30.10.07

soy anónimo frente al espejo


Griselda. Así he nombrado a la mujer sentada frente a mí en el tren. Por instantes, sus ojos celestes se pierden entre los mechones de cabello que caen sueltos y prolijos sobre su frente. De vez en cuando, siento que me observan, de reojo, a hurtadillas, mientras se queda mirando la ventana del vagón. El cristal está sucio y a penas se descubre el tórrido paisaje de afuera. Griselda me mira sin verme. Su mirada borra mi figura con descarada alevosía y, ante ella, se dibuja un horizonte inexistente o el infinito que a su vez es nada. El ceño levemente fruncido, me lleva a concluir que Griselda medita sobre algo perdido, algo de verdad importante, puede ser un hijo, la dirección de su amante o simplemente su nombre. Me equivoqué otra vez. Los sustantivos están sobrevalorados: el nombre no nos nombra una eternidad, se agota en las hojas amarillentas de los registros. Saco la libreta y anoto: el idioma de Dios es ininteligible para quien no aprende a desentenderse. Toda lengua es perecedera porque nació del hombre, y morirá con él. Las palabras dichas y las que guardamos sin exhibir, serán un manojo de gusanos saliendo precisos de nuestros cuerpos, ya en la tierra, pudriéndose cobijados por la humedad de este trópico violento. No trascenderán. Nuestro nombre no nos nombra una eternidad. ¿Con qué nombre me llamará Dios?

Griselda se acurruca sobre la ventana y se cubre con una manta. Parece tener frío, a pesar de los veintidós grados centígrados en el ambiente. Guardo la libreta dentro de mi bolso verde. En julio llovía y fui solo al teatro. La Sinfónica Nacional tocaba a Brahms y mi paraguas no servía. Mi asiento estaba empapado cuando salió el primer violinista. Ese día estrené el bolso. Tres filas adelante, Andrés Espino, el escritor, esperaba también el concierto libreta en mano. Espino es una vaca sagrada de la literatura y su cuaderno de notas, un objeto de culto. En él, informan fuentes anónimas, escribe
con una pésima caligrafía frases aleatorias. A simple vista, incoherentes. Es la materia prima de sus novelas. La gente lo sabe, le conoce. El vecino de asiento de Espino, por ejemplo, estaba al tanto. Se afanaba en llamar su atención, le hablaba, haciendo comentarios que sólo él juzgaba graciosos, aplaudía dando abruptos saltos que lo hacían ponerse de pie, en pleno ataque eufórico. Era obvio que quería aparecer en sus novelas, ser un personaje y mendigarle un poco de fama. Le imaginé diciendo a sus amigos mientras servía vasos con pepsicola y pizcas de ron barato: ese personaje nuevo de Espino, el que aparece en la última novela, lo basó en mí. Acto seguido, guiñaría el ojo izquierdo a la chica más aburrida de la fiesta. No volveré a sacar la libreta.

Griselda se despierta de una pequeña siesta. El tren no se ha detenido. Las ceibas plantadas a la orilla del camino intentan detenernos con sus frondosas ramas. Sonrío con ella, mientras se despereza sin ninguna mesura. Finalmente responde, con una leve sonrisa dibujada sobre sus labios, terriblemente besables. Saca de su maleta, tan vieja como sus botas, una galleta de jengibre. Me ofrece un pedazo el cual tomo con la mayor de las delicadezas. Los ojos de Griselda y los míos se regocijan al verse; sus hermosos ojos celestes y mis ojos criollos, café obscuro. Casi no parpadeamos, casi no hablamos. Me siento a su lado, me lo permito. No hay nadie más en este vagón. Ya nadie acostumbra viajar en tren. Griselda se acurruca sobre mi hombro y miramos juntos hacia la ventana. Algunos árboles se cargan de flores multicolores. Tomo sin aviso su mano y acaricio lento sus dedos espigados, ausentes de sortijas. No planeamos preguntarnos nada esta mañana, ni tan siquiera el nombre, porque ningún nombre nos nombra una eternidad. Griselda es una mujer cálida y su cabello, delicadamente acomodado sobre mi pecho huele a frutas. Aquí con ella, el tiempo se detiene; pasa craso, lento como gusano. Abrazados, el tiempo es una sombra indefinida que atraviesa el cristal sucio de la ventana del tren; de éste, cuyo rumbo acabo de olvidar. Quisiera aprender un idioma eterno, para poder contarle al oído a mi mujer, que nosotros nunca vamos a morir.

