30.7.09

Desfile

Encendí la lámpara y allí estaba: enredándose tras los pliegues de la sábana, su pierna derecha. Me había quedado dormido. La abrazaba cuando lo hice. Busco un cigarro; pero desisto. No quiero despertarla. Prefiero verla dormir. Una mujer desnuda es un golpe rotundo de belleza. Pero ella, desnuda, me impide parpadear. Soy un niño viendo por primera vez el mar, con el sabor de la sal en la boca.
Vamos a las orillas. Desenfundo el dedo índice y con él, recorro su pierna. Aprendo cada curva. Son ciento treinta y dos páginas por centímetro recorrido. Poesía debajo del pezón derecho. Liturgia en su entrepierna: eso es, cáliz que beso. Suave, cálida, húmeda.
Se despierta.
El pelo cubriéndole la frente resguarda sus ojos bajo una sombra. Mi rostro de vencido se refleja sobre su iris gracias a la luz
tímida de la lámpara. La beso. ¿Qué otra cosa puede hacer uno cuando quiere; cuando el corazón ya no late, sino galopa?
Acaricio su piel, asaltada de diminutas pecas y me dejo caer entre sus pechos. Prefiero entre los dos, el izquierdo. Late.
Es momento de aceptar las cosas. De las declaraciones, de los manifiestos. Es la declaración final de este encierro:
“Este es el fin de mis noches tristes. Se reúnen todas en tu cadera, formándose en un desfile. Se van perdiendo entre las sábanas ¿escuchas la música, las marchas? Miralas irse, cayendo desde el dedo más pequeño de tu pie izquierdo, en un precipitado salto al vacío. Se va la tristeza, me queda la nostalgia, que es la versión bella de todo desamparo. Me resta el amor para el camino que me trajo hasta ti, corazón que late, debajo del pecho izquierdo.”
Me besa. Había olvidado cómo era sentirse querido.

26.7.09

Plan de Contingencia

La gente se escucha feliz por la ventana. Gritan y bailan, cantan las melodías de alabanza. El domingo se muere por la tarde, con la luz naranja del sol reflejado sobre la vieja madera del clóset. Dentro, cuelgan las camisas planchadas. Escogeré una, mañana temprano. Me la pondré y saldré a la oficina. Marcaré mi hora de entrada en el reloj biométrico, el mejor amigo del jefe, y luego saldré por el desayuno. Jódanse los horarios. Caminaré dos cuadras abajo y encontraré el auto blanco parqueado al lado de la acera. El baúl estará abierto y dentro de él, estará el sándwich de pollo que compraré. Víctor es un tipo de puta madre. Lo despidieron de la empresa hace tres meses, pero él no se dobla. Tuvo que irse a la mierda y en vez de llorar, se puso a hacer sándwiches de pollo. Siempre me pregunta que cómo estoy. Me desea buen día, mientras sus ojos oscuros y brillantes cuentan las monedas con las que le pagan los sándwiches. Su título de Auditor Público estará colocado en el asiento trasero del auto. Los juguetes plásticos dispersos sobre los asientos del vehículo. El olor a cocina que expele Víctor y su cara de madrugada me darán los buenos días, mientras devoro un sándwich mitad mayonesa, mitad aflicción de desempleado. Luego, estaré sentado frente al monitor encendido, redactando un escrito para solicitar treinta años de cárcel para un analfabeta. Víctor es un tipo de puta madre. Si a mí me despidieran, defendería culpables. Haría una novela que nadie leería. Aprendería a tocar el piano. Despilfarraría mi indemnización. Dos semanas después, quizá termine vendiendo café y pasteles, en mi auto, lleno de botellas de güisqui barato.

