30.12.07

Juno y las perspectivas


Las celebraciones populares me dan risa. La mayoría de ellas. El año nuevo, por ejemplo, me divierte. Como toda festividad de masas, se le aborda con una liturgia poco ortodoxa. Una marejada de locuras, extravagancias y desenfrenos, salpica todo, en todas partes. Utilizar calzones amarillos para la prosperidad, rojos para encontrar el amor ideal, y al revés, para tener ropa nueva. Sandeces. Un año termina y da pie al otro. Se acaba un ciclo y como Juno el dios de los romanos, juzgamos bajo dos perspectivas el plano de la temporalidad. Como si el presente fuera mero trámite. Y el optimismo nos invade. Tendremos un año para ser más delgados, más inteligentes, más ricos y menos pendejos. Pero, ninguna víspera de enero, será como la de 1999, cuando el Y2K era el signo de la angustia. El mundo esperaba algo grande, poderoso, impresionante. A lo mejor un desastre. Y buena parte de la gente, pensaba que se iba a morir. Así que, sin saber nada de Al Qaeda, e influenciado por los vaticinios del fin, quise: Primero: Que verdaderamente se acabara el mundo en ocasión del nuevo milenio, como acto de verdadera cordura. Segundo. Que el fin del mundo fuera tan espectacular como lo prometió el cura que me expulsó del colegio (me refiero a los demonios, ejércitos de arcángeles, corderos, sellos, la gran prostituta. Sobre todo ésta última); Tercero. Que dios tuviera la bondad de permitirme ser testigo de su Apocalipsis; y Cuarto. Que en la segunda venida de Cristo, éste no me sorprendiera bailando la macarena. Sin embargo, y por fortuna, mis tres primeros deseos no se cumplieron. El cuarto, todavía es una cuestión incierta. Ocho años después, las cosas cambiaron para mí. Acepté mi muerte, y la de las personas que quiero (un verbo que hasta ahora no había conjugado en primera persona singular). Es más, estoy seguro que todos nos vamos a morir. Y pienso en ello, como siempre. Pero espero, que no suceda ahora precisamente. Cuando a penas empiezo a entender esto de querer y ser querido.

22.12.07

pascua

Es casi navidad, amor, y los borrachos invaden las calles, gastándose hasta el último centavo de sus aguinaldos. Y el suelo, huele a vómito y amoníaco, y los prostíbulos están llenos de gozo y desconsuelo, y las aceras de gente inconsciente dispuesta a todo tipo de robos y vejámenes. Hace un calor de los mil demonios. Las bocinas retumban con merengue y reggeaton. Don Omar es el nuevo filósofo de las masas y trato de no oírlo, para ponerle atención al vecino llegando en su motocicleta vieja, gritando que trae pollo frito para todos mientras entra a su casa tambaleándose y sus hijos gritan de alegría y todo parece estar bien, y su esposa lo abraza y corre a la cocina a prepararle una sopita de pollo con huevo crudo para quitarle la borrachera y evitarle la resaca. Los supermercados están llenos de gente angustiada y necesitada de artículos de primera mano, y esto ya es una incontenible fiesta de beodos, meados, villancicos y pólvora. El otro día leí en el diario la noticia de un niño muerto por una bomba de iglesia. Lo proclamarán mártir? eso es algo que habrá que pensar antes de salir a oír misa, podría resultar mortal. Por eso, te propongo amor que estos excesos que vemos, así como cualquier acto religioso, los evitemos a toda costa y desbordémonos en eso que sabemos hacer bien: hacernos las cosquillas que provocan y describen la mecánica de los fluidos. Esos de los que bebo hasta provocarme la embriaguez. Porque contigo en la cama, todas las noches son nochebuena, virgen peregrina, que ha dejado de ser.


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20.12.07

epílogo

La entrevista concluyó y Hermenegildo estaba cansado. Lo avanzado de su enfermedad le impedía contestar fluidamente a las preguntas del entrevistador. Cortaba las frases para buscar desesperadamente el aire y beber a pequeños sorbos el agua que la enfermera le daba. Rafael, el editor encargado de la entrevista, había sido paciente. Quizá en parte, por la deferencia que sentía hacia la imponente figura artística del maestro. Una vez terminada la entrevista, antes de abandonar la habitación, Rafael sacó de entre su maleta, dos hojas de papel y se las acercó a Hermenegildo a su lecho de enfermo. Y mientras lo hacía, temblaba, se sacudía. Hermenegildo le pidió a Rafael que se sentara, con aquella voz dócil con la que raras veces se le escuchaba dirigirse a alguien y examinó el documento; mientras su autor le explicaba que sería un honor, que aprobara lo escrito. Y es que no era para menos, se trataba de su necrología: el suscinto inventario de sus logros intelectuales, hecho público el día de su muerte, que por la enfermedad se hacía próximo. Hermenegildo terminó de leer el ensayo y pensó que no le hacía justicia. Honestamente, le pareció que era una mierda, pero no se lo mencionó a Rafael. Pero éste, al ver la impresión en el rostro del maestro, le ofreció una oportunidad inédita: que él mismo escribiera el artículo, sin que nadie se enterara. Y Hermenegildo aceptó. Escribió el ensayo. Por respeto a su arte, no se le editó ni una sola palabra, ni coma, ni punto. Y cuando se publicó, dos meses después de la entrevista, quienes lo leyeron pensaron que era un texto brillante, el mejor que se haya escrito en el diario. Pero también pensaron que era una verdadera lástima que la gente lo haya pasado por alto, abrumada por otra noticia: la victoria de la selección de fútbol dos a cero sobre la de Brasil.

15.12.07

hotel


Tus medias rotas. No podía dejar de verlas y apreciar en ellas las formas de tus muslos ajustados y lo despreocupada que eras para vestirte. Tus zapatos de tacón, la manera de fumarte un cigarro, tus ojos negros, cuidadosamente delineados, todas prioridades para mí. De vez en cuando también le ponía atención al camino, cuando me aseguraba que la policía no me sorprendiera manejando y bebiéndome una cerveza. Íbamos rumbo al pueblo que tú habías visto en la postal que compramos frente a la clínica, donde te hiciste el examen del Sida. Te pareció bonito el lugar, y de inmediato me abrazaste y me dijiste que querías ir allí. Te abrí la puerta del coche y nos fugamos de aquél sitio. Con tus ojos llenos de felicidad viendo la carretera y tu voz desenfadada cantando todas las melodías tontas que sonaban en la radio. Y sólo nos detuvimos cuando estaba la noche bien puesta, en el único hotel de paso que encontramos. Tú te divertías viendo al hombre que nos dio la habitación y todo te parecía nuevo y encantador, incluso su peluquín mal puesto. Una vez apropiados del cuarto, hicimos el amor, como si tuviéramos dieciséis años y aquella fuera la cama de tus padres. Pero aquella, era una cama anónima, y con esas mismas sábanas se habían cubierto quién sabe cuantos viajeros de presupuesto corto. Ahora eran nuestras, y las marcamos con nuestros fluidos desenfundados. Luego de la sesión maratónica de orgasmos, quedé profundamente dormido, mientras tú te abrazabas a mi pecho desnudo. Desperté hasta el otro día, con ganas de seguir manejando otros setecientos kilómetros. Pero me topé con lo que mi madre llamaría un desastre y el código penal, un hurto agravado: mi billetera vacía, tus medias rotas en la cama y la habitación entera sin ti, ni un aviso de tu huida. Y me puse las botas y el pantalón. Pero no la camisa, porque me eché a llorar como un niño. Hasta que el ruido de la puerta abriéndose me advirtió que era un estúpido y apareciste tú con el desayuno. Y los emparedados de tocino los comimos en la cama y luego nos dimos un baño en la piscina. Estábamos desnudos, para el asombro de todos, incluso el hombre del peluquín. Luego supe que se llamaba Jorge, cuando pagamos la cuenta y llamó a la policía. Pero nada nos quitó la felicidad, Yessenia. Y seguimos viajando.


imagen: David. W. Dunlap

12.12.07

amanece

Amanecer. Elevar la temperatura de todo, iluminar. Despertarse, saber que no en todo amanece, no en ti, no en la vasta extensión de tu cama, no en la fría composición de tu cuerpo. Dejar el lecho y encontrarse con un espejo donde se refleja la nada: no tus párpados oscurecidos, no tu boca seca, no tu iris sin dilatar, no tus piernas cansadas. El camino inevitable hacia lo existencial. ¿Este soy yo? Acudir a la conciencia, y no a la religión. Encender el televisor. Un media-pastor gritando al mundo que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Dudas sembradas como las palmeras del desierto. Un Dios judeocristiano que se hizo hombre. Hecho hombre: ¿sabía que era Dios?. Ser Dios es ser absoluto y el absoluto es certeza. Es el cumplimiento exacto en el plano de los hechos de cualquier manifestación de la voluntad. Ser persona es ser contingente. El humano es un animal circunstancial. Si Dios sabía que era Dios, tenía la certeza del cumplimiento de sus actos. Entonces no era hombre. Yo no sé tan siquiera si soy éste que toma café y escribe líneas sin sentido. Pienso que es hora de irme. Avanzar. Hacia un nuevo éxodo. Uno cuya traslación sea de la conciencia, no del cuerpo. Hasta llegar a donde el día también es un estado de ánimo.