23.10.07

celo


Quemarlo todo, incendiar la casa y prenderla en llamas tan grandes y obscenas que imprecaran a los justos. Y también a Violeta, lectora de Salmos, escurridiza bestia que evade su cama. Aún así, la rabia no lo deja actuar. Prefiere tomar papel y lápiz. Escribe una carta. No lo hacía desde mil novecientos ochenta y nueve. Encuentra un paquete de sobres viejos. Introduce la hoja firmada dentro de uno y luego lo cierra en absoluto silencio.

(El deseo en llamas reducido a letras dibujadas en una hoja de papel usando el lápiz empuñado en la mano que tiembla de deseo contenido en un sobre depositado en el buzón colocado en una oficina postal con olor a húmedos los ojos mientras regresa a casa).

Abre la puerta. Toma una silla, la pone frente a la ventana y se sienta a esperar. Se aburre. Se esconde bajo la cama. Todo es sombras en la casa a excepción del hilo brillante de luz que se cuela por la ventana. Dentro, a pasos tardos, el haz deforma con su calor la fotografía de Violeta, esa escurridiza bestia, que allí lo abraza. Sale hacia el patio; pero estornuda. Entra a la casa. Sobre el comedor, sobre el piso, sobre la sala, sobre la televisión, sobre los sobres, invadiendo el espacio, filas de hormigas marchan amenazantes. Entra en pánico, se aterra. Y toma un fósforo (sólo el fuego purifica).

