo esposaban y lo introducían al vehículo, para llevarlo a rendir su declaración en Tribunales.
Le tomé una foto esposado. La subí al facebook de inmediato y a la gente le gustó. Las bailarinas lo despedían con besos. Me dieron mucha lástima y las subí a mi carro, porque las pobrecitas no tenían como irse a sus casas. Bueno, no creo que tuvieran casas tampoco.
Fuimos a la Torre de Tribunales. A Santa Clos lo capturaron porque debía la pensión alimenticia. La denunciante era una de sus bailarinas. Santa declaró ante el juez con el disfraz puesto. Dijo que no se rendía nunca. A mí me llenó de ánimo verlo encarcelado con la barba y los dientes de oro en su sonrisa de proxeneta idiota. Las bailarinas y yo aplaudimos cuando le dieron su fianza.
Cuando lo liberaron, nos fuimos de ahí, Santa Clos, Shakira, Cristal, Pamela y yo, rumbo a cualquier sitio para celebrar nuestra alegría navideña. Es decir, nos fuimos a enmotelar. Santa quería jugar al trineo; pero yo pasé. No es que sea tan pervertido; pero prefiero mirar. 

22.11.11

Blog en Plaza Pública

El equipo de Plaza Pública,  una fantástica publicación digital, me invitó a escribir con ellos. Me abrieron un blog, se llama Primer Testimonio y pueden acceder a él si gustan, desde ya en esta dirección:


Ahí publicaré crónicas sobre el trabajo, que ya ven, no es de bailarín exótico como muchas creen. 

Saludos, 

J. 

4.11.11

Elecciones por la Panamericana.

Horacio acaba de llamar. Su idea es que salgamos mañana temprano hacia Nicaragua. Jamás imaginé que tenía interés en largarse, estar, escapar o pernoctar tan siquiera en Managua; pero sí, dice que puede organizar algo con algunos amigos de allá que se dedican a la agroindustria. Empiezo a imaginar qué tipo de agricultores son. 
Caramba, lo que quiere Horacio es lavarse las manos y decir que no votó porque estaba fuera del país. A dónde lleva el sentimiento de culpa, por favor. A Horacio lo lleva a Managua. "Julio, pero es que hay tiburones de agua dulce ¿no quieres ver esas bestias?, tengo unas amigas nicaragüenses que te quiero presentar, no jodas vamos" insistía. Le dije que lo iba a pensar. 
Ahora mismo estoy en la oficina, presionando mi French Press. Escucho un disco de las Cocteau Twins. Ayer manejé cuatro horas en un tráfico demencial. En cierta medida sentí que el auto y yo, ya éramos uno. Una oveja perdida en un rebaño dirigido por un ciego. 
Creí que nunca llegaría a mi destino. Que dormiría en el auto, aparcado al lado de una fábrica, pensando en las manos que dirigen el tránsito. Los hombres. Las mujeres. Las cámaras. El encierro en vías intransitables, mientras que a cada cuadra, un mendigo distinto me cuenta la misma historia catastrófica sobre su muñón, el dedo que perdió,  el pie, la pierna, la lepra, un nacido en el vientre, yo que sé. 
Pero volviendo a Nicaragua, pasaré esta vez. No me es ajena la miseria y no suelo cambiarla por paraísos con tiburones de agua dulce y mujeres que hablan con acento tropical. No. Me gusta mirarla de frente y estar ahí para contar lo que pude ver. 
Hay ley seca, lo sé. Acudiré a la alacena; ya sabré recetarme algo para soportar la víspera. 

24.10.11

Día de los muertos


Mi jefa me preguntó qué haré el otro martes. Pensé que se trataba de una cita laboral. Sin embargo, era curiosidad pura y dura. El otro martes no laboramos. Es día de muertos. Mi jefa quería saber qué hago un día de muertos, digamos uno cualquiera.
Dormiré, respondí, mirando el calendario como si revisara una agenda infranqueable. Cuando no sé qué hacer me acuesto. A menudo no sé qué hacer, así que hagan las cuentas.

Duermo poco por las noches. Pienso en muchas cosas. Me aterra, por ejemplo, esa certeza emergiendo de entre los postes de luz, esa que me hace pensar que en las calles pasa algo que no vemos, que no está, que se esconde y yo pasándomelas de idiota, con los ojos cerrados y escondido tras unas sábanas, esperando a que el despertador me libre, como campana en un cuadrilátero, de una lucha contra la noche. 
En realidad el otro martes no dormiré, claro; iré a lo de siempre: pasearme por el cementerio y ver a los muertos. Me da alegría mirar tantos nombres en las lápidas, tanta gente, sus fotos diminutas en altares inmensos. Se respira tanta tranquilidad ahí sabiendo que de alguna manera, siempre estamos desocupando este espacio. 
Veámoslo así: es como si el vacío fuera la verdad plena, luego de librarse de esa terrible y perversa máscara que es la humanidad: esa fiesta de cordones umbilicales rotos y tumbas de mármol.

El vacío es el verdadero rostro de las cosas. Sólo quiero asegurarme que así también sea la noche. 

19.9.11

Lujuria y obstetricia


He pasado dos horas mirando el techo. Las vetas en la madera, las vigas, el crujir cuando el frío viene. Los pasos de los pájaros por la madrugada.
Recuerdo la casa de mi abuela. Aquellas mañanas sabatinas, despertando con pereza y el olor a panqueques friéndose y el café recién hecho.
Su techo tenía el aspecto de un pastel derritiéndose. Con la luz de la mañana, parecía como si mil rostros emergieran de allí, mirándome como si estuviera desnudo y tuviera tres pechos.
Descubiertos los rostros, jamás desaparecieron. Despertaba observado por ancianos y mujeres de ojos goyescos con un gesto de cemento.
Las multitudes son abominables. Esa es la conclusión, mirando el techo. Houellebecq tiene razón al desaparecer sin dejar rastro, como en su última novela.  Siempre es una mejor idea vivir en un territorio ficcionado.
Enciendo la computadora y veo mi perfil de facebook. Lo eliminaré y dejaré que el mundo siga actuando como si todo fuera lujuria y obstetricia. 

6.9.11

Acá no vive Carmencita.