4.12.07

selva

La casa de un asalariado los últimos días del mes, es mucho más salvaje y peligrosa que la misma amazonia. Si uno tiene hambre debe procurar su sustento. Y con hambre cualquier cosa es alimento. El calendario marca treinta y mi saldo de cuenta cero. Voy hacia la cocina y abro el refrigerador. Lo único que permanece es una cebolla. Y sus hongos. Por aquí, lo que se deja a su suerte, es siempre de los hongos. Y del musgo. Como el auto abandonado que una vez encontré en la carretera. Cierro el frigorífico. Examino el área. Las alacenas. Al abrirlas, me topo con la monstruosa abstracción de la nada: el vacío. Dos latas están allí olvidadas. La fecha de caducidad es, para el pobre, una simple anécdota circunstancial. Códigos incomprensibles. Las destapo a cuchilladas. Ahora, el derrumbe es inminente. Los melocotones en almíbar están podridos. Las prioridades son enlistadas. Agua potable, luz eléctrica, telefonía fija, vicios. Eliminación al azar. No los vicios. Enciendo la PC. Puede ser la última vez que la encienda, antes de que corten la luz. No son románticas las velas? Un correo llama mi famélica atención: 264 dólares americanos si envío correos. Sin borrar el destino. Supr. Eso dice la tecla que presiono. Nervios. Hambre. Eras en verdad tú, Bill Gates? Habré perdido una fortuna? Tomo mi último trago de vodka. Lo que quedaba en la botella. Y la tiro junto a las latas de fruta en conserva.

30.11.07

descubrirás que somos el mismo animal

Cuando llegues a tu apartamento vacío de mí, harta de la vorágine de los semáforos en rojo, de las uñas rotas y de los cafés endulzados con sacarina. Cuando te desnudes despacio y sin testigos. Cuando abras el grifo del agua caliente y ese sea el único sonido en tu casa. Cuando te duches, minuciosa, mansa y libidinosa, con la paciencia de quien duerme sola. Cuando te encuentres empapada de deseos y espuma, y te enteres finalmente, que después de varios intentos ciegos, nadie te tocará ni te habrá tocado como yo lo hice. Nadie, querida, ni siquiera tú, presa de la fiebre. Porque todos los dedos ignorarán tus caminos. Mujer nostálgica y deseosa. Mujer concupiscente. Mujer necia. Mujer que olvidé hace ocho años.

29.11.07

orificio

Benedetto, el vecino de arriba, es un modernista. La otra noche, mientras intentaba conciliar el sueño, el estrepitoso sonido de su teatro en casa no me facilitaba la tarea. Subí hacia su apartamento con la pijama puesta. Toqué la puerta como la gente, pero abrió hasta que incrementé considerablemente la violencia de mis golpes. De inmediato, conocí su televisor plasma de cuarenta y dos pulgadas, y al verlo, mis sospechas resultaron ciertas: Benedetto estaba viendo una película porno. En la pantalla, dos mujeres se besaban como locas, incluso en esas partes que el pudor no me permite nombrar. Las dos luchando una sobre la otra, y luego, saboréandose entre sí. Era como ver cazar a un oso hormiguero. Benedetto escuchó atento mis súplicas y justo cuando terminé mi arenga, liberó todo el desprecio de su hedonismo, diciendo: si la televisión tuviera un orificio de mediano tamaño, por el cual yo pudiera fornicar con ella, sería la novia perfecta.

Bajé a mi apartamento. Me volví a acostar y disfruté del absoluto silencio. Pero no me pude dormir.

27.11.07

vocación



Y si se le ocurre mencionar algo de esto con los inútiles de sus compañeros, dé por terminada su carrera en esta empresa, dijo el flamante licenciado Díaz, mientras su yugular a penas contenía un nudo gigantesco y amoratado, que le palpitaba incesantemente. Escupía e insultaba, encendido en furia; pero su enojo, lejos de asustarme, me daba lástima: el licenciado Díaz estaba desnudo sobre el sofá de su oficina y debajo de sus piernas blancas y fláccidas, unas nalgas desnudas y bastante femeninas se erguían mostrando sin pudor las marcas que las palmadas erotizadas recién le habían impreso. La mujer se levantó y en vez de cubrirse los senos con las manos, escondió con ellas su rostro. No le sirvió de mucho el truco, la reconocí. Era Karina, la encargada de cobros y la misma mujer que antes de subirnos al auto para venir a la oficina, había presentado a unos vecinos como mi novia. Tomé con toda serenidad la manija de la puerta y comencé a cerrarla. Karina buscaba con desesperación su ropa y Díaz recogía del suelo el retrato de su esposa y sus dos hijos. Los tres redondamente gordos. La puerta se cerró. Caminé hacia mi cubículo y encendí la computadora. Quería empezar mi carta de renuncia, pero me dio asco pensar en la posibilidad de Díaz y Karina fornicando sobre mi teclado, o sobre la copiadora, o sobre el papel carbón, o sobre la maldita alfombra. Y no quise tocar nada en ese lugar. Solo me fui de allí, comprendiendo que ser creativo de publicidad no era lo mío y que siempre debo tocar una puerta antes de abrirla.


*imagen: free patents

23.11.07

A veces es mejor hacerse el sordo

Como si algún día fuera a ganarla, la primer semana de cada mes, compro un número de la lotería. Y los domingos por la mañana siempre pasa lo mismo: rompo el billete tras leer los resultados en el diario y deposito sus restos en el cesto de basura, junto a lo que queda de mi sueño de subvencionar mi ocio, renunciar al trabajo, disertarle a mi jefe acerca del por qué lo diagnostico imbécil mientras éste se atraganta con el café frío de la oficina, escribir un libro, ser famoso, comprarme una pipa, tener un biógrafo y aparecer en mi propio vídeo porno. Lo que todo el mundo sueña hacer. La primera semana de junio, motivado por una corazonada, me sentía con suerte. Compré un número de lotería. Al día siguiente, me levanté temprano y salí a comprar el periódico. No quise abrirlo en la calle, era demasiado vulgar. Frente a mí, una iglesia se erigía en medio de dos edificios de oficinas. Entré a la iglesia y me senté en una banca. Era temprano y la gente empezaba a llenarla para oír misa. Me llené de paz, imbuido por el canto de los canarios de la casa parroquial. Cerré los ojos y elevé mi plegaria: Señor, hazme millonario. Abrí el diario y busqué el número ganador. Lo encontré: no era el mío. Supongo que Dios no se manifiesta en las cuentas bancarias, ni tampoco lo hará en mi declaración jurada de bienes. Salí al atrio de la iglesia y una mujer que deambulaba por allí, se me acercó. Olía a orín. Me abordó como si nos conociéramos y me dijo: una vez mi corazón me gritó que él era malo, que me quería hacer la malogra, pero no le hice caso. Y mi corazón no se equivocó, me dejó recogiendo mis pedazos. Siempre hay que oír al corazón, concluyó, y se fue a espantar a las palomas que deambulaban frente a la iglesia. Me dieron ganas de un café. Antes de abandonar el atrio, sin querer, le grité a la mujer: ¡yo que tú no confiaría¡ Y me fui de allí, gastando mis zapatos de domingo, de burócrata asalariado.

21.11.07

la próxima vez que llames, es probable que no esté en casa

En mil novecientos ochenta y uno, tenía dos años. Mis padres se separaron y luego del divorcio, mi padre nunca más se apareció en mi vida. Supongo que habrá ido a pensar las cosas por ahí. El otro día, para mi sorpresa un hermano suyo me llamó diciéndome que mi padre estaba Guatemala, y que quería verme. Me dio un número de teléfono para que le llamara. ¡Que yo lo llamara después de veintiséis años! Sin embargo lo llamé. Un frío timbre de voz femenino, con acento argentino, usado de manera estándar en las grabadoras de los teléfonos móviles, me contestó. Me pidió que le dejara un mensaje, a mi padre. Respiré profundo y le dije que quería conocerle y que me gustaría que conociera a mi hijo y a mi esposa. Luego colgué. No recibí ninguna llamada de vuelta. Aquello me pareció una alegoría de la relación con mi padre, como hablar con una piedra en el agua, seca por dentro. Es sólo que ya no me afecta. Tengo un hijo que no sabe leer y a penas aprende a hablar, pero le gusta que le lea poesía y novelas de Álvaro Mutis. Y esa es la única idea de padre que quiero tener, más allá de las ausencias y las llamadas no devueltas.

imágen: elizabeth perry

15.11.07

clochard



Mujer que corres sin revelar al mundo tu destino, te veo pasar por la calle y cuando pasas frente a mí, toda tú te ruborizas encerrada en el gris uniforme de una agencia bancaria, que a pesar de lo ajustado, no esconde los efectos de la gravedad sobre tus senos, ni los brincos que dan éstos, adecuados al compás de tus pasos ligeros. Transitas, abres brecha e igual sorteas peatones en la acera, autos en la calle o las lustrosas motocicletas del buen reparto a domicilio, para seguir puntual con tu camino, abordando un bus del servicio urbano repleto de desconocidos, muchos de los cuales te faltarán el respeto pensando en ti desnuda o tratando de tocar impunes tu cuerpo. Huyes, toda tú avergonzada, mientras que a mí sólo me queda confesar que ese día estaba, como dijo el señor policía que me detuvo una vez por borracho, falto de cariño de mujer, aunque me dé vergüenza decirlo.