20.10.07

fratricidio


La noche no trajo consigo novedades según el reporte del cabo Morales. Como a todo soldado nuevo, le había tocado la guardia nocturna del muro durante casi una semana. La del fuerte, era una de las zonas más tranquilas del país. Usualmente sólo acompañaban a su revista el monótono canto de los grillos, y de vez en cuando, el de las chicharras. Había fumado, eso sí, un paquete de cigarros completo. Sólo tuvo un sobresalto, cuando creyó ver entre la maleza los cuerpos de dos insurgentes en movimientos subversivos; pero resultó ser sólo un inocente juego de sombras a las que apuntaba nervioso con su fusil. Después de verificar la falsedad de la amenaza, pensó que era demasiado joven para morir. En realidad era demasiado joven para cualquier cosa: tenía quince años. Se enroló pensando en el sueldo; y a cambio, dejó la tranquila vida de su pueblo, donde todos le conocían y él conocía a casi todos. Especialmente a las chicas de su edad. A la lejanía, a penas audible, la música de la usual fiesta de los viernes salía borracha de las cantinas próximas al fuerte. Le recordaban su corta carrera de jaranero. Pero ya no era hora de recordar, sino de dormir las tres horas que le permitían su turno. Despertó al ruido de la corneta. Se levantó rápido y formó filas. El comandante, al que usualmente no veían, había llegado. Era un tipo de espaldas anchas, con un abdomen prominente y flácido cuyos excesos cubrían el cinturón que apenas resistía en la cintura. Su espeso bigote escondía tras de sí a la boca, y eso provocaba un efecto singular, pues cuando hablaba sólo se veía al bigote moverse de arriba a abajo. Nunca se le vio reír al Comandante. Se bajó del jeep; revisó a la tropa y luego empezó a apuntar con el dedo. Usted, usted, usted y usted, dijo, señalando al cabo Morales. Den un paso al frente y luego me acompañan. El comandante caminó hacia el hangar que servía como taller y allí les explicó a los soldados que habían sido escogidos para formar un pelotón de la muerte. Es decir, les asignó la ejecución de un infeliz, quien había dado muerte a su propio hermano de catorce machetazos. Es un maldito cobarde, dijo el comandante y escupió al suelo, cerca de las botas brillantes de Morales, quien casi pierde la compostura cuando supo que el hecho había tenido lugar en su pueblo. Debía conocer al fratricida. Esa tarde lo mandaron a la celda, a cuidar al reo. Efectivamente cuando ingresó, reconoció tras los barrotes y a pesar de los hematomas en la cara a Pedro, su amigo. Pedro también le reconoció y se paró como pudo a suplicarle ayuda. Pero Morales sabía que todo estaba consumado y su labor consistía en confirmárselo del modo más suave al condenado; sin sobresaltarse, sin denotar nervios, porque entonces el próximo muerto sería él. Pedro lo escuchó y se resignó. En vez de desmoronarse como cualquier otra persona Pedro le pidió un cigarro a Morales quien se lo proporcionó enseguida. Él también encendió uno. Mientras fumaban hablaron del pueblo y lo que había pasado en el último mes durante la ausencia del cabo. Fuera del mismo asesinato, no había pasado nada; pero no había otro tema de conversación que se le ocurriese a Morales para distraer a Pedro de su próximo fusilamiento. Luego sobrevino el silencio y duró hasta que relevaron al cabo en la guardia de la celda. Cuando salió, Morales resolvió hablar con el Comandante. Aquello era demasiado. El Comandante lo recibió mientras almorzaba. Tenía las manos untadas con la grasa del cerdo que comía y hablaba sin dejar de masticarlo. Parecía que no hubiese comido en décadas. Morales le explicó la situación. El Comandante una vez enterado de la misma, colocó la chuleta en el plato, y sin quitarle la vista a su comida, gruñó: soldado, no es nada que no se cure con una buena borrachera. Yo mismo mataría a mi hermano si sé que asesinó de esa manera. Vaya al almacén, diga que va de mi parte y que le entreguen una botella de licor. Se la toma y mañana a las seiscientas lo espero en el paredón frontal. Sin falta. Morales se retiró y tal como se lo habían ordenado fue hacia el almacén. Pidió la botella y luego se fue a la bartolina. Nadie lo amonestó por estar allí. Quizá su ausencia pasaba desapercibida. Sorbía a borbotones de la botella. Luego de media hora estaba completamente borracho. Pero aún así, cuando entró la noche, y con ella sus compañeros, no pudo dormir. En su mente, una sola imagen lo atormentaba: el fusil, Pedro vendados los ojos, el gatillo, la orden de fuego… Dieron las seis. Como pudo se puso incorporó y fue a formar fila. La mala alimentación, las escasas horas de sueño y el miedo lo habían convertido en una especie de ser inhabitado. Había dejado escapar en la madrugada su alma por la ventana y estaba listo para disparar. El Comandante se había ido esa misma noche. En su lugar, el sargento salió a dar el aviso: el fusilamiento se pospone por órdenes superiores. La vida retornó a su cuerpo y finalmente pudo cumplir sus órdenes cotidianas, es decir, resguardar el muro. Cuando se vio sólo, vomitó. Se limpió la boca con la manga de la camisa y encendió un cigarro. Mientras se lo fumaba, disfrutó de uno de los días más hermosos que había visto en su vida. Ya tenía un mes dentro del fuerte y nuevos soldados habían llegado por la tarde. Uno de ellos lo relevó en el turno de la noche y finalmente pudo ir a descansar. Se acostó a dormir y lo hizo profundamente. Soñó con el pueblo, sus fiestas, las novias, Pedro y Jacinto, hermanos felices, jugando con la bicicleta de Luisa, su preciosa Luisa, con el vestido de pliegues y los primeros zapatos de tacón. El sueño duró toda la noche. Y sólo terminó cuando al alba, el cabo Morales se despertó por el ensordecedor ruido de una ráfaga de fusiles.

