18.11.08

Tristeza Maleza

Al segundo intento, finalmente encendió mi cigarrillo. Los restos incinerados de los fósforos que dejé caer sobre la acera son pisoteados por un tipo de saco y bufanda, que como la demás gente, va de prisa. Demasiado a prisa, me parece, porque sólo van rápido los que lo tienen todo claro. Y a juzgar por el rostro de esta mujer, por ejemplo, que ahora pasa frente a mí con la mirada perdida en los profundos abismos de la nada, estoy seguro que va demasiado ligero. En un acto de lucidez yo prefiero quedarme acá, sobre la acera, apostado sobre el muro frontal de mi oficina. El segundo nivel está invadido por el sol de noviembre, pleno y frío; mientras, en la primera planta, la sombra deja correr libremente al aire helado que choca contra mí. Fumo, y las bocanadas salen a perderse en el profundo azul del cielo abierto. Veo pasar los últimos autos que quedaban en la calle. Detrás de ellos se viene una inmensa manifestación que invade la totalidad del espacio. Poco a poco, el lejano sonido de las trompetas de los muchachos de la sinfónica municipal, que ocupan el edificio vecino, se va haciendo sordo frente a los niunpasoatrás, los no queremos, no nos da la gana, ser una colonia norteamericana y los alertas! Me parece que los manifestantes también van demasiado a prisa. Andan con carteles dispuestos sobre lazos que cuelgan de sus hombros, con cintas que colocan en sus cabezas plagados de nombres de los mártires de la revolución, con toda esa parafernalia de signos de protesta. Y como siempre, la música de los Guaraguao amplificada desde la camioneta celeste, o en algún momento celeste, como lo muestran algunas de sus piezas que guardan pintura ante la invasión del óxido y el destajo. He visto pasar tantas veces a la gente exigiendo cosas en los ocho años que llevo trabajando en este sector de la ciudad, que ya una manifestación más no me roba la calma. A veces creo que hemos decidido ser ciegos y sordos. O la gente ha decidido ser ciega y sorda. O yo no entiendo a la gente y yo soy un ciego y sordo, negligente y desconocido. Pero, a pesar de mí, siguen las voces, que son las mismas, ebrias muchas, hambrientas todas, con los mismos gritos que son ignorados crónica y categóricamente. Y quién tiene la osadía de arriesgarse a platicar con una piedra? Sólo un necio o un poeta. Pero no veo poetas por acá, sólo hombres, mujeres y niños, con las miradas perdidas en los profundos abismos de la nada. Que van demasiado a prisa, como si lo tuvieran todo claro. Como si todo el mundo lo tuviera claro, menos yo.
El cigarro se termina y con él la manifestación. Meto ambas manos en los bolsillos de mi pantalón donde sólo encuentro un juego de llaves y unas cerillas. A lo lejos, el sonido de las trompetas se vuelve a escuchar. Decido regresar a mi oficina a teclear unas líneas, servirme café, balancearme sobre la silla, mirar por la ventana. Mirar mucho por la ventana. Y camino lento, lentísimo. Porque una sola cosa tengo clara: que un buen tiempo atrás, conocí la tristeza y así el infinito.

foto:Daniel Herrera, Prensa Libre.

9.11.08

clap, clap, dance!

He abierto mi viejo clóset con la esperanza de encontrar algo profundamente aterrador. O impío, como un cadáver. El mío propio por ejemplo, como para tomarlo de la percha de donde cuelga y arroparme con él de una vez por todas. En cambio, sólo he encontrado aquél viejo abrigo que sobró dentro del clóset de mi abuelo y que me regaló un día soleado de marzo. Al salir a la calle, a pesar del terrible frío y el viento, aquella larga noche del cinco de noviembre, no podía dejar de sentir el hedor mezcla de humedad y sudor de mil novecientos cuarenta y ocho que expelía el viejo abrigo verde a cuadros.
Supuse que mi atuendo era adecuado, porque me hacía ver ante los ojos de los connotados ciudadanos, justo como me sentía: fuera de lugar. Ontológicamente anacrónico, para ser más exactos. Y como usualmente lo hago, me desaprehendí de eso que parecía ser la verdad de mi vida y me concentré en los hechos.
Horacio me había invitado a tomar unas cervezas. Así que entré al bar, esperando que las cenizas cayendo de docenas de cigarros no fuesen a prender en llamas el abrigo que aparentaba ser más inflamable que mi propias ganas de desaparecer del mapa.
Aparentemente a salvo, me senté a la mesa con Horacio, quien ya había bebido, como es su costumbre, más de la cuenta. Coloqué el abrigo en el respaldo de la silla y Horacio dispuso no quitarle la vista de encima y darme su repetido discurso del porqué no debo usar ropa de segunda mano. Se fundó en principios éticos y sociales. A Horacio siempre le da por ponerse axiológico cuando está borracho. Pero no lo escuché, realmente no tenía ganas.
Sin detenimiento, me empiné el vaso lleno de cerveza oscura, mientras veía como los labios de Horacio se movían de arriba abajo motivados por algo así como un temblor epiléptico. Todos a mi alrededor hacían lo mismo: parloteaban. Conversaciones vacías. Es como si todos al mismo tiempo hubiésemos perdido el valor de la palabra. Aquella era una situación terrible.
De tal manera que opté por hacer, lo que haría cualquier tipo en estas tristes circunstancias: llevar todo al absurdo y disfrutar.
Le comenté a Horacio mi plan: Sábes, carísimo Horacio, triste compañero de copas? cada vez que estoy jodido anímicamente (tú lo estás siempre, acotó, pero lo ignoré como se ignoran las verdades más soleadas), me imagino que todo el mundo, especialmente los que más daño me hacen, están de pronto en un musical. Y cantan, bailan, en grupos algunos, otros solistas y todo se resuelve de inmediato.
Horacio tenía una risa boba mientras le confesaba mi más íntima salida al infierno sin cordura. Tomó otro trago de su cerveza, dándose unos segundos para dejar la ironía y soltarme su daga: Julio, todos los musicales son gays. Sin ofenderte, pero me parece que tu idea no me resultaría a mí.
Y absolutamente seguro de que el universo entero me es anacrónico, así como de mi incuestionable masculinidad, me imaginé a Horacio bailando charleston mientras entona en do mayor eso de "los musicales pertenecen a una suerte de arte homosexual". Y me reí con ganas y tomé mucha cerveza y luego saqué a bailar a Estela, la prima de la mejor amiga de la novia de Horacio. Y fue así que todos aquellos bailarines y comensales pensaron equivocadamente que yo era un ser normal, mientras lo cantaban a capella sobre las ínfimas mesas del bar.