La primera llamada la recibí el jueves pasado, a eso de las seis treinta de la tarde. Recién entraba del super cuando encontré el teléfono sonando. Coloqué las bolsas de la compra sobre la mesa y  tomé el teléfono.
—Buenas tardes, ¿está Carmencita? Me dijo una voz de mujer joven, de lo más normal.
—No; está equivocada, contesté, y de inmediato colgaron.
Todo bien. Pero el viernes, a la misma hora, escribía un ensayo sobre lo que nuestro código de Comercio llama personas imaginarias, cuando volvió a sonar el teléfono. Era la misma voz:
—Buenas tardes, ¿está Carmencita? Dijo, otra vez, con la misma firmeza. Hice una pausa antes de contestar.
— No; ha marcado un número equivocado. Acá no vive ningu…
Colgó antes de que terminara de decir la frase. No pude seguir con el ensayo sino hasta después de tres vodkas servidos en mi pequeño vaso del mundial de México 86 que llevo cargando durante años. El mismo donde me servían leche chocolatada.
Pensé que todo quedaría así. Pero el sábado a las dos treinta de la mañana, miraba el techo pensando en mi próximo libro de cuentos, cuando volvió a sonar el teléfono. Lo miré durante un rato. Dejé que sonara y mi intención no era contestar. Pero no pude.
— ¿Aló? Dije casi gritando.
— ¿Por qué no me pasa a Carmencita? Dijo la voz, notablemente alterada.
— Porque no vive acá, acá no vive ninguna Carmencita.
— Yo sé que sí, dígale por favor que quiero hablarle.
— No hay ninguna Carmencita acá, no joda.
— ¿Carmencita le dijo que me contestara eso verdad?
— Por favor, entienda, no hay ninguna Carmencita, repetí ya con cierta lástima.
Colgó.
Pasé un domingo tranquilo. Es más, no me levanté en todo el día. Miraba la cortina mecerse mostrándome un sol insufrible en la calle. No había nadie afuera del edificio. La luz hacía arder el asfalto. Parecía como si un duelo de sicarios fuese a acontecer ahí mismo, a esa hora, es más: parecía como si el charco rojizo ya estuviera corriendo entre el granito del suelo hasta coagularse.
Puse una película de Sergio Leone. Abrí una cerveza y una lata de atún. Mi confortable búnker contra el mundo.
Pero el teléfono volvió a sonar. Un sollozo profundo y desgarrador fue lo primero que escuché.
— Yo sé que Carmencita está ahí, por favor dígale que me hable.
— Carmencita no está. No vive acá, se lo he dicho mil veces.
— Está bien, yo sé que no me quiere hablar, decía entre lágrimas; dígale que me perdone, que fui una estúpida que me perdone por favor, suplíqueselo.
No sabía qué contestar. Aquello había llegado al absurdo. Lo medité dos segundos y comencé a hablar.
— Carmencita dice que te jodas, pendeja.
— ¿Cómo?
— Que eres una mierda, que no quiere hablarte, que te odia, que me ha puesto a mí a decirte que no está. Jamás te la voy a pasar ni la vas a ver, ni oír otra vez en tu putrefacta vida.
— ¡Pero yo no quería hacerle daño!
— Pero se lo hiciste. Y mucho. Ahora revuélvete en la culpa y ten por seguro que jamás te hablará, porque eres una mala persona.
Colgué.
En la televisión, Eastwood entraba a una cantina a matar a un sujeto. A veces es la muerte la que reparte las cartas en la mesa. Seguía haciendo muchísimo calor y afuera no andaban ni los perros sueltos. Me terminé la cerveza y cuando terminó For a Few Dollars More, me eché a dormir.
Y el teléfono ya no volvió a sonar. 

*imagen: www.listal.com

29.8.11

1.47 am

Las nubes se tragaron la luz tenue de la luna, cayendo sobre los techos de teja. El bosque de enfrente se sumergió en la oscuridad. Un vecino carente de toda habilidad para conducir, montó el auto en su arriate atropellando las flores que morían bajo los neumáticos. Trípoli ardía bajo el fuego rebelde. París se volvía triste, Viena permanecía pacífica. La luz gris parpadeante de un televisor encendido alumbraba las cortinas de una habitación en la casa del cerro. La refrigeradora iniciaba otro ciclo, la vecina de al lado taconeaba, la de enfrente tosía. La bruma nos ahogaba. El universo se expandía. Las sábanas olían a limpio, un pájaro se posaba sobre el techo , escribí un cuento sobre una batalla antigua. Estaba feliz, me tomé un vodka. Dios me sonrió el Diablo hizo una fiesta. Me descubrí otra cana del lado derecho, envejecía. Todo pasaba, mientras tú dormías. 

22.8.11

Hombre enloquecido recorre el pasillo número 3


Los domingos por la noche están hechos de desasosiego. Lo dice todo el mundo, así que no debo explicar más. Mi plan de contraataque es hacer algo definitivamente fútil; porque todos saben que las actividades sin sentido han sido el mejor distractor de la humanidad ante la tribulación, desde siempre.
No encuentro actividad más ridícula que ir al supermercado. Lo digo porque desde hace años existe el servicio a domicilio y jamás lo he usado. Sigo insistiendo, sin ningún motivo racional, en pasearme por los pasillos inundados de esa luz blanca lechosa, que ahoga las latas de atún y chiles.  
Qué decir de las mujeres que ofrecen producto en cada esquina. Algunas lo hacen en faldas cortas, tacones altos y sonrisas enormes mientras te dan pequeños nachos ahogados en salsas de preservantes y químicos. No logro entender la relación entre la chica y la salsa. Por eso estamos tan confundidos: un adolescente se come unos huevos motuleños y tiene una erección pensando en la impulsadora. Caramba.
A mí lo que me provocan los enormes almacenes con sus estanterías es angustia. Esas grandes ferreterías con productos infinitos. A veces creo que el único cliente de esos sitios, sería alguien construyendo un enorme robot que destruya las dos terceras partes de la ciudad antes de quedarse sin baterías. Porque es una ley de la vida quedarse sin baterías a la mitad de algo importante.
Esquivando los frenéticos movimientos de la gente con sus carretillas, me dan ganas de verlos a todos desaparecer. Llegar a un arreglo con los gerentes, en el cual ellos me abren el supermercado en horas inhábiles a cambio de que yo no les denuncie por los siete mil delitos que veo que cometen.
Sin embargo, la idea de un supermercado vacío y un tipo recorriéndolo a media noche, está bien para una película de terror. Sería un espectáculo horrible de ausencia: tanta comida lista para ser devorada y nadie que la coma, tanto rollito de papel perfumado para limpiarse el culo y nadie que se lo limpie.
La mejor solución es no hacer caso de nada. Mirar los embutidos durante minutos, tratando de entender de qué parte de la bestia provienen.  Calcular la vida de los peces. Imaginarles nombre a los camarones. Esconderse entre las estanterías de licores. Alejarse de los grupos de gente degustando lo que les pongan enfrente. Carajo, un día podrían ofrecer popó de codorniz untada en un pan en el supermercado y habría una fila para comérselo.
Me hago el sordo a las emisoras cutres de los supermercados. Le subo volumen al reproductor y finjo que voy de cacería. Mira qué bien me fue este domingo: yogurt de frutas menos el nancite, que lo escupo, un jamón salmón (vaya Dios saber de qué bestia y cuál parte de ella viene esa delicia), cereal y leche. Frutas que no tuve que cortar del árbol. La maravilla de la modernidad que hace todo aparecer como de milagro. Como milagro es también poder pagar cada domingo la enorme cuenta en la caja registradora. La cajera siempre se mira dos veces mi licencia de conducir para asegurarse que soy yo el que paga. Y siempre la engaño. 