17.10.07

mi mala educación



Fui educado en un colegio católico. Nunca me gustó estar ahí; es más, lo detestaba con todas mis ganas. No comulgaba con las ideas de los curas. Para ser más exactos: no comulgaba. Me caían mal los salesianos, empezando por aquél padre que mientras daba la misa obligatoria antes de entrar a clases, hablaba sobre un único tema: la masturbación. Para ilustrarnos mejor, un buen día hizo pasar a un alumno para que diera su testimonio. Había podido pasar un mes sin masturbarse, dijo ante toda la secundaria. También ante los acólitos. Era una cosa de risa. Yo aplaudí. Parecía que todos estábamos obsesionándonos al lado del cura con el tema. Los confesionarios estaban llenos. Incluso donde atendía un sacerdote italiano que siempre tenía un terrible aliento a embutido que traspasaba la celosilla. Supongo que se los desayunaba. Esos años me orillaron primero a un ateísmo de postura, hasta la espiritualidad sin iglesia que hoy profeso. Aun así, no soy ajeno a los eventos religiosos. Este mes se celebra el mes del rosario y las señoras y señores piadosos se disponen a visitar el Templo de Santo Domingo. El rosario lo ideó la iglesia para instruir a los legos. Funciona como una suerte de mantra, y aún hoy, convoca a los más sencillos, los representa. Embebido de una emoción que hace años no sentía, me uní a la peregrinación rumbo al templo de Santo Domingo en el centro de la ciudad. El casco histórico de Guatemala es una zona desolada; sólo la habitan fantasmas, burócratas e Iglesias, muchas, de todo tipo, en cada esquina. Y también los ladrones. Santo Domingo se encuentra justo a una cuadra de la línea del tren, donde las prostitutas hacen lo suyo en camastros colocados en minúsculas habitaciones que dan a la vía férrea. Afuera, señores, muchachos y niños hacen fila para entrar. Incluso alguna vez, creí ver entre la fila a aquél ignoto que confesó no haberse masturbado durante un mes. Pero durante octubre, hay mucho más folclore por ahí. Alrededor del templo están colocadas las ventas de comida, atendidas en su mayoría por travestidos. Normalmente, en Guatemala, los homosexuales de cualquier tipo son marginados; pero no en octubre, ni en las ferias. Atienden los puestos de comida, ataviados como alegres señoras campiranas que sirven garnachas, un plato parecido con exactitud a los sopes mexicanos. Logro sortear las aglomeraciones y entro al Templo. La fiesta continúa. El arreglo me parece barroco, bastante colorido y magnífico en general. Huele a incienso y a cera, de las velas que se queman por las penas de quien las encendió. Y vaya si hay muchas. Una extensa fila de cristianos se forma para subir hasta lo más alto del altar, barnizado con oro. Allí está la Virgen del rosario, una imagen que la muestra morena, el color estándar de quienes la visitan. En la fila uno encuentra todo tipo de gente. La mayoría pobre, pero en términos de mi abuela, limpia: hay que ser pobres pero limpitos, mijo lindo. Subo con ellos a ver a la Virgen. En ese espíritu de devoción hacia algo mucho mayor que nosotros, que nos abarca y sobrepasa, encuentro conforte. Sobre todo porque la imagen está hecha siguiendo la fisionomía de la mayoría de mis conciudadanos. Redondeados, bajitos y tan feos que abrimos una nueva escala de hermosura. Es como rezarle a alguien como yo, que comprende que tengo miedo de salir a la calle, de tomar un bus; que me duelen las balas y esta anegación de epitafios. Luego de haberme imbuido ciertas ideas luminosas, desciendo del altar, leyendo un extenso número de placas que recuerdan los favores hechos por la Virgen. Algunos son tan antiguos como el Templo. Abajo, hecho un vistazo a los cuadros de Zurbarán que están colgados sobre las columnas. Me gusta el juego de luces. Al salir siento el frío de la tarde. Engatusado por los aromas que desprenden las ollas llenas de aceite hirviendo, me siento a comer en uno de esos locales improvisados que ahogan la calle y la fluidez del tránsito. Un hombre con delantal, rimel y pintalabios me sirve una tortilla tostada con guacamol. Siento que Dios come a mi lado y se ríe a modo de mostrar la ausencia de dos de sus piezas dentales. Pago la cuenta y me voy de allí. Empieza a llover y no tengo paraguas. En estas épocas del año los huracanes hacen lo que quieren con nosotros.

