31.12.09

Amalgamas Errantes

Te Prometo Anarquía es un proyecto cuyo fin es crear un espacio de difusión para la obra de fotógrafos, escritores, pintores e incluso graffiteros que permanecen inéditos en Guatemala. Su fundador, Rafael Romero, es un reconocido escritor y blogger que desde España, sigue al frente de este proyecto virtual.
Para celebrar su segundo aniversario, se reunieron varios textos y fotografías, entre los cuales figura un cuento de mi autoría.
Les dejo el link:


Para que echen un vistazo. Los otros participantes son geniales y merecen ser vistos uno por uno. Un abrazo para ustedes y feliz año. Ya la otra semana, este blog seguirá con sus post efusivos y alegres como siempre.

J.

20.12.09

El Tiempo




Una entrevista con el Tiempo, en ocasión de las fiestas de fin de año. Publicada por la revista Magacín de Siglo XXI.
Felices fiestas, un abrazo enorme.


ilustración de Alejandro Azurdia

15.12.09

Casa

Crucé la calle. De reojo pude ver a los policías apostados en ambas aceras, impidiendo con barreras metálicas el paso hacia el Palacio Nacional. Días antes vi como desalojaban con agua y palos a algunos sindicalistas que llevaban instalados en el parque central poco más de un año.
Levantaron casas hechas con pilares de madera y techos de lámina y plástico. Luego le alquilaron la casa a las putas que trabajan en las bancas del parque, bajo las sombra de los raquíticos árboles que sobreviven. Lo sé porque escuché el gemido de las mujeres cuando pasaba al lado de la construcción.
Ese día, toda la gente se acumuló alrededor del desalojo. Los mirones estábamos en silencio. Ahora lo recuerdo cuando veo las nubes estáticas resistiendo las ráfagas de viento frío.
Tengo que inclinar brevemente el cuerpo para seguir avanzando. La sombra del Palacio empieza a cubrirme. Al entrar plenamente en ella, distingo una figura conocida: el pelo absolutamente alborotado por el viento. Largos rizos sin peinar desde hacía mucho. Una espesa barba que le hace ver, junto al pelo, como un cavernícola. El sobretodo amarillo pálido, la corbata, la camisa blanca. El pantalón café. Todo limpio. Es Fernando, le conozco porque trabajamos en la misma institución hace siete años.
Se encargaba de administrar los viáticos y algunas compras menores. Luego comenzó a tener un comportamiento errático. Hablaba en inglés, según él, pero sólo imitaba el acento de un estadounidense masticando el español. Solía abandonar su puesto durante largos períodos de tiempo. Nadie sabía a dónde iba.
Fernando ahora es un indigente, pero con estilo. Renunció y no se sabe con exactitud qué es lo que hace. Con varios colegas, le hemos encontrado vagando en las recepciones y cócteles. Ahora dice que es el Doctor Fernando Tolstoi, y habla como si fuera ruso. Lo hace para comer gratis en los banquetes. No es el único, otros ex colegas han tenido que tratarse luego de trabajar con criminales. Uno de los médicos tiene alucinaciones con las víctimas de homicidio. Otro abogado, alucinaciones paranoicas con su madre muerta.
Fernando pasa a mi lado, me mira de reojo y sigue caminando. Quizá lleva prisa para llegar puntual a su cita en el Palacio. Tiene que comer. Yo continúo contra el viento.
Un viejo temor aparece y me recuerda su existencia. De niño, miraba con fascinación a los vagos. Les temía, creía que mi destino era convertirme en uno. Ya terminando la adolescencia, supe que aquello no podría ser.
Los vagos son sucios y yo no soporto la mugre. En realidad no es la suciedad lo que me desespera sino la comezón. Rascarse es algo tan placentero y doloroso a la vez. Dejaría de pensar y me rascaría todo el día. En fin, no, nunca seré un vago y si voy a convertirme en uno, quizá sea como Fernando. Yo sería el Doctor Praduski. Expulsado de Francia por chaparro y de Italia por triste. Un apátrida.
La fantasía me consume cuando cruzo la siguiente esquina. Me detengo. Pienso en el trasfondo de esto. En Pessoa que acaba de noquearme en el primer round con su Tabaquería. En el nudo que llevo en la garganta desde hace ocho cuadras. En las mudanzas, lo triste que son las mudanzas cuando ves tu vida pasar en los hombros de cargadores que ignoran cuánto te hizo feliz una cama.
En cada casa donde viví, se quedó guardado un enorme trozo de mi vida. Y si todavía ningún bien aparece registrado a mi nombre, es porque yo me niego a tener una casa, a construir una.
Lo que yo quiero es imaginarme un hogar, porque esa sería la única forma en que podría habitarlo.
Paso la calle, llego al restaurante. Tengo hambre. También una lágrima que detengo con todas las fuerzas que me quedan.

