18.5.08

Camino


Empieza a arderme el brazo derecho. Examino mis brazos y la diferencia es notable: uno está más moreno que el otro. Al derecho le ha pegado directo el sol durante una hora y media. Abro la ventana para sentir el viento. Una ráfaga con olor a azúcar invade el interior del vehículo. Vamos a unos ciento veinte kilómetros por hora en este cacharro viejo que me facilitaron, con todo y chofer, para dar un pequeño curso en Quetzaltenango la otra ciudad de Guatemala. La vista es increíble. A veces desde la carretera, el mar se deja ver confundiéndose con el otro mar: el verde, de las hectáreas cubiertas por la caña. Y de pronto, la vegetación se torna más exótica y los bosques de palos de hule se dejan venir. Trato de pensar en el curso. Es acerca de los derechos de la mujer y la niñez y la ingerencia de la masculinidad en la explotación sexual comercial. Es una paradoja: que un hombre hable sobre derechos de la mujer, lo sé. Pero en este país, las cosas se complican aún más si una mujer habla sobre la reivindicación de sus derechos. Mucho más si el tema sexual va implícito. El diálogo se facilita entre congéneres. O eso al menos es lo que piensan mis jefes, y yo, no hecho más que asentir y montarme en este auto oxidado para llegar a mi destino. Le pido al chofer que prenda la radio. Sólo dos emisoras se sintonizan: una de noticias y otra de reggaetón. Como soy un necio, escojo las noticias. El país acaba de salir de una crisis del transporte pesado. Los pilotos hicieron una huelga. Ahora, decenas de camiones liberados viajan por los caminos. Y los rebasamos uno por uno. La radio que escuchamos transmite noticias originadas en su mayoría en la capital. Hablan de un policía de tránsito detenido por un policía nacional civil, es decir, por un miembro de la seguridad pública. Supuestamente, el detenido estaba golpeando a un parroquiano por mear en la calle. Doce horas después, el policía nacional civil que aprehendió al policía de tránsito apareció muerto en su automóvil. Algunas personas llaman a la radio para mostrar su consternación. Mientras tanto, nosotros nos detenemos en Mazatenango, una pequeña ciudad enclavada en el corazón de la Costa Sur guatemalteca. El piloto entra a un restaurante de comida rápida. No va a comprar; va a utilizar el baño. Yo aprovecho para estirar las piernas y encender un cigarro. Tengo dos minutos afuera y transpiro profusamente. Me deshidrato. La gente parece ir toda a prisa por acá. Moverse al ritmo de un buen merengue. Cuando era niño era distinto: mi madre me mostró el país, y recuerdo con claridad que era un país tranquilo. Las montañas llenas de guerra, de masacres, pero para un citadino como yo, que no rebasaba los diez años, aquello era una situación invisible. Yo sólo recuerdo la tranquilidad de las calles vacías y mi madre, trabajando para comunidades lejanas. Entre el bullicio, a lo lejos se distingue el ulular de las ambulancias. Esto no me gusta. A dos cuadras de donde estamos parqueados, queda la comisaría de la policía. De allí salen un par de radiopatrullas a toda marcha. El ruido de las sirenas se reproduce en la radio: significa una noticia urgente. El locutor anuncia un enlace con Mazatenango, entonces pongo más atención. El corresponsal avisa que acaban de dispararle a un Magistrado de la Sala de Apelaciones que conoce de los asuntos de esta región, en pleno parque. Joder! Vaya si este país se esfuerza por hacerme llegar su aliento a sangre. Apago la radio. Son las seis y media de la tarde. El sol, no tardará en ocultarse y con él también el calor. Ya los mosquitos empiezan a salir en busca de sus presas. Yo los ahuyento con el humo de mi cigarro. Arnulfo, el chofer, regresa del baño y se sube al auto. Prendemos la máquina y seguimos rodando por la carretera. Y la misma secuencia de caña, palos de hule y ríos empieza a presentarse tras la ventana. Así, hasta que iniciamos el ascenso de las montañas donde está Quetzaltenango; justo donde ya no se ve la línea infinita del mar. Sólo montañas, más ríos y pequeños poblados. Me dan ganas de dormirme. De volver invisible esta guerra, otra vez. Desaprender. Olvidar. Ser un niño. No regresar nunca a la ciudad. Internarme en la montaña. Hablar con los pájaros. Ser una idea. Cualquier cosa con tal de que el aliento a sangre no me corrompa. Volverme un optimista. Pero hoy, sólo puedo ver cómo las últimas cenizas del día se apagan en esta noche que nos abraza. Tan profundo, tan hondo, como el mar invisible a mis espaldas.