16.8.11

Cubículo 2

Quizá era la forma en que untaba la mantequilla en el pan. Grandes trozos amarillos deslizándose con el cuchillo, dejando a su paso enormes capas de grasa que hacían brillar la rebanada  tostada. 
Quizá fue eso lo que me hizo dudar de él. No había ninguna congruencia entre  su discurso, depurado, mesurado, casi el de un monje tibetano y su porcina forma de comer. 
Lo miraba llenarse la boca de migas y aceite; y no podía hacer otra cosa más que esperar a que terminara de hablar. Fingir que le ponía atención y contestar como si fuera un autómata. Debía en todo caso, disfrazar las enormes ganas que me nacían de ensartar su cara contra el plato y  destrozarle el cráneo con la taza de café. 
Pensé en los griegos. Pero no en las estatuas decapitadas. 
Imaginé qué harían ellos con un tipo como éste: un displicente órgano de la pereza. Lo tirarían al mar desde el despeñadero, seguro. Su cuerpo caería por los acantilados. Con suerte su cabeza chocaría contra una afilada roca y moriría antes de caer al agua. Al menos no moriría ahogado. 
Se lo comerían las aves. Alimentaría toda una parvada de gaviotas, de pelícanos. Bancos de peces mordisquearían los trozos. ¡Ah! los griegos sabían qué hacer. 
Nosotros no. Nos viene bien aguantar tipos como este, maquinando acerca de cómo hacerse más rico, con menos esfuerzo y con mucho más poder. Sí, eso era. Detrás de toda esta fachada de asco, el tipo lo que ansiaba era el poder. Imaginármelo dirigiendo la vida de otros de su especie me perturba. Era dirigir todas las marchas al precipicio.
La mesera se llevó los platos. Preguntó  si algo había estado mal con mi comida, porque estaba intacta. No respondí. Sólo miré a mi interlocutor escudriñar la carta de los postres. 
Pedí un ristreto. Quería inyectármelo. A veces me siento como un arma cargada y creo que el Diablo tiene el dedo en el gatillo. A veces me siento peligroso como una noche en prisión, en la barraca de las maras. A veces me prendo en llamas. 
La noche me esperaba afuera. Me lo recordó el niño que tocó la vidriera del restaurante, mostrándome su mano vacía, esperando que la llenara con monedas. 
Pedimos la cuenta. Imaginé que fuera estaban los leones esperándolo. Que yo sería testigo del espectáculo de la naturaleza. Pero afuera no había nada más que autos a toda marcha y prostitutas en la esquina. Luces titilantes de neón; pero nada parecido a un enorme felino esperando devorar a un jabalí. 
Nos despedimos. Lo volví a ver en la oficina, como era usual. Pero el tipo se traía algo, yo lo sabía. Se lo dije a todos, una semana después cuando lo detuvieron. 
Un vecino lo denunció por tener un perro que chillaba toda la noche. La policía llegó y entró a su casa. Encontraron un arsenal. 
Nadie lo extrañó demasiado. Vaciaron su cubículo lo más pronto que pudieron. Una chica lo suplió en el puesto. Casi no pienso en él. Pero a veces aparecen manchas de dedos grasosos en el escritorio y no son míos. 