10.12.09

En busca de la felicidad navideña




Mi emisora de música clásica ha dejado la severidad de otros días y transmite música navideña. En el patio de mi oficina se escucha ensayar a la sección de vientos de la Sinfónica Juvenil de la Municipalidad. Ellos replican el espíritu navideño con melodías de la época. Estoy rodeado. Tengo que hacer algo para encontrar felicidad y paz, para después salir dando brincos cantando yinguel bels, yinguel bels, yinguel bels mientras agito mi cabeza o me volveré loco. Leo mis textos y no ayuda. Me dan tristeza. Leerme me hace llorar. Así que decido como primera estrategia deshacerme de esa voz narrativa que expone mi dolor en el blog como si fuera prostituta holandesa, y voy en busca de la felicidad. Pero ¿qué hace la gente para ser feliz? A ver. Busco en mi lista mental de recuerdos felices. Comer. La gente gordita es feliz dice mi abuela. Voy por una hamburguesa. Se supone que cuando el queso se derrite sobre la carne provoca una reacción química que da felicidad. Yo llevo casi tres meses siendo ovolactovegetariano la mayor parte del día. Pero vamos, una pequeña hamburguesa de dos mil calorías no me hará daño. Le doy las primeras mordidas. Me pregunto si la vaca fue feliz. La lechuga y el tomate se ven felices, tan coloridos. Pero la carne no. Tiene unas irregulares burbujas que le nacen. Una de esas burbujas es idéntica a mi jefe. Joder. Intento concentrarme para sentir el advenimiento de mi felicidad hamburguesera pero me interrumpen los gritos de un viejo. Habla con sus amigos. Parece una reunión del colegio promoción 1935. Grita algunas pendejadas acerca de un ingenio. Bah. Hamburguesas viejo, habla sobre hamburguesas. Creo que está sordo. La vejez es injusta. Uno va perdiendo el oído, la vista, los sentidos, incluso se te priva de tu vida sexual sin químicos. Debería ser a la inversa: hay tantas cosas que de joven no quise ver ni escuchar, y que ahora, ya más cerca del final de esta vida promedio podría asimilar adecuadamente. La vejez es entonces la negación de la experiencia: no tiene ningún sentido acumularla, sirve al final, sólo para morirse sonriendo en un hospital mientras una enfermera te lava el culo. Maldición, ese no es un pensamiento feliz. Mejor me voy de acá. Doy rápidos bocados a la hamburguesa, papas, trago de soda, hamburguesa, papas, trago de soda, tos. Mucha tos.
Salgo y me dirijo al café. Me siento en la barra, intento que nadie me reconozca. No quiero que nadie se entere que busco conseguir una sonrisa navideña. Pido el café de siempre: cuatro exquisitas onzas de expreso y un toque de leche que no le quita ni un céntimo ni del color ni de la densidad al petróleo que da vueltas en una taza de cristal transparente. Una señora al final de la barra mira con asombro mi taza. Le pego un trago. La señora me ve como si fuera el primer junkie de su vida. Me alegra. Empiezo a sonreír. Joder lo conseguí.
..
Al menos fueron dos segundos de sonrisa neta. Luego, un inmenso dolor de estómago me sobrevino. Maldita hamburguesa.

2.12.09

Rockstar: Santiago



me siento tan abandonado
como un telégrafo
las palabras se me atoran
entre los oxidados engranajes
nada funciona
el corazón se toma un descanso

pero tú no
sigues bailando
sobre la desgastada pista de mi pecho
donde escribo tu nombre
pájaro hermoso
volando hacia el verano

