30.4.14

La alegría de los lugares tristes



Esto no es una historia sobre fútbol, es una historia de polvo. De cómo construcción granítica se apodera de todo. De cómo las nubes de partículas terrosas cubren con finas capas las casas del vecindario alrededor de una cancha, volviendo sus colores uniformes. Es acerca de una cancha, donde los niños juegan al fútbol y los hombres juegan a ser niños. Por eso habrá que aclarar que cuando digo polvo es también una manera de referirme a los sueños. Esta es una historia sobre los sueños.

Estos sueños parten de un sitio violento. Un trozo de ciudad empezando a desmoronarse en el abandono; pero que resiste, aferrándose a su historia, su identidad de pueblo pequeño metido en una ciudad grosera: la Chácara, zona cinco, Guatemala de la Asunción. Un barrio de los que se esconden de la vista, por peligrosos.

El centro de ese barrio tiene una vieja escuela, una iglesia y la cancha. Entre semana puede oírse la alegría de los niños en el patio de la escuela; los fines de semana el doblar de las campanas de la iglesia y los gritos de los hombres en la cancha.

El campo está siempre lleno, ocupado por los equipos que se disputan los partidos como si fuera la final de la copa del mundo. Pirotecnia tras el gol, algarabía del público.

Aquello surge como un sitio lleno de vida los fines de semana. Un centro que contrasta con la del barrio, lleno de disparos en la madrugada. La Chácara es la casa de los niños sicarios. La del adolescente de trece años que le disparó a una vendedora de pollo mientras caminaba con sus hijos para dejarlos en la escuela. Un sitio donde la pobreza se deja ver sin mucha sombra.

El campo sin embargo, es un lugar de retozo, de estallidos de risas y aplausos. Ahí funcionan una liga libre, en la que juegan personas de cualquier edad y la Escuela Metropolitana de Fútbol, una iniciativa de la Municipalidad por acercar el deporte a los barrios más pobres. Actualmente funciona en dieciséis sitios distintos, entre ellos, además de la Chácara, la Palangana, Bethania, el Limón, la Milles Rock y la Justo Rufino Barrios. Entrenan niños y niñas desde los seis hasta los dieciséis años.

Para saber más acerca de la historia de las ligas fui a visitar la cancha. Al llegar al sitio, me topé con un grupo numeroso de guardias de seguridad privados. Cuidaban la estación de buses y cada unidad que zarpaba hacia la incerteza, mientras charlaban recostados contra los autos aparcados de la gente que estaba en el estadio. Era sábado por la tarde, día de juegos. Dos equipos compuestos por hombres panzones luchaban por el balón. Había una buena cantidad de espectadores bajo los graderíos improvisados con lámina.

Pregunté por don Julio, alguien a quien me habían recomendado para saber del tema. De inmediato todos me dirigieron hacia una caseta de metal a un costado del estadio. Ahí encontré a Julio César Carranza, un hombre mayor, con la sonrisa amplia, escondido tras las filas de papalinas colgando de su tienda. De inmediato aceptó contarme sobre la liga, un tipo muy amable.

Bajamos por una vereda de concreto dentro de un parque a la orilla de un barranco. Don Julio me llevó a un salón. Abrió la puerta y de inmediato me mostró las fotografías de sus colegas: él fundó junto a ellos la Liga Ricardo Higueros, donde se buscaba entrenar niños para que fueran semilleros de los grandes equipos nacionales. Aquello lo encontré luego en una foto en internet, donde aparece una niña sosteniendo una bandera del equipo Mayan Quiché, mientras otros niños sostenían balones como si eso fuera el único regalo que les hubiera hecho la vida, eso y las piernas, eso y la cancha.

De inmediato se nos unió el hijo de don Julio, que se llama igual que su padre. Una tradición que continúa. Estábamos ahí pues, los tres Julios hablando de fútbol, frente a los retratos blanco y negro de los hombres que comenzaron el sueño. Obreros en su mayoría. Y es que la zona cinco fue siempre un sitio de trabajadores y la liga, me cuentan ambos, transitó de sede en sede, por toda la zona hasta llegar a la Chácara.