14.10.07

clandestino


Dos toques en el cristal de mi auto me desembarazan de delirios; veo quién llama. Afuera, una llovizna necia humedece el asfalto, las casas, a los vendedores de periódicos e incluso al oficial de la policía de tránsito que está tocando nuevamente mi ventana con su bolígrafo amenazante. Es un día oscuro, con grises profundos que lo abarcan casi todo, incluso mi ánimo. Escucho Hoy Día Luna, Día Pena, de Manu Chao. Aparco el carro para recibir la multa, y mientras esto sucede, la memoria trabaja. Hace nueve años compré Clandestino, el disco que suena en el reproductor; y sin remedio, cada vez que lo escucho, me da por la tristeza. Y me paso las señales de alto, porque quiero llegar pronto a casa y esconderme bajo las cobijas. No puede ser, me repito, mientras el agente se sigue mojando afuera y habla, diagnostica, arenga: el artículo cientoochentaydos, bla,bla,bla, trescientos quetzales, bla,bla,bla, menos-de-tres-días=veinticinco por ciento de descuento ($!). Arranco el auto haciendo cuentas y me incorporo a las calles. Sigue sonando el disco… para nosotros la dignidad insurrecta, para nosotros el futuro negado, para nosotros nada…Esta ciudad está diseccionada por muros invisibles. Zonas residenciales por un lado y por el otro, la improvisación. Covachas de lámina que, en el mejor de los casos, tienen paredes fabricadas con ladrillos desnudos, cuyo único acercamiento al color son las pintas del spray que las maras han dejado, marcando territorio. Atravieso los muros sin permiso. Hoy día luna día pena, hoy me levanto sin razón, hoy me levanto y no llego a ninguna destinación, arriba la luna o-e-a!!!!. Tal parece que el diseño urbano de Guatemala —llámenle así sólo los más atrevidos no es más que una acción subrepticia de una mente cínica. Proliferan los pobres como los hongos en invierno y la lluvia evidencia sus carencias, se crecen. Me detengo en un semáforo, esta vez hago caso de la luz roja. Es un lugar transitado éste. La gente franquea los autos, es hora de salir del trabajo. Son cientos los que caminan, muchos después de diez u once horas laboradas para recibir un salario que sólo puede conducirte a la miseria. A corto plazo, por supuesto. Pero hablar de justicia en este país es sentarte a platicar con un bloque de cemento; y la mejor consecuencia que puedes esperar es un golpe en la cara, sino, lapidación. Sólo hay justicia para el pobre, acordamos con Armando, refiriéndonos a la condición económica de la mayoría de reos condenados. Trabajando para una organización dedicada a la justicia, una vez llegó hasta mí una señora que había caminado desde su casa, a unos dieciocho kilómetros, atravesando las mismísimas trincheras de Satanás. Le habían violado a su hija de nueve años. Sudaba a chorros, cuando le ofrecí agua. Luego de dos tragos y un suspiro enorme, me contó su historia, que es la historia de todo un género. Bienvenida a Tijuana, bienvenida mi amor, bienvenida a mi suerte, bienvenida a la muerte, por la panamericana… Nosotros nacimos de la noche. En ella vivimos. Moriremos en ella. Pero la luz será mañana para los más, para todos aquellos que hoy lloran la noche, para quienes se niega el día, para quienes es regalo la muerte, para quienes está prohibida la vida. Una vez leí entre las noticias del diario, la hambruna en el oriente del país. Una mujer con una delgadez mórbida, sostenía con un brazo a su hijo, mientras con el otro revolvía una especie de sopa de hierbas que cocía en una lata de leche nido, dispuesta sobre un fogón. La entrevistaban y ella sorprendentemente respondió que no pertenecía al segmento de los “pobres”; no señor, ellos vivían más arriba, alejados en la montaña. El hambre viene, el hombre se va Ruta Babylon... por la carretera… la suerte viene la suerte se va por la frontera… Llego a casa. Finalmente sé las razones fundadas de los efectos que en mí tiene Clandestino : es auténtico. En su ingenua sencillez, repleta de acordes repetidos hasta la familiaridad, letras-denuncias y citas robadas, el espíritu del pobre está. Poemas al no ser/no estar, la emigración, el frío sin café, las mañanas sin tortillas, la sal, hacen que uno se sienta abrigado por la comprensión y la esteticidad que logró la miseria. Pero también se encuentra —y por eso no es un berrinche de tontos el disco— la todopoderosa esperanza. Y está justo en la próxima estación.
*imagen:coveralia