*foto: veinte minutos

13.11.07

piano bar

Ha dejado de cantar. La gente le aplaude y ella responde sonriendo, inclinando su cabeza hacia el público. Como gesto de humildad, ovaciona a sus músicos. Toma todo aquello con calma: el homenaje, los gritos, los exabruptos. En la barra, las cenizas empiezan a desbordarse de mi cenicero. Enciendo otro cigarro y sorbo el último trago de mi güisqui. Sobre la tarima un espectáculo se prorroga: la luz de los reflectores hace que su vestido se trasluzca y sus formas se descubran. Son líneas curvas finamente trazadas y escondidas en parte, por la negra lencería de encaje. Es un claro aviso de guerra. El pianista da unas breves muestras de su virtuosismo. Es jazz. Le sigue suave la batería y luego el contrabajo, ejecutado por un tipo que no ha quitado la vista del suelo en toda la noche. Ahora cierra los ojos mientras toca su instrumento. Un saxofonista que viste un viejo saco azul que le talla holgado, sustituye a la cantante y ella desciende del escenario. La gente se abalanza sobre su célebre figura, la mayoría de los que inundamos este pequeño bar, oculto en el sótano de un edificio olvidado. Un repentino impulso nace en mí, un intento de sedición. Quiero acercarme, invitarla a un trago, ser un caballero; mentira, quiero ser un palurdo, llevarla a mi cama, embarazarla de ideas obscenas, besarle las comisuras de... No sé, mejor pido otro güisqui, Borbón, dos hielos. En otro universo tal vez, las noches de tipos solitarios que malgastan su tiempo diseñando frases que contengan el absoluto, no serán paralelas a las vidas de las mujeres que provocan el olvido de…Se sienta a mi lado, sonríe. Un desconocido sentimiento de seguridad me asalta. La invito a un trago. Acepta y me quita el cigarro de la mano. Da una bocanada, y luego, sin piedad ni permiso, lo apaga sobre el vicioso cúmulo de cenizas.

6.11.07

piromaniaca, eso eres


Hay palabras que no decimos
y que ponemos sin decirlas en las cosas.

(R.Juarróz)

¿Tú, perversa? Claro que sí, mírate nada más: la ceja arqueada, la copa sobre la mano, la risa, tu risa, mi risa, los nervios. La forma en que cruzas las piernas, suave, delicada, acomodándote en la silla, cómo te mofas de mí, cómo saboreas el vino, cómo te acaricias el pelo, el descaro con que muestras los muslos, la exquisita operación de quitarte los tacones y la manera en que tus pechos se desbordan tras el escote, me inducen irremediable a la fiebre. Instigadora, yo te acuso. Ninguna barrera racional quedará en pie si tú quieres que caiga. Y no voy a permitirme el escape. Eres mala y viciosa, mujer, me tienes besándote hasta el más mínimo poro, recorriéndote la piel que muestras generosa, así tus curvas, así los caminos en tu vientre, así las fuentes obscenas de donde brota sin pausas el agua salada que colma los mares, inunda ciudades y bautiza vocablos enérgicos, que se convierten en este canto que yo te ofrezco, el más humilde de los diáconos en tu catedral. Exhalaciones, onomatopeyas e intermitentes vocales mudas anuncian mi rendición, y la firmo sobre tu cuello con húmedos susurros, a milímetros de ti, dentro de ti, perdiéndome; para que luego, mujer concupiscente, prosigas tu rutina, la del desdén, la de la ausencia, la de la ducha que a propósito borra el olor de mi saliva. Qué estamos haciendo, a qué estamos jugando. El sexo es cosa seria, ven para acá, que quiero platicar con tus pliegues.

30.10.07

soy anónimo frente al espejo


Griselda. Así he nombrado a la mujer sentada frente a mí en el tren. Por instantes, sus ojos celestes se pierden entre los mechones de cabello que caen sueltos y prolijos sobre su frente. De vez en cuando, siento que me observan, de reojo, a hurtadillas, mientras se queda mirando la ventana del vagón. El cristal está sucio y a penas se descubre el tórrido paisaje de afuera. Griselda me mira sin verme. Su mirada borra mi figura con descarada alevosía y, ante ella, se dibuja un horizonte inexistente o el infinito que a su vez es nada. El ceño levemente fruncido, me lleva a concluir que Griselda medita sobre algo perdido, algo de verdad importante, puede ser un hijo, la dirección de su amante o simplemente su nombre. Me equivoqué otra vez. Los sustantivos están sobrevalorados: el nombre no nos nombra una eternidad, se agota en las hojas amarillentas de los registros. Saco la libreta y anoto: el idioma de Dios es ininteligible para quien no aprende a desentenderse. Toda lengua es perecedera porque nació del hombre, y morirá con él. Las palabras dichas y las que guardamos sin exhibir, serán un manojo de gusanos saliendo precisos de nuestros cuerpos, ya en la tierra, pudriéndose cobijados por la humedad de este trópico violento. No trascenderán. Nuestro nombre no nos nombra una eternidad. ¿Con qué nombre me llamará Dios?

Griselda se acurruca sobre la ventana y se cubre con una manta. Parece tener frío, a pesar de los veintidós grados centígrados en el ambiente. Guardo la libreta dentro de mi bolso verde. En julio llovía y fui solo al teatro. La Sinfónica Nacional tocaba a Brahms y mi paraguas no servía. Mi asiento estaba empapado cuando salió el primer violinista. Ese día estrené el bolso. Tres filas adelante, Andrés Espino, el escritor, esperaba también el concierto libreta en mano. Espino es una vaca sagrada de la literatura y su cuaderno de notas, un objeto de culto. En él, informan fuentes anónimas, escribe
con una pésima caligrafía frases aleatorias. A simple vista, incoherentes. Es la materia prima de sus novelas. La gente lo sabe, le conoce. El vecino de asiento de Espino, por ejemplo, estaba al tanto. Se afanaba en llamar su atención, le hablaba, haciendo comentarios que sólo él juzgaba graciosos, aplaudía dando abruptos saltos que lo hacían ponerse de pie, en pleno ataque eufórico. Era obvio que quería aparecer en sus novelas, ser un personaje y mendigarle un poco de fama. Le imaginé diciendo a sus amigos mientras servía vasos con pepsicola y pizcas de ron barato: ese personaje nuevo de Espino, el que aparece en la última novela, lo basó en mí. Acto seguido, guiñaría el ojo izquierdo a la chica más aburrida de la fiesta. No volveré a sacar la libreta.

Griselda se despierta de una pequeña siesta. El tren no se ha detenido. Las ceibas plantadas a la orilla del camino intentan detenernos con sus frondosas ramas. Sonrío con ella, mientras se despereza sin ninguna mesura. Finalmente responde, con una leve sonrisa dibujada sobre sus labios, terriblemente besables. Saca de su maleta, tan vieja como sus botas, una galleta de jengibre. Me ofrece un pedazo el cual tomo con la mayor de las delicadezas. Los ojos de Griselda y los míos se regocijan al verse; sus hermosos ojos celestes y mis ojos criollos, café obscuro. Casi no parpadeamos, casi no hablamos. Me siento a su lado, me lo permito. No hay nadie más en este vagón. Ya nadie acostumbra viajar en tren. Griselda se acurruca sobre mi hombro y miramos juntos hacia la ventana. Algunos árboles se cargan de flores multicolores. Tomo sin aviso su mano y acaricio lento sus dedos espigados, ausentes de sortijas. No planeamos preguntarnos nada esta mañana, ni tan siquiera el nombre, porque ningún nombre nos nombra una eternidad. Griselda es una mujer cálida y su cabello, delicadamente acomodado sobre mi pecho huele a frutas. Aquí con ella, el tiempo se detiene; pasa craso, lento como gusano. Abrazados, el tiempo es una sombra indefinida que atraviesa el cristal sucio de la ventana del tren; de éste, cuyo rumbo acabo de olvidar. Quisiera aprender un idioma eterno, para poder contarle al oído a mi mujer, que nosotros nunca vamos a morir.

23.10.07

celo


Quemarlo todo, incendiar la casa y prenderla en llamas tan grandes y obscenas que imprecaran a los justos. Y también a Violeta, lectora de Salmos, escurridiza bestia que evade su cama. Aún así, la rabia no lo deja actuar. Prefiere tomar papel y lápiz. Escribe una carta. No lo hacía desde mil novecientos ochenta y nueve. Encuentra un paquete de sobres viejos. Introduce la hoja firmada dentro de uno y luego lo cierra en absoluto silencio.

(El deseo en llamas reducido a letras dibujadas en una hoja de papel usando el lápiz empuñado en la mano que tiembla de deseo contenido en un sobre depositado en el buzón colocado en una oficina postal con olor a húmedos los ojos mientras regresa a casa).

Abre la puerta. Toma una silla, la pone frente a la ventana y se sienta a esperar. Se aburre. Se esconde bajo la cama. Todo es sombras en la casa a excepción del hilo brillante de luz que se cuela por la ventana. Dentro, a pasos tardos, el haz deforma con su calor la fotografía de Violeta, esa escurridiza bestia, que allí lo abraza. Sale hacia el patio; pero estornuda. Entra a la casa. Sobre el comedor, sobre el piso, sobre la sala, sobre la televisión, sobre los sobres, invadiendo el espacio, filas de hormigas marchan amenazantes. Entra en pánico, se aterra. Y toma un fósforo (sólo el fuego purifica).