24.11.09

Caballos

Abrí la ventana del auto. El abrumador sonido del viento hizo que se perdieran las palabras de mi abuelo. El viejo hablaba, conducía y fumaba. Sintonizaba la radio. Nos hacía llegar a la finca de Tomás, su amigo, en menos de hora y media. Le fascinaba estacionar su auto celeste, mil novecientos setenta y uno, bajo la sombra de un limonar y unas palmeras. Luego abría la cerca. Yo escuchaba a las chicharras quejarse del calor. Aquello era un desierto. Esa vez dormiríamos allí. Era sábado lo recuerdo, no había escuela. No creo haber tenido permiso de mi madre para dormir en ese sitio. No lo creo. Mi abuelo era quien decidía llevarme.
Entramos a la finca. Nos recibió Tomás y luego su esposa. Ambos vivían en una construcción, que servía de casco a la enorme finca donde aun nacen tomates, cocos y varios segmentos de milpa. Un río atraviesa el terreno y el sol lo cubre por completo. La luz brillante hacía que las arrugas de Tomás saltaran en su rostro. Se colocó el sombrero. Sudaba. También su esposa, Ofelia, junto al fogón donde preparaba la comida. Mataron una gallina. Comimos, mientras nos limpiábamos el rostro con un trapo y espantábamos a los perros con el mismo artefacto. Las moscas vinieron luego.
La tarde cayó lento. Intenté caminar hacia el río pero sentí que los pies se encendían en llamas. Aquello era el mismísimo infierno y mi abuelo no hacía más que recordar que antes habían bosques de cedro. Yo añoraba el río. Aguas cristalinas pasando al ras del suelo bullendo. Un puente colgante donde había jugado antes. Pero el maldito calor no me dejaba caminar los doscientos metros hacia el agua.
Fui hacia una pila. Tomé una enorme cáscara que servía como recipiente y la llené con agua. Dejé caer un chorro sobre mi cabeza. Tomás se reía y veía sus enormes dientes resaltados por la ausencia de algunas piezas. Ofelia soplaba el fuego de nuevo. Las gallinas corrían pensando que iban a morir.
Cenamos.
La noche entró junto al frío y yo no puse demasiada atención a las estrellas. Ahora extraño tanto el brillo titilante y multicolor de las noches. Sin embargo, esa vez puse atención a la cama. Mi abuelo dormía en un catre, a mi lado, en la misma habitación. En el dormitorio contiguo, Tomás y Ofelia fornicaban. Oía los gritos de la vieja. El crujir del camastro. Los grillos, las chicharras. Pero no puse atención a las estrellas.
Al día siguiente Tomás me llevó a ordeñar una vaca. La leche salía caliente. Entendí que también era un fluido cuando la espuma me inundó la boca con el primer trago. Sabía dulce. Luego me dejó subir a su caballo.
Cabalgué y llegué al río. Era una alfombra translúcida y helada donde dejé que mis pies se acostumbraran de nuevo a la frescura de la humedad. A la superficie lisa de las piedras. Varios peces viajaban con el agua buscando el océano.
Yo me devolví a la finca, en el caballo. Era un animal hermoso. Tan grande y dócil que me recordó a Ofelia.
Nos fuimos por la tarde del domingo.
Pero mi abuelo buscaba resolver algo y volvimos a ese sitio dos meses después.
El caballo estaba enfermo, se fracturó una pata cuando cabalgaba por una quebrada. Tomás estaba triste, así que tomó una pistola. Y frente a mí, le asestó un tiro al caballo. La sangre empezó a correr hacia un océano que navegaré cuando vuelva a ser sensato.
El sol volvió el charco de sangre opaco y espeso. Pequeñas islas de polvo emergían en él.
Ofelia seguía en el fuego.
Mi abuelo permanecía en silencio.
Un enorme amor por los caballos me nació junto a las plantaciones de tomate, milpa y frijol.
Para un caballo la muerte viene como un alivio. Tal y como yo la espero.
Esa noche, puse atención a las estrellas.

16.11.09

Juez

Dos hombres se sientan frente a mi escritorio y ponen sobre él, un pliego de hojas llenas de fotos y de letras. Son los informes que pedí ocho días atrás. Sus enormes barrigas y sus camisas con los botones desabrochados hasta el esternón los delatan: son los policías. Se ríen. Conversan. Ponen sus gruesas manos sobre sus muslos para contrarrestar el peso de sus barrigas.
Con esos informes y con las otras pruebas que ya tenía, imprimí el escrito donde pediría al juez que me dejara entrar a la casa. Tenía puestos mis zapatos negros, vamos, todos saben que cuando los llevo es porque romperé alguna puerta. Ese día sería para rescatar a una niña de once años y a su hermana de quince de uno de los más grandes prostíbulos de la ciudad.
A los hombres les gustan tiernas, dice uno de los policías. Me cuenta que el otro día fue hacia Retalhuleu una ciudad del interior del país. Allí entró a un sitio donde fue a rescatar a mujeres encadenadas en las camas, donde las obligaban a coger con los clientes.
Estaban todas flacas, me dice. Me daban tanta tristeza, no comían, amarradas, con sus trajes típicos a los camastros. Pero qué se puede esperar de esos lugares, si hay algunos donde subastan vírgenes los primeros viernes de cada mes.
Les sirvo café. Lo beben como agua. Me tomo una pastilla de litio. Mi querido carbonato de litio.
Salen los policías en sus autos disfrazados de civil hacia quién sabe qué destino. Seguro nada bueno harán, quizá extorsionar a algún dueño de bar. Yo salgo hacia el juzgado.
Al llegar, una enorme fila de gente me espera. Me dispongo a aguardar por mi turno, para hablar con el juez y explicarle que necesitamos entrar al bar. Delante de mí, una señora luce todavía golpeada. Reparte su tiempo entre llorar y mecer a su hijo de brazos, mientras otra niña pequeña se prende de su pierna. Quisiera fumar. Quisiera encender un cigarro y apagármelo en el brazo izquierdo y despertar de una maldita vez.
Permanezco en silencio y continúo en la fila.
Oigo que la mujer ha sido golpeada por su marido. Atrás siguen una muchacha con sus padres. La abusaron. Recuerdo que es fin de mes. Que acaba de pasar un fin de semana largo. Que ser hombre es hacérselo saber al mundo con meados, semen y sangre.
La fila avanza.
Permanezco sin hablar. Cuando trabajas con el dolor ajeno, te empiezas a vaciar por dentro. Le dejas espacio al dolor, le permites habitarte. A mí me llena el dolor de doce niños abusados y veintidós niñas prostituidas. Son los casos que llevo investigados con solución. Los otros no me habitan, me succionan.
Conozco bien ese juzgado. Un abogado tomó a mi ex mujer por el brazo acá. Se la quiso llevar a la fuerza. También le quiso meter mano. Es un lindo sitio éste. Los policías uniformados chulean a las mujeres.
Trato de pensar en otra cosa. Trato de no pensar. Trato.
Entro a hablar con el juez. Es un tipo joven, con gafas a media nariz. Lleva puesta una camisa corinta bastante desgastada. Su pelo grasoso me hace pensar que hoy evadió el baño. Un tipo así te da una mala impresión hasta en una cantina. Ahora, es el Señor Juez y deberá resolver mi solicitud.
Le explico lo del bar, la niña, once años, quince años, la hermana. Urgente.
Se reclina en su silla y se mueve en semicírculos.
Me mira y me hace preguntas.
Las contesto todas: once años, quince años, prostitución, hondureñas. Bah.
Me dice que me permitirá entrar.
Ya de pie, me despido y abro la puerta. Antes de salir, el juez me dice: “ese lugar es lindo, hay buenas muchachas allí. Si encuentra algún amigo mío dentro, ahí se lo encargo”. Se ríe.
Trato de sonreír pero más bien me sale una mueca de asco.
Afuera, la señora golpeada, calma a su hijo de brazos y la muchacha abusada llora con su madre.
Es su turno de hablar con el juez. Les toca explicarle su dolor. Mientras que para mí, al salir a la calle, una invasión de aire, humo y ruido me recuerdan que es lunes. Un día cualquiera, que se repetirá hasta la saciedad.
Subo al auto y voy por las niñas. Sé que hoy tampoco podré dormir.

