30.4.08

como un árbol, plantado al borde de las aguas

Llevaba quince minutos dentro del auto. Noel estaba en la tienda de mascotas vendiendo sus animales y yo vigilando las cosas desde fuera. La vitrina del local me lo permitía. Noel finalmente quería deshacerse de ellos y me pidió que lo ayudara trasladándolos a donde el veterinario que los va iba a comprar. Era un tipo viejo y con peluquín, el veterinario. Examinaba a los animales con gozo. No puso objeción con los perros y con el gato. Pero sí con el loro. A su parecer el animal estaba descuidado y tenía razón: Noel no le había dado de comer lo suficiente. En fin, no aceptó al animal. Noel le refutó, pero el trato estaba cerrado; así que tomó el dinero de los perros y el gato y se llevó consigo al loro. Colocó la jaula en el asiento trasero del auto. Yo saqué un cigarro, pero de inmediato me pidió que no lo encendiera para que no se enfermara el loro. Joder, este animal va a traernos problemas, refunfuñé. Entonces Noel se puso a dar vueltas como un desquiciado. No quise preguntar por nuestro rumbo porque me pareció incierto, aunque Noel manejara lento, lentísimo. Después de andar una hora, llegamos hasta una zona aledaña a la ciudad y nos estacionamos frente a una casa vieja, de dos niveles con un rótulo de cerveza que pendía de un hierro nacido de la fachada. El anuncio se balanceaba con el viento y parecía estar a punto de caer. Noel se bajó del auto. Ya sé qué hacer con este animal me anunció solemne. Yo pensé que lo iba a abandonar allí a su suerte, o lo iba a liberar como si fuese una paloma mensajera. Pero me equivoqué. Se acercó a la puerta de madera y llamó a ella varias veces. Una mujer con unos mínimos shorts abrió y de inmediato abrazó a Noel. Platicaban de algo y se acariciaban los hombros entre sí. No pude averiguar de qué, porque el maldito loro no dejaba de parlotear. Encendí finalmente mi cigarro. Noel entró a la casa y cerraron la puerta. Me dispuse a esperar, reclinando mi asiento. Lejos, unas niñas jugaban a la rayuela. El cielo parecía más brillante de lo usual. Había calor. Estos meses son así en el Istmo. Un niño pasó en bicicleta con un canasto de pan sobre la cabeza. Un anciano sentado fuera de su casa en una silla de madera, no dejaba de verme. El loro no se callaba. Me bajé del auto. Sondeé la casa buscando a Noel. Ni rastro. Las ventanas estaban todas selladas. Pero acercándose se podía escuchar las risas de adentro. Una, pertenecía indiscutiblemente a Noel. Las otras eran de mujeres, algunas se oían muy jóvenes. Husmeé entre las rendijas de la madera y pude ver a Noel abrazando a una mujer, sentada sobre sus piernas. Pronto distinguí la verdad: no era una mujer, era una niña, de unos catorce o quince años. La mujer de los shorts sirvió cervezas en la mesa. Noel tomó un sorbo del vaso y luego tomó a la niña por la cintura y la llevó hasta unas gradas. Se perdieron por allí. Me alejé de la ventana y me dirigí al auto. El viejo sentado en su silla no dejaba de verme. Me fumé otro cigarro. Por fin, Noel salió de la casa, con la camisa desabrochada y abrió la puerta trasera del auto. Tomó al loro y lo llevó hasta la puerta del lugar, donde la mujer de los shorts lo recibió y pronto llamó a alguien de dentro. La muchacha salió a la calle. Tenía puestos una blusa transparente, que mostraba sus pechos y una minifalda. Le dieron el loro. Noel también le dio unos billetes y le acarició la cabeza. Luego se despidió dándole una palmada en las nalgas a la mujer de los mínimos shorts. Cuando se subió al auto lo puso en marcha de inmediato y empezamos a dar vueltas otra vez por la ciudad. Hasta que un semáforo en rojo nos detuvo. Noel me miró y me suplicó: no vayas a contarle nada a Amanda, por favor. No pude responderle, sólo saqué mis cigarros y le ofrecí uno. Yo también tomé uno y lo encendí. Fuera, en la calle, un niño paseaba a un perro que se parecía mucho al que Noel acababa de vender. La luz de la tarde volvía todo cálido y la ciudad empezaba a prepararse para otra noche. Una en la que debería hacer cualquier cosa para olvidarme de los ojos de ese viejo que me miraba inmutable desde su silla. Apostada frente a la casa vieja, desde donde vio crecer a la niña que hoy tiene un loro. Uno que no deja de parlotear.

