24.10.11

Día de los muertos


Mi jefa me preguntó qué haré el otro martes. Pensé que se trataba de una cita laboral. Sin embargo, era curiosidad pura y dura. El otro martes no laboramos. Es día de muertos. Mi jefa quería saber qué hago un día de muertos, digamos uno cualquiera.
Dormiré, respondí, mirando el calendario como si revisara una agenda infranqueable. Cuando no sé qué hacer me acuesto. A menudo no sé qué hacer, así que hagan las cuentas.

Duermo poco por las noches. Pienso en muchas cosas. Me aterra, por ejemplo, esa certeza emergiendo de entre los postes de luz, esa que me hace pensar que en las calles pasa algo que no vemos, que no está, que se esconde y yo pasándomelas de idiota, con los ojos cerrados y escondido tras unas sábanas, esperando a que el despertador me libre, como campana en un cuadrilátero, de una lucha contra la noche. 
En realidad el otro martes no dormiré, claro; iré a lo de siempre: pasearme por el cementerio y ver a los muertos. Me da alegría mirar tantos nombres en las lápidas, tanta gente, sus fotos diminutas en altares inmensos. Se respira tanta tranquilidad ahí sabiendo que de alguna manera, siempre estamos desocupando este espacio. 
Veámoslo así: es como si el vacío fuera la verdad plena, luego de librarse de esa terrible y perversa máscara que es la humanidad: esa fiesta de cordones umbilicales rotos y tumbas de mármol.

El vacío es el verdadero rostro de las cosas. Sólo quiero asegurarme que así también sea la noche.