7.11.09

Rockstar: Thom Yorke


hay tardes soleadas
secas y desbordadas
en las que intento disipar
mi angustia sobre las aceras

hay tardes eternas
sentado en la sala
de mi médico psiquiatra
en las que siento que la vida
es una oficina burocrática
llena de gente esperando
a que la muerte los atienda
mientras cuentan sus desgracias

sólo queda
perder el tiempo fumando
bebiendo
follando
leer un buen libro pensando
todavía no me toca

tengo
cientos de noches pensando
en los autos dispuestos
en filas hirvientes
con radios tocando
canciones que no sé bailar
y al menos quisiera
aprender a callarme
para dejar que sea
mi último segundo
el que diga si mi vida
ha valido la pena
mientras siento que la tarde
se escurre inevitable
entre los espacios vacíos
de mis dedos abiertos

3.11.09

Viento

María Eugenia abre la puerta del horno y saca de adentro, un sándwich de pollo que dispone sobre un plato blanco, al que agrega un puño de papalinas. Me lo sirve.

Yo sorbo de la taza, el cortado largo de siempre. Sabe a caramelo; pero te pega como puño de boxeador. Despierto. Bach suena en unas bocinas salpicadas de pintura blanca.

Antes de comer, veo hacia fuera, como si esperase que alguien entrara. Una ventisca haciendo pendular las lámparas es lo único que viene. Bailan las luces siguiendo al viento y la música.

Leo a Bukowski:Beber es tu respuesta para todo” le dice Sarah, su novia. Hank refuta: “Beber es mi respuesta para la nada”.

Me detengo un breve instante.

Las letras del libro empiezan a ser borrosas. Miro hacia fuera. La danza de los violines y el viento continúa para las lámparas. El sol ilumina un auto rojo, mientras transita la calle. Dos tipos hablan sobre cómo mejorar la economía de El Salvador mientras muerden churros remojados en café.

Ahora mismo me siento un tipo afortunado. Podría ser un condenado que ignora todo sobre su infamia. Podría ser mi padre, huyendo de mí. Sin embargo, soy yo.

Sólo podría ser mejor, si me convirtiese en viento. Para hacer bailar las lámparas y viajar hasta la cama donde duerme mi mujer. Escabullirme entre sus sábanas. Llenarle los pulmones. Tener la suerte de ser sus palabras.

Ella escribe. Yo tartamudeo palabras sobre hojas en blanco.

Esta es mi respuesta para la nada.

Martes como Lunes

El despertador ha sonado no sé cuántas veces ya. A lo lejos escucho la radio. El vecino la enciende todas las mañanas en su patio y me hace escuchar las noticias o el programa de Lucy Bonilla, la dama del buen decir. Despierto con eso. Con el calor de las cobijas aún resguardándome. Con el cielo nublado, con un azul brillante amenazándolo.
Esta es otra semana. Es otro día más. Pero diferente, porque lo primero que hago es tomar la computadora y escribir. Debería hablar sobre las cosas que acabo de soñar. O de la marcha de la gente que veo por la ventana hacia los autobuses, caminando hacia sus trabajos después de un fin de semana largo.
Todo empieza a tener un ritmo mucho más lento en esta ciudad. El frío tiene la culpa. El viento. El hielo que no vemos.
A veces extraño ver el cono del volcán congelado. Me daba paz.

