25.3.11

El Ruso: la detención.

Agazapados en una esquina, el Ruso y yo esperábamos a que fuese el momento para entrar a la casa. Nos escondíamos en una hondonada al lado de un río. Los policías estaba apostados al lado del muro de piedras, que separaba la casa de la calle. No se percibía ningún signo de actividad adentro. No teníamos seña alguna de que nos esperasen, como la informante lo había dicho, una veintena de niños revoloteando por toda la casa. Había silencio y olas de polvo que se alzaban con el viento que transitaba por la calle. 
El Ruso se levantó e hizo señas para que dos policías lo acompañaran a la puerta. Tocó el timbre, mientras yo ayudaba a dos policías más, a escalar el muro al lado de la casa. Dos veces sonó la campanilla y la puerta que comunicaba a la casa con el jardín se abrió. Un anciano esquelético, salió con parsimonia, atravesando el sendero de concreto que zigzageaba por sobre el pasto. 
Una pileta a medio llenar, con algunos juguetes flotando, estaba a la mitad del jardín. Los dos policías que mandé dentro, ya estaban apostados tras los árboles con los rifles listos. El hombre abrió la puerta principal y el Ruso entró. Yo corrí hacia la puerta y también entré. Le explicamos al hombre por qué estábamos ahí y le pedimos que nos acompañara a recorrer toda la casa. El asintió con facilidad. 
Dentro, efectivamente, no había nadie más que él. La casa tenía muy pocos muebles pero todos bien conservados. Los cajones de su cómoda y el clóset estaban casi vacíos. No habíamos encontrado casi nada, de no ser por algunas insignias militares que almacenaban polvo dentro de una caja. 
En una de las habitaciones, uno de los policías encontró un ordenador. Al acercarme, le pregunté al anciano si le pertenecía y dijo que sí. Le pedí que lo encendiera. Noté sus nervios y supe que la cosa podría ir por ahí. Mientras revisábamos el computador, los policías se habían relajado y estaban sentados en la sala o apostados sobre las columnas del pórtico, fumándose un cigarro. Era una mañana con el cielo azul limpio, manchada sólo por las nubes de polvo que seguían levantándose en la calle. 
El ruido de las bicicletas afuera, el repartidor de leche y dos vehículos era lo único que perturbaba la paz en el sitio. 
Sin embargo, el hombre temblaba. Y sus ojos se fueron apagando. Sobre todo, cuando al haber ingresado, tomé control de la computadora e hice una búsqueda de imágenes y vídeos. 
El hombre se sentó sobre la cama y guardó silencio. Pedí a los oficiales que salieran y sólo permanecimos con él, el Ruso y yo. Nadie habló, mientras en el monitor se reproducían, decenas de vídeos donde el anciano tocaba a algunos niños de la localidad. Yo sentía asco, repugnancia. La primera vez que te topas con un vídeo de porno infantil no la olvidas: es un puñetazo en el diafragma. Sin aire y con náusea. 
Apagué el computador. El hombre seguía en silencio mientras el Ruso lo atacaba a preguntas que jamás respondió. Algo había en él por demás extraño. Una extraña sensación de tranquilidad. 
Era como si toda la vida había estado esperando que lo detuviesen, que le impidieran hacer daño. 
Y ese día había llegado.