20.10.07

fratricidio


La noche no trajo consigo novedades según el reporte del cabo Morales. Como a todo soldado nuevo, le había tocado la guardia nocturna del muro durante casi una semana. La del fuerte, era una de las zonas más tranquilas del país. Usualmente sólo acompañaban a su revista el monótono canto de los grillos, y de vez en cuando, el de las chicharras. Había fumado, eso sí, un paquete de cigarros completo. Sólo tuvo un sobresalto, cuando creyó ver entre la maleza los cuerpos de dos insurgentes en movimientos subversivos; pero resultó ser sólo un inocente juego de sombras a las que apuntaba nervioso con su fusil. Después de verificar la falsedad de la amenaza, pensó que era demasiado joven para morir. En realidad era demasiado joven para cualquier cosa: tenía quince años. Se enroló pensando en el sueldo; y a cambio, dejó la tranquila vida de su pueblo, donde todos le conocían y él conocía a casi todos. Especialmente a las chicas de su edad. A la lejanía, a penas audible, la música de la usual fiesta de los viernes salía borracha de las cantinas próximas al fuerte. Le recordaban su corta carrera de jaranero. Pero ya no era hora de recordar, sino de dormir las tres horas que le permitían su turno. Despertó al ruido de la corneta. Se levantó rápido y formó filas. El comandante, al que usualmente no veían, había llegado. Era un tipo de espaldas anchas, con un abdomen prominente y flácido cuyos excesos cubrían el cinturón que apenas resistía en la cintura. Su espeso bigote escondía tras de sí a la boca, y eso provocaba un efecto singular, pues cuando hablaba sólo se veía al bigote moverse de arriba a abajo. Nunca se le vio reír al Comandante. Se bajó del jeep; revisó a la tropa y luego empezó a apuntar con el dedo. Usted, usted, usted y usted, dijo, señalando al cabo Morales. Den un paso al frente y luego me acompañan. El comandante caminó hacia el hangar que servía como taller y allí les explicó a los soldados que habían sido escogidos para formar un pelotón de la muerte. Es decir, les asignó la ejecución de un infeliz, quien había dado muerte a su propio hermano de catorce machetazos. Es un maldito cobarde, dijo el comandante y escupió al suelo, cerca de las botas brillantes de Morales, quien casi pierde la compostura cuando supo que el hecho había tenido lugar en su pueblo. Debía conocer al fratricida. Esa tarde lo mandaron a la celda, a cuidar al reo. Efectivamente cuando ingresó, reconoció tras los barrotes y a pesar de los hematomas en la cara a Pedro, su amigo. Pedro también le reconoció y se paró como pudo a suplicarle ayuda. Pero Morales sabía que todo estaba consumado y su labor consistía en confirmárselo del modo más suave al condenado; sin sobresaltarse, sin denotar nervios, porque entonces el próximo muerto sería él. Pedro lo escuchó y se resignó. En vez de desmoronarse como cualquier otra persona Pedro le pidió un cigarro a Morales quien se lo proporcionó enseguida. Él también encendió uno. Mientras fumaban hablaron del pueblo y lo que había pasado en el último mes durante la ausencia del cabo. Fuera del mismo asesinato, no había pasado nada; pero no había otro tema de conversación que se le ocurriese a Morales para distraer a Pedro de su próximo fusilamiento. Luego sobrevino el silencio y duró hasta que relevaron al cabo en la guardia de la celda. Cuando salió, Morales resolvió hablar con el Comandante. Aquello era demasiado. El Comandante lo recibió mientras almorzaba. Tenía las manos untadas con la grasa del cerdo que comía y hablaba sin dejar de masticarlo. Parecía que no hubiese comido en décadas. Morales le explicó la situación. El Comandante una vez enterado de la misma, colocó la chuleta en el plato, y sin quitarle la vista a su comida, gruñó: soldado, no es nada que no se cure con una buena borrachera. Yo mismo mataría a mi hermano si sé que asesinó de esa manera. Vaya al almacén, diga que va de mi parte y que le entreguen una botella de licor. Se la toma y mañana a las seiscientas lo espero en el paredón frontal. Sin falta. Morales se retiró y tal como se lo habían ordenado fue hacia el almacén. Pidió la botella y luego se fue a la bartolina. Nadie lo amonestó por estar allí. Quizá su ausencia pasaba desapercibida. Sorbía a borbotones de la botella. Luego de media hora estaba completamente borracho. Pero aún así, cuando entró la noche, y con ella sus compañeros, no pudo dormir. En su mente, una sola imagen lo atormentaba: el fusil, Pedro vendados los ojos, el gatillo, la orden de fuego… Dieron las seis. Como pudo se puso incorporó y fue a formar fila. La mala alimentación, las escasas horas de sueño y el miedo lo habían convertido en una especie de ser inhabitado. Había dejado escapar en la madrugada su alma por la ventana y estaba listo para disparar. El Comandante se había ido esa misma noche. En su lugar, el sargento salió a dar el aviso: el fusilamiento se pospone por órdenes superiores. La vida retornó a su cuerpo y finalmente pudo cumplir sus órdenes cotidianas, es decir, resguardar el muro. Cuando se vio sólo, vomitó. Se limpió la boca con la manga de la camisa y encendió un cigarro. Mientras se lo fumaba, disfrutó de uno de los días más hermosos que había visto en su vida. Ya tenía un mes dentro del fuerte y nuevos soldados habían llegado por la tarde. Uno de ellos lo relevó en el turno de la noche y finalmente pudo ir a descansar. Se acostó a dormir y lo hizo profundamente. Soñó con el pueblo, sus fiestas, las novias, Pedro y Jacinto, hermanos felices, jugando con la bicicleta de Luisa, su preciosa Luisa, con el vestido de pliegues y los primeros zapatos de tacón. El sueño duró toda la noche. Y sólo terminó cuando al alba, el cabo Morales se despertó por el ensordecedor ruido de una ráfaga de fusiles.

17.10.07

mi mala educación



Fui educado en un colegio católico. Nunca me gustó estar ahí; es más, lo detestaba con todas mis ganas. No comulgaba con las ideas de los curas. Para ser más exactos: no comulgaba. Me caían mal los salesianos, empezando por aquél padre que mientras daba la misa obligatoria antes de entrar a clases, hablaba sobre un único tema: la masturbación. Para ilustrarnos mejor, un buen día hizo pasar a un alumno para que diera su testimonio. Había podido pasar un mes sin masturbarse, dijo ante toda la secundaria. También ante los acólitos. Era una cosa de risa. Yo aplaudí. Parecía que todos estábamos obsesionándonos al lado del cura con el tema. Los confesionarios estaban llenos. Incluso donde atendía un sacerdote italiano que siempre tenía un terrible aliento a embutido que traspasaba la celosilla. Supongo que se los desayunaba. Esos años me orillaron primero a un ateísmo de postura, hasta la espiritualidad sin iglesia que hoy profeso. Aun así, no soy ajeno a los eventos religiosos. Este mes se celebra el mes del rosario y las señoras y señores piadosos se disponen a visitar el Templo de Santo Domingo. El rosario lo ideó la iglesia para instruir a los legos. Funciona como una suerte de mantra, y aún hoy, convoca a los más sencillos, los representa. Embebido de una emoción que hace años no sentía, me uní a la peregrinación rumbo al templo de Santo Domingo en el centro de la ciudad. El casco histórico de Guatemala es una zona desolada; sólo la habitan fantasmas, burócratas e Iglesias, muchas, de todo tipo, en cada esquina. Y también los ladrones. Santo Domingo se encuentra justo a una cuadra de la línea del tren, donde las prostitutas hacen lo suyo en camastros colocados en minúsculas habitaciones que dan a la vía férrea. Afuera, señores, muchachos y niños hacen fila para entrar. Incluso alguna vez, creí ver entre la fila a aquél ignoto que confesó no haberse masturbado durante un mes. Pero durante octubre, hay mucho más folclore por ahí. Alrededor del templo están colocadas las ventas de comida, atendidas en su mayoría por travestidos. Normalmente, en Guatemala, los homosexuales de cualquier tipo son marginados; pero no en octubre, ni en las ferias. Atienden los puestos de comida, ataviados como alegres señoras campiranas que sirven garnachas, un plato parecido con exactitud a los sopes mexicanos. Logro sortear las aglomeraciones y entro al Templo. La fiesta continúa. El arreglo me parece barroco, bastante colorido y magnífico en general. Huele a incienso y a cera, de las velas que se queman por las penas de quien las encendió. Y vaya si hay muchas. Una extensa fila de cristianos se forma para subir hasta lo más alto del altar, barnizado con oro. Allí está la Virgen del rosario, una imagen que la muestra morena, el color estándar de quienes la visitan. En la fila uno encuentra todo tipo de gente. La mayoría pobre, pero en términos de mi abuela, limpia: hay que ser pobres pero limpitos, mijo lindo. Subo con ellos a ver a la Virgen. En ese espíritu de devoción hacia algo mucho mayor que nosotros, que nos abarca y sobrepasa, encuentro conforte. Sobre todo porque la imagen está hecha siguiendo la fisionomía de la mayoría de mis conciudadanos. Redondeados, bajitos y tan feos que abrimos una nueva escala de hermosura. Es como rezarle a alguien como yo, que comprende que tengo miedo de salir a la calle, de tomar un bus; que me duelen las balas y esta anegación de epitafios. Luego de haberme imbuido ciertas ideas luminosas, desciendo del altar, leyendo un extenso número de placas que recuerdan los favores hechos por la Virgen. Algunos son tan antiguos como el Templo. Abajo, hecho un vistazo a los cuadros de Zurbarán que están colgados sobre las columnas. Me gusta el juego de luces. Al salir siento el frío de la tarde. Engatusado por los aromas que desprenden las ollas llenas de aceite hirviendo, me siento a comer en uno de esos locales improvisados que ahogan la calle y la fluidez del tránsito. Un hombre con delantal, rimel y pintalabios me sirve una tortilla tostada con guacamol. Siento que Dios come a mi lado y se ríe a modo de mostrar la ausencia de dos de sus piezas dentales. Pago la cuenta y me voy de allí. Empieza a llover y no tengo paraguas. En estas épocas del año los huracanes hacen lo que quieren con nosotros.