1.11.09

En algún momento ninguno supo herir

Las tardes hace veinticuatro años eran mirar hacia en el cielo el ocaso del azul y la eclosión del rojo, naranja y amarillo intenso, como la primera premonición nocturna.
Eran convencer a mis amigos que las nubes eran estáticas y que la tierra era la que se movía rotando como una pelota en mis dedos.
Eran hallar el orden dentro de un patio repleto de niños jugando.
Esconderme en los árboles, volar una cometa, inventar que era un aventurero perdido en mi jardín.
Las noches, eran resguardarme bajo las sábanas con un beso de mi madre o de mi abuela.
Una cena caliente servida con tanto amor como era posible.
Cielos poblados de estrellas, con una ciudad a oscuras, en silencio.
Sólo el viento quedaba en las madrugadas
Los días hace veinticuatro años, eran la incapacidad de imaginar que hay gente que gasta su tiempo en hacer daño.

26.10.09

Rockstar: Jonathan Davis



la primera vez que un tipo

amenazó con matarme

me di cuenta

que le faltaba un diente

la saliva manándole

en espesas gotas

escapando por el vacío

al tiempo que gritaba:

¡te voy a matar

hijo de puta

te voy a matar

pedazo de mierda!


alguien dijo

que se oía igual

que una vieja loca

echando a un marido borracho

esperé al menos sentirme asustado

o que un frío me invadiera

congelándome la vida

pero hacía calor esa noche

yo sudaba

al tiempo que las palomillas

violaban los focos

de la cárcel donde estábamos


el tipo no sabía

que jugué sobre las tumbas

que mi vida está adornada

con coronas floridas


suicidio es una palabra hermosa

repetida como letanía

las innumerables noches

en las que esperas en vano

que el dolor desaparezca


él hombre me miraba con rabia

esperando que yo me quebrara

pero no pude complacerlo


tampoco él a mí:

sigo vivo

mientras escribo esto

19.10.09

Apostador

El viento se ha llevado las nubes. Las copas de los árboles se mecen con el paso del frío. La luz del sol es un incendio sobre las aceras. Los pájaros, estrellas oscuras flotando sobre colores pastel. El fin del año se aproxima. Todo se vuelve calma. Mis meses favoritos comienzan y me encontraron enamorado de una buena mujer. Mi hijo repite que me quiere. Tengo una sonrisa que me sirve de cobija. Estoy listo para dejar que otro año muera. Aún no me arrepiento de vivir como un apostador: tengo un corazón que nunca pierde.

11.10.09

Legado



Abandonar una casa como se deja una esposa, en plena madrugada.

Moverse lento, como camión paseando condenados a muerte.

Mirar las sombras de mis pasos mientras un avión sobrevuela.

La luz abandona los ojos, las turbinas se silencian con la distancia.

Sólo me quedan los rótulos de neón y las farmacias.


Recordar que entre las sábanas permanece viva una media rota.

Los tacones.

Los cigarros.

Las manos tibias y la cadera levantada.

Una botella de güisqui.

Ocho dígitos en un papel lleno de lipstick.


La mañana empieza oliendo a día fallecido.

El viento frío me obliga a meter las manos entre los bolsillos.

Adentro: un teléfono y unas llaves que no abren ninguna casa.

Recuerdo a mi hijo.

No he podido heredarle más que esto, que es todo.

Una ciudad, un nombre.

Esa mujer que quise.

Y el lado derecho de una cama.


5.10.09

Leaving Hope

Hay luna llena. Me enteré cuando la encontré absolutamente redonda, reflejada sobre los vidrios opacos de un edificio. Su luz penetraba el cristal, hasta llegar a las oficinas. Desesperadamente vacías, inundadas con hojas en blanco que aguardan la tinta del lunes.
Tomé su mano mientras le señalaba el edificio. Ella iba conmigo en el auto. La luz verde me permitió seguir conduciendo.
Cuando era niño, el domingo por la noche obedecía a la misma rutina. Yo miraba el televisor mientras mi madre planchaba mi uniforme del colegio. Recuerdo con claridad el olor, el sonido del agua evaporándose de mi pantalón gris. También tengo en mente esa vez, en la que mi madre prendió la radio y mientras planchaba, hacía pausas para enseñarme a bailar. Me tomaba de ambas manos y dábamos vueltas por la habitación. Con el olor de la ropa recién planchada.
Éramos felices.
Fue la primera vez que quise que los ríos se detuvieran y el petróleo se prendiera en llamas. Para que la electricidad no tuviera ningún reloj que me gritara la hora. Ni me despertara un lunes, con la mañana cayendo como filo de guillotina sobre mis sueños.
Hoy también quise lo mismo. Que la hora fuese para ella y para mí, números de chocolate cediendo ante el calor de esta noche.
Manejé hasta pasear nuestra libertad frente a su oficina y la mía.
Dos soldados custodian mi edificio y junto a dos policías, se acomodaban contra la pared mientras la noche les traía el frío.
Bandadas de autos poblaban las avenidas, viajando hacia sus oscuros nidos.
Me detuve frente a su casa y la besé.
Subí hasta su apartamento y desde su balcón, fui testigo del incendio.
De la muerte de todos los relojes despertadores.
No termina este sueño.
El lunes es tan sólo un estado mental que no resiste el demoledor paso de la ternura.