Julio hijo se acomoda en una mesa de metal que está en el salón justo bajo los retratos, mientras su padre, más cercano a mí, se recuesta en una pared al lado de la puerta. El sol de la tarde le pega en la cara. Me pide que me acomode y lo hago en un lavatrastos improvisado. No paran de hablar. Brotan las palabras, los rebalsan. Están emocionados por contarme su historia.

Don Julio me comenta que fundó la liga porque siempre le gustó el deporte. Su hijo, dice haber seguido su ejemplo. Le creo: tiene la cara tostada por el sol, salvo alrededor de los ojos, como la sombra de unas gafas oscuras. “Yo tengo la dicha de trabajar en lo que me gusta”, me confiesa, mientras me cuenta que es el entrenador de la Escuela Metropolitana, sede la Chácara.

Como si fueran los tesoros más grandes que tienen, mencionan a los nombres de los jugadores que pasaron por ahí: el Camarón Arriaza, el Pashpa Flores, Nelson González, Giovanni Orellana, Otto Rodríguez, el Pin Plata. Si bien es un puñado de nombres, que sin duda les producen orgullo, son pocos en relación al número de niños que entrenan. Me explico: cada año habrá un par de decenas de chicos aspirando a hacer del fútbol su vida y tan solo uno de ellos lo logrará. Los equipos nacionales no son receptores de estos jugadores.

El hambre y la pobreza, entre muchas otras causas. De inmediato surge la catástrofe. Me cuenta de dos jugadores, el primero lo conocían como El Tubo, quien fue contratado por un equipo de la liga mayor pero por una lesión en los meniscos que no pudo curar por no tener el dinero para hacerlo, lo despidieron.

El segundo caso fue de Eduardo Tepén, quien fue contratado por la Tipografía Nacional, aquél mítico equipo de finales de siglo XX. Entrenaban en la zona 7, me cuentan, pero Tepén no tenía para el pasaje y faltó varias veces. Lo despidieron. Ahora su sobrino entrena en la Escuela Metropolitana, talentoso niño, pero igual, no tienen para ir a veces a los juegos.

Las cosas siguen igual. Si bien la Municipalidad facilita a los entrenadores, las canchas y alguna parte del equipo, eso no garantiza que los niños lleguen bien alimentados o tengan zapatos. Julio Carranza y su hijo, me cuentan que según sus cálculos, el noventa por ciento o más, son usuarios de la bolsa segura. O no comen.

Cuesta con los uniformes, me cuenta Julio hijo, pues esos niños cuando tienen una playera, quizá es la única con la que cuentan y con esa duermen, van a la escuela y vienen a jugar. Igual los zapatos. Una vez vino un niño con unos tenis de béisbol, relata, y me dice “mire Profe qué tal mis tenis nuevos” Chileros se te ven papito, le dije y al rato ya no aguantaba correr porque mucho pesaban.

Son niños del abandono. Vienen regularmente de hogares con padres ausentes. Hay niños que no pueden asistir porque tienen que cuidar a los hermanos menores. Hay otros que los dejan con nosotros desde tres horas antes del entreno porque no los quieren cuidar. Nosotros somos sus padres, sus tutores y sus pedagogos. Confiesa Julio hijo mientras se acuesta sobre la mesa bajo los retratos, en evidente posición de confianza, como demostrando lo agotador que puede llegar a ser tener tantos hijos.

Están todos estos chicos con el sueño de llegar a jugar fútbol, niñas incluidas, pero no siempre habrá oportunidad. Don Julio me dice que para jugar en un equipo de la liga mayor se necesita talento, disciplina y dinero, chasqueando sus dedos con cara de decepción. Si el niño no es de estatus es difícil que entre. Entiendo que los equipos son un reflejo del país. No escapan de él.

Pregunto cuál es la forma de hacerle saber a un niño lo difícil que es llegar a estas instancias. Julio hijo me responde que no tiene el corazón para hacerlo. Que si algo sale mal le dice a sus niños “ahora no salió pero a la próxima saldrá”. Me pone un ejemplo: el de un niño que carecía de habilidades pero que ponía el corazón. Una vez le dije, bien papito vas bien. Al final del partido vino y me dijo “hoy si me encantó jugar profe” y no había tocado bola.