8.8.11

Mudanza


Mi madre y yo cenábamos una pasta. Como siempre, hablábamos poco, más bien nos dedicábamos a hacer anotaciones puntuales sobre la casa, la familia y esas cosas que uno habla cuando se reúne con su madre una vez por semana.
Era mi turno de hacerle saber las novedades. Le di la noticia y de inmediato dejó caer sus cubiertos sobre la mesa. Se limpió la boca con la larga servilleta blanca que guardaba sobre sus piernas y me miró. Alzó la mano y me mostró la palma abierta. Cinco dedos largos y delgados, erguidos mientras ella me decía: cinco veces, Julio. Llevás cinco mudanzas en cinco años.
Digamos que quizá lleve más, pero mi madre, afortunadamente, ha olvidado las otras. Han sido demasiado fugaces para que las recuerde. En todo caso, se le dificulta el recordar dónde ha vivido su hijo los últimos siete años, dado que nunca me visita. Por fortuna, claro.
Por ejemplo: en los últimos tres años mi madre sólo me visitó una vez; hacían trabajos en la red de distribución de agua de su colonia; es decir, llegó para usar el baño.
Finalmente, mi madre continuó con la cena y bueno, yo me quedé pensando de todas maneras en mis mudanzas. Sí, han sido bastantes, consecutivas y determinantes.
El último año y medio por ejemplo, lo pasé en un departamento bastante extraño. Quizá el sitio más raro en el que he estado. Una caza vieja, llena de incongruencias que a lo mejor algún día me atrevo a contar con detalle. Pero este no es el momento: quiero hablar sobre mis mudanzas.
Los últimos tres años, debo ser honesto, los pasé en sitios horrendos. Volví al barrio duro donde crecí y bueno, pensé que se me facilitaría escribir. Pero no fue así. Descargas de disparos a cada instante, sirenas a los doce minutos exactos, vecinos peleando entre sí, vecinos disparando contra el portón, vecinos peleándose con amigos dejando manchas de sangre en las gradas, pájaros que quedaban atrapados en el patio, una cancha de fútbol con infinito polvo, una iglesia que sonaba las campanas de madrugada. Mierda.
Fue como querer escribir sobre el mar y hacer que me tragase una ballena. Y lo único que tenía, era el mundo a través de la escotadura, como si fuese una proyección dentro de una caja negra, una de sombras y luces malformadas. Es decir, no escribí ni un folio. A lo sumo, dos o tres textos decentes y lo demás todo desechable. Pero lo entiendo: la mitad del tiempo la pasaba tratando de mantenerme a salvo de la mierda y la otra mitad la pasaba fuera de ahí, huyendo.  Así que hice lo que debía hacer: que me escupiera la ballena.
Era martes, lo recuerdo bien, cuando se me ocurrió volver a un sitio querido. Hace siete años, había vivido en un edificio de apartamentos al norte de la ciudad. Lleno de árboles, de pájaros, de parques y avenidas transitables en extensas caminatas que siempre terminan en un bosque que aún permanece insondable. Una cápsula de tiempo. Y como si se tratase de una revelación, lo acordé: me mudaba otra vez.
No acostumbro tener muchas cosas y si las tengo, las tiro. Tener equipaje ligero siempre, esa es la regla dura. Un día volví al edificio, me topé con el mismo administrador de hace siete años y tres días después estaba pasándome allí, un domingo caluroso en el que todos se hipnoptizaban con el fútbol.
Hay muchas cosas que disfruto del lugar. Vivo en un cuarto nivel y tengo un apartamento cómodo. Tengo cuatro habitaciones, vacías por el momento. No tengo muebles. Los perdí en las mudanzas. Pero tengo lo básico: un puño de ideas para llenar todos los sitios.
Ahora mismo mis libros están en cajas y poco a poco van llenando las libreras y otros, seguirán esperando tener dónde colocarse. Para no perder la costumbre, dejé algunas cosas olvidadas en el otro sitio. Pero da igual: toda mudanza me recuerda un poco a la muerte, donde nada llevaré.
Llevo una semana en este sitio y me siento fenomenal. Despierto temprano a mirar cómo la bruma se come las casas vecinas en el cerro de al lado, con los árboles con poco follaje extendiendo sus ramas como si fuese una ilustración de tinta sobre papel.
Mi habitación tiene doble altura y el techo de madera. Cuando amanece y miro todo el panorama, me siento como viviendo lejos. No sólo en espacio, también en tiempo.
Los edificios tienen ese estilo arquitectónico del principio de la década de los ochenta. Colores ocre, trazos rectos, jardines que abarcan y abrazan. La gente que vive acá los ha decorado acorde a ello.
Quizá lo cómodo del lugar es que me recuerda por mucho a las fotografías que vi en las revistas de mi niñez. Es decir: vivo en uno de esos sueños idílicos de hace treinta años. Y me va bien, de maravilla.
Ahora mismo recuerdo que hace siete años, cuando viví en un apartamento del segundo nivel, me topé con gente interesante. Quizá la más era una chica que se mantenía en un parque o caminando por ahí. Alguna vez la vi tocando la guitarra y le puse atención. Me parecía guapa, está claro, pero había algo de más. 
Una tarde me la topé y la encontré inmensamente triste y quise hacer algo más que continuar caminando como si nada pasara. Pero no pude. No la volví a ver; pero cada vez que paso por el parque pienso en ella.
Pienso en muchas cosas la verdad y sobre todo siento. Esta vez, sé que volví por motivos trascendentales. Ya no soy el mismo que estuvo acá hace siete años. Ahora soy otro y me alegra. Estoy muy feliz y no me avergüenza.
Ya la felicidad no me parece un arrebato de tontos,  sino un río ancho y manso, corriendo en toda su hondura hacia el mar. Y es del mar que quiero escribir. Así que heme aquí, cómodo, desde mi estudio, pensando que mi vida de nómada no tiene otra explicación que mi propia brújula: este corazón que llevo en la mano.

13.7.11

La fila universal o por qué los tributos le deben al Cristianismo.

Tengo cierta envidia de la gente mala. Van por ahí siendo ellos y nunca les pasa nada. A mí no. Si obro mal seguro, me descubren, delatan y castigan. Creo que los padres salesianos cumplieron su misión.
¿Pero a qué viene esto? Es que resulta que tengo un nuevo carné de identidad. Sí, uno donde aparezco con una inmensa cara de resaca. Y no es esa terrible maña vulgar de decir "casi no me parezco a la foto, ¿verdad?" como una excusa para la propia fealdad. No. Se trata de algo comprobado. El otro día en el super la cajera tuvo que mirarme cinco veces para asegurarse que era yo el del carné. Bah. 
Con ese carné de identidad nuevo, todo en mí cambia. Comencé por el estado civil. Aparezco soltero. Genial. También cambié mi firma. Oh por Dios soy un hombre nuevo. Y esta novedad acontecida en mi humanidad, debía ser notificada a la oficina de impuestos. Joder. 
Como el lunes cumplí años, tomé la licencia que da la oficina. Tenía años de no hacerlo, porque la verdad, me hacía sentir como parte del sindicato y a mí eso de alzar las manos juntos, me suena un poco a baile de boda. Tampoco se me da eso de las manadas, pero qué se puede hacer. Suficiente tiene el mundo con no poder girar a la inversa. 
Así que, como un ciudadano temeroso de sus propios errores, y para preverlos precisamente, en mi licencia de cumpleaños fui a la oficina de impuestos a decirles "soy un hombre nuevo y este es mi carné". 
Había dos filas: una inmensa y la otra gigantesca. Como últimamente me ha dado por el optimismo, me acerqué a la inmensa. Pregunté y me dieron un número: 597. Lo maravilloso del asunto es que atendían al 473.  
Tomé asiento en medio de dos señoras que parecían bastante distraídas. Pero luego una me comenzó a mirar con sospechas. 
Yo también sospecho de las señoras que me miran con sospecha. A veces pienso que me quieren matar y luego tejerle suetercitos a mi cadáver. Yo que sé:  tengo algo de adorable, dijo mi abuela y también provoco ganas de matarme, dijo mi madre. 
Para evitar las miradas furtivas de la vieja, tomé un libro y lo comencé a hojear. No lo leía, sólo miraba apiladas las letras como cúmulos de ropa sucia. Miré a mi alrededor. El sitio estaba repleto de gente con un rostro de aturdimiento. Sí: todos hacíamos fila. Todos estábamos opacados por una espera que no guardaba ni razón ni lógica. Éramos un grupo de gente reunida en el mismo sitio, mirando a todas partes, menos a nosotros. 
Podría culpar al calor, la desesperación y la angustia. Podría decir que me iluminé. Quién sabe: lo cierto es que me di cuenta que la vida puede ser explicada como una fila en la oficina de impuestos. Nadie sabe por qué estamos ahí, pero sí que debemos estar y que nos tocará esperar hasta que sea la hora y ser atendidos por el tipo de los sellos. Oh sí. La mayoría estaremos condenados a pagar algo, porque nacimos con una deuda. Menos los afortunados que se irán libres sin freno ni castigo. Oh. 
Llegué frente al tipo que me atendería, tres horas después de mi llegada. Había evadido dos millones de veces la plática de la señora fisgona, que encima bendecía a todos con una muy campirana actitud pontificia. ¡Dios los bendiga y que todo salga bien! Les dijo a todos y cada uno de los tipos que vio pasar frente así. A mí no. 
Me senté frente al tipo que jamás me vio a los ojos, tuvo la vista siempre fija en el monitor. Creo que  en realidad él también era parte del ordenador. Le confesé espontáneamente que era un hombre nuevo y que como tal tenía nuevo carné de identidad. Tecleó uno dos tres, un dos tres, y pum. Ya está. Sello. 
Yo era  un tipo afortunado. Un elegido. Pero joder: cómo podía alegrarme si igual había tenido que esperar. Y si hubiese celebrado, le habría caído gordo a los demás. Sí: me hubiesen odiado. Así que sólo me limité a sonreír y a salir con mi hoja sellada, que me daba la venia de la oficina de impuestos para ser un hombre nuevo. 
El centro comercial ofrecía todo tipo de cosas. Incluso una montaña rusa que atravesaba el mol. Fui directo a la taquilla, no lo dudé: me iba a subir. Tenía que deshacerme de alguna manera de todo residuo de los impuestos. Necesitaba hacer algo incoherente. Pagar impuestos es lo más coherente que hay. Es como decir existo y soy parte del Estado. El Estado guatemalteco. 
Yo no existo. Yo cumplo treinta y dos años y utilizo mi descanso para contestar felicitaciones de feisbuc, ir a la oficina de impuestos y comer fruta congelada bañada en chocolate, sólo. 
Me subí al carrito. Y dí las cuatro vueltas que pagué. 

