22.2.10

Supermercado

Escoger la verdura es una actividad sumamente misteriosa y contingente. Uno toma un aguacate, por ejemplo, y cree saber si está listo por una emoción táctil. Y resulta que no, que finalmente el dedito gordo se equivocó. Así que, con sumo cuidado y con toda mi fe puesta sobre mi pulgar derecho, escogía aguacates para una ensalada que luego comeríamos en casa de Pe, que entonces se acercó. Hay una niña allá, uniformada que empuja una carreta. Tiene nueve años o algo así, me dijo. Me escondí entre las berenjenas y luego ubiqué a la niña.
Sí, efectivamente era muy joven. La vistieron con un uniforme de servicio que le quedaba enorme. Eso la hacía ver más pequeña. Añadamos a eso su diminuta estatura, sus ojos abiertos, su sonrisa inocente que cruzó con Pe cuando pasó a su lado y bueno, una evidente figura sin desarrollar.
Seguimos con las verduras, añadimos otras cosas y joder, en cada maldito pasillo nos encontramos con la niña. Empujando la carreta, entusiasmada con los colores, sonriendo, mientras la señora que tendría nuestra edad, es decir, cerca de treinta, lanzaba cosas con violencia. Quise concentrarme en las latas para distraerme, verdes y perfectamente apostadas en alacenas, conteniendo frutas en conserva que quizá cultivaron los familiares de la niña en campos de miseria.
Demonios. Frente a mí, el símbolo de la explotación moderna se paseaba entre los melocotones y el pan rodajado. Era hora de tomar decisiones. Uno: seguir a la vieja y a la muchacha, verificar sus datos en la caja registradora, tener su número de identificación tributaria y con ese número localizar su residencia y allanarla. Rescatar a la niña. Dos: en caso de no obtener el número, seguir a la muchacha y a la vieja hasta el automóvil. Tomar las placas. Con ese número hacer lo mismo que la opción uno. Ja!
Mierda. Creo que nunca dejo de trabajar. Le cuento a Pe mi plan.
Opción tres: un golpe severo de realidad. Seguramente la niña tiene quince años. La familia está en la miseria. Y por más maltrato que reciba, ella ha pasado por situaciones peores. Esto le parece un paseo. Si se le rescata, se irá a un hogar donde la tratarán peor. Su familia dejará de recibir dinero. Se morirán de hambre. Yo habré hecho cumplir la ley pero la ley no habrá hecho nada por ella. Todo esto, un domingo.
Pe y yo vamos a la caja, ella paga las verduras mientras yo veo, fuera del supermercado un auto yéndose hacia la otra calle. Dentro, va la muchacha, sonriendo. Los números de placa de un automóvil particular, empiezan a volverse borrosos cada vez más, hasta desaparecer.

15.2.10

Ojos Abatidos

Entré a la sala del Juzgado. Tomé mi lugar en la mesa destinada a la Fiscalía, junto al ventanal que da hacia la Municipalidad. René me miraba. A su lado Bernal, su hijo, miraba las esposas. Ambos fueron detenidos el viernes anterior en un allanamiento. Coloqué el ordenador sobre el escritorio y preparé todo para la diligencia. El abogado de ambos, me pidió que le enseñara algunos documentos, así que se los di un breve instante. Comenzó la audiencia. Mientras iba recitando cada uno de los cinco delitos por los cuales René y Bernal fueron detenidos, me encontré con un padre vencido junto a un hijo desesperado. Bernal, tenía diecinueve años. Se persignó antes de que la audiencia comenzara. René miraba al suelo, con vergüenza. El informe policial describía sus ojos como "abatidos". Cuando finalizaron las intervenciones, incluyendo la enérgica participación del defensor que me acusó de haber detenido ilegalmente a ambos, lo cual enfatizó lanzando el lapicero sobre el escritorio descubriendo su farolazo, el juez deliberó. Fue sencillo: decidió mandarles a prisión. Si la pena que se busca, se consigue en sentencia, a cada uno le tocará no menos de treinta años. Es decir, Bernal tendría cuarenta y nueve si sale vivo de prisión y René deberá aceptar que morirá preso. Y sin embargo, por primera vez en ocho años no me enfrenté a criminales que replicaran o me lanzaran miradas altivas. Estos se apenaron. Bajaron las cabezas. Y al despedirse, me dieron las buenas tardes como niños regañados por su padre. Me sentí terriblemente mal. Pensé que el sistema es injusto, que ellos merecían una pena distinta. Hasta que recordé la mirada de la muchacha mientras me contaba como un cliente del prostíbulo la violó por el culo. Mientras René no decía nada. Y Bernal, bueno, quizá se persignaba.

