22.6.09

Autoestima

El teléfono timbra. Escogí como ringtone, una canción de la Sonora Dinamita. Tengo dos opciones, bailar la canción o contestar. Así que dejo la taza de café enfriarse sobre la mesa y reviso quién me llama. Es ella. Quizá se arrepintió y quiere volver a casa. Los tres meses fuera, le calaron el orgullo. Se enteró que nadie la cuidará como yo.

Suena otra vez y contesto.

— Hola Julio.

— Hola linda, ¿cómo vas?

— Bien, muy bien. Quería contarte que conseguí un trabajo genial. Además, Bryan resultó ser un gran tipo. Me quiere y me manda flores. Me trata bien, no como tú pendejo.

— ¿Me llamaste para decirme pendejo?

— Te llamé porque le prometí a Bryan decirte que eras una mierda. Porque él me hizo ver las cosas claras: te dejé porque eres un perdedor. A ver, ¿cuánto ganas al mes?

— Pregúntaselo a los de la tarjeta de crédito, ellos sabrán decírtelo mejor que yo.

— Eres un muerto de hambre, por eso te dejé, imbécil. Una mierda, eso eres.

— Gracias, pero eso ya lo sabía. Yo sé que soy un perdedor. Uno irremediable.

— Para ya el sarcasmo.

— Cállate de una puta vez y déjame terminar: sólo alguien acostumbrado a la mierda puede amarte y entender el espectáculo que eres, guapa. Alguien que adore el desastre como yo. Te aseguro que no vas a encontrar alguien que te quiera tanto, porque no creo que nadie soporte tanta mierda. Y dolor, claro. Así que si no tienes nada más que decir, tengo que ir a rascarme los huevos a la cama y escribir esto.

— Imbécil, si escribes esto te demando.

— Estudié derecho, cariño. El viaje a tribunales será todo un paseo. Saludos a Bryan.

Colgó.

Mejor apago el teléfono.

Ahora, puedo empezar a escribir.

18.6.09

Lunes 22 Sophos 6:30

Hola:

Es la primera vez en los casi dos años que tiene este blog, en la que el post es una comunicación directa con ustedes. Creo que debí hacerlo antes. Decirles, por ejemplo, que estoy sumamente agradecido con quienes leen mis textos. He tenido la fortuna de conocer a algunos y algunas bloggers y he quedado fascinado. El blog es una herramienta fantástica.
Mi vida ha sido un torbellino estos dos años (y también los pre blog, claro), sin embargo, escribir mis textos y leer los suyos, nunca ha dejado de ser un placer. Creo que el secreto de mi amor hacia el blog, es su enorme humanidad. No se me olvida que detrás de cada post, hay alguien como yo, viviendo sus aspiraciones y eso es genial. Te devuelve la esperanza en la humanidad.
Para celebrar y como sé que algunos de ustedes viven en Guatemala, quiero invitarles a Sophos, plaza Fontabella, situada en la cuarta avenida y doce calle de la zona diez el lunes veintidós a las seis y media de la tarde, pues, por invitación del maestro Julio Serrano (el mismo del translibro) estaré leyendo uno de mis textos y hablando sobre un misterioso tema: la otredad.
Una muy buena excusa para vernos, ustedes y yo. Conocernos. Y claro, disfrutar de esa maravilla del primer encuentro: ponerle voz y rostro al usuario blogger que conoces.
Eso era. Los que puedan y quieran llegar, se les espera. Y los que no, también se les quiere, que yo también soy apático a veces.

Un abrazo gigante y gracias por leerme.

15.6.09

Sábado gigante y redondo.