10.7.11

Ludwing Van Bethoveen. De rockstar! (catafixia:2010)

Para Facundo

conozco tipos inocentes
miles de ellos
como el padre de Marga
la niña de seis años
que conocí una madrugada
en la sala de emergencias
de un hospital público

acostada en una camilla
respirando por un tubo,
partida en dos por una herida
que comenzaba desde su vagina
y terminaba con su ombligo
la luz blanca y violeta alumbrándola
me recordó una señal de tránsito
que me la enseñó así de violada

inocentes,
como los tres señores
que raptaron a mi tía Juana,
haciéndola morder la tierra
tras unos matorrales
crecidos a la orilla
de una carretera polvorienta
mientras ella suplicaba piedad y sentía asco
del calor de sus miembros
de lo ardiente de sus fluidos 

inocentes como mi padre
que ha podido ignorarme
durante treinta años
pensando ingenuamente
que así dejaré de ser 
o tal vez que de esa manera
me convertiré de nuevo en esperma
que lanzará ya más cuerdo
a la taza de un inodoro. 

Tristes del mundo:
pueden hacer lo que sea
el horror los ampara
siento su aliento sobre mi nuca
he escuchado sus amenazas
me arrullan en las noches
con sus descargas

sigan devorando
sacien sus ganas

sin embargo,
sepan,
finitos cobardes,
que hagan lo que hagan
                               
                la belleza no se acaba.

                la belleza no se acaba

                la belleza no se acaba.

3.7.11

Piñata

La mujer se tomaba de ambas manos, como queriendo brindarse consuelo a sí misma. Cuarenta y ocho horas antes, había perdido todo contacto con su hija: una adolescente de dieciséis años que al parecer, se había escapado con su novio. Ambos habían sido vistos por vecinos, días antes de la desaparición. Me interesó ese dato. 
Cuando tienes un caso así, te debe importar todo lo que la víctima hizo los días previos a perderse en la nada. Y esta cría había hecho de todo.
Había noticias de que asaltó una tienda, junto a su novio. Abandonó la escuela, se compró ropa nueva, en casa era una rebelde total. Debes armar una historia, para adivinar el desenlace y así saber dónde está. 
No parecía ser difícil esa vez: bastaría con mandar un par de policías a buscarle en los sitios donde el novio se mantenía. Con presionar en la casa del tipo. Y así fue. Es sólo que la señora, no paraba de llorar. 
No se imagina lo que hemos hecho por nuestra hija, empezó a explicar, le pagamos de todo, incluso una fiesta de quince años, que nos costó un dineral. Somos pobres, pero queríamos darle lo que no tuvimos de niños, lo que también le faltó a mi esposo. De niña yo cargaba costales de café en una finca. ¿Sabe licenciado? Yo nunca tuve una piñata...
La mujer empezó a llorar. Lo hacía de tal manera que yo podía verla tras los barrotes de una cerca, en cualquier casa, la tarde soleada de un sábado, admirando la fiesta: niños envueltos en carcajadas, repartiéndose los dulces, en un evento donde ella siempre sería invisible y sus manos permanecerían vacías. Como si estuviera frente a mí esa niña; como si la señora aún tuviera frente así toda la alegría y  no la pudiera tomar.
Esperé a que se calmara y luego le expliqué lo que haría. Cinco horas después su hija estaba con ella. Estaba bien; sólo bastante confundida. 
Yo no pude dejar de pensar en la historia de la piñata. Aquella noche en casa, abrí una cerveza y me senté en el balcón.
Y también lloré por mis manos extendidas, esperando todavía a tomar toda la belleza que no he podido tener. 

