26.2.09

Mol


El agua cayendo continuamente, brotando de una pared. Saliendo como una cascada fría que alimenta una pileta de mediano tamaño, llena de vegetación intensamente verde. Cualquiera situaría este paisaje en lo más profundo del trópico. Sin embargo, se trata de un mall. Al lado de la cascada, varias mesas apostadas con sombrillas blancas, terminan por darle un aire de bohemio al sitio. Temino el café y el sandwich que pedí.
A dos mesas más cerca del agua, una mujer insoportablemente hermosa, también bebe de una minúscula taza. Tiene el pelo negro, rizado sólo en las puntas que caen suavemente sobre sus hombros, cubiertos por una blusa con un escote. Un escote que muestra. Sos ojos no son grandes ni pequeños, sino justo del tamaño perfecto para armonizar con su delicada nariz y su boca magnética. La veo insistentemente. Ella responde a mi mirada, supongo que por mi insistencia. Pienso en mis amantes más breves. Pienso en lo breve. En la larga historia de derrotas que llevo a cuestas. Se supone que he aprendido algo. Se supone que debo aprender algo. Saber qué quiero.

No sé que quiero.

Sólo sé qué es lo que no quiero. No quiero una larga lista de nombres en mi cama, no quiero peleas por el cepillo de dientes, no quiero pensar si me engañan o no me engañan. No quiero tener qué explicar por qué paso tiempo escribiendo en esta laptop que a penas sirve. No quiero pedir permiso para ser yo. No quiero dejar de ser yo. No quiero dormir con alguien y sentir que comparto mi cama con el refrigerador.
Esta es una lista que escribo en una servilleta con la misma pluma con la que pongo mis datos en la cuenta del café. Luego, saco los fósforos de mi bolsillo. No voy a encenderme un cigarro. El gobierno me lo ha prohibido. No señor. Le prendo fuego a mi lista y la dejo quemarse en el plato. Luego, me levanto y me dirijo hacia la mesa de la mujer que me ve, con sus ojos negros y profundos, quizá igual de nerviosos que los míos. Y cuando lo hago, veo con toda felicidad, cómo coloca suavemente su taza sobre la mesa, pone sus dos manos sobre sus piernas y escucha atentamente lo que tengo que decirle.

imagen: Woman Smelling Coffee (KAHVE KOKLAYAN KADIN) Gizem Saka

7.2.09

Migratoria

Café, chocolate y menta. Todo en una sola taza humeante dispuesta sobre una pequeña mesa, colocada equidistante de varios cómodos sofás. Sorbo de la taza mientras soy el único testigo silente de cómo una maravillosa tarde de febrero se apaga entre los sauces del boulevard Vista Hermosa. El viento frío que se cuela entre mi saco, me hace recordar que cuando llegue a casa, me encontraré con el desastre continuo de una cama sola. Ahora, los gorriones comienzan a llegar a los árboles. Ya los grupos de minúsculas aves empiezan a pregonar el caos. Traen los pájaros la noche metida entre las alas. Pueblan las copas. Justo como lo hiciste tú alguna vez conmigo, llenándome de tus pájaros, de tus trinos, de tu caos. No pensé que traerías contigo la noche y si lo hice, supuse que con la noche tú también te quedarías. Pero no fue así. Amaneció y me quedé abrazando el lado vacío de la cama. Ni siquiera un cabello olvidado entre las sábanas, ni un rastro de tus caderas. De esa forma se irán también los gorriones en pleno escape. Justo como tú, siempre en busca del eterno verano. Quieres vivir a pleno sol, siempre. Pero yo, querida, te ofrecí días soleados y también oscuros, lluviosos y aciagos. Así que me despoblaste de ti, de tus trinos, tus alas y me heredaste la noche mientras te largabas a otro verano. Ya en mi abandono, te escribo: vendrán otros febreros y otros pájaros. Y también habrá abriles y mayos y junios; yo permaneceré, como los árboles. Tomándome un latte mocca menta, como lo llama la amable señorita que me lo preparó. La que ahora me sonríe mientras limpia la mesa, para que no deje ninguna huella y pueda con toda confianza, empezar a ser un fantasma.