26.8.09

Hospital

En la habitación había calor. Las ventanas estaban cerradas y las cortinas a medio correr. La enfermera recién había salido. Acababan de aplicarle una nebulización a Santiago, mi hijo. También una dosis de antibiótico. Lloró amargamente mientras eso sucedía. El médico me explicó que al ingresar por sus venas, el remedio se volvía sólido y ardía. Es decir, en su pequeño brazo de tres años.

Agotado por el dolor, Santiago soñaba, mientras yo lo cuidaba, acostado en un neceser. Por momentos leía poemas de Luis Alfredo Arango. Me recordaban que las penas son tan humanas como la risa.

Mi lectura se interrumpió por el ruido de la puerta abriéndose. Una mujer menuda y anciana entró por ella. Tenía el pelo corto, usaba gafas y vestía como señora de iglesia. En efecto, era una monja. Me saludó brevemente y vio a Santiago. Luego, quiso hacer una plática breve y directa: “vaya, el niñito ya lleva una semana acá ¿verdad? No se cura, la medicina no lo cura, así que ahora sólo dios lo puede curar, porque esa enfermedad no cede.”, dijo con tanta seguridad que por un momento lo vi todo perdido.

El médico me había asegurado que ese era el último día de Santiago en el hospital, después de una larga semana padeciendo una severa neumonía. Ahora la monja lo contradecía.

No contesté. Encontré que sobre la camilla donde mi hijo dormía, pendía un crucifijo clavado contra la pared. Concluí que la monja estaba loca: quería que le encomendara a Santiago a un dios que había mandado a matar a su propio hijo.

Quise decírselo pero me contuve. Parecerá ridículo, pero fue Clint Eastwood quien me lo impidió. En el Jinete Pálido hablando sobre su ateísmo, Clint dice que nadie tiene derecho a implantar sus dudas en el corazón de un creyente. Así que simplemente sonreí.

La monja oró y dijo otras frases que ya olvidé.

Santiago salió al día siguiente.

Jugamos a que yo era un caballo, y él, un jinete que cabalgaba sobre mí, por los pasillos que lo sacaban de la neumonía. Le leí los poemas y un maravilloso cuento de Mario Payeras.

Y con eso bastó para sanarnos.

9.8.09

Futuro Perfecto


Mi madre estudia inglés. El sábado tenía examen y no podía más con la tensión, así que hice lo que todo buen hijo tiene que hacer en esos casos: la llevé al bar. Metidos entre el tráfico, hablando del idioma, mi madre mencionaba los tiempos de los verbos: pasado, presente, presente continuo, presente perfecto. Se detuvo un instante y me preguntó, ¿Hay futuro perfecto?
Permanecí en silencio, mi madre siguió hablando con mi hermana.
No supe responder. En la radio seguían hablando de la partida de la Kellog's. Ellos hablaban de economía, yo pensaba en arquitectura y soledad. En las enormes fábricas vacías y abandonadas que nacerán como una enfermedad viral. ¿Quién ocupará el lugar de las grandes empresas trasnacionales? Nadie sino el moho.
Las fábricas envejecerán. Morirán solas.
Quisiera pensar que esos enormes sitios podrían ser usados para producir, pero producir de verdad. Hacer de ellos gigantescos parques donde jueguen los niños que hoy tengo que meter presos.
Un mejor futuro, no uno perfecto.
Llegamos al bar. Bebimos. Brindamos. Nos fuimos.
El regreso fue en silencio.
La carretera de vuelta nos muestra a la ciudad iluminada, vista desde una montaña.
Se mueve lento, como un gusano naranja y rojo.

3.8.09

Marta (versión breve)

Cinco vallas al hilo sobre la Avenida Petapa me preguntan si ya he nacido de nuevo. Cinco veces he respondido que sí: Mi última madre es de Livingstone. Se llama Marta y tiene SIDA, el único regalo que le dejó su amor. Mi madre me dio de mamar alegría, en un bar, el once de julio del dos mil nueve, a eso de las veintitrés horas con diez minutos. Fui una criatura sana, normal, varón. No lloré. Bailamos reagge. Hasta que nos echaron del bar.