1.6.11

Gerson, el Salvaje

Llevábamos dos horas y media en la ruta. Hacía un calor de mierda. Gerson se limpiaba el sudor con un pañuelo que llevaba sus iniciales bordadas en una esquina. Yo lo miraba por el espejo. Esperábamos pasar hacia El Salvador por la frontera Pedro de Alvarado, y aquello iba lento.
Gerson llevaba los audífonos puestos y estoy seguro que escuchaba alguna mierda romántica. El pobre tipo era el último treintañero sentimental sobre la faz de la tierra. O del trópico centroamericano, para no exagerar.
Me molestaba. Mucho más que el olor a estiércol que se metía por las ventanas, mientras hacíamos la fila. Si no fuera porque a mi lado, Denys preparaba un porro, me hubiese podido bajar ahí mismo y ahorcar a Gerson con el cordón de sus auriculares, mientras lo hacía cantar alguna canción de Chayanne. Pero no. Le habíamos prometido convertirlo en un tipo rudo, mientras viajábamos a El Salvador.  Dijo que quería agarrar valor para no ser "vulnerable emocionalmente"; y que nosotros éramos sus únicos amigos capaces de tal proeza. Por supuesto que le aclaré que no éramos sus amigos. Le debíamos dinero, que era otra cosa.
Pasamos la frontera con Denys dormido y Gerson cagándose del miedo mientras yo escondía la pistola debajo del timón. “Sos un imbécil Julio, nos van a cachar” Lo repitió tres millones de veces, hasta que le dije que si nos atrapaban, lo mataría entrando en la cárcel y si no lo hacían, lo mataría de un tiro en el kilómetro 33. Se llevó su pañuelo a la boca y guardó silencio. Yo agité mi mano para saludar al agente de aduanas y aceleré.
Pasando Carasucia compramos el primer litro de cerveza salvadoreño. Denys pagó. Gerson compró agua embotellada y un pastelillo relleno de manjar. Nos subimos al auto. Gerson sacó de su bolsón una loción bloqueadora y se la empezó a untar en la cara y los brazos.
Carajo Gerson, vas a oler a coco y piña, como un puto cóctel, le dije. Escondió la loción y se volvió a colocar los auriculares.  Busqué un restorán. Había moscas, sí, había calor. Las meseras se sentaban en tus piernas si les ponías un billete de cinco dólares sobre la mesa y nosotros pusimos tres de a diez. Le encargué a una de ellas a Gerson; aunque en realidad tengo algunas dudas que haya sido mujer. Pero Gerson resistió y se marchó a buscar música en la rockola.
Esto no tiene nada de Sin Bandera, dijo. Yo fingí no escuchar. Cuatro hombres en una mesa empezaban a mirarnos demasiado raro y con Denys decidimos que era hora de partir.
En el auto, decidí contarle a Gerson el plan. Todo había cambiado, no nos quedaríamos en la playa sino en la ciudad. Así que tomaríamos un breve desvío. Ganaríamos una hora más de camino, pero con suerte, podríamos fumarnos dos o tres porros más. Vas a ver San Salvador,  le dije a Gerson, es el paraíso para los muñecos tímidos como tú.
Gerson comenzó a fumar marihuana como bestia. Nunca imaginé que quisiera tener tanta mierda dentro. Casi lo llegué a admirar, pero se colocó el puto pañuelo en el cuello y no paraba de decir “soy un forajido ajua ajua”. El pedazo de imbécil.
Denys, mi colega, casi no hablaba. Había tomado el arma y la limpiaba dentro del auto. La carretera estaba sola, ya había anochecido. Yo subí el volumen al radio: estaban tocando la música de Gerson. El tipo se animó y empezó a cantar a todo pulmón.
Lo dejé así por dos minutos. Luego detuve la marcha. Denys sabía qué hacer: tomó la pistola, bajamos ambos del auto y obligamos a Gerson a salir. No tenía idea de lo que estaba pasando. Lo hicimos ponerse de rodillas. Le saqué todo el dinero y también el pasaporte. Los metí en una bolsa plástica que tiré en la parte trasera del coche.
Tomé el pañuelo y se lo coloqué como venda. Gerson estaba tan drogado que no podía hablar. Estaba pálido. Creí que se iba a morir, así que mejor la dejé ahí, tirado, vomitando, mientras sollozaba diciendo: ¿Por qué? ¿por qué?
Arrancamos el auto y nos fuimos de ahí. Supongo que Gerson no se habrá levantado sino hasta mucho tiempo después. Telefoneé a un par de amigos policías que conocía en El Salvador y les pedí que pasaran por Gerson y le diesen la bienvenida en una de sus mejores carceletas.
Al día siguiente lo deportaron. Denys y yo aparcamos en la frontera y lo vimos bajar del bus. Nos acercamos para devolverle su dinero y su pasaporte. Pero cuando nos vio, se lanzó contra nosotros con furia. Era una bestia. Estaba ahorcando a Denys, cuando los separé. 
¡Puta Gerson, lo vas a matar! Le dije y lo tiré por un lado. Luego los tres subimos al auto. No quise preguntar qué había pasado con los auriculares, con su pañuelo, con su reproductor Mp3 lleno de los megahits románticos. En realidad no quise saber mucho de lo que le había pasado. Pero en el silencio que había dentro del auto, mientras recorríamos la parte este de Guatemala, supe que habíamos cumplido nuestra misión.

