18.1.11

El Ruso

Estaba sentado en la barra. Frente a mí, tenía una colección enorme de botellas y en el fondo un espejo. Por ahí veía la mesa de la esquina, donde Oscar, el Ruso, esperaba a la vieja.
Sentando, sólo, con su camisa impecablemente blanca y su bigote canado, mirando  la vidriera que daba a la calle. El Ruso estaba en un sitio medianamente vulnerable. No sabíamos nada de esta tipa, sólo que había pasado información. Datos que eran útiles, tanto así que estábamos en ese pueblo sólo por ella Así que bien podría tratarse de una trampa. Bien podría ser que la vieja sólo pasaba información para atraernos y quizá colocarnos dos tiros en la cabeza. Pero teníamos una ventaja. La vieja no nos había visto nunca. 
Tomamos ventaja de eso, y el Ruso se sacrificó a esperarla, mientras yo le cuidaba las espaldas fingiendo ser un tipo en busca de una cerveza y buena charla con la cantinera. 
Pero lo miraba todo desde el espejo. Por ejemplo, vi cómo entró la vieja, media hora tarde, acompañada de un niño. Cómo se sentó frente al Ruso y pidió una naranjada. Hablaron bastante. Quizá media hora. Yo pedí una segunda cerveza. La tipa me empezó a poner nervioso cuando alcanzó su bolso y metió la mando derecha dentro. La dejó ahí un buen tiempo. Pensé que dispararía. Sin embargo no lo hizo. 
El Ruso finalmente me vio por el espejo y sonrió. Era la misma sonrisa que le vi cuando metió preso al Escorpión. 
Pidió la cuenta. Él pagó. La oficina no nos cubre estos gastos, pero el Ruso amaba su trabajo. Yo lo seguí hasta afuera. Me despedí de la cantinera abruptamente. Ella había mordido el anzuelo de mi charla y me contaba de su familia en Venezuela. Datos que a uno le interesan poco. Al salir, me aseguré que nadie nos siguiera. Hasta que la vieja finalmente se fue con el niño, montada en un mototaxi. 
Me acerqué.
Mierda, Ruso, le dije, no estudié derecho para convertirme en tu guardaespaldas.
Hacéle huevos, me dijo. Y me contó lo que la vieja le había dicho. 
Había muchísimo sol afuera. La gente se escondía entre las sombras. Parecía un pueblo tan tranquilo. Pero nosotros, los salvajes, conocemos las rutas secretas de la mierda. Y ese sitio hedía. 

10.1.11

El Cojo

Cuando Fernando El Cojo Aguirre llegó al Sótano de tribunales, su cliente ya le había provocado una herida en la cabeza a otro detenido, durante una riña dentro de la jaula. Tal había sido el relajo, que  decidió ir a hablar con el juez y pedirle que le diera una audiencia posterior, para que antes se tratara a su cliente en un centro psiquiátrico. 
Sin embargo, hasta la fecha, ningún psiquiatra ha confirmado que sea una enfermedad mental degollar a tres hombres y luego devolver sus cabezas en un taxi. Así que, ante su primera derrota,  El Cojo, decidió subir por décima vez la rampa del sótano con el mismo paso lento hasta llegar fuera. 
Buenas noches licenciado, buenas noches señores agentes. Diez veces la misma conversación previa para fumarse un cigarro y pensar que el mundo está retorcido y él viene siendo algo así como el principal asesor de la maldad. Y a mí qué putas me importa el mundo, pensó, mientras que con su pierna corta, apagaba el cigarro contra el suelo lleno manchado con aceite de auto. También recordó que ese mes no había pagado la tarjeta de crédito.  
Antes de volver al sótano, se le acercó la esposa de su cliente con dos niños. ¿Mi esposo va salir? le preguntó. Lo veo difícil señora, allá dentro armó una fiesta. La tipa se echó a llorar y los niños miraban a Fernando como si fueran dos pequeños cachorros suplicándole que los adopte. Entonces él le hizo una pregunta: ¿trajo las cartas de recomendación? Ella sacó unas hojas dobladas por la mitad de su bolso. 
Dos pastores de iglesia y un dueño de ferretería recomendaban a su cliente. Era la misma historia de siempre. Entonces volvió a decir buenas noches y se dirigió de nuevo al sótano. Revisó que los bomberos atendieran al reo que su cliente lastimó. El herido tenía tanto miedo, que decidió no denunciarlo e inventarse que se había golpeado sólo contra los barrotes.
Se ajustó la corbata. En la sala de audiencias, Fernando tendría que hacer ficción. Sólo que a diferencia de cualquier escritor, si Fernando fallaba, una bala le atravesaría la cabeza. Y luego la mandarían en taxi a pasear.
La tarjeta de crédito podría esperar un día más.