27.9.10

El viento y el bosque

Dormía bajo el árbol plantado a la orilla del campo. De vez en cuando, abría los ojos para escudriñar sobre mí, el luminoso cielo azul fragmentándose en las formas que las ramas de los árboles decidían. A mi lado los niños jugaban a la pelota, dando gritos de emoción a cada instante. Era una tarde tranquila y un viento frío movía suavemente las hojas del pasto debatiéndose entre el verde y el amarillo, cuando el sol naranja las atravesaba.  Ese mismo viento se perdía después entre los árboles del bosque, haciéndolos silbar como un tren viejo. Me dieron ganas de leer. Tomé uno de los libros que llevaba y les di una hojeada. Era la voz de un hombre que hablaba de tipos que vivían solos en apartamentos madrileños. Leí muy poco. Me puse de pie y guardé el libro en el bolso. Me lo coloqué sobre la espalda y empecé a caminar. Tomé uno de los senderos que se introducían en la arboleda. Al caminar, las voces de la gente se fueron apagando entre las innumerables hojas de los arbustos, las ramas caídas, y los árboles enormes y frondosos, colmados de encendidas flores rojas. Se escuchaba un río, pero no podía verlo por lo poblado de la maleza. El camino me llevó hasta un puente colgante. Los maderos estaban pintados de un verde opaco y pendían como una onda meciéndose a mis pasos. El río pasaba manso, rodeando cada piedra multicolor hundida entre el agua. Me detuve un breve instante a ver la corriente. A la orilla del río, una poza se formaba: en ella, podía ver mi reflejo sobre el puente, como una desdibujada sombra negra,  las orillas de un pájaro que trae el invierno. Seguí caminando. El camino se hacía más estrecho por las ramas de los árboles. El sol estaba por ocultarse. Los zanates, gorriones y zensontles llegaban a los árboles. El sol parecía incendiar la parte más alta del bosque. Caminé hasta llegar a un claro. Ahí pude ver el ancho y hondo camino que dejó un río seco. Las raíces profundas de los árboles lucían desnudas a la orilla de la senda, llena de piedras, lianas pudriéndose y ramas incrustadas en el suelo. Era una cuesta, que conducía hasta un paredón. La caminé y al llegar, pude ver que el río que antes atravesaba esa montaña, fue desviado para no atravesar un residencial relativamente nuevo. Las casas, sin embargo, parecían abandonadas, como si nadie las hubiese habitado. Eran ruinas, empezando a ceder su estructura a los helechos y las enredaderas. Había muchísimo silencio, así que decidí volver al campo. Casi podía escuchar mi corazón latiendo, al ritmo de mis pasos camino abajo. Llegué de nuevo  al claro y me senté en una piedra. Esa noche habría una redonda luna llena. Tomé una manzana que traía en el bolso y la mordí. Hacía frío. Pensé otra vez en la voz que había escuchado esa mañana al teléfono, diciéndome que conocía mi nombre, que habíamos follado en diciembre. Que yo había destrozado su vida y que mi castigo sería no saber quién demonios era. Que se iba a hacer daño. No me dio tiempo a responder. No me dio tiempo a contarle que en diciembre había pasado encerrado escribiendo o emborrachándome, sino es que las dos al mismo tiempo. Sólo me quedó la voz metálica, enmudeciéndose, en la diminuta bocina de mi teléfono. Por eso tomé las cosas, por eso caminé al bosque. Hay personas que son pozos andantes que no tienen fondo. Hay gente que puede consumirte, como si fueran un incendio. Hay nombres que se van haciendo impronunciables y  se van secando como los ríos en el desierto. La nada es tan profunda como el más grande de los océanos. Y hasta ahí, seguramente, corría desbocada, la tipa que me llamó por la mañana. Mientras que yo, permanecía guarecido en el silencio de ese bosque, esperando a que la noche cayera. A que fuésemos condenados al olvido. Mientras que al ver cómo los días también mueren, yo me iba sintiendo más tranquilo. Mientras mi nombre siga siendo un sonido impronunciable para los pájaros.   

3 comentarios:

unarevistaliteraria dijo...

Es cierto, hay pájaros que nunca aprende a hablar, y los que lo hacen, solo repiten algunas palabras.

Saludos

Prado dijo...

como los medianos hombres que conozco.

Yuri Taikatsu dijo...

"Hay personas que son pozos andantes que no tienen fondo. Hay gente que puede consumirte, como si fueran un incendio. Hay nombres que se van haciendo impronunciables y se van secando como los ríos en el desierto. La nada es tan profunda como el más grande de los océanos." que cosa tan linda esa parte! aunque creo que te faltaron muchas personas :) saludos Prado!

P.D.: no me habia fijado en ese "dame un hijo!". muy divertido por cierto xD