26.9.09

Allanamiento

Recosté la cabeza contra el asiento, mientras el auto iba en movimiento. Acelerábamos. Las llantas chillaban al doblar todas las esquinas. Eran las cuatro de la mañana. Era mi segundo cigarro. Cada vez que daba la bocanada, sentía el olor de mi mujer mezclándose con el del tabaco impregnado entre mis dedos.

Ella estaría durmiendo. Mi suerte era otra: Yo madrugué para ir al trabajo.

Adelante iban el piloto y Walter, el dueño del caso por el que íbamos a allanar. Se pasó todo el día anterior diciéndome: Julio, el lugar está a la orilla de un barranco, es un nido de ratas, nos van a matar. Yo lo escuché quejarse sin dejar de revolver el café dentro de mi taza.

A mi lado iba sentada Roxana, haciendo preguntas sin detenerse ni un maldito segundo. Walter y Roxana eran nuevos. Yo había cumplido siete años de tirar puertas. De pellizcar mi muerte por las madrugadas.

Todos estaban excitados. Aquello les parecía el suceso más intenso de su vida. Sentí pena por ellos y mucha por mí. Podría drogarme antes de cada diligencia y nadie lo notaría. Así sería otro estúpido más en este carro.

Llegamos al sitio y de las patrullas bajaron rápido los policías, enormes, armados con todo, luciendo sus recién estrenados rifles de asalto y sus chalecos anti balas.

Walter no se bajó. Temblaba en el auto. Roxana preguntaba si tenía que bajar.

Los mandé a la mierda, me colmaron la paciencia.

Algún día le pediré perdón a mi hijo por no querer morir como un cobarde.

Ordené a dos policías subirse al techo de la pequeña casa de una planta. Les pedí que apuntaran a todo lo que se moviera.

Entonces toqué la puerta y nadie contestó.

Tomé la tabla donde se hacen las actas y con ella nuevamente golpeé el metal de la puerta.

Segundos después, un tipo se asomó por la ventana. Me preguntó qué queríamos. Es un allanamiento le expliqué y le rogué que nos abriera.

Me dijo que no.

No estoy preguntándote hijo de puta si me querés abrir o no, te estoy diciendo que si no me abrís, voy a tirar la puerta y te voy a encontrar adentro pedazo de mierda, le recité con mi maldita voz grave de madrugada.

Se fue corriendo.

El policía que estaba junto a mí, que era el jefe de esos perros, le dio un manotazo al portón de doble hoja. Tenía un brazo enorme el hijueputa. La puerta cedió y el policía volteó hacia mí incrédulo y sonriente.

Entramos. El tipo que se negó a abrirnos estaba agazapado en un largo pasillo, escondiéndose en la oscuridad.

Uno de mis hombres lo registró mientras lo engrilletaban poniéndolo sobre sus rodillas.

Todo estaba oscuro y dentro, parecía un laberinto. Los policías encendieron sus linternas mientras apuntaban con sus rifles y sus preciosas miras láser.

Al llegar al final del pasillo, nuestras linternas alumbraron lo que parecía un bulto al lado de un tonel. Un policía se acercó y mientras lo hacía, de entre las cosas saltó un tipo delgado, rapado, armado.

Nos apuntó con su pistola. La luz de la madrugada brillaba sobre el cañón. Se acercó a nosotros y nos dijo que nos íbamos morir.

De inmediato un punto rojo se encendió sobre la frente de aquél hijueputa, preciso entre sus dos ojos.

Luego brillaron otros tres. Los perros de la terraza apuntaban sus armas contra el idiota.

Estás rodeado animal. Bajá la pistola, no seas estúpido. Le advertí, caritativo como siempre.

Comé mierda, contestó, sin percatarse que tras de él, uno de mis hombres le apuntaba con un rifle.

Lo supo cuando el frío del cañón le rozó la cabeza. Entonces bajó el arma y volteó a ver.

Quizá todavía alcanzó a echar un vistazo a la simple belleza de la ovalada suela de la bota del policía que lo pateó en la espalda.

Quizá no.

El imbécil cayó de bruces contra el suelo, perdiendo el conocimiento y también un diente. Me asaltaron unas repentinas ganas de patearlo. Pero no lo hice. Esa mañana, para su fortuna, llevaba suelas de cuero y si lo tocaba, las heridas se hubiesen notado en la audiencia.