Esos niños siguen jugando en la Chácara. En la categoría libre hay veintidós equipos inscritos. El deporte sirve de relajamiento para una vida dura, me explica don Julio. Acá vienen con problemas y yo siempre les digo, déjenlos afuera. Hay gente que no tiene trabajo o su vida es un desastre y vienen acá a jugar para rematar, pero hay otros que aquí se controlan y se vuelven mejores personas.

¿Pero qué hay cuando vuelven a casa? Pregunto, cómo pueden. Julio hijo responde de inmediato con una sonrisa: “es que el tercer tiempo siempre es el mejor”. Se refiere al paso por la tienda, a las cervezas post partido. El mejor anestésico para regresar a la realidad. Pero eso no soluciona los problemas, solo los agrava, acota Julio padre.

La Chácara se convirtió en un sitio violento, les digo. Ustedes me cuentan que los niños pasan por situaciones tristes, de mucha pobreza. ¿Es el fútbol una alegría en un sitio donde ser alegre es difícil? Ambos responden que sí. Julio padre me da un ejemplo: Memín, un pequeño que venía con los zapatos rotos, la suela abierta. Ese niño era pobre. Pero nunca vi a alguien tan feliz como cuando jugaba, daba una alegría tremenda, se le olvidaba todo.

El polvo de la cancha es una imagen de la miseria y la violencia en las que viven y sobre ella, se rebelan jugando al balón. Esa cancha es la manifestación de lo imposible, de la poesía.

Me despido de ambos y salgo a ver el partido. Me piden que vuelva a ver un entreno. Les pregunto si tienen formas de recibir ayuda de gente que esté interesada en patrocinar equipos de la liga. De inmediato me cuentan que han escrito cartas a varias empresas de la zona y a un médico vecino. Todas sin respuesta. Aquello da cierto aire de desconsuelo, pero sé que no los vencerá, han estado ahí por casi cuarenta años.

La tarde está cayendo, hay un sol cálido, naranja, que ilumina la mitad del campo. La liga libre tiene partido y la gente está feliz viéndolos jugar. Miro un rato el juego. Hombres mayores con la sonrisa en la cara, con la pasión. En la puerta de salida, una fila india de guardas de seguridad privados, los de los autobuses, con los rifles en la mano. Son todos chicos de dieciocho años, atentos al juego, con el impulso de querer estar ahí metiendo un gol. Eso: quizá ahora entienda mejor el grito de gol, esa mezcla de dolor, alegría y placer. Es la que quisieran dar estos chicos que ahora sostienen un rifle en vez de un balón.




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*Originalmente publicada en la Revista Contrapoder. 

25.4.14

De cómo las novelas que hablan sobre crimen también hablan sobre mí.