20.4.08

aquella luz, es una llama que arde?


La cotidianeidad entre otras cosas, enceguece. Esconde bajo la espesa bruma de la rutina, las cosas que sorprenden al ojo inocente. Esta ciudad por ejemplo, vista en mi condición de peatón no me parece la misma ahora que la examino desde la impresionante perspectiva que ofrece el ventanal de la casa de Horacio. Ha sitiado su mansión en una de las altas montañas del sureste de Guatemala y desde esta altura, a esta precisa hora en que nos nace la noche, la ciudad es un manto luminoso e intermitente. Un río de lava escupido por un gigantesco volcán que cotidianamente se ve dormido. Es una tierra incandescente esta, de muchos volcanes, y su centro: una ciudad que arde, entre disparos de fuego. Es muda la ciudad tras la ventana. La música de la fiesta le calla los murmullos. Horacio ha dispuesto invitarme a otra de sus farras. Celebraciones que fabrica con el único objetivo de incrementar su bien ganada fama de dandi generoso. Elegantes meseros reparten canapés y cócteles. Un vistazo alrededor me da la primera impresión de la fiesta. Un examen general de invitados. Es siempre la misma lista de nombres, organizados en idénticos grupos, pero con distinto peinado cada vez. La misma gente regodeándose de las mismas glorias. Es como si hubiesen tomado una fotografía, la hubiesen publicado en la sección de sociales del periódico y luego la expusiesen en cada celebración habida. Una imagen congelada de gente, conversaciones y relaciones sociales. Me aburro, intensamente, me aburro. He venido porque me hacía falta salir de casa. Últimamente he pasado mucho tiempo en silencio. Ordené mis libros. Revisé viejas notas. Regué mi jardín. Desconecté para siempre el teléfono. Limpié el frigorífico. Vaya, hice de todo para conseguir una idea concreta, clara, que me ayudara a seguir escribiendo. Pero nada. Son ya dos semanas sin ninguna iluminación concreta. En cierto modo, esto me ha hecho recordar porqué abandoné la idea de ganarme la vida con mis textos. Lo que me hace falta, ahora lo sé por experiencia, es sufrir un acontecimiento disparador. Dos o tres segundos intensos que me hagan resucitar de este letargo, este período mutis mutandi en el que involuntariamente me he hundido. El jolgorio de la gente, me llama la atención; lo provocan Horacio bajando las gradas, abrazado como siempre de una mujer, notablemente hermosa y anónima. Esta vez es una morena con un vestido que deja saber por qué Horacio se ha interesado en ella: las curvas, el volumen de las curvas, el color de las curvas. Ningún interés mueve a Horacio tanto como el placer que una mujer es capaz de darle. Lo sé, me lo ha dicho, lo he visto. Lo conozco desde hace quince años, cuando empezábamos la adolescencia en un colegio de curas. Horacio, al contrario de lo que se esperaba de nosotros en el colegio, se volcó a un hedonismo intelectual que luego se manifestó sin mesuras en el plano concreto ya en nuestra madurez. La buena fortuna familiar, le ha hecho más fácil el camino. Y si bien, hoy labora al igual que yo en una profesión en la que el lucro es ajeno, el dinero llega a sus manos de diversas y generosas fuentes. Ambos somos catedráticos en la universidad donde egresamos. Horacio imparte Ética y Filosofía. Por mi parte, me inicié como catedrático de Historia de las Religiones y ahora, por propio abandono, he llegado a ser un maestro de cursos libres de redacción y oratoria. Al principio me pareció una idea beneficiosa, puesto que proyecté terminar finalmente una novela que ideé hace cinco años. Quería publicarla y para ello me deshice de los compromisos que me absorbieran tiempo. Pero ahora, seis meses después, tengo las mismas notas de hace cinco años llenas de tachones nuevos, la casa llena de cenizas de cigarro esparcidas por doquier al igual que botellas de güisqui vacías y libros que me han hecho recordar que los temas esenciales han sido agotados por los griegos y alguno que otro contemporáneo, apropiándose de toda posibilidad de belleza en el lenguaje escrito. Pero no soy de los que se rinden fácil; Horacio tampoco. Ahora saluda a otros invitados y se aproxima a mí. Me presenta a Débora, la morena que lo acompaña. Es una mujer agradable de suaves manos y un finísimo y largo cuello sobre el cual pende un collar de brillantes que supongo