Lo engrilletaron inconsciente. Registramos toda la casa. No había nada más a excepción de dos mujeres, una de las cuales, salió a recibirnos con una blusa transparente que dejaba ver sus tetas.

Los muchachos se pusieron inquietos. Era hora de irnos.

Walter se había cagado en los pantalones y hacia el acta de la diligencia. Roxana tenía una cara de pena; ya no preguntaba.

Subimos a los dos tipos a la parte trasera de la patrulla y mientras lo hacíamos, un vecino se me acercó a decirme que estaban agradecidos por llevarnos la basura.

Yo no contesté.

Pensé que era hora de tomar el desayuno. Eran las ocho treinta.

Entonces también pensé que mi mujer a esta hora, ya estaría engañándome con su amante. Tenía cuatro meses de hacerlo.

Encendí otro cigarro. El auto prendió la marcha.

Debí drogarme en ese momento. Antes de la audiencia de esos dos hijos de puta. Nadie lo notaría.

Nadie me pondría atención.

El tipo que me apuntó con el arma sangraba sin decir palabra, mirando, con tristeza, cómo su casa, se iba quedando atrás sin remedio hasta perderse de vista en la patrulla.

Había tanto alboroto ese día.

Todos parecían emocionados.

Era mi séptimo año como servidor público. Había demasiado polvo sobre mi entusiasmo archivado.

11.9.09

The Falling Man

Hemos de aborrecer el cemento de las aceras, de las esquinas. La dureza del concreto, el asfalto que raspa las rodillas.
Habrá que diseñar una nueva ciudad, donde las calles tengan piso elástico, para que caminar hacia el trabajo sean diecisiete saltos de alegría, como carcajadas de niño. Para que con cada brinco, las monedas escapen de los bolsillos y tras ellas los mendigos, gordos de risa, cantando como grillos.
Una infinita cama elástica serán las avenidas.
Salvaremos esa perfecta mañana azul de septiembre:
Dos edificios en llamas, serán como velas puestas sobre un pastel de chocolate.
Un hombre cayendo junto a su tristeza.
Una mujer saltando cincuenta y tres pisos.
Todos volverán a ser niños y no restos que se entierran a sí mismos.
Esa es nuestra estrategia secreta. No habrá terror que nos venza.
Los aviones sólo nos harán cosquillas.

7.9.09

Redoblantes

Es domingo por la tarde y no ha parado de llover. El aguacero cayendo sobre los techos de lámina produce un concierto de redoblantes. Es una tarde solemne. Es un buen día para los entierros. Oyendo a los tambores, viéndo acumularse el agua sobre las aceras, hasta me podría permitir hablar con dios y agradecerle por el queso mascarpone, la nutella y las fresas; por los ojos de Vania y por los bigotes de los gatos. Pedirle que los poetas que pasan hambre siempre tengan a la mano un lápiz y los niños un barco para naufragar en otras islas. Rogarle que nos oiga, dios, una tarde de domingo que no esté ocupado sacándole hasta el último centavo a los pobres que le rezan para curar enfermedades que él permite. Pero éste es un día solemne, no uno optimista.

