26.11.10

Malacara va a Misa.

Tomo el teléfono y marco. Tonos intermitentes, los agradezco. Detesto llamar a alguien que me hace escuchar una canción tonta mientras contesta. Vamos, que detesto los backtones. Tonos, he dicho y contesta: ¿Aló? Hola, don Javier, ¿cómo le va?, ¿Quién habla? ; Vaya, ¡qué pronto me ha olvidado! le digo con un inevitable dejo sarcástico que se lo chupa completito, soy yo Malacara, ¡tu fiscal favorito! La voz hace una interjección nerviosa. Luego titubea, y sé que  todavía lo tengo en la bolsa: sí licenciado, ¿dígame en qué puedo servirle? Pues lo mismo Javier: estás jodido, tus procesos van caminando, ¿cómo va la información que te he pedido?; La tengo, ya la tengo; Pues a mí no me sirve que tú la tengas, sino que YO LA TENGA; bien, te la daré, te la daré, ¿te la llevo a la oficina?; Pues claro, pero no te apures ahora, qué creías: es domingo Javier, voy a entrar a misa ahora, a pedirle a Dios que se apiade de tu alma criminal, pequeño bribón; Pero no te pongas así, que yo voy a ayudar, mañana te llevo la información lo juro por mi madre; Vamos a ver si aprendes un poco de respeto y no metes a tu madre en lo que haces, Javier; bien, mañana, lo prometo mañana temprano. Bien vamos a ponerlo así: si no vienes a las ocho, a las ocho y cinco, sabrás de mí y del señor Juez de Primera Instancia que se muere por conocerte; Lo haré, lo haré, mañana ya vas a ver.
Colgué. Prendí el televisor. Sintonicé un partido de fútbol y me dispuse a dormir. No hay nada que me alegre más el día que hacer lo mío. Y lo mío es, hacerles saber que estoy aquí y vengo por ustedes, cabrones. 

19.11.10

Tenía abierta la puerta de mi oficina, esa que da al patio. Desde ahí se ven los autos y un enorme depósito de agua, mientras es sostenido por parales de madera completamente enmohecidos. A más de alguno le aterra la imagen: toneladas de agua dispuestas a inundarnos  a la primera. Podría morir ahogado es decir; pero no le ponía demasiada atención a eso. Leía unos informes. Sí, eso hacía cuando empezó a lloviznar. Diminutas gotas descendiendo lento como si fuese un espectáculo de perlas, flotando como átomos en un cuerpo imaginario. El cuerpo del viento en el patio. Quise fumar. Llevo meses sin hacerlo, así que no cargaba un cigarro. Vi la hora: acababa de perder quince minutos de mi período de almuerzo. Me puse el saco y salí a la calle. Llovía con más intensidad. La gente corría por las aceras, sobre todo una señora con su hija. Mucho más lento, un tipo con el pelo engominado, pasó frente a mí. Había una patrulla estacionada. En la parte descubierta,  soldados  se cubrían de la lluvia con improvisadas capas hechas de nylon. Dejaron las armas al descubierto y por la manera en que se acercaban unos a otros, fácilmente se podía deducir que tenían muchísimo frío. Los fusiles se mojaban. Me coloqué en una esquina, bajo un pequeño parasol, cubriéndome de la llovizna. Esperaba cruzar la calle para entrar al restaurante. Era un mediodía demasiado nostálgico para no notarlo. Un noviembre frío y lluvioso. Un fin de año que me deja húmedo y titiritando. Vaya. Por un momento el tráfico se detuvo y pude pasar. Me mojé muy poco y entré al restaurante, donde otro policía me abrió la puerta. Ordené para llevar. Y mientras esperaba la orden, frente a un gran ventanal, vi como también la lluvia se reducía, sobre los soldados congelados, las armas húmedas y la gente pasando por la acera. Muchos de ellos iban sonriendo con bastante sinceridad. Para mí, aquél gesto, representó un hermoso símbolo de resistencia. Y me dieron ganas de escribir. 