18.5.11

Las cabezas y yo

Veintidós cabezas y veintisiete cuerpos fueron hallados en una finca al norte de Guatemala. Al parecer, eran todos campesinos que trabajaban en el sitio sembrando pasto para el ganado. A una de las víctimas, le cercenaron la pierna y escribieron con la sangre que derramaba, un mensaje sobre la pared de una de las chozas de block y lámina. Al parecer, buscaban a un narcotraficante, el patrón de la finca. 
Estos son los días  más calurosos que recuerdo en años. Dicen que los cuerpos fueron encontrados en un avanzado proceso de descomposición. Pienso en ello, ahora que el sol brilla con todo lo que da sobre el asfalto. Ahora que vienen las moscas y transpiro debajo del saco y la corbata. 
Como era de esperarse, el gobierno reaccionó desplegando ejército y policía en la zona, en una improvisada cacería de los responsables. El Presidente, calificó de salvajada el asunto y de inmediato se lo atribuyó al grupo de los Zetas, un brazo armado de las bandas organizadas del narcotráfico. 
El crimen no fue a causa de las drogas. Veámoslo así: no fue perpretado por una orda de yonquis en busca de dosis. El crimen fue por poder, el que alcanzaron los zetas en el Petén luego de esto. Reconocerlo, es también aceptar que hemos fracasado. Las mayorías no son quienes mandan. El poder lo ostenta quien posea las armas y el dinero. 
Carajo. Yo lo que tengo son deudas y las armas me dan muchísima pena. Es decir, me jodí. 
Aceptando mi condición de jodido, decidí el fin de semana, esparcir un rato el espíritu y emborracharme. El plan marchó de maravilla las primeras horas, pero luego, la policía me sacó del sitio. Al día siguiente, mientras almorzaba en un restorán con mi madre y mi hermana, en la tele pude ver cómo un estadio de fútbol se convertía en un campo de batallas. 
Por la tarde, pasé por un centro comercial, pero estaba cerrado. Habían matado a alguien dentro de su auto. 
Aleluya, qué viva la humanidad. 
Regresé a casa. No tenía cervezas en el refrigerador. Tenía vodka y zumo de naranja con dos días de vencido. Qué rico. 
Bebí vodka y vi televisión. El pastor de la comunidad de donde eran originarios los decapitados, hablaba en el noticiero. Luego el Alcalde. Ambos coincidieron en que era la masacre más terrible que habían visto. Supongo que para  ellos el mundo tiene diez años de vida.  Otros pobladores hablaron también sobre el derramamiento de sangre. 
Yo seguía pensando en las moscas. También me intriga saber qué pasó con las otras cabezas. Ellos, hablaban del demonio y no se qué más. 
A veces cuando veo a la gente hablar con tanta candidez, noto que despierta en mí un tímido sentimiento  de envidia. Ellos conservan el asombro ante lo incomprensible y para ellos, son ininteligibles la mayoría de las cosas; ignoran si tienen derecho o no a reclamar seguridad para las familias, a demandar al Estado Mexicano al determinarse que habían ingresado al país bandas armadas de esa nación, etcétera. 
Pero luego lo analizo y sé que no es envidia; es soberbia y por lo tanto es estúpida. Yo tampoco comprendo al universo. Podría explicar que fue el poder lo que hizo que surgieran las bandas sanguinarias, como la de los zetas, pero no lograría entender la obsesión de la humanidad por mandar. 
Que la violencia ha estado siempre presente en la humanidad, lo sé. Pero ¿hacia dónde nos lleva? Honestamente, ninguna posibilidad es alentadora. Al ritmo que vamos, lo que sigue  es que los sicarios maten a sus víctimas a mordidas. Que se los traguen como manadas de lobos. Los salvajes perros de la ira. 
Y claro, la justificación será el poder, tan absoluta y sacramental como nada hay. Estos días me da por pensar que la humanidad está dispuesta a sacrificarse así misma por el puto poder. A lentamente volvernos otra vez una especie sin razón ni alma. A caminar en cuatro patas, bajo el dominio del más fuerte. 
Pero vamos, de algo nos tendremos que aferrar para que esto no pase. Y no es la razón. 
Pensando con el corazón, ¿usted sería capaz de matar a su vecino porque no le hace caso o de golpear a una mujer porque tiene una camisa del equipo contrario de fútbol?
Honestamente, creo que no. Yo le apuesto todas mis fichas a la humanidad y no a los robots.  

10.5.11

Dos poemas a mi madre.

Los tipos rudos no saben decir madre.

Los tipos rudos no bailan. A los tipos rudos les bailan las mujeres desnudas, en bares de muertes lentas.
Los tipos rudos no saben decir madre. Sin embargo, aprenderé a pronunciar su nombre para salvar lo bueno que en mí queda.
Lo haré por las mujeres, que bailarán conmigo dejándome el corazón como propina.
Lo haré en nombre de los corazones que guardo los bolsillos de mi pantalón roto.
Lo haré en nombre de mi mano, que quiere aprender la dulzura, para saber cómo acariciarte.

Lección aprendida

¿Alguna vez te pregunté, madre, el secreto para sobrevivir a los golpes? ¿Ves lo bien que me sale ese maravilloso movimiento tuyo para esquivarlos? Suena el despertador y volvemos a salir los valientes. Suena el despertador y sonreímos, con la cara hinchada y las manos deshechas. 
Y sin embargo, todavía es posible la caricia. 
Y sin embargo, madre, siempre es posible para nosotros la caricia.

25.3.11

El Ruso: la detención.

Agazapados en una esquina, el Ruso y yo esperábamos a que fuese el momento para entrar a la casa. Nos escondíamos en una hondonada al lado de un río. Los policías estaba apostados al lado del muro de piedras, que separaba la casa de la calle. No se percibía ningún signo de actividad adentro. No teníamos seña alguna de que nos esperasen, como la informante lo había dicho, una veintena de niños revoloteando por toda la casa. Había silencio y olas de polvo que se alzaban con el viento que transitaba por la calle. 
El Ruso se levantó e hizo señas para que dos policías lo acompañaran a la puerta. Tocó el timbre, mientras yo ayudaba a dos policías más, a escalar el muro al lado de la casa. Dos veces sonó la campanilla y la puerta que comunicaba a la casa con el jardín se abrió. Un anciano esquelético, salió con parsimonia, atravesando el sendero de concreto que zigzageaba por sobre el pasto. 
Una pileta a medio llenar, con algunos juguetes flotando, estaba a la mitad del jardín. Los dos policías que mandé dentro, ya estaban apostados tras los árboles con los rifles listos. El hombre abrió la puerta principal y el Ruso entró. Yo corrí hacia la puerta y también entré. Le explicamos al hombre por qué estábamos ahí y le pedimos que nos acompañara a recorrer toda la casa. El asintió con facilidad. 
Dentro, efectivamente, no había nadie más que él. La casa tenía muy pocos muebles pero todos bien conservados. Los cajones de su cómoda y el clóset estaban casi vacíos. No habíamos encontrado casi nada, de no ser por algunas insignias militares que almacenaban polvo dentro de una caja. 
En una de las habitaciones, uno de los policías encontró un ordenador. Al acercarme, le pregunté al anciano si le pertenecía y dijo que sí. Le pedí que lo encendiera. Noté sus nervios y supe que la cosa podría ir por ahí. Mientras revisábamos el computador, los policías se habían relajado y estaban sentados en la sala o apostados sobre las columnas del pórtico, fumándose un cigarro. Era una mañana con el cielo azul limpio, manchada sólo por las nubes de polvo que seguían levantándose en la calle. 
El ruido de las bicicletas afuera, el repartidor de leche y dos vehículos era lo único que perturbaba la paz en el sitio. 
Sin embargo, el hombre temblaba. Y sus ojos se fueron apagando. Sobre todo, cuando al haber ingresado, tomé control de la computadora e hice una búsqueda de imágenes y vídeos. 
El hombre se sentó sobre la cama y guardó silencio. Pedí a los oficiales que salieran y sólo permanecimos con él, el Ruso y yo. Nadie habló, mientras en el monitor se reproducían, decenas de vídeos donde el anciano tocaba a algunos niños de la localidad. Yo sentía asco, repugnancia. La primera vez que te topas con un vídeo de porno infantil no la olvidas: es un puñetazo en el diafragma. Sin aire y con náusea. 
Apagué el computador. El hombre seguía en silencio mientras el Ruso lo atacaba a preguntas que jamás respondió. Algo había en él por demás extraño. Una extraña sensación de tranquilidad. 
Era como si toda la vida había estado esperando que lo detuviesen, que le impidieran hacer daño. 
Y ese día había llegado. 