14.10.07

clandestino


Dos toques en el cristal de mi auto me desembarazan de delirios; veo quién llama. Afuera, una llovizna necia humedece el asfalto, las casas, a los vendedores de periódicos e incluso al oficial de la policía de tránsito que está tocando nuevamente mi ventana con su bolígrafo amenazante. Es un día oscuro, con grises profundos que lo abarcan casi todo, incluso mi ánimo. Escucho Hoy Día Luna, Día Pena, de Manu Chao. Aparco el carro para recibir la multa, y mientras esto sucede, la memoria trabaja. Hace nueve años compré Clandestino, el disco que suena en el reproductor; y sin remedio, cada vez que lo escucho, me da por la tristeza. Y me paso las señales de alto, porque quiero llegar pronto a casa y esconderme bajo las cobijas. No puede ser, me repito, mientras el agente se sigue mojando afuera y habla, diagnostica, arenga: el artículo cientoochentaydos, bla,bla,bla, trescientos quetzales, bla,bla,bla, menos-de-tres-días=veinticinco por ciento de descuento ($!). Arranco el auto haciendo cuentas y me incorporo a las calles. Sigue sonando el disco… para nosotros la dignidad insurrecta, para nosotros el futuro negado, para nosotros nada…Esta ciudad está diseccionada por muros invisibles. Zonas residenciales por un lado y por el otro, la improvisación. Covachas de lámina que, en el mejor de los casos, tienen paredes fabricadas con ladrillos desnudos, cuyo único acercamiento al color son las pintas del spray que las maras han dejado, marcando territorio. Atravieso los muros sin permiso. Hoy día luna día pena, hoy me levanto sin razón, hoy me levanto y no llego a ninguna destinación, arriba la luna o-e-a!!!!. Tal parece que el diseño urbano de Guatemala —llámenle así sólo los más atrevidos no es más que una acción subrepticia de una mente cínica. Proliferan los pobres como los hongos en invierno y la lluvia evidencia sus carencias, se crecen. Me detengo en un semáforo, esta vez hago caso de la luz roja. Es un lugar transitado éste. La gente franquea los autos, es hora de salir del trabajo. Son cientos los que caminan, muchos después de diez u once horas laboradas para recibir un salario que sólo puede conducirte a la miseria. A corto plazo, por supuesto. Pero hablar de justicia en este país es sentarte a platicar con un bloque de cemento; y la mejor consecuencia que puedes esperar es un golpe en la cara, sino, lapidación. Sólo hay justicia para el pobre, acordamos con Armando, refiriéndonos a la condición económica de la mayoría de reos condenados. Trabajando para una organización dedicada a la justicia, una vez llegó hasta mí una señora que había caminado desde su casa, a unos dieciocho kilómetros, atravesando las mismísimas trincheras de Satanás. Le habían violado a su hija de nueve años. Sudaba a chorros, cuando le ofrecí agua. Luego de dos tragos y un suspiro enorme, me contó su historia, que es la historia de todo un género. Bienvenida a Tijuana, bienvenida mi amor, bienvenida a mi suerte, bienvenida a la muerte, por la panamericana… Nosotros nacimos de la noche. En ella vivimos. Moriremos en ella. Pero la luz será mañana para los más, para todos aquellos que hoy lloran la noche, para quienes se niega el día, para quienes es regalo la muerte, para quienes está prohibida la vida. Una vez leí entre las noticias del diario, la hambruna en el oriente del país. Una mujer con una delgadez mórbida, sostenía con un brazo a su hijo, mientras con el otro revolvía una especie de sopa de hierbas que cocía en una lata de leche nido, dispuesta sobre un fogón. La entrevistaban y ella sorprendentemente respondió que no pertenecía al segmento de los “pobres”; no señor, ellos vivían más arriba, alejados en la montaña. El hambre viene, el hombre se va Ruta Babylon... por la carretera… la suerte viene la suerte se va por la frontera… Llego a casa. Finalmente sé las razones fundadas de los efectos que en mí tiene Clandestino : es auténtico. En su ingenua sencillez, repleta de acordes repetidos hasta la familiaridad, letras-denuncias y citas robadas, el espíritu del pobre está. Poemas al no ser/no estar, la emigración, el frío sin café, las mañanas sin tortillas, la sal, hacen que uno se sienta abrigado por la comprensión y la esteticidad que logró la miseria. Pero también se encuentra —y por eso no es un berrinche de tontos el disco— la todopoderosa esperanza. Y está justo en la próxima estación.
*imagen:coveralia

11.10.07

fui para azucena, en febrero

Veintiocho días tiene febrero y durante todos y cada uno de ellos te amé en exclusiva a ti, pedacito de bombón. Incluso cuando hacíamos el amor, cerraba los ojos y pensaba en ti; !imagínate¡ Eso, te lo juro por dios, que nunca me había pasado. Pero luego vino marzo, el calor, y también Denisse; y, justo en la mitad del mes, me di cuenta que no te amaba; y que sólo había sentido por ti, un grandísimo deseo. Tan grande, que si no me permitía tenerte para mí solita, me iba a arrepentir. Es más, en este instante estoy desnuda en la misma cama sobre la que tantas veces te quedaste dormido, cansado de tanto besarme; pero estoy con Denisse, grandísimo necio que no deja de juguetear con mis pezones, así que cuelga ya de una vez, Julio, por el amor de dios y no vuelvas a llamarme.

Coloqué el auricular en su sitio. Era tarde; no había visto la hora. Empecé a caminar. No iba a llamarla otra vez, eso era seguro. No sólo por orgullo; también porque andaba escaso de monedas. Y tenía que comprar güisqui, mucho.

9.10.07

bailar es también azuzar


Mientras las señoras se apuraban dispuestas a bloquear la calle para celebrar su fiesta, yo con dieciséis años encima estaba ansioso por participar, no de la devoción, no de los rezos, sino del festín de la comida a un precio católicamente caritativo. Había de todo en esa calle: música, ancianos con abrigos hediondos a naftalina, las vírgenes postizas de la iglesia, ebrios consuetudinarios y este servidor, entre otras almas perdidas. Y la mayoría de presentes parecían contentos, mientras comían elotes embarrados de mayonesa, salsa de tomate y mostaza, o bien, bailaban abrazados al son de la marimba que tocaba en el lugar, para enfrascar el frío de la noche. Pero el baile se interrumpió porque los músicos decidieron tomar un descanso para probar los platillos de las señoras de iglesia, que cocinaban divinamente, algunas. Para llenar el vacío musical, una enorme disco rodante, de esas que las quinceañeras añoran para sus fiestas, lanzó al aire varios éxitos de los ochenta a través de las bocinas enormes, en cuya manufactura era evidente la participación del dueño. Algunas muchachas empezaron a bailar con otros tipos muchísimo más afortunados que yo. La música invitaba al baile desenfrenado y endemoniadamente sensual. Pero no encontré pareja como siempre y me quedé mirándolos, en pleno cortejo bailable. De entre la gente, empujando a algunas madres que supervisaban que sus hijas no fueran objeto de tocamientos impropios, salió un tipo con una chaqueta de cuero al estilo Michael Jackson. Estaba olorosamente borracho. Empezó a bailar solo. A modo de enfatizar su presencia para luego anularlo en un cambio repentino, el discjockey pinchó Thriller, y ese pedazo de beodo, se disparó como en un ataque de convulsiones. La gente hizo un círculo a su alrededor y aplaudían riéndose algunos. La fiesta había empezado de verdad para mí y las señoras estaban disgustadas y encrespadas por la furia de aquél tipo, que daba vueltas en el piso sobre su espalda. A tal punto llegó su mortificación que de la nada salieron dos hombres, esposos de las vendedoras de elotes, me parece, que tomaron al cuba y se lo llevaron lejos de la improvisada pista de baile. Y las muchachas siguieron bailando con los mismos tipos; mientras yo, supe finalmente que aquél lugar no me pertenecía.

8.10.07

L'enfer, c'est les autres (el infierno son los otros)


¡Ah! ¿No sois más que dos? Os creía mucho más numerosas. (Ríe.) Así que esto es el infierno. Nunca lo hubiera creído... ¿Recordáis?: el azufre, la hoguera, la parrilla... ¡Ah! Qué broma. No hay necesidad de parrillas; el infierno son los Demás. Jean Paul Sartre, A Puerta Cerrada.

Si hace algunos años me hubiesen preguntado por el infierno, seguramente hubiese contestado de una forma sartreana y luego dado una bocanada a mi cigarro. Y es que cuando uno analiza la activa limitación que progresivamente implica ante el yo, la existencia del otro, la respuesta encuentra un fundamento mucho más básico que una estructura filosófica. En estos países en estado "salvaje" como tiene a bien nominarlos Mauricio Cruz, la existencia del otro presupone un encuentro rasposo con la realidad. Hemos de desconfiar los que habitamos esta ficción negra que es Guatemala, de todos y de casi todo. El miedo impulsa minuciosas investigaciones de quienes compartimos espacio y tiempo, hasta el punto de obsesionarnos el saber qué hace el vecino, con quién duerme, a qué horas come, con quién come y si quiere matarnos o robarnos. Tenemos que controlarlo todo. El trasladarnos implica siempre una amenaza: asaltos a buses, violaciones en los buses, comportamiento indecoroso hacia las mujeres, robo de autos, etc. Es un extenso menú este. Al final, eso de considerar la condena del alma la existencia de un igual, tiene un asidero casi insalvable en nuestro caso. Pero mucho más allá de eso, he de considerar mi propia rendición. He sido derrotado por el otro, y como buen estratega, me le he unido. Largas horas de contemplación filosófica y espiritual, fomentada por los vicios, me han conducido a afirmar que en sí, el universo, no es otra cosa más que el cuerpo místico de Dios. Soy panteísta y por lo tanto un hereje para el catolicismo en el que fui bautizado. Pero no puedo digerir una cosmovisión distinta. La única manera de soportar la hedionda realidad de mi prójimo es finalmente aceptando que somos parte de un mismo cuerpo divino y celestial (algo que requiere una explicación muchísimo más prolija que esta modesta entrada en mi blog); y que ese, quien me disgusta, es algo así como el dedo gordo del pie: velludo, informe y casi inútil. O bien, por qué no, el apéndice de Dios (hasta la fecha no se ha encontrado utilidad cierta a esa prolongación delgada y hueca, de longitud variable, que se halla en la parte interna y terminal del intestino ciego del hombre, igual que a muchas personas que conozco). No sé si he hecho bien en dar este giro en mi vida. De lo que sí tengo certeza es que me he quitado un gigantesco peso de encima. Viajo más ligero, lo siento. No arrastro conmigo el ancla del desencanto hacia la humanidad, sino más bien, extiendo las hermosas alas de la tolerancia y la paciencia. Aunque a veces eso sólo sea una aspiración mía y no una concreción vital.


