13.2.11

Pelea de sábado.

Ahora que nada queda por hacer los domingos, sino mirar la tarde. Ahora, es que pienso en las dos tipas que  vi matándose en la acera. Era la una y veinte de la madrugada. Diría que ambas eran jóvenes pero sólo vi sus espaldas. Una arriba de la otra, peleando como fieras.
Detuve la marcha, iba en el auto. Un taxi también se detuvo. Todo pasaba frente a la Comisaría, con la somnolencia de la madrugada. Era esa avenida oscura. Era esta ciudad oscura. Era el cigarro que no fumé mientras veía cómo caía al piso una mujer, vencida por el puño de otra. Era un sábado que me rebasaba por el carril derecho. Era salvarse.
Y sí: vi terminar la pelea desde el espejo retrovisor. Mientras aceleraba la marcha y empezaba a olvidar cada detalle de ese sitio, alumbrado por los restaurantes chinos, que se ahogaban en luz blanca y canciones de rocolas que cantaban la desgracia.
Ahora es una hermosa  tarde de domingo. Ya  prendí el televisor y  le subí el volumen.