20.7.09

Turno

Sábado 3 am. La sede de los Juzgados de Turno es un festín de patrullas con la sirena apagada. Los policías se recuestan sobre las puertas. Fuman. Comen. Ríen. Las señoras que usan delantal y lloran hacen ambas cosas, pero sobre todo lloran frente al portón enorme custodiado por más policías. Los juzgados están en un sótano. El cadáver de Aligheri se licenció como arquitecto y diseñó este mounstruo. Los Juzgados de Turno, con el piso sucio, los baños inundados de mierda y las jaulas donde encierran a los tipos de pelo grasiento informándome que a la primera me cogen. Sus risas con dientes de oro, sin dientes, sus risas. Las salas de audiencias con su luz blanquecina y sus bancas gris plomo. Las ovaladas manchas en la pared como costras colocadas sobre el respaldo de las bancas, huellas de las decenas de cabezas que allí recostaron el último sueño de libertad en diez años.
Huele a grilletes. Huele a mujer recién violada, a niño atropellado. A mariguana. Doce bolsas pequeñas rosadas, dispuestas sobre el piso. Hay tanto alboroto. Yo me preparo para la audiencia y saco fotocopias. Calculo la cantidad de tóner, de hojas, el tamaño de las hojas. Quiero distraerme, hacer ruido mental. Cualquier cosa con tal de no escuchar a la señora llorar. "Anoche, no sé por qué, creo que estaba drogado o borracho, pero mi hijo se me acercó, se me puso encima y me echó mano. Me violó, mi hijo" Huele a ocho años de cárcel, a examen vaginal del médico forense. A guante de látex. Doce copias. Imprimo. Habla el padrastro: "legalmente yo quiero que lo encierren, no entiendo qué le pasa". Salgo. Las bolsas de mariguana, más señoras llorando. Abogados borrachos se pasean por allí. Buscan trabajo. Susurran al oído de los presos "yo te saco por quinientos". Cuánto pagaría yo por poder salir de allí y llamarte, contarte esto. Arreglármelas para explicarte que el mundo es un desastre hermoso cuando observo tu silencio y tus manos rodear un vaso, cuando te veo hacer literatura con los gestos, cuando tu presencia es como leer un cuento infinito.
Explicartelo sin que suene imprudente ni desesperado, sino como una verdad que me sobrepasa y endulza. Más allá del horror de las noches perdidas en un sótano.
Es tarde. O es temprano.
Son las 5 am.
El domingo huele a sol recién nacido.