4.10.07

exorcismo


Nos hemos olvidado por completo de Dios. No escuchamos su voz que es el retumbo del rayo que todo lo ilumina e incendia a su paso y en cambio oímos un susurro tímido; pero no acusemos a la sordera, sino al ruido. Lo eclesiástico y su brazo enorme nos quieren distraer. Verbigracia: iba en mi auto, sólo. Disminuí la velocidad para atravesar las vías férreas por las que ya no pasa el tren. Cadáveres de hierro son. Al lado de las vías, casas viejas. Frente a las casas viejas, aceras asoladas. Sobre una de las aceras una mujer, perdidamente drogada, echada, vencida, animal domado por los vicios, del encierro, la soledad, la miseria. Alrededor de la mujer, gente, curiosa la mayoría, no sabía por qué. Pensé que era porque estaba muerta. Al lado de la mujer, oculta su piel por la grasa, una cobija. En la cobija, el cadáver de su hijo. Lo sé porque la mujer reacciona al tumulto, a sus peticiones inquisitivas y lo muestra, como se muestra una herida. Era un feto de unos seis meses a penas, el pelo recién salía, era delgado, moreno, pequeño, como el promedio. Lo alza de las manos, mientras el sol de la tarde que no llegó nunca a ver, le incendia la cara abrazándolo con un rojo encendido y yo, testigo mudo e inactivo, me siento lanzado sin atisbo de conciencia a un hondísimo pozo de soledad. Y clamo por Dios y me responde el eco de mi voz. Al auto luego suben Ana y mi hijo y sé que Dios habló. Y temo por el mundo que le heredo a Santiago, por la sordera, por las mujeres tiradas en las aceras, por las morgues, los asesinos, los vendedores de tarjetas de crédito. Pero sé que Dios está más preocupado que yo al respecto, y trato de olvidar todo aquello. Sólo se puede viajar lejos con las maletas ligeras y el paraíso está bastante retirado de aquí.

* Imágen: igal permuth

3.10.07

The absence like a good-bye


Los cielos despejados de enero nos parecían demasiado fríos y una estratagema nos propusimos: abandonar sin más aviso que nuestra ausencia esta ciudad hostil para las buenas intenciones. Y huimos —¿amor te acuerdas?— en un auto que no era nuestro y pasamos entre desiertos donde la arena nos hizo probar el sabor de la tierra, seca y sin frutos, hasta llegar a tierras más ubérrimas, donde las plantas nos antecedían en años. Una habitación en un hotel en tierra de ladrones de mar fue la que nos guardó esa noche y al día siguiente, cansados de tanto sexo salimos rumbo hacia la nada. Llegamos a una encrucijada donde giré hacia la derecha (siempre hago lo mismo) y nos encontramos, sin quererlo, ni presentirlo, ni planificarlo, en la obscenidad de una playa desnuda, donde entre el agua, nos reíamos de todo, como si en realidad las cosas y la gente que conocíamos fueran parte de una estúpida comedia: los asesinos, los ladrones, los funcionarios públicos borrachos de negligencia, y nosotros, el único público cuerdo y con posibilidades de abandonar la función. Hasta que cayó el sol y regresamos a nuestra habitación, donde nos volvimos a cubrir con las mismas sábanas que todavía olían a nuestras caricias.

1.10.07

a brief and achieve



Duermo poco y cuando duermo, tengo pesadillas. Así fue desde que la memoria archivó de oficio mis recuerdos. Una noche sin quererlo la cosa cambió: soñé con un cielo azul, tan perfecto y limpio que miraba los ojos de Dios, que susurraba entre las hojas de sauces llorones apostados en la orilla de los ríos cristalinos, donde tomaban un baño, bajo el sol radiante, las virgenes hermosas de la inocencia perdida. Un perfecto cuadro impresionista. También habían muchas ventanas, que atravesaba sin romper ni huesos ni cristales, ni hacer un ruido que despertara el profundo letargo de las orugas. No soñé con gigantes que dormían en pasajes angostos, no soñé con el cobarde asesino de mi sombra, no soñé con la rasposa realidad del otro. Soñaba bien. Pero desperté pronto y te encontré durmiendo a tí, que a penas sueñas, compartiendo conmigo una sábana, con tus ojos verdes bien abiertos, el iris dilatado acariciándome la cara. Y mi sueño fue insignificante, mujer desnuda en mi cama.

29.9.07

wrongdoer


Yo también fui como ellos, pero supe diferenciarme. Estos imbéciles piensan que por ser jefe de sección las cosas fueron siempre fáciles para mí. Crecí con dos poetas de la escatología y la violencia como padres, a los que no extrañé nunca. Y fue así desde el día en que, teniendo catorce años, decidí largarme de su casa. No, a ellos jamás los extrañé, sólo extrañé al perro, flaco, de color pardo estándar, mendigando alrededor de la mesa, echado en la puerta, sin más, deprimido. Si mis hermanos y yo fuimos víctimas inocentes de los arrebatos encolerizados de mi padre, el perro lo fue aún más. Porque era un animal y esa condición justificaba cualquier acción suya. Pero a mi padre el estado de gracia le resultaba ajeno y lo mató a patadas. Luego nos lanzó el cadáver encima, a mis hermanos y a mí, para que lo tiráramos en la basura. Para mi padre eso éramos todos en casa. Nosotros lo metimos en una bolsa plástica desgastada que no contuvo toda la sangre. Éramos unos niños, a penas. Eso no lo sabe Martita, por ejemplo, que mientras hago la supervisión se ríe. Pero tampoco sabe que en mis manos llevo una queja que llegó a gerencia en su contra. Me acerco a Martita, continúa ríendo, salivando, irguiéndose orgullosa. Le leo el papel, es el primer aviso, al segundo se le despide, entiende. Martita se caga del miedo, toda ella lo demuestra, sus ojos se tratan de esconderse tras sus gafas baratas, con lentes fotogray, mientras sus manos, ah sí, las manos de Martita tiemblan y se tratan de consolar mutuamente acariciándose, pero sé que te estás muriendo Marta y agachas la cabeza porque si te despido no vas a poder mantener a tus tres hijos, esos bastardos a los que mantienes con hambre y sin educación formal. Pero te disculpas Martita y siento lástima, pena y asco. Miro tus ojos y recuerdo al perro, mientras mi padre le caía a patadas, y cómo sumiso se dejaba inmolar. Bestia estúpida, al fin animal, Martita, me das más lástima y también tus hijos con hambre y sin estudio, tu familia miserable, tu pelo engominado cortado por tus manos. Tus acreedores Martita, llegarán sin embargo cada mes a buscar el sueldo que ya no tienes; tú lo sábes y te derrumbas Martita como el perro ante mi padre, y yo te meteré en una bolsa plástica y tiraré tu cadáver a la basura. Pero yo sé diferenciarme Martita y te perdono, esta vez, porque por una sola vez yo quisiera que mi perro viviera y sentir su aliento caliente en mi cara, ver su cola ondeando de un lado a otro, su animal sumisión. Así que te dejo ir, Martita, mientras rompo la nota, miserable perra.






24.9.07

la eterna agonía de dos vidas paralelas


La despedida de la tarde no perdonaba a ninguno y mientras yo decidía entre calcetines negros o cafés en una tienda por departamentos, no me percaté de la noche. Salí de la tienda con los calcetines envueltos en una bolsa de plástico, dispuesto a estrenarlos lo más pronto posible. Aquello me dio tanta ilusión que a la vez me dio tristeza: mi vida como un soberbio monumento a la rutina. Quise largarme de allí al instante, saberme seguro en casa, con el poder que te ofrece el control remoto de la tele. Saqué del bolsillo de mi saco a mi dedo índice de perdedor, gordito y sin vellos y llamé al ascensor. Dos minutos después, cuando la puertas apenas insinuaban su apertura, las dieciocho personas que lo esperábamos nos aglutinamos en la entrada, queriéndonos despojar entre sí de un espacio en el aparato. De entre la ciega rabia de la multitud, saliste tú y me sentí contento, inmensamente feliz. Pero no feliz como cuando uno escarba en el bolsillo de ese pantalón relegado y dentro encuentra un hermoso billete que se ahorró en el olvido. No, no me sentí así de feliz. Me sentí tan feliz como cuando alguien en medio de la tormenta te ofrece espacio bajo su paraguas y luego una taza de té con dos de azúcar y una pizca de leche. Y las pastas, las pastitas. Tan contento como cuando dios te invita a fumarte un cigarro en una noche de frío. Así de inmenso sentía, así de pesado, que sólo pude permanecer estático mientras tú te perdías entre los pasillos atiborrados de zapatos de tacón bajo y cadenitas de oro chapeado. Y mientras era introducido a empellones al ascensor supe que tenía que regresar a casa sin saber más de ti. Ese día, al entrar a la sala, prendí la radio con el volumen bajo para no despetar a los gatos. Y me estrené los malditos calcetines.

the dead, breathing over your neck

Los tres sabíamos que continuar era peligroso. Pero estaba Guadalupe; ese animal domesticado que filosofaba y recitaba con la crudeza de un carnicero. Y Guadalupe nunca se dobla. Sabiendo que podíamos morir, se quitó la pistola del cinto y la llenó de balas embarazándola de violencia. Mientras cargaba un tiro en la recámara, sus ojos mestizos de un negro encendido me miraron, y escupiéndome serenidad, dijo: yo no sé mucho de leyes, pero si alguien se nos acerca, disparo a quemarropa. Entonces supe que todo marcharía bien. O bien repetí varias veces esa mentira para tranquilizarme.

