28.1.08

I’m looking forward to joining you, finally

Justo como un animal domesticándose. Así me siento, echado en la acera, al lado de la mujer que toca el acordeón. Es ciega y poco virtuosa con el instrumento. Toca una canción absolutamente melancólica con la torpeza de un diletante y eso me tiene fascinado. Y mientras la oigo tocar, pienso en la maldita foto. Acabo de toparme con Verónica en el diario. Abrazándose con otras señoras, porque Verónica ahora es eso: una señora, de brazos gordos que abusa del fijador y de los tintes. Pero no pude, por más que quise, sentirme gratificado con la vida. Es que me da por pensar en la absoluta facilidad con la que me deshago de la gente. Aún sin pensarlo. Como lo hice con Verónica, en su tiempo. Y me gustaría saber qué ganaría mi vida si no fuera tan insoportablemente nihilista. Pero sólo es un deseo descartable. Me gustaría, en todo caso, que esta ciudad no fuera una herida abierta, y que este que camina, no fuera yo, sino mi sombra. Y que los lugares se lanzaran al olvido, tan fácil como las malas noches en la cama y que, por dios santo, en todos los malditos cafés donde estuve feliz y acompañado, fueran demolidos e incluso dinamitados, y en su lugar se edificaran monstruosas torres de oficinas, atestadas de abogados y psiquiatras. Para que la gente a la que he defraudado, tenga un amigo donde acudir. Como lo tuvo Verónica en su tiempo, cuando me acusó con su terapista de maniático depresivo. También de narcisista —lo olvidaba—. O como cuando llegó con su abogado y me quitó la mitad de mis cosas. Incluso de mis libros, que estoy seguro quemó junto a nuestro abstruso pasado. Pero nada de eso va a pasar. No mientras siga escuchando a la mujer tocando su acordeón. Y, maldita sea, no tenga ni una moneda para darle a modo de agradecimiento.

19.1.08

Anciano

El otro día pasé a tomarme a un café a uno de esos lugares, extraños por cierto, donde se reúnen usualmente los viejos a platicar de política, enfermedades comunes y soluciones geriátricas. Ese tipo de cafés, donde se sientan los amigos a ponerse al día de los fallecidos. Me gusta tomar café allí. Siempre me he comportado como si tuviera setenta y ocho años. Con el mismo entusiasmo, me refiero. Y a los adultos mayores nos gusta platicar. Mi vecino de asiento sobre la barra, por ejemplo, era un conversador. Estaba impecablemente vestido, con saco, corbata y camisa inmaculada. Hablamos, de casi todo, hasta que llegó el punto en el que sobrepasé los límites de la discreción y le pregunté si trabajaba en los alrededores. Entonces, el tipo, me dijo que se había jubilado hacía quince años. Que trabajó por allí, en la misma empresa, durante unos treinta años. Y que desde el primer día que se ausentó a sus labores, no ha podido dejar de levantarse a la misma hora, ponerse el saco, la corbata, la camisa e irse de casa, donde deja a su mujer, para llegar a la sede de su antigua oficina, que ahora no es más que un edificio abandonado. Entonces se va de allí a caminar o a tomarse un café. No he podido deshacerme de la rutina dijo, si lo hago me muero. Era una de esas cosas, que no esperas oír y que te empujan a un abismo crítico. He pasado semanas pensando en ello, porque creo que yo soy en potencia, alguien cuyo único asidero al mundo real es la constante repetición de los mismos actos sin sentido. Especialmente cuando marco mi tarjeta de asistencia en la oficina. Quizá por eso me entretengo buscando esos momentos luminosos en los que se rompe la rutina. Para mirar desde el filo. Para saber que estoy vivo. 

6.1.08

compañero

Era un almacén monocromático: blanco, gracias a la iluminación que proveían las lámparas de gas. Estaba lleno de estanterías, atestadas con frascos, dispuestos de acuerdo a su color y tamaño. Herminio, el encargado del negocio, gustaba del orden. Al punto de lo enfermizo. Y allí estaba, gozando de su reino, ataviado con su uniforme perfectamente planchado, tamborileando los dedos sobre el mostrador, mientras veía como un cliente se apostaba cómodamente sobre el amueblado de jardín en exposición; a pesar del rótulo que advertía no hacerlo. Estaba siendo paciente, como siempre. Y es que, Herminio se definía a sí mismo como una persona justa, y consideraba que la experiencia de sus ocho años en prisión, estaba superada. Un milagro del Espíritu Santo, decía. Pero ya habían pasado quince minutos, y el hombre permanecía sentado sobre el amueblado. Y Herminio decidió ponerle fin a la situación. Cerró la caja registradora con llave, se apartó de su cubículo y se enfiló hacia el final del pasillo, donde estaba el tipo ensuciando el producto, mientras hablaba cómodamente por teléfono. Posó su mano sobre la espalda del cliente para avisarle del inconveniente. El hombre volteó y sonrió. En su mano derecha tenía un revólver. Y con él apuntaba hacia la cabeza de Herminio, quien lo reconoció de inmediato. Habían pasado cinco años en la misma cárcel. Pero Herminio nunca supo su nombre, sólo su apodo. El tipo explicó que se trataba de un asalto. Y le pidió a Herminio que vaciara la caja registradora. Caminaron hacia ella, lentamente. Una pareja que se encontraba en el interior de la tienda, al ver lo que pasaba, se tiró al piso. Herminio sacó las llaves de su bolsillo. Apagó la radio, tomó el dinero y se lo entregó al asaltante. Enseguida, se tiró sobre sus rodillas. El tipo empujó su arma contra la barbilla de Herminio, alzándole el rostro, como intentando reconocerle. Pero no dijo nada. En vez de ello, amenazó a todos, gritándoles que si llamaban a la policía los iba a matar. No había necesidad de ello, se sobreentendía. Luego huyó por la puerta principal, en plena carrera. Herminio se levantó y ayudó a la pareja. Les ofreció una taza de té por cuenta de la tienda. Los tres hablaron del asalto; acordaron no denunciar al ladrón. Y la pareja se fue de la tienda, dejando a Herminio sólo, viendo fijamente la caja registradora. Sabía exactamente cuánto dinero tenía antes del asalto. Eran más o menos cien dólares. Estaba claro: no podía informar del asalto, menos al dueño. Éste, podría investigar y enterarse de sus antecedentes criminales. Lo despediría, eso era seguro. No podía darse ese lujo. Cerró la tienda por un momento y fue al cajero automático, de donde sacó los cien dólares de su cuenta. Luego, regresó y los metió en la caja. Apagó las luces y cerró la persiana del local definitivamente. Al llegar a casa, buscó su agenda de teléfonos. Hizo un par de llamadas y consiguió la dirección del asaltante. Le subió el volumen a la radio, tocaban música de alabanza. Mientras tanto, Herminio cargaba su arma.