La noche del 24 de abril, fui invitado a hablar sobre Libros y Crimen a Sophos, junto a Francisco Alejandro Méndez, un maestro en novela negra no solo por su erudición académica sino también por sus múltiples novelas del género.
Lo mío, necesariamente va fuera de la academia y lejos de los clásicos. Llevo casi trece años de trabajar en el Ministerio Público. Me desenvuelvo en el ámbito del crimen, y sí, los encargados de hacer cumplir la ley también de alguna manera, vivimos del hecho violento. Si no existiera ninguno no tendríamos trabajo. Paradojas de la vida.
Podría ser evidente que por mi empleo me interesa el género negro en la literatura. Pero no fue tan así. Primero ocurrió mi interés por la literatura y luego este trabajo.
Sorprendidos estarán los que me conocieron de adolescente al enterarse de mi trabajo. Yo era un muchacho problema. Estudié en un colegio de curas, donde jamás me sentí cómodo. Había más de cincuenta muchachos en cada aula. Imagínense esa testosterona bullendo inmisericorde en aquél segundo y tercero básico.
Era como estar preso. Esa es la verdad. Había peleas a diario y si no dabas, te daban. Había que ser un tipo rudo para sobrevivir. Y encima aguantar la doble moral de los sermones. ¡Cuánto odiaba aquellas homilías terribles! Teníamos un cura que estaba obsesionado con la masturbación, vaya cliché.
En fin. Yo me escapaba del colegio casi a diario. Inventé todo tipo de excusas para largarme. Maté a casi todos mis parientes, especialmente a mi padre. Le adjudiqué toda clase de enfermedades. Las que más funcionaban eran las oculares, los curas me miraban con lástima mientras firmaban mi permiso de salida. ¡Oh, gloria!
Me iba a pasar el rato a un billar en la Bolívar, donde un viejo me recibía. Saturnino se llamaba. Un tipo flaco, canado, que se pasaba el tiempo jugando carambola. También me iba al boliche o si no, a los sótanos del Capitol en el centro, donde las máquinas tenían a Mortal Kombat por unas monedas y compartía espacio con otros escapados, niños lustradores y adultos perversos mirando niños.
A mí lo que me gustó siempre fue el margen. Lo que está siempre creciendo alrededor. Lo que tratamos de ocultar. Eso despierta mi curiosidad. Yo era un muchacho lleno de ira también. No sé por qué.
Quizá porque en el colegio me hacían sentir que todo en mí estaba mal. Que había que sentir asco del cuerpo. Que nunca era lo suficientemente bueno. O quizá porque en el colegio también los padres, esos representantes de Jesús, me fajaban por mal portado. Quizá porque vivía en una prisión para adolescentes, bajo el amparo de la Virgen.
Lo cierto es que terminé formando una banda de muchachos iracundos. Y descubrimos como joder todo aquello: encontramos la manera de ingresar al sistema de notas y cambiarlas. Yo tenía el poder de decidir cuánto ibas a sacar en una clase. A mí nunca me fue del todo mal (nunca he dejado una clase, qué pena me da contarlo) pero sentía cierta responsabilidad por los que perdían.
Por supuesto que la noticia de nuestra hazaña corrió rápido y ahí estaban ante nosotros, los desvalidos, los sufrientes, los hijos abandonados de la inteligencia, rogando que les diéramos un 85 para que sus madres no les pegaran con el cordón de la plancha. ¡Hijos míos, a todos los acogí bajo mi regazo!
Hasta que un hijueputa al que nos negamos a cambiarle la nota por mamón nos delató. Y claro, nos echaron a todos. Lo cual a decir verdad, tampoco me sirvió de escarmiento. Yo seguía sintiendo esta ira implacable, esta gana de prenderle fuego al mundo y saltar sobre las llamas.
En el siguiente colegio donde me inscribieron, una maravilla donde estudiaría tecnología, resultó que me asignaron a una maestra de literatura de lo más pro. Nos enseñaba análisis literario, nos exigía escribir, nos ponía a leer, ya no las cursilerías del romanticismo español, no, ahora leímos a los rusos.
Cuando me tocó enfrentarme a Crimen y Castigo, algo en mí se trastocó para siempre. Pero el golpe fue mortal cuando me dejó leer El Extranjero. Aquella manera de sentir el mundo, aquella forma de describir la sangre al sol, aquella sensación de que alguien por fin entendía del fuego que sentía y que constantemente me quemaba. Aquella sensación de haber encontrado un sitio donde dejar que todo aquello respirara sin provocar daño.
Sí, las novelas sobre el crimen era lo mío, pero más que la novela policíaca a mí lo que me interesó es la novela que aborda la sangre como ritual, la culpa, la contextualización del asesino, del ladrón, del violador. La novela sobre el crimen.
Ya no era la dicotomía entre bien y mal que proponía la moral religiosa. Es fácil decir los malos son absolutamente malos, porque entonces su castigo es sencillo: hacerlos desaparecer, porque con ellos, desaparece la maldad. Qué estupidez. Acaso no podría negarlo yo que entonces me movía en mundos grises, sabiendo que todo el mundo está así.