es regalo de mi colega. Hay algo especial en ella, a parte de que es una mujer elegante y contrasta con las últimas conquistas de Horacio. Ahora recuerdo a las brasileñas en semana santa, por ejemplo. Pero bien, además de la encantadora Débora, Horacio me remite después del breve saludo, con un viejo conocido: Noel. Lo conocí cuando era una promesa joven de la poesía, junto a su novia, Amanda. Se casaron y recién se ha separado, según me cuenta. Fue algo terrible, no teníamos hijos, pero sí dos perros, un gato y un loro al que nunca le tuve cariño. Tú sabes que uno no puede ser del todo fiel, llevábamos once años juntos y tres de novios; un buen día me conseguí un amante y Amanda se enteró. Fue un desastre, un mar de lágrimas y reproches. Me echó de la casa el mismo día, junto con los animales, tomé el auto y los metí allí. Anduve una semana completa buscando un apartamento donde los aceptaran, hasta que finalmente Horacio me alquiló una casa en el norte de la ciudad. Yo brindé a su salud y luego lancé el dardo: y todavía escribes, Noel? Hubo una pausa silente de su parte, volteó a ver la ciudad tras el ventanal. Escudriñó el horizonte y por unos segundos pensé que se había sumergido en un abismo espiritual del cual no lo podría regresar. Pero pronto volvió la mirada hacia mí y me disparó a quemarropa: lo he dejado. Escribir, es una cosa de locos, Julio. Si lo vas a tomar en serio, si de verdad quieres escribir dos o tres líneas que valgan la pena debes tener en cuenta que a cambio habrá un sacrificio. Uno muy grande, uno que yo no estoy dispuesto a dar. Creo que me estoy perdiendo, pensé, pero de inmediato, Noel continuó explicando: Las historias más genuinas, ya están escritas todas, ocultas eso sí en un plano surreal. El verdadero escritor es sólo una ventana entre ellas y el lector. La idea no puede ser entendida sino bajo el frágil sistema de lo místico. El universo en sí, no puede ser sostenido sino por la iluminación! Todo tiene un lado oculto a la vista: ves, la ciudad, desde acá, cuál es el lado qué ves? Y su espalda? Has visto las cosas de verdad? Por ejemplo, este vaso: no le ves completo, ves un lado. El escritor debe ver todos los lados al mismo tiempo si quiere comprender un objeto. No se puede describir algo si no se conoce el objeto a cabalidad. Y para ello debe trasladarse el escritor al otro plano, a la espalda oculta de las cosas. Bah! Y cómo vas a hacer eso, Noel, las drogas son para gente mucho más joven que nosotros! Oh, no estoy hablando de las drogas, Julio, hablo de algo mucho más exigente: para ser un escritor, debes vivir en un plano dual de ficción y realidad. Y para ello, debes desdibujar una gran parte de ti, acá en el mundo real. Ser un fantasma, me entiendes? Un testigo mudo, silente, una sombra que absorbe de la luz ajena la iluminación de sus letras. No tomar parte, vamos, no ser! Y esa parte tuya que se borra, existirá en otro plano, el irreal y esa dualidad hará que seas una ventana entre la historia y el lector. Joder, estás loco, Noel! Dije y cambié de conversación. Hablamos del clima, como todos los idiotas que no saben de qué más hablar. De los cuadros que llenan las paredes de la casa de Horacio. De nada. La fiesta terminó tres horas después y yo estaba sino borracho, a punto de estarlo. Me despedí de mi anfitrión y de Débora. A Noel lo perdí cuando se acercó a platicar con sus ex editores. Era la madrugada del sábado diecinueve de abril. Obscura, fría. Las calles desiertas, mientras las recorría en el auto, en silencio, con la radio apagada. Me detuve en la carretera, camino a casa, para darle un último vistazo a la ciudad, desde la perspectiva de esta montaña. Apagué el auto y me quedé allí largo tiempo, pensando en lo que Noel me dijo. Suena desquiciado, lo sé, pero cada vez encuentro más verdades en sus palabras. Hay que despojarse de uno. Un plan asceta para escribir. Una madrugada que se pierde en el olvido. Amanece. El tránsito empieza a fluir mientras sigo aparcado viendo la ciudad. Aún no me armo de valor para regresar a casa, porque sé, que cuando llegue allí, las líneas epidérmicas de mis dedos habrán inevitablemente, empezado a borrarse, sustituyéndolas líneas ficticias, imágenes. Y una ventana empezará a dibujarse en mí; o bien, un infame engaño, que sólo yo podré desenmascarar.