23.9.07

four tequilas, and a red light


La vocera de la Policía Nacional Civil (PNC), Olimpia Pineda, estuvo involucrada ayer por la madrugada en un percance vial. Según el reporte de los bomberos, la colisión entre el auto en el que viajaba Pineda, asignado a la PNC, y un camión que conducía Concepción Gramajo, ocurrió en la 10a. avenida y 12 calle de la zona 1 a las 4:30 de la mañana. Del encontronazo, los vehículos quedaron semidestruidos y dos semáforos y un poste del alumbrado público dañados.

Personal de la Policía Municipal de Tránsito (PMT) acudió al lugar y realizó la prueba de alcoholemia a los dos pilotos. Gramajo se encontraba sobrio, mientras que Pineda presentaba un nivel de alcohol de 0.40 grados, cuando lo permitido es tener 0.02.

Pineda y Gramajo fueron capturados por agentes de la PNC y llevados al juzgado de turno. Después de una hora le fue impuesta una medida sustitutiva de Q300 por la falta de responsabilidad de conductora y le confiscaron la licencia por tres meses, mientras que Gramajo permanecía detenido ayer por la tarde. Este consideró injusto que la mujer fuera liberada una hora después, mientras que él a las 4:00 de la tarde aún continuaba preso. “Está claro que el choque sucedió por su estado de ebriedad. No me explico por qué aún estoy aquí si ella estaba ebria y tuvo la culpa” dijo.

Según las pesquisas que han realizado las autoridades, Pineda viajaba en un vehículo Nissan Sentra corinto, de la PNC, asignado a la Oficina de Comunicación Social. Mientras que Gramajo manejaba en el camión sobre la avenida hacia la Terminal, a donde se dirigía a recoger güisquiles.

*texto tomado a préstamo de elperiódico
**foto tomada a préstamo de prensa libre

Héroes del Silencio, Guatemala 2007



Los últimos diez años fueron, para el rock'n roll en Guatemala, la senda de una inmolación inexorable. Los grupos que a mediados y finales de los 90's prometían una hilvanada de discos bien articulados, entre letras pulidas y melodías obscuras, se fueron diluyendo entre huracanes y tormentas tropicales. Bohemia Suburbana, aquella legendaria banda que representaba a todo el movimiento artístico que se generó en esa época, siguiendo los postulados del grunge, hoy sólo es un nombre que figura en una lápida. Pero no todos los muertos están realmente perdidos, y entre las resurrecciones más notables, Héroes del Silencio regresó a Guatemala. Ya habían ofrecido un concierto en Guatemala, en ocasión de su Avalancha Tour, allá por 1996. Bohemia abrió y fue un alboroto. Entre el lodo, los que acudimos hicimos de la antigua plaza de Toros, algo así como un Woodstock tercermundista. Bunbury dio todo de sí, al igual que los demás músicos. Aquello fue una panacea, que curó enfermedades terminales. Sin embargo, así como esta última década dejó mella en los incipientes movimientos artísticos guatemaltecos, también lo hizo con la agrupación española. Fueron tres horas de concierto esta última vez. Algo deslucidas quizás, recordando éxitos sin demasiados arreglos, sin una interacción satisfactoria entre banda-público (al menos no como la del concierto pasado), y, para colmo de males, sin una canción fuerte de cierre, como cualquier buen concierto de rock. De todas maneras el recuerdo de 1996 sigue intacto. Sólo habrá que preguntarse qué fue lo que estos últimos diez años nos quitaron a cada uno? o qué fue lo que nos dieron...

*con las magníficas fotos de conociendo guatemala (en unas aparece un cuate que conocí siendo dueño de un bar, que siga el rock&roll)

15.9.07

on the road, still


yo quería amor, sinceramente, que la vida fuera para nosotros calles limpias de arquitectura hermosa, sin ángulos rectos, ni ventanas angostas. Trayectos libres de semáforos en rojo brillante. Pero esos caminos nos resultan cada vez más esquivos y, cariño, todavía nos quedan, horas de viaje, por parajes lluviosos, donde lo más cercano al afecto es una botella sucia de coca cola sobre la mesa de un restaurante barato. Y mi mano, si todavía quieres tomarla.

10.9.07

and you left me, in the middle of the fucking nowhere



durante mi desvelo, dios decidió dejarme sin sueños
todos se descubrieron falsos
sin propósito
y lo que no tiene propósito
no existe para la práctica

la estética
no cabe en el bolsillo
del vecino que sale a trabajar
sustrayendo niños de sus casas

los niños, algunos son de dios
otros, de los violadores
objetos de lujuria
en noches de modorras
sobre camas pestilentes
y alcobas de lámina

mientras, yo, testigo involuntario
no tengo sueños
ni propósitos
y lo que no tiene propósito
no existe para la práctica
SOY UN SER ANULADO
sin sombra donde esconder su miseria


un enemigo de las alarmas
sin ganas de dejar la cama
donde nos anudamos
en las noches desveladas
cuando asesinamos el deseo
con el borde filoso y brillante del sexo
que sana y adormece

no hay razón válida
para dejar las sábanas que me guardan tibio:
afuera no hay nada con mi nombre
y el mundo no es más que una pesada carga sobre mis espaldas



2.9.07

obituario


Alegres ciudadanos de Papúa, Nueva Guinea, en busca de una pala


PORT MORESBY (AFP) - Varias personas enfermas de sida fueron enterradas vivas en Papúa Nueva Guinea por sus propios familiares, que no disponen de medios para tratarles y temen contagiarse, denunció el lunes Margaret Marabe, responsable de una organización humanitaria. En el marco de una campaña contra el sida, esta mujer, que ha vivido cinco meses en la región de la Alta Meseta, una de las más aisladas de este país pobre del Pacífico Sur, explicó haber visto cómo morían de esta manera al menos cinco personas. Marabe relató el caso de uno de ellos, que pedía socorro mientras le echaban paladas de tierra encima: "Uno de los enfermos era uno de mis primos. Les pregunté por qué lo hacían y me respondieron: Si les dejamos libres, en nuestra misma casa, vamos a contraer la enfermedad y vamos a morir".

22.8.07

dios bendice al dador alegre


Cuando estoy en la oficina y me siento un desgraciado, siempre pienso en Selvin. Tiene cuatro hijos, una esposa importada de Senegal o algo así, menos de la mitad de mi sueldo, de mi inteligencia, de mi gracia, es decir, esta jodido, Selvin, es un necesitado. El otro día, por ejemplo, yo fui a divertirme a una linda fiesta, donde encontre gente muy amigable, que me ama sin motivo, como la mayoría de la gente. Selvin, mientras tanto, estaría cambiando el aceite de algún carro, para ajustar con su sueldo, el ridículo presupuesto con el que mantiene a su familia. Yo, por mi parte, tomé una decisión importantísima: largarme de una vez por todas de aquella estúpida fiesta, y huir de la peste de la idiotez que había infectado a todos por allí. Así que tomé mis cosas y me fui; decidido a no volver, a menos que una catástrofe natural me lo impidiera. Sin embargo, detuve mi escape porque una amiga salió a darme una chumpa que había olvidado. Yo no llevaba ninguna chumpa, así que cuando la revisé sólo para saber de quién putas era la bendita chumpa, me di cuenta, por el rótulo que distingue a un colegio de curas, que era de alguno de los idiotas que estaban sentados a la par mía en la fiestecita. Pero, como todos me caían un poquito mal, decidí llevármela, nomás porque ni un favor se merecían, los estultos. Así que metí al carro mi nueva pertenencia, lo encendí y por souvenir, dejé una espesa nube de humo blanco para que no me olvidaran fácil. Al otro día, estaba en la oficina, porque era lunes y porque no tenía más excusas médicas que presentar; y, mientras me servía café con sabor a tabaco, vi a Selvin con su escuálida figura, y sus ojos saltones, preguntarme acerca de mi fin de semana. Para evitar la tediosa conversación que se me venía encima con Selvin (es decir, la lista de quejas acerca de su propia pobreza) le dije que le regalaba una chumpa; de puro cuero, lo único es que decía Gabriel y Liceo Javier. No pareció importarle el detalle, sino todo lo contrario: la felicidad le había estallado cual bomba en la cara, a Selvin, y le había provocado una sonrisa de oreja a oreja, mientras revisaba la chumpa y se la tallaba: le quedaba bien. Pasaron tres meses después de mi regalo y Selvin, parecía seguir dándole uso. No se quitaba la chumpa ni un sólo día. Hasta que sobrevino la catástrofe: un viernes, vi a Selvin, sin la chumpa, con la figura escuálida puesta de nuevo. Cuando le pregunté qué había hecho con la chumpa, me dijo que anoche, mientras estaba en la Universidad (porque Selvin también estudiaba profesorado en enseñanza media en Filosofía en la USAC, a pesar del asombro general), se le había acercado un tipo preguntádole por la chumpa, diciéndole que era de él. Entonces, Selvin, animal domesticado, le dio la chumpa. Y Selvin, más triste que hace unos meses, siguió sacándome las fotocopias de un manual de 583 páginas de lado y lado y yo me fui a sentar a mi escritorio. Y mientras me terminaba aquella taza de café con sabor a infusión de cigarros Casino, el más suave y sabroso, pensé que alguna gente, además de estúpida, no tiene suerte.