11.10.07

fui para azucena, en febrero

Veintiocho días tiene febrero y durante todos y cada uno de ellos te amé en exclusiva a ti, pedacito de bombón. Incluso cuando hacíamos el amor, cerraba los ojos y pensaba en ti; !imagínate¡ Eso, te lo juro por dios, que nunca me había pasado. Pero luego vino marzo, el calor, y también Denisse; y, justo en la mitad del mes, me di cuenta que no te amaba; y que sólo había sentido por ti, un grandísimo deseo. Tan grande, que si no me permitía tenerte para mí solita, me iba a arrepentir. Es más, en este instante estoy desnuda en la misma cama sobre la que tantas veces te quedaste dormido, cansado de tanto besarme; pero estoy con Denisse, grandísimo necio que no deja de juguetear con mis pezones, así que cuelga ya de una vez, Julio, por el amor de dios y no vuelvas a llamarme.

Coloqué el auricular en su sitio. Era tarde; no había visto la hora. Empecé a caminar. No iba a llamarla otra vez, eso era seguro. No sólo por orgullo; también porque andaba escaso de monedas. Y tenía que comprar güisqui, mucho.

9.10.07

bailar es también azuzar


Mientras las señoras se apuraban dispuestas a bloquear la calle para celebrar su fiesta, yo con dieciséis años encima estaba ansioso por participar, no de la devoción, no de los rezos, sino del festín de la comida a un precio católicamente caritativo. Había de todo en esa calle: música, ancianos con abrigos hediondos a naftalina, las vírgenes postizas de la iglesia, ebrios consuetudinarios y este servidor, entre otras almas perdidas. Y la mayoría de presentes parecían contentos, mientras comían elotes embarrados de mayonesa, salsa de tomate y mostaza, o bien, bailaban abrazados al son de la marimba que tocaba en el lugar, para enfrascar el frío de la noche. Pero el baile se interrumpió porque los músicos decidieron tomar un descanso para probar los platillos de las señoras de iglesia, que cocinaban divinamente, algunas. Para llenar el vacío musical, una enorme disco rodante, de esas que las quinceañeras añoran para sus fiestas, lanzó al aire varios éxitos de los ochenta a través de las bocinas enormes, en cuya manufactura era evidente la participación del dueño. Algunas muchachas empezaron a bailar con otros tipos muchísimo más afortunados que yo. La música invitaba al baile desenfrenado y endemoniadamente sensual. Pero no encontré pareja como siempre y me quedé mirándolos, en pleno cortejo bailable. De entre la gente, empujando a algunas madres que supervisaban que sus hijas no fueran objeto de tocamientos impropios, salió un tipo con una chaqueta de cuero al estilo Michael Jackson. Estaba olorosamente borracho. Empezó a bailar solo. A modo de enfatizar su presencia para luego anularlo en un cambio repentino, el discjockey pinchó Thriller, y ese pedazo de beodo, se disparó como en un ataque de convulsiones. La gente hizo un círculo a su alrededor y aplaudían riéndose algunos. La fiesta había empezado de verdad para mí y las señoras estaban disgustadas y encrespadas por la furia de aquél tipo, que daba vueltas en el piso sobre su espalda. A tal punto llegó su mortificación que de la nada salieron dos hombres, esposos de las vendedoras de elotes, me parece, que tomaron al cuba y se lo llevaron lejos de la improvisada pista de baile. Y las muchachas siguieron bailando con los mismos tipos; mientras yo, supe finalmente que aquél lugar no me pertenecía.