12.11.10

Embudo.

Es una frase tan trillada que me da pena y asco decirla. Pero demonios, estoy atorado de trabajo. Cientos de papeles flotando sobre mi escritorio y decenas de casos nuevos que llegan a mi mesa. Ahora hago una pausa para pensar. Tengo que calmarme. En estos momentos varias cosas se me vienen a la mente, a saber: el rostro de dos personas que he visto hablar hasta la saciedad sobre lo que debería hacerse en esta área. Un aro luminoso incluso se enciende sobre sus cabezas cuando en un acto de santidad abrazan a las víctimas. Sin embargo, cada vez que hay una situación qué resolver, apagan el teléfono. Mis queridos hermanitos en la miseria. Siguiente cuestión: hoy leí que varias ovejas en Turquía se suicidaron. Una se tiró al despeñadero y las otras la siguieron. También leí que en Alemania, quieren separar a una pareja gay de buitres, obligándolos a ponerse al día con las hembras de su especie. Conclusión: el mundo es un caudal corriendo hasta el desamparo y dos enormes olas se formaron en Alemania y Turquía. Yo espero la espuma o el agua qué mas da. Mientras pienso esto, igual los papeles siguen acumulándose sobre mi escritorio. Los buitres intentarán volverse heterosexuales y las ovejas turcas seguirán deprimidas. Saldré a almorzar. De vuelta, iré a hacer mil gestiones, mientras mi teléfono suena con llamadas para darme más obligaciones. Pero no me quejo: al menos tengo dos opciones. La primera es sentirme infinitamente diminuto, apachurrado como un insecto ante las circunstancias. La otra es afrontarlo como se debe: mandando a la mierda las circunstancias, sosteniendo el mar entre las dos manos. Sé bien qué debo hacer: en las situaciones de crisis, sólo los cínicos sobreviven. Abran paso, no sea que salgan lastimados. 

5.11.10

El puño de Douglas en la quijada

mis mujeres y yo hemos sido
una luz penetrando hacia las flores
empezamos todas las veces
tomados de la mano
como  niños en excursión hacia el parque:
podíamos tener
las risas los globos los pájaros
la calma por las tardes
pero antes o después
en algún lugar nos perdimos
yéndonos más veloces que en la llegada
como tren que atraviesa el Japón de madrugada
aferrándonos al mundo
como se toma el agua de una ola
con toda la belleza
del puño de Douglas contra mi quijada:
un hijo a la distancia
pájaros volando a las cinco y media
árboles incendiándose en el jardín
treinta y un años reflejándose en el espejo
a las tres y media de la mañana
me quedé calentando las sábanas
reservando mesa para uno
pagando mi funeral en sesenta cuotas
el primer requisito para estar muerto
lo cumplí hace diez años
estoy indefinidamente solo
como Tyson cayendo a la lona
un sábado por la noche
con mi abuelo como testigo
yo juré que si me noqueaban
lo primero que haría
sería sonreír y abrazar a mi madre
y heme aquí con los brazos abiertos

1.11.10

Here comes that rainbow again


Cuando era niño mi madre amaba a Kris Kristofferson. Yo quería ser un soldado e ir a la guerra. Mi madre me salvó del hambre e hizo lo que pudo para que fuera un buen tipo. Leí los libros que venían. Entre ellos Las Uvas de la Ira. Kris Kristofferson escribió un poema que canta para Jhonny Cash. A veces me dan ganas de llorar. Por las mañanas veo a la gente escarbando en mi basura. Se juntan temprano las familias, el sol les da en la cara. Los niños ponen tanta atención como si se tratara de una clase de ingeniería mecánica. Mi madre me enseñó lo que sé sobre ser hombre. Kris Kristofferson dice que siempre sale un arcoiris. Hay días en los que sólo puedo sentarme a esperar a que salga, mojándome bajo el aguacero.