*nota aclaratoria para los no guatemaltecos: chumpa: chamarra, sudadera, chaqueta.

20.8.07

por mal quiere la gente


Los domingos en la tarde son siempre la misma mierda: la angustia de la cuenta regresiva, musicales en la tele, tirar a la basura mis números de la lotería. Era domingo y mi cama me guardaba religiosamente, cuando mi descanso fue interrumpido por el siguiente aviso: C.L. había llegado a vernos (a Ana y a mí); así que bajé a la sala y lo saludé. C.L. estaba delgado a comparación de hace un año, cuando lo vi por última vez. Hablamos un rato y después le ofrecí algo de tomar, porque a C.L. le gusta el alcoholito y cómo le gusta a C.L. andar bolito. Él de inmediato aceptó la oferta pero también se me adelantó y me dijo que en el carro traía unas cervecitas y fue a sacarlas. Me contó que había ido a una fiesta, hacía como un mes, de una chatía que conocemos, por su cumpleaños. C.L. se encontró en la fiesta al Zancudo, un latinlover con el que coincidimos en un colegio ya hace más de una década. El pobre Zancudo siempre me reventó el buen ánimo, metrosexual, gordo, impertinente, una estrella del buen vivir. Brincón, el Zancudo, le gustaba aquello de instigar inocentes. Resulta pues, que C.L. había ido a la fiesta con su brother que está por graduarse del Adolfo Venancio Hall, de manera que su entrenamiento para recibir vergueadas estaba a tope. Así que, C.L. y su hermano jolito se divertían en la fiesta cuando, mi amigo, se acercó al diyei y con todo respeto, a modo de satisfacer sus gustos vernáculos le dijo: vos, ponete una de los tigres porfa, buena onda. El Zancudo estaba cerca de allí y arremetió contra mi buen amigo: que putas te pasa, pedazo de mierda, acaso pensás que esta mierda es fiesta de quince años, pizado, AQUÍ NO HAY COMPLACENCIAS. C.L. que siempre fue un tipo violento, halló excepcionalmente un halito de luz y paz que lo inmovilizó y lo motivó a la serenidad, diciendo: calmáte mano, no chingués. De inmediato, C.L. se fue a sentar con su hermano y el diyei no puso ni mierda de los tigres. Entonces oyeron música que no les satisfacía estéticamente hablando; mientras notaron que el Zancudo andaba con un su cuate, que a saber como diablos se llamaba el rey, pero que a todas luces, gustaba de comunicarse con los comensales a puro grito, anunciándoles cada cinco segundos, que andaba armado. No desaprovechaba oportunidad alguna, para enseñarles la pistola que traía bajo la camisa, metida entre el pantalón. Mientras tanto, la fiesta siguió y C.L. después de varias cervezas, tenía que ir al baño, porque ya la vejiga iba a reventarle todo su contenido sobre sus finas vestimentas. Cuando éste llegó a la puerta del W.C., aquella, permanecía cerrada con llave. Tocó insistentemente la puerta y de ella salió el amigo del Zancudo que andaba armado. Medía como un metro con treinta centimetros, el enano pizado, y aún así, sin importarle el porte de mi amigo, también arremetió en contra de él.: a la gran puta mano, no te podés esperar...C.L. no le dijo nada, lo quitó de enmedio y se metió al baño, porque por diosito que ya se meaba. Total que la fiesta ya se estaba terminando, cuando C.L. le dijo a su brother: vonós manito, que ya no hay güaro. Entonces ambos salieron a la calle, donde fueron por sorprendidos por el enano pistolón y el Zancudo, quien a su vez, dictaminó: mirá voz gordo de mierda, yo siempre quise romperte el hocico, refiriéndose a mi amigo C.L., PUES AHORITA ES CUANDO HUECO CEROTE, respondió finalmente mi amigo y a punto de tirársele encima estaba cuando el enano pizado peló el cuete como para empezar a plomacear a la mara, sin percatarse que tras él, mientras maniobraba su arma, estaba el hermano de C.L., quien gracias a su entrenamiento militar y una técnica depurada, le aplicó una llave que lo dejó sobre un capó de carro, desarmado y a merced de las violentas embestidas del jolito. Del vergazo que se pegó el enano sobre el carro, se encendió la alarma. El Zancudo, COMO SIEMPRE HA SIDO HUECO, se ahuevó cuando vio eso y le dijo a C.L. que se calmara, pero ERA DEMASIADO TARDE. El Zancudo estaba sobre el asfalto aprendiendo acerca del dolor, las fisuras y los politraumas craneales. En esas estaban, cuando salió el papá de la cumpleañera a calmar los ánimos. C.L. se incorporó nuevamente, y con el fin de lograr un mejor equilibrio, colocó un pie sobre el pecho del Zancudo que todavía yacía en el asfalto, y el otro sobre el suelo. Mientras tanto, el enano armado, todavía estaba recibiendo merecido castigo de parte del jolito. Después del respectivo sermón de parte del papá de la cumpleañera, C.L. atendió el llamado de paz del señor, y le dijo a su hermano que dejara de verguiar al enano. Entonces le quitaron la tolba a la pistola y se la devolvieron a su adolorido dueño, advirtiéndole antes, que con armas no se juega; y sin más, mi amigo y su hermano se montaron a su carro y se fueron a comer tacos a la zona 5. Estando allí, mientras pedían otra porción de tortillas, el teléfono de C.L. sonó y resultó ser la cumpleañera. Le pidió que regresara a la casa porque EL MULA DEL ZANCUDO NO TENÍA QUIEN LO FUERA A DEJAR A SU CASA, y como el enano de su cuate se había emputado, lo había dejado solo mientras aquél arrancó el carro y se fue hecho mierda. Y cómo son las cosas: C.L. y su hermano regresaron por el Zancudo y lo llevaron a su casa, riéndose de él, en todo el camino y de lo hueco que era y encima, de lo mula que era el enano pizado que también habían vergueado. Al Zancudo sólo le quedaba callarse, mientras disfrutaba del viaje más largo de su vida. La historia de C.L. me divirtió a lo grande. Digo yo: POR QUE A LA GENTE LE GUSTA SÓLO POR LAS MALAS??? y más importante aún: POR QUE PUTAS C.L., EL ZANCUDO, EL ENANO PISTOLÓN, Y EL JOLITO (aunque este último no tanto) NO MADURAN NI A VERGAZOS??, ya tienen treinta años, no chinguen, eso de andarse vergueando en las fiestas debió acabarse por lo menos hace tres lustros. Total: C.L. se fue después de tres cervezas, doce camperitos y dos idas al baño, y me dejó en mi casa, con un domingo menos, una sonrisa más, abrazando a Ana, mientras vemos en la tele, con cierta angustia, quienes son los nuevos timbiriches, todos punk, todos trogloditas.

19.8.07

a ellos les gusta la gasolina


Dos hombres en función de no serlo, dos animales, dan risa y rabia a la gente. La gente vitorea, la gente aplaude, la gente grita, los niños saltan y corren, gritan por las calles, llaman a sus amigos, dos hombres pelean, uno con ganas de vivir, otro con ganas de no morirse, los dos con los puños limpios, las señoras comentan. Es el dos de agosto en Chimaltenango y en uno de sus pueblos, San Martín Jilotepeque, hay una tremenda fiesta: "tres hombres interceptaron al concejal, Armando Velásquez, cuando este salía de su casa a bordo de su vehículo. Los delincuentes le obligaron a pasar al asiento trasero y se lo llevaron en su propio carro. “Él escuchó que lo iban a matar y decidió atacar al conductor. El vehículo se encunetó y fue cuando la población se dio cuenta que lo llevaban secuestrado. Aunque escaparon dos maleantes, uno fue capturado por vecinos”...Este fue identificado como Edwin Leonel Chonay. Después, fue llevado frente al edificio de la municipalidad. Cuando discutían qué hacer con Chonay, pasó por el lugar un hombre a quien acusaban de estafar a varios de los lugareños. El jefe de la Policía Municipal de ese municipio, Feliciano Culajay, dijo que los pobladores también golpearon al transeúnte. “Hicieron que se pelearan, aunque ya estaban bien golpeados. Uno de ellos (Chonay) se subió sobre el otro y le puso las manos en el cuello, después le echó gasolina y alguien le alcanzó un encendedor y le prendió fuego”. El agente policíaco José Esquivel dijo que los pobladores le pedían que lo dejaran ir (a Chonay) porque había “ganado”; sin embargo, fue detenido."
Dos hombres en función de no serlo, la gente grita, mientras uno se incinera, el otro, con el encendedor en la mano, piensa que el también está muerto.
(Con información de Luis Ángel Sas elPeriódico, 16 ago 07)

18.8.07

intermitente llovizna


Sin más remedio, afuera llueve, todos los días, llovizna, intermitente, necia la tormenta, muertos quiere la lluvia, llevárselos en derrumbes, casas de lámina, orillas de barranco son bocas que comen gente, la más pobre, la más famélica, la más reggeatonera. Cinco niños murieron soterrados, recién hace unos días, llora su madre, sus lágrimas también empapan el suelo lodoso; intermitente y ajena, la lluvia asesina, lava la sangre de las calles de esta fiesta que es Guatemala, 22 muertos hace dos fines de semana, uno por uno, recogen los cadáveres, las autoridades, los entierran, asesinados algunos, con arma de fuego. Los sicarios mientras, siguen sueltos, se fuman un cigarro, leen los diarios, miran los obituarios escritos en parte por ellos, y sobre todos nosotros, majestuosa, cae la lluvia, se lava la sangre, no los recuerdos, mientras yo escribo, para lavarme a puño limpio, contra la piedra filosa, lo que me queda como conciencia.