16.7.09

las siete cosas que me gustan de mí y que me hacen freak

Este blog no hace memes. Eso me dije y pensé que si un blogger no participa del entusiasmo colectivo, no puede preciarse de ser un blogger de verdad. Así que para continuar con el espectáculo, dejar a un lado los relatos depresivos, he aquí las siete cosas que me gustan de mí y que me hacen freak (matando dos pájaros de un tiro):
1. Estoy destinado al fracaso.
No es una queja. No es un puchero. Es un agradecimiento. Siempre planifico todo sabiendo que no va a suceder tal como lo planeo. Por ello, estoy preparado para cualquier eventualidad. Soy un pesimista que no pierde las esperanzas. Desde niño asumí mi rol como ser entregado a la eventualidad de las circunstancias, de la gente que me rodea. Y no estoy exagerando. Por ejemplo, si mañana planifico ver televisión, habrá una tormenta gigantesca que derrumbará una torre en la central de electricidad que dejará sin luz a todo el país durante una hora. Cuando vuelva la energía, el programa que quería ver habrá terminado. Si no se va la luz, es muy probable que haya equivocado el horario de transmisión. Si no equivoco la hora, es muy probable que el programa sea aburrido. Eso me pasa con lo simple, no diré qué pasaría si mañana planifico salir con alguien.
2. Soy un adicto al juego. Un apostador.
He dicho ya que mi vida implica desastres múltiples. Sin embargo, cada vez que lo pierdo todo, que ya me ha pasado literalmente al menos dos veces en la vida, vuelvo a seguir. Simplemente para ver qué pasa. Soy un adicto a la emoción de vivir. A no saber si tendrás placer o dolor de las cosas. A estar vivo. Eso: soy adicto a vivir. Así que por más veces que fracase, siempre estaré dispuesto a seguir. Un apostador.
3. Tengo una memoria fotográfica.
Eso significa que recuerdo datos tales como: la cara de un tipo que se pasea entre las verduras del supermercado. Si luego lo veo en un semáforo, sé dónde lo ví y cómo lo vi. Eso me ayuda a escribir, porque no tomo notas. Eso me ayudó a estudiar porque cuando contestaba un examen, veía una fotografía imaginaria del texto donde estaba la respuesta.
4. Tengo una historia por cada cosa que hago.
Creo que esto va aunado a la memoria. Recuerdo cosas y las relaciono con otras todo el tiempo. Si voy en el auto y suena una canción, esa canción la asociaré luego con las imágenes que vi mientras conducía y así continuamente hasta el infinito. Alguna gente que me rodea le parece extraño esto. A mí me parece mi vocación. Creo que vivo para narrar, o más bien, narrar me hace sentir vivo.
5. Estoy dispuesto a todo con tal de obtener una experiencia literaria.
Soy una puta de la literatura. Así que mi vida la conduzco según las experiencias literarias que busco obtener. Si quiero tristeza me arriesgo a eso, si quiero placer también, si quiero energía me busco un día intenso. En fin. Obtengo de la gente que me rodea, historias, frases, tonalidades, características, todo. Aún así, no escogí la literatura como carrera universitaria sino derecho. He querido estar lejos de la teorización de las letras y mucho más cerca de la gente que hace poesía con los gestos. He vivido una vida acelerada, para mi familia, salvaje e irracional. Tienen razón, vivo mi vida con el corazón en la mano. No me importa ser vulnerable. Total: no le temo al sufrimiento, mi vida está destinada al desastre ya dije.
6. Tengo habilidad para leer a la gente.
Eso ha ayudado en mi trabajo. Cuando investigas delitos, que de eso va mi trabajo, necesitas estar un paso adelante del delincuente. Tienes pocos datos y con ellos debes armar un perfil para saber dónde poder seguir buscando. Puedo ponerme fácilmente en los zapatos del otro. Saber qué haría. Aunque afortunadamente, siempre encuentro gente impredecible. Esos son los que me maravillan.
7. Una voz narrativa relata mi día.
No paro de narrar nunca, ni de pensar. Me aprendo los detalles de los lugares que los hacen ser, la manera en que la luz los inunda, los gestos de la gente, sus voces, sus inflexiones en las palabras, los olores. Las palabras siguen surgiendo de todo, a veces incoherentes, otras como un bloque pesado y violento,como una verdad. Vivo en un mundo donde prescindí de la moral y me aferré a la estética. Para mí hay más que buenos y malos y sólo hay personajes. Algunos merecen un texto otros quizá luego. Mientras, escribo, siempre, aunque no todo lo ponga en un texto.

Quiénes me gustaría que dijeran siete cosas que les gusta de ellos y los hacen freaks?

  1. Adolfo Hitler
  2. Torquemada
  3. Daddy Yankee
  4. El cantante del grupo Silencer.
  5. Zury Ríos.
  6. Ratzinger, el papa.

6.7.09

Monachos, sábado

Era el segundo bar de la noche. La segunda cerveza con Arana. El primer trago se lo dedicamos a la muerte. Luego simplemente bebimos. Un tipo acompañaba con la batería las canciones que sonaban en el bar. Hacía el ridículo, como lo haría yo si lo intentara. Habría un concierto esa noche. Apareció un conocido de Arana, hablándonos de cine, ropa y lavado de dinero. Los chinos y japoneses eran su adoración. Él llegó por la banda, nos explicó que se llamaba la Fonola Full Color. Eran sus amigos, todos músicos formados por el Conservatorio Nacional. Eché un vistazo y entre los instrumentos había un contrabajo y un violoncelo. Prometía. Salieron a escena a la tercera cerveza. Tocaron en el diminuto escenario. Las primeras dos canciones fueron más de los nervios que de ellos. Pero luego se fueron aligerando y tocaron mejor. Resultaron armónicos. El bajista era un virtuoso, tocó el bajo eléctrico, el contrabajo y el corno francés. El guitarrista también lo era, también cantaba. El cantante, fuera de sus nervios que lo hicieron romper tres cuerdas seguidas, teniendo que ir a buscar el repuesto afuera, lo hizo bien. El baterísta iba lento a veces, pareció ser el menos recorrido de los tres, pero nada que la insistencia de la práctica no arregle. Eso se evidenció en la sesión improvisada que organizaron guitarrista, bajista y batería cuando el cantante salió durante minutos a buscar una cuerda al auto. La música tenía referencias de Nick Drake, Ben Harper y Kings of Leon. La letra es su punto flaco. Nada que no se arregle con sufrir, como dijo Arana. Terminaron de tocar. La cerveza también se agotó, cerraron el bar. Todo estuvo bien, menos los amigos del bajista sentados en una mesa, haciendo un alboroto,incluso mofándose de él. Voy a disculparlos por su inexperiencia. Debe ser la primera vez que ven a uno de ellos destacar. Yo sólo puedo aplaudir el entusiasmo de seguir creando. Y beber a la salud de la muerte, es decir, a la intensidad de la vida que es un adiós permanente