+imagen: Guate360

6.4.08

dibújame un futuro, profeta


Una hoja de papel que contiene nombres de calles escritas a mano y un boleto de avión situados sobre la mesa al costado de mi cama. La cortina meciéndose de afuera hacia dentro, la luz intermitente de una tarde que empieza a caer. Los pájaros migrando hacia sus copas aprovechándose de una ráfaga de viento y con ellos, vuelan también la hoja y el boleto. Un pasaporte y dos jeans perfectamente doblados sobre la cama. El aviso inequívoco de que te vas, amante viajera, brisa que fluye, nómada Ruth. Extranjera, siempre, en cualquier lugar. Tu hogar es la redonda extensión del planeta: las playas donde las olas borran mis pasos, las mesas para dos en los cafés, los cines donde veré a los amantes besarse sin pudor, los taxis que me llevarán a donde no estás, las camas de los hoteles en donde no hicimos nunca el amor. Ubicua sibila, has hecho tuyos todos los sitios y en cada uno forjaste las letras ardientes de tu nombre. Condena que cae sobre mí: en cada lugar a donde lleve esta presencia que comienza a desdibujarse, te empezaré a recordar. Diré tres veces tu nombre y una parte de mí, inevitablemente se desprenderá: echará raíz: dará frutos y florecerá cada abril cuando el calor se deje sentir. Y bajo su sombra, los amantes se despojarán del pudor y de las ropas. Y los acogerá cuando duerman borrachos el largo sueño del placer. No te encontraré, lejana Ruth y me desprenderé en trozos, perderé mis fronteras y a cambio, se me dibujarán nuevas formas con la exacta simetría de tu piel. Seré una reverberación de tu luz, una sombra que te nace lejana, desde esta noche, cuando te lleve finalmente al aeropuerto y tomes ese avión que te llevará al exacto sitio donde no te encuentre mi tacto. Empezarás inexorablemente a dejar de ser tú y transmutarás a una suerte de desierto que me absorberá por completo el alma. Llegarás a una ciudad repleta de calles que no te reconocen y parques en plena destrucción. Serás bautizada con el anonimato de las multitudes y tu nombre no será signo de rebelión. Porque bien sabes que nadie podrá darte el imperio, rendirte un sitio como yo: la ciudad es tuya, está a tus pies: puedes encenderla en llamas y dejar que ardamos aquí los libros, los otros y yo. Pero nada harás Ruth, sino largarte. Mujer que empaca sus perfumes. Mujer que se abstiene de mí. Cintura que tomo sin aviso. Cuello que beso de principio a fin. Boca donde resuelvo dejar mi sabor. Te tomo contra mí y siento tus pechos llenarme el corazón. En este preciso instante, daría todas mis miserias por volverme pesada ancla que no te permita dar dos pasos fuera de aquí. Pero soy leve, mujer que abrazo, mujer a la que amarro todos mis días felices. Espalda que recorro con mis manos, mientras la intento dirigir, así como se dirige la nave de un náufrago, moviéndose lento al ritmo de un piano imaginario que empieza a sonar. Lloren desconsolados los pasos que no dimos, los versos que no te escribí, las palabras reservadas para el amor que tus oídos no alcanzaron a oír. Baila conmigo Ruth, encuéntrame entero, reconoce que me has llenado todo de ti. Y luego déjame de una vez, lárgate hacia donde no te vea y procura que cuando alces el arco, a donde mandes tu flecha, sea el más fatal y certero de todos los disparos que has de disparar. Incéndialo todo Ruth, que nada permanezca. Vuélvelo todo cenizas tras de ti. Constrúyeme un camino con largas columnas de fuego que me lleven hasta donde estés: lejos, en el anonimato de las ciudades que no has conquistado, donde tu mensaje no sea ley, sino murmullo para los sordos. Yo te iré a buscar, mi amante, mi preciosa Ruth, cuando tenga la certeza de que en esta ciudad no queda nada tuyo, que no queda partícula por recolectar.




Imagen tomada de skyscrapercity