13.2.11

Pelea de sábado.

Ahora que nada queda por hacer los domingos, sino mirar la tarde. Ahora, es que pienso en las dos tipas que  vi matándose en la acera. Era la una y veinte de la madrugada. Diría que ambas eran jóvenes pero sólo vi sus espaldas. Una arriba de la otra, peleando como fieras.
Detuve la marcha, iba en el auto. Un taxi también se detuvo. Todo pasaba frente a la Comisaría, con la somnolencia de la madrugada. Era esa avenida oscura. Era esta ciudad oscura. Era el cigarro que no fumé mientras veía cómo caía al piso una mujer, vencida por el puño de otra. Era un sábado que me rebasaba por el carril derecho. Era salvarse.
Y sí: vi terminar la pelea desde el espejo retrovisor. Mientras aceleraba la marcha y empezaba a olvidar cada detalle de ese sitio, alumbrado por los restaurantes chinos, que se ahogaban en luz blanca y canciones de rocolas que cantaban la desgracia.
Ahora es una hermosa  tarde de domingo. Ya  prendí el televisor y  le subí el volumen. 

18.1.11

El Ruso

Estaba sentado en la barra. Frente a mí, tenía una colección enorme de botellas y en el fondo un espejo. Por ahí veía la mesa de la esquina, donde Oscar, el Ruso, esperaba a la vieja.
Sentando, sólo, con su camisa impecablemente blanca y su bigote canado, mirando  la vidriera que daba a la calle. El Ruso estaba en un sitio medianamente vulnerable. No sabíamos nada de esta tipa, sólo que había pasado información. Datos que eran útiles, tanto así que estábamos en ese pueblo sólo por ella Así que bien podría tratarse de una trampa. Bien podría ser que la vieja sólo pasaba información para atraernos y quizá colocarnos dos tiros en la cabeza. Pero teníamos una ventaja. La vieja no nos había visto nunca. 
Tomamos ventaja de eso, y el Ruso se sacrificó a esperarla, mientras yo le cuidaba las espaldas fingiendo ser un tipo en busca de una cerveza y buena charla con la cantinera. 
Pero lo miraba todo desde el espejo. Por ejemplo, vi cómo entró la vieja, media hora tarde, acompañada de un niño. Cómo se sentó frente al Ruso y pidió una naranjada. Hablaron bastante. Quizá media hora. Yo pedí una segunda cerveza. La tipa me empezó a poner nervioso cuando alcanzó su bolso y metió la mando derecha dentro. La dejó ahí un buen tiempo. Pensé que dispararía. Sin embargo no lo hizo. 
El Ruso finalmente me vio por el espejo y sonrió. Era la misma sonrisa que le vi cuando metió preso al Escorpión. 
Pidió la cuenta. Él pagó. La oficina no nos cubre estos gastos, pero el Ruso amaba su trabajo. Yo lo seguí hasta afuera. Me despedí de la cantinera abruptamente. Ella había mordido el anzuelo de mi charla y me contaba de su familia en Venezuela. Datos que a uno le interesan poco. Al salir, me aseguré que nadie nos siguiera. Hasta que la vieja finalmente se fue con el niño, montada en un mototaxi. 
Me acerqué.
Mierda, Ruso, le dije, no estudié derecho para convertirme en tu guardaespaldas.
Hacéle huevos, me dijo. Y me contó lo que la vieja le había dicho. 
Había muchísimo sol afuera. La gente se escondía entre las sombras. Parecía un pueblo tan tranquilo. Pero nosotros, los salvajes, conocemos las rutas secretas de la mierda. Y ese sitio hedía. 

10.1.11

El Cojo

Cuando Fernando El Cojo Aguirre llegó al Sótano de tribunales, su cliente ya le había provocado una herida en la cabeza a otro detenido, durante una riña dentro de la jaula. Tal había sido el relajo, que  decidió ir a hablar con el juez y pedirle que le diera una audiencia posterior, para que antes se tratara a su cliente en un centro psiquiátrico. 
Sin embargo, hasta la fecha, ningún psiquiatra ha confirmado que sea una enfermedad mental degollar a tres hombres y luego devolver sus cabezas en un taxi. Así que, ante su primera derrota,  El Cojo, decidió subir por décima vez la rampa del sótano con el mismo paso lento hasta llegar fuera. 
Buenas noches licenciado, buenas noches señores agentes. Diez veces la misma conversación previa para fumarse un cigarro y pensar que el mundo está retorcido y él viene siendo algo así como el principal asesor de la maldad. Y a mí qué putas me importa el mundo, pensó, mientras que con su pierna corta, apagaba el cigarro contra el suelo lleno manchado con aceite de auto. También recordó que ese mes no había pagado la tarjeta de crédito.  
Antes de volver al sótano, se le acercó la esposa de su cliente con dos niños. ¿Mi esposo va salir? le preguntó. Lo veo difícil señora, allá dentro armó una fiesta. La tipa se echó a llorar y los niños miraban a Fernando como si fueran dos pequeños cachorros suplicándole que los adopte. Entonces él le hizo una pregunta: ¿trajo las cartas de recomendación? Ella sacó unas hojas dobladas por la mitad de su bolso. 
Dos pastores de iglesia y un dueño de ferretería recomendaban a su cliente. Era la misma historia de siempre. Entonces volvió a decir buenas noches y se dirigió de nuevo al sótano. Revisó que los bomberos atendieran al reo que su cliente lastimó. El herido tenía tanto miedo, que decidió no denunciarlo e inventarse que se había golpeado sólo contra los barrotes.
Se ajustó la corbata. En la sala de audiencias, Fernando tendría que hacer ficción. Sólo que a diferencia de cualquier escritor, si Fernando fallaba, una bala le atravesaría la cabeza. Y luego la mandarían en taxi a pasear.
La tarjeta de crédito podría esperar un día más.