1.2.10

El efecto de los lunes

Lunes. Dos días y mis vacaciones serán guillotinadas. Volveré al trabajo. Al café, las calles, las caras, los gestos. Será distinto en algo, ahora vivo en una nueva casa. Me gustan dos cosas: el balcón, donde veo las montañas. Es irónico, pero me gusta porque me hace pensar que vivo en la montaña. También me gusta el baño. Es enorme y tiene ventanales inmensos. Del lado izquierdo, la copa de un aguacatal le da cobijo a los pájaros y flores de bugambilia. El ventanal dobla en una esquina y se encuentra con una enorme palmera y el cielo. El baño está lleno de luz. Mientras me ducho, los pájaros cantan sobre las copas y comen diminutos frutos del aguacatal. Me relaja. Podría vivir en ese baño. Seguro que cuando tenga diarrea sufriré menos que antes, porque veré la monumental belleza de los días entre los árboles. Eso es bueno.
Por otro lado, ayer, descubrí que hay una iglesia católica cercana. Demasiado para mi gusto. Lanzaron bombas al aire y luego doblaron las campanas como si quisieran hacerlas estallar en mi ventana. Acto seguido, la voz suave del cura, casi afeminada, comenzó la misa de diez de la mañana. La transmiten por altavoces colocados fuera del templo. Vaya, ahora me harán ir a misa. Creo que Noel tiene más poder del que creía.
Son las once cincuenta. Mientras miro las nubes pasearse por el lado oeste de Guatemala, pienso en lo que soñé. Ahora lo veo bien: fue ese viaje al pueblo en las montañas. Cinco horas de camino, para ir a recabar pruebas contra un abusador sexual que se filmaba mientras lo hacía con sus víctimas. Mientras conducía hasta ese pueblo, hacía mi ejercicio usual: tomar el lugar del tipo, pensar como él, ser él. Cinco horas después, yo ya no era este que escribe, sino un abusador. Sintiendo lo estéril de la vida, olvidando todo, sintiéndome solo. La angustia me invadió y sólo pensaba en desahogarme. Dónde y con quién. Pensé: los nombres de las víctimas. Cómo borrar la evidencia, dónde almacenarla. Eso. Mis colegas y yo buscamos al padre de una de las víctimas. Para eso pasamos por la plaza del pueblo. Había un evento conmemorativo de la independencia. Esperamos. Nos volvemos otros espectadores del acto. Niños cantaban y bailaban. La gente los miraba y aplaudía entre la plaza. Yo seguía siendo un abusador. Sintiendo el vacío, lo árido del día, sintiendo furia. Una niña subió al escenario, tenía unos once años y declamó un poema sobre los volcanes y las montañas. Y lo hizo con una dulzura tal, que a mí, me desarmó el acto. Dejé de ser el abusador, ya no era nada. Ella terminó, la gente aplaudió. Pero a diferencia de los otros niños, a ella nadie la esperaba. Pareció buscar entre la gente a su familia y no los encontró. Luego, caminó hacia la gente y se perdió entre la multitud. Difuminándose.
A veces yo también soy la víctima. Y también me difumino. Sobre todo los lunes.
Regreso a mí. Estoy sentando en el escritorio, frente al ordenador. Una ventana me deja ver las mismas nubes pasar por el lado oeste de Guatemala. Un avión las traspasa. Hay días en los que sería fantástico poder evaporarse. Para ser la lluvia que riega los árboles. Y no tener que pensar en el horror. Nunca. Ni siquiera los lunes.