Brindamos. Resultó ser el cumpleaños del tipo de la barba, sentado frente a mí en la mesa. Eso debe explicar su euforia. Quizá hubiese sido prudente explicar que odio la Gallo; aunque declararlo implique catalogarme un paria. Me sabe amarga; cada sorbo es como beber aluminio con medicamentos para las amebas. Pero ahora, me ha importado un carajo y brindo. Por la vida desconocida de un tipo al que nunca había visto.
Alzo mi vaso de plástico y veo a la cerveza bailarle dentro. Desaparece la espuma, excepto una breve porción. Tiene la forma de un continente. Podría decir que es África, pero mentiría. Son sólo mis ganas de no estar, proyectadas en las burbujas que se niegan a ahogarse dentro del vaso.
Me largo de allí.
Al salir, afronto otra noche más, conduciendo por todos los sitios. La luna parece ser la madre de todos los postes que lloran luz sobre las aceras. El llanto alcanza a los taxistas, las putas y los travestis con sus culos expuestos, transitando por las avenidas color sephia llegando a naranja. Tengo otra vez esa imponente sensación de que algo va a pasar. Como si se aproximara una catástrofe. Me calmo asegurándome que sólo se trata de ansiedad y el puto miedo de ver mi cama con las sábanas intactas, minúscula, inmensa como el mundo sin gente.
Y cuando llego a casa, si es que puedo llamar a cualquier sitio de esa manera, me enfrento al inevitable recuerdo de nuestros destinos: el cementerio, con sus puertas de hierro bajo dos arcos y la oscuridad como inquebrantable guardiana de los nombres en las lápidas.
Subo a la terraza a ver la ciudad. Quisiera tener la entereza de quedarme allí para ver cómo por la mañana, un sol hirviendo es parido por las montañas. Pero mis ganas de permanecer se agotan.
Hoy la vida se me hace una mentira que se esfuma y me intoxica. Como una hoja de tabaco encendida, como el cigarro que me fumo. Es porque hoy, soy de la tristeza. Y del corazón me nace un agujero oscuro, negro, que se lo traga todo como un remolino inexorable.
Esta noche percibo la finitud de las cosas. También de las personas. Todo se acaba. Todos los nombres se olvidan. He comenzado celebrando una vida y he terminado alabando mi muerte.
Sólo puede llamarse hogar a la tumba.
Los demás sitios son hoteles de paso, de los que tarde o temprano terminaré yéndome. Quizá debería aceptar que mientras el cuerpo me dure, estaré sólo. Como todos. Como todo.
Como la nada. Justo así se siente.

9.6.09

Humedad

La segunda gota de sudor que corrió por mi frente se topó con el dique de mis gafas. Me las quité secando el líquido y limpiando las huellas impresas. La humedad ebulliendo desde el piso de concreto chocando contra mi rostro. Los días han estado pegajosos, macilentos por la pereza. Así que decidí pasar por un trago. Y mientras estaba en la barra, inevitablemente quise fumar. Pero no puedes fumar adentro y si sales, es para encender el cigarro con este sol que arde. Ni siquiera las gafas oscuras me salvan esta vez. Así que me limité a sorber la cerveza de la botella verde.
Sólo recuerdo una temporada tan calurosa como ésta. Habrá sido hace unos cinco años. Yo tenía una novia. Más bien ella me tuvo a mí. La veía en su casa. Eramos los amantes perfectos, ella y yo. Todo se basaba en principios simples: no hacíamos preguntas y no dejábamos sitio para el asco ni la pena. Así que recorrí cada sitio suyo sin ningún obstáculo, como ella lo hizo conmigo. Aún más en los días de calor. Sudábamos y cogíamos todo el día, hasta que oscurecía. Entonces salíamos a buscarnos una vida juntos.
Supuse que éramos felices. Hasta que conocí a su otro amante. Pero no pude dejar de hacerle el amor ocasionalmente. Lo hacíamos tan bien, carajo. Un día hizo tanto calor como ahora. Y fui a buscarla. Ella me hizo pasar a su casa sabiendo que íbamos a hacerlo. De nuevo. Así que no necesitamos decir mucho para terminar en la cama. Entre sus sábanas perfumadas con su olor, el mío y el de él. Esa vez, ella se movió como si nunca lo hubiéramos hecho. Estaba entregada ese día. Y cuando la asaltó el orgasmo, se agitó sacudiendo el cuerpo, apretando los párpados, hasta que tomé su cara con mis manos y la hice verme a los ojos, mientras me sentía dentro. Sus ojos claros y perdidos. Luego se recostó sobre mi pecho. Tenía el pulso aceleradísimo. Le costaba respirar. Yo no había terminado todavía. La dejé recuperarse y luego la coloqué debajo, con las piernas abiertas y los pechos debordándosele por los lados. Sus lunares a la vista. Sus pezones erectos y rosados. La besé. Ella me preguntó cómo quería acabar, pero yo sólo atiné a sonreír. Me acerqué a su oído y le susurré: "guapa, te conozco tan bien, sé como hacerte acabar, tú lo sabes. Así que toma este polvo como un regalo que te hago, uno donde sólo tienes que recibir placer y no dármelo." Entonces me levanté y me vestí. Y no quise buscarla otra vez, porque si cogíamos, no la hubiese podido dejar nunca.
Me terminé la cerveza. No pedí otra. Sólo quise llegar a casa y escribir una nota. Un cuento, algo. Convertirla en un personaje literario y no una posibilidad para pasar los días húmedos.