8.10.07

L'enfer, c'est les autres (el infierno son los otros)


¡Ah! ¿No sois más que dos? Os creía mucho más numerosas. (Ríe.) Así que esto es el infierno. Nunca lo hubiera creído... ¿Recordáis?: el azufre, la hoguera, la parrilla... ¡Ah! Qué broma. No hay necesidad de parrillas; el infierno son los Demás. Jean Paul Sartre, A Puerta Cerrada.

Si hace algunos años me hubiesen preguntado por el infierno, seguramente hubiese contestado de una forma sartreana y luego dado una bocanada a mi cigarro. Y es que cuando uno analiza la activa limitación que progresivamente implica ante el yo, la existencia del otro, la respuesta encuentra un fundamento mucho más básico que una estructura filosófica. En estos países en estado "salvaje" como tiene a bien nominarlos Mauricio Cruz, la existencia del otro presupone un encuentro rasposo con la realidad. Hemos de desconfiar los que habitamos esta ficción negra que es Guatemala, de todos y de casi todo. El miedo impulsa minuciosas investigaciones de quienes compartimos espacio y tiempo, hasta el punto de obsesionarnos el saber qué hace el vecino, con quién duerme, a qué horas come, con quién come y si quiere matarnos o robarnos. Tenemos que controlarlo todo. El trasladarnos implica siempre una amenaza: asaltos a buses, violaciones en los buses, comportamiento indecoroso hacia las mujeres, robo de autos, etc. Es un extenso menú este. Al final, eso de considerar la condena del alma la existencia de un igual, tiene un asidero casi insalvable en nuestro caso. Pero mucho más allá de eso, he de considerar mi propia rendición. He sido derrotado por el otro, y como buen estratega, me le he unido. Largas horas de contemplación filosófica y espiritual, fomentada por los vicios, me han conducido a afirmar que en sí, el universo, no es otra cosa más que el cuerpo místico de Dios. Soy panteísta y por lo tanto un hereje para el catolicismo en el que fui bautizado. Pero no puedo digerir una cosmovisión distinta. La única manera de soportar la hedionda realidad de mi prójimo es finalmente aceptando que somos parte de un mismo cuerpo divino y celestial (algo que requiere una explicación muchísimo más prolija que esta modesta entrada en mi blog); y que ese, quien me disgusta, es algo así como el dedo gordo del pie: velludo, informe y casi inútil. O bien, por qué no, el apéndice de Dios (hasta la fecha no se ha encontrado utilidad cierta a esa prolongación delgada y hueca, de longitud variable, que se halla en la parte interna y terminal del intestino ciego del hombre, igual que a muchas personas que conozco). No sé si he hecho bien en dar este giro en mi vida. De lo que sí tengo certeza es que me he quitado un gigantesco peso de encima. Viajo más ligero, lo siento. No arrastro conmigo el ancla del desencanto hacia la humanidad, sino más bien, extiendo las hermosas alas de la tolerancia y la paciencia. Aunque a veces eso sólo sea una aspiración mía y no una concreción vital.