1.9.09

Izabal, viaje salvaje

Salí del trabajo temprano. Acababa de llegar a casa. Busqué en el refrigerador la última cerveza del paquete y no la encontré. Me la había tomado esa mañana antes de salir. Alcancé la botella de Jack. Me serví lo suficiente en el único vaso limpio y prendí el televisor. Me acosté en el sofá y comencé a cambiar de canales frenéticamente.
A lo lejos, escuché cómo el teléfono comenzó a sonar. Odio el teléfono. Sólo le contesto a tres o cuatro personas. Odio las conversaciones innecesarias. La gente habla y habla, cuando quieren pedirte que hagas algo.
Preguntan cosas que no les interesan: ¿sigues escribiendo? ¿publicas todavía en el blog? ¿cómo te sientes? Para llegar a lo esencial: ¿podrías prestarme dinero? ¿podrías reparar mi televisor? ¿podrías curar mi angustia? ¿podríamos tener hijos?
Verifiqué quien llamaba. Era de la oficina. Contesto.
—¿Julio?
—Respiro profundo, este tipo ¿a quién cree que llama? Hablo: Si ¿jefe?
—Mañana hay que dar un curso en Izabal, así que como no hay nadie disponible va a ir usted. Tiene que estar en la estación de buses a las siete de la noche, le van a pagar el transporte y el hotel.
—Pero Izabal está a cinco horas, ¿no puedo ir en un automóvil de la oficina? Y son casi las cinco y media, tengo a penas una hora y algo para llegar. ¿No puede ir otra persona? Yo he ido a dar los últimos cursos y verá que eso me distrae de mi trabajo. No puedo investigar de manera adecuada con estos inconvenientes.
—No. A las siete, en la estación. Llegan por usted.
—Bien iré. Gracias, feliz noche.
Me despedí del güisqui. Alisté mi maleta. Esperé a que me llevaran. Llegué justo al bus. Salimos rumbo a Puerto Barrios, un pueblo a cinco horas de la ciudad. Llegaría a la una de la mañana. Sin saber quién me recibiría. Sin hotel. Sin nada más que unas trapos mal empacados y una cámara con la que pretendía fotografíar los viajes de la desgracia.
Cuando tienes un empleo, un verdadero empleo, con un jefe que te esclaviza, vas a crecer. Tendrás lecciones de humildad constantes. Sabrás que tu tiempo no es en realidad propio, sino de quien te paga. No hay horas libres, muchacho, sino momentos de distracción de tu patrono.
Intenté dormir en el bus. Había un tráfico agotador. Era jueves, habían matado a tres tipos en el camino. Así que íbamos lento.
Pude ver las decenas de iglesias apostadas a la orilla del camino. La mayoría pobres. Simples salones con sillas oxidadas y arreglos florales marchitos. Gente desesperada, alzando las manos en señal de clamor.
Nada se reparte en esas iglesias además de la pobreza, de la desesperanza. Se abrazan. Desde la comodidad del autobús percibo su fe difuminarse con la luz blanca y el ruido de las panderetas. Alcanzo a pellizcar el último aullido de sus gritos de súplica. El vidrio nos separa. Un autobús en movimiento.
Nadie compartió conmigo el asiento. Saqué de la maleta el reproductor de música y me coloqué los auriculares. Una pareja con dos hijos pequeños ocupaban la fila de al lado. La mujer lleva puesta una mínima falda y sandalias. El tipo se escapaba por la ventana mientras abraza a un niño de unos dos años. Su mujer calma a una criatura de meses. Lloraba a gritos.
Pensé que iba a ser un viaje largo.
Subí el volumen de la música.
Thom Yorke me dice que compre un ticket de tren y me largue, porque acá todo está hundido en la mierda.
Cuando llegamos a los bordes de este monstruo, a la orilla de este abismo llamado Guatemala, el conductor le subió al aire acondicionado. Las luces cada vez están más dispersas. Los niños ya se habían dormido cuando en el camino apareció un intenso aguacero.
Por la ventana pude ver como la línea de la carretera nos acompañaba irregularmente gracias a los trozos mal pintados. Los pueblos estaban más cercanos de lo que imaginaba, no pasaba mucho tiempo sin ver una luz tenue.
La lluvia se convirtió en llovizna y yo pensaba en la calidez de las manos de la mujer que amo. Cuando te alejas de casa, es cuando te das cuenta de lo que has dejado. Yo abandoné contra mi voluntad una noche de güisqui y televisión, que terminaría en algo concreto: iba a escribir algo más sobre ella. La llamaría para oírla decir mi nombre.
Mi nombre fabricado con su aire, que corrió dentro de su pecho, donde late un corazón inmenso en el que me siento cobijado. Mi casa es un músculo que late. Mandé a amoblarme el corazón para que ella viva cómodamente el tiempo que quiera. Ya tengo los gatos.
Paró de llover. Encendieron los televisores en el bus. Nadie veía la película, casi todos dormían. Yo continuaba mirando por la ventana. Adoro la noche en la carretera. Uno no sabe lo que le espera después de cada curva; no puedes ver por el retrovisor lo que has dejado. Existes en un lugar, que no es otra cosa sino movimiento.
Marqué un número de teléfono.
Escuché su voz pronunciar mi nombre.
¿Puede una caricia codificarse, mutada en ondas que viajan por antenas hasta llegar a otro aparato receptor que transmita setenta megavatios de cariño?
Terminé mi llamada. Intenté dormir, pero no pude. Pensaba hacer una historia por cada uno de los pasajeros del bus; pero me dio pereza y simplemente me dediqué a mirar cómo la luna se escondía intermitentemente tras las montañas.
Llegamos a Puerto Barrios. Me bajé en la estación y una mujer me llevó a un hotel. Entré a la habitación y encendí el televisor.
Se había muerto Ted Kennedy.
Yo escribía mis notas para el curso.
Era la una de la mañana.
Estaba tan lejos de la ciudad, tan cerca del mar. Pero las olas no se oían; sino la voz de la presentadora contando que Ted Kennedy se murió. En Guatemala murieron veinte que no debían morir. Acá no oigo eso, sólo las teclas de la computadora.
Al día siguiente hizo calor. Sudaba mientras impartía el curso. Tomé el desayuno en el hotel y fue lo único que comí, antes de volver al bus, que me traería de regreso.
No pude ver el mar. Ni siquiera me hizo falta. Nadie pago el hotel, yo subvencioné mi viaje.
Mi tiempo y mi dinero le pertenecen a mi patrón. Pero no mis sueños.
Sólo quería estar en un sitio: reflejado en los ojos de la mujer que amo. Y fue a ese lugar donde volví. Con el olor de la caña incendiándose, con el salitre impregnado en mis manos: El aliento de un mar que no vi.