1.7.09

México DF

Fue ahora, cuando volví a esta ciudad donde conocí tu falda blanca, cuando lo supe. Sí, fue ahora cuando encontré todas las calles con los nombres cayéndoseles a pedazos y todas las avenidas volviéndose una sola; una que me dirige contra toda voluntad hacia aquella tarde de martes, muy cerca de las dos con veinte, con el sol puesto tras las cortinas de la habitación alfombrada y tu pelo largo, llenando hasta desbordar la almohada. Supe entonces, que este viaje había sido para resucitarte, para convertir tu imagen en dedos, uñas y labios; pliegues, pezones y vellos. En tus ojos, Claudia.
Tu olor, devolverlo a mis manos. Tu sabor a mi lengua. Bebernos otra copa, sin tener un céntimo. Jugarnos al todo por el todo en el vagón del tren, mientras las señoras de los ojos maquillados nos ven con toda su rabia y sus maridos cansados duermen en los asientos verdes de plástico. Nada de eso ahora. Sólo me queda un largo silencio entre doce estaciones del metro, mientras soy el solitario testigo de cómo mi reflejo surge en la ventana mientras un enjambre de luces blancas lo violan a la mitad de cada segundo. Así que me pierdo entre la multitud, donde soy tan desconocido como en cualquier sitio. Vuelvo al hotel. Tomo un trozo de papel en la habitación y te escribo esto.
Claudia, estoy en México. ¿Te acuerdas? Las caminatas por las largas avenidas, los extensos nombres que nunca pudimos memorizar. Las noches, Claudia, tienes que acordarte. Éramos tan felices entonces, ¿verdad?. Aunque reconozco que ese fue siempre mi problema y lo sigue siendo, Princesa. No sabría decirte si fui feliz contigo o si alguna vez lo he sido, con alguien o con nadie. Ahora lo aseguro: No sé qué significa ser feliz. Así que sí lo fui contigo, no sabría decírtelo. Sólo sé que me haces falta. A veces, a lo mejor tu falda. De eso estoy convencido porque de la tristeza si puedo contarte y mucho. Pero no será esta vez cuando te hable del dolor, no es ese tipo de carta. Esta carta es para saludarte, joderte un poco la calma y desearte que seas feliz aunque yo no sepa serlo.
Tomo el trozo de papel donde te escribí y lo introduzco en un sobre que a su vez guardo en mi saco. Salgo a la calle, tomo cualquier esquina y bajo en la primera estación que encuentro. Me dispongo justo allí donde nadie sabría reconocerme sino tú entre las sombras, y antes que pase el próximo tren, me detengo justo a la orilla del vacío para contemplar cómo una carta que no llegará nunca a tus manos se pierde entre los durmientes de la línea, escondidos de a poco por los vagones naranja.
No miro hacia atrás cuando subo las gradas. No te busco más entre la gente. Encuentro la noche abierta, fuera de la estación y enciendo el primer cigarro nocturno. Esta noche será de las largas, yo seré un borracho callado, al lado de una ventana, intentando comprender qué hay de malo conmigo.