4.10.07

exorcismo


Nos hemos olvidado por completo de Dios. No escuchamos su voz que es el retumbo del rayo que todo lo ilumina e incendia a su paso y en cambio oímos un susurro tímido; pero no acusemos a la sordera, sino al ruido. Lo eclesiástico y su brazo enorme nos quieren distraer. Verbigracia: iba en mi auto, sólo. Disminuí la velocidad para atravesar las vías férreas por las que ya no pasa el tren. Cadáveres de hierro son. Al lado de las vías, casas viejas. Frente a las casas viejas, aceras asoladas. Sobre una de las aceras una mujer, perdidamente drogada, echada, vencida, animal domado por los vicios, del encierro, la soledad, la miseria. Alrededor de la mujer, gente, curiosa la mayoría, no sabía por qué. Pensé que era porque estaba muerta. Al lado de la mujer, oculta su piel por la grasa, una cobija. En la cobija, el cadáver de su hijo. Lo sé porque la mujer reacciona al tumulto, a sus peticiones inquisitivas y lo muestra, como se muestra una herida. Era un feto de unos seis meses a penas, el pelo recién salía, era delgado, moreno, pequeño, como el promedio. Lo alza de las manos, mientras el sol de la tarde que no llegó nunca a ver, le incendia la cara abrazándolo con un rojo encendido y yo, testigo mudo e inactivo, me siento lanzado sin atisbo de conciencia a un hondísimo pozo de soledad. Y clamo por Dios y me responde el eco de mi voz. Al auto luego suben Ana y mi hijo y sé que Dios habló. Y temo por el mundo que le heredo a Santiago, por la sordera, por las mujeres tiradas en las aceras, por las morgues, los asesinos, los vendedores de tarjetas de crédito. Pero sé que Dios está más preocupado que yo al respecto, y trato de olvidar todo aquello. Sólo se puede viajar lejos con las maletas ligeras y el paraíso está bastante retirado de aquí.

* Imágen: igal permuth

3.10.07

The absence like a good-bye


Los cielos despejados de enero nos parecían demasiado fríos y una estratagema nos propusimos: abandonar sin más aviso que nuestra ausencia esta ciudad hostil para las buenas intenciones. Y huimos —¿amor te acuerdas?— en un auto que no era nuestro y pasamos entre desiertos donde la arena nos hizo probar el sabor de la tierra, seca y sin frutos, hasta llegar a tierras más ubérrimas, donde las plantas nos antecedían en años. Una habitación en un hotel en tierra de ladrones de mar fue la que nos guardó esa noche y al día siguiente, cansados de tanto sexo salimos rumbo hacia la nada. Llegamos a una encrucijada donde giré hacia la derecha (siempre hago lo mismo) y nos encontramos, sin quererlo, ni presentirlo, ni planificarlo, en la obscenidad de una playa desnuda, donde entre el agua, nos reíamos de todo, como si en realidad las cosas y la gente que conocíamos fueran parte de una estúpida comedia: los asesinos, los ladrones, los funcionarios públicos borrachos de negligencia, y nosotros, el único público cuerdo y con posibilidades de abandonar la función. Hasta que cayó el sol y regresamos a nuestra habitación, donde nos volvimos a cubrir con las mismas sábanas que todavía olían a nuestras caricias.

1.10.07

a brief and achieve



Duermo poco y cuando duermo, tengo pesadillas. Así fue desde que la memoria archivó de oficio mis recuerdos. Una noche sin quererlo la cosa cambió: soñé con un cielo azul, tan perfecto y limpio que miraba los ojos de Dios, que susurraba entre las hojas de sauces llorones apostados en la orilla de los ríos cristalinos, donde tomaban un baño, bajo el sol radiante, las virgenes hermosas de la inocencia perdida. Un perfecto cuadro impresionista. También habían muchas ventanas, que atravesaba sin romper ni huesos ni cristales, ni hacer un ruido que despertara el profundo letargo de las orugas. No soñé con gigantes que dormían en pasajes angostos, no soñé con el cobarde asesino de mi sombra, no soñé con la rasposa realidad del otro. Soñaba bien. Pero desperté pronto y te encontré durmiendo a tí, que a penas sueñas, compartiendo conmigo una sábana, con tus ojos verdes bien abiertos, el iris dilatado acariciándome la cara. Y mi sueño fue insignificante, mujer desnuda en mi cama.