22.6.08

trocamos el oro por los espejos


Recientemente cambié de oficina. La nueva, todavía bastante desamoblada se sitúa en la parte más vieja de la ciudad. Es una casa antigua con mucha madera y bronce. Varios vitrales le dan un sentido secular al inmueble. Me gusta pasearme por los pasillos deshabitados y distinguir entre el silencio los leves sonidos que provienen de la vecindad. Al lado de la oficina, un centro cultural alberga a una orquesta sinfónica juvenil. La sección de vientos ensaya en una habitación que colinda con el patio interno de mi oficina. Así que tengo a Tchaikovsky y a Beethoven conmigo la mayor parte del día. El viernes, decidí salir por unos cigarros y al salir, pasé frente al local vecino. Como está abierto al público, decidí entrar a conocerlo. Un enorme patio central iluminado por luz natural es la mayor atracción de la casa, en cuyos pasillos rectangulares decenas de habitaciones completan la intrincada arquitectura colonial. En una de estas habitaciones daban clases de teatro. La clase de ese día, trataba del maquillaje. La maestra enseñaba a los alumnos el arte de dramatizar los gestos mediante su uso. La más atenta de sus alumnas era una espigada muchacha de unos diecinueve años que parecía sufrir una especie de trance mientras escuchaba la explicación. Era realmente hermosa. Tenía unos enormes ojos avellanados que estaban abiertos a plenitud como queriéndose apoderar de todos los gestos de su maestra. Parecía como si le hubieran abierto la puerta del más edénico de los jardines. Era un espectáculo intenso, como si una verdad estuviera siendo regalada. Algo místico. Salí de allí pensando en el teatro, la música y una película de Richard Linklater basada en una obra de Philip K. Dick que vi el otro día. Creo que las cosas empiezan a aclararse hoy más que nunca para mí. Los días que he pasado sin escribir, los he utilizado para estar en silencio. Permanecer en ese estado la mayor parte del tiempo posible. Tratar de absorber los objetos que me rodean, las conversaciones, los gestos, los silencios. Entender la mecánica de mi vida. Pararme frente al abismo de mi propio vacío; pero no saltar. Sólo estar allí respirando el precipicio. Detenerme. Justo como la actriz que quería aprender. Y en este juego de desenmarañar mi egocéntrico universo he podido arribar a conclusiones que sólo han logrado volver más pantanoso el terreno que piso. Lo que más me ha sorprendido es la enorme lista de cosas que he dispuesto como distractores de la realidad. Tal parece que nuestro destino como especie es evitarnos a toda costa. Desodorantes, sal, drogas, alcohol, tabaco, café, tintes de cabello, perfumes, la ficción, joder, la literatura entera estan basados en un distanciamiento entre el sujeto receptor y los hechos concretos y naturales por llamarles de algún modo que acontecen. Me pregunto, qué sería de nosotros si nos deshiciéramos de toda estos modificadores de la percepción. Pienso que a la mayoría de personas, les aterraría encontrarse tal cual son. Y pensando en ello, medito también en la causa: de dónde surge este pánico a la existencia dada? De verdad que no lo sé, ni tengo tan siquiera una sospecha. Por ejemplo: la última vez que yo me sentí cómodo tal cual era, fue con Eunice. Hacía mucho calor esa tarde y decidimos tomar una siesta. Pero ninguno pudo dormir. Hablamos durante horas de casi todo y me sentí plenamente aliviado. Como si hubiera tenido una congestión de ideas que me atormentaban y al expulsarlas en esa sesión, al sentirme plenamente comprendido, todo hubiera encontrado un sentido. Y durante ese breve espacio de tiempo me sentí en paz, y creo que Eunice también. Nos desnudamos, pensando hacer el amor, porque creímos que ese era el paso lógico que debíamos dar luego de nuestra conversación. Es decir, materializar esa penetración que habíamos protagonizado en el plano ideal. Y estábamos allí los dos desnudos, simplemente mirándonos. No me sentí juzgado. No me sentí obligado a hacer nada, no sentí ninguna exigencia plantada sobre mí. Y me quedé dormido en el mismo lecho que mi amante desnuda, sintiéndome seguro de que alguien había sido testigo por un mínimo momento, de mi existencia. Era la primera vez que había visto mi reflejo. Y también fue la última. Eunice y yo jamás volvimos a tener esa conexión y lo reemplazamos con sexo. Fue una lástima.
Regresé en silencio a mi oficina, con los cigarros en el bolsillo. No he podido encender uno, no quiero que nada me distraiga de mí. Ni siquiera los pasos de la muchacha que antes vi aprendiendo teatro, y que luego caminó delante de mí, compartiendo las aceras que no nos llevan a ningun lugar. Nada de distracciones, ni siquiera los olvidados caminos que me llevaron hasta aquí. Ni siquiera los pliegues, las curvas, los líquidos hirvientes del sexo de mis amantes. Ni siquiera la tinta regada sobre el papel. Ni siquiera yo, en pleno uso de mis facultades imaginativas. Así que, al llegar a la oficina, tomé asiento, cerré los ojos y esperé al silencio, que se vino pronto y de igual modo se fue, espantado por las torpes notas de los alumnos de la sinfónica que mascullaban el Lago de los Cisnes de Tchaikovsky. Y sentado en mi silla, supe que lentamente, sin preveerlo, planificarlo o tan siquiera sentirlo, yo, Julio Roberto Prado, me había empezado a rendir.