Terminé una carrera en electrónica, habiendo disfrutado poco de ello y mucho de la literatura que nos dieron. Y me decidí por estudiar derecho. Azares del destino hicieron que terminara trabajando en el Ministerio Público y trece años después, puedo decir que fue el descubrimiento de una vocación.
Lo mío es la adrenalina. Esa es la verdad. Y en este trabajo me fueron abriendo las puertas de abismos insondables, pidiéndome que saltara en ellos: violaciones de niños, secuestros, robos violentos, esclavitud, trata, sangre.
El lunes recién pasado, estaba bajo el sol inclemente de Puerto Barrios, caminando entre las tumbas, buscando un cuerpo que debíamos exhumar. La paleta de colores terrosos. Las similitudes con aquella escena de El Bueno, El Malo y el Feo, cuando Tunco busca la tumba del soldado. La adrenalina de romper una lápida.
Minutos después, ahí estaba frente a mí un cadáver. Ocho años de descomposición en el trópico más hondo le habían dejado calavérico, salvo la larga cabellera aún negra, y el vestido intacto. El color marrón invadiéndolo todo, como si fuera un llamado de la tierra reclamando lo suyo.
Todos sabemos que vamos a morir, usualmente la gente dice estar consciente de ello; pero no hay como tener la muerte frente a sí, olerla, tocarla, sentirla. Es un acto espiritual.
La primera vez que estuve en una necropsia fue en la universidad, en el curso de Medicina forense. Me dejaron participar. Tuve en mis manos el corazón de un hombre. Y no fue un acto de amor gay. Lo digo en verdad: un órgano que alguna vez dio vida, estaba ahí, con su peso y su firmeza entre mi mano derecha que lo alzó mientras una de mis compañeras se desmayaba ante tal espectáculo.
Uno no puede ser una persona normal después de eso. Yo finjo serlo. Lo que pasa, déjenme ponerme metafórico, es como si se me hubiese revelado el sánscrito y escuchara claramente las voces de los dioses hablándome en esta lengua íntima, antigua y olvidada, mientras el mundo sigue empecinado en no hacer caso a esas voces y mantenerse en el cotilleo normal.
No encuentro interlocutor después de haber estado en un hecho violento. Después de haber estado en una balacera. Después de haber escuchado una grabación telefónica donde un niño es torturado. Solo los dioses y los libros.
Porque ahora puedo mencionar un Abril Rojo de Roncagliolo, en cuyos capítulos está esa misma lengua hablando en la voz de un asesino despiadado. Llena de poesía y violencia, si es que acaso en esta región del mundo no son lo mismo.
Nos espantamos ante la violencia, radicalmente la rechazamos porque nos asquea. Pero eso no necesariamente se convierte en acciones para detenerla. Porque mis hermanos conciudadanos: la muerte y la sangre son  un ritual ancestral en esta tierra y estamos parados en un charco de sangre.
Esta fiesta comenzó así, violenta. Y así ha seguido. Vean el retrato que de nosotros hace Alberto Fuguet con su Tinta Roja, describiendo una ciudad consumida por su violencia, inmensa: ¿cuántos de nosotros podríamos llevar una carta de amor al Mezquital? ¿Cuántos conocemos los laberínticos pasillos de El Limón? ¿Acaso no es la nuestra también una ciudad inmensa, imposible de recorrer en su totalidad?
Pero también me pierdo en los procesos internos de culpa, de redención, de asco. Como en Desgracia de Coetzee. Yo me hinco frente a esa obra maravillosa, porque a pesar de que creo haber visto de cerca las peores catástrofes de la humanidad, aún me queda compasión y dolor, al leer una novela como esa.
De eso se trata esto, amigos. Imagínenme ahí, en una magnífica librería un jueves por la noche, hablando, o siendo más exactos: dando testimonio de cómo los libros significaron mi redención. Piensen en lo que hubiera sido de mí si no me hubieran acercado al arte. Estaría muerto.
El cementerio municipal de Puerto Barrios está lleno de muchachos y sus tumbas coloridas, con pinturas del Barsa y el Real no logran disminuir la tristeza de su pérdida. Yo hubiera sido uno de ellos, si no hubiese sido por las grandes novelas, por la majestuosa obra de los escritores que tienen frente a sí el fuego y se dejan quemar.
Y aunque esa ira sigue latente en mí, esa implacable furia con la que me enfrento a la vida,  cada vez está más a mi favor y menos en mi contra. A veces, me imagino como un personaje de Frank Miller, viviendo en una ciudad feroz. A veces me veo como su Batman luchando contra su fracaso, abrazando su oscuridad.
Lo que siempre pasa es que tengo claro, que sin la literatura que me mueve, que me toca, yo sería un fantasma inconsolable, una sombra borrosa, una mancha más en este charquito de sangre con forma de mapa de Guatemala.
Y no sé cómo agradecerle a todos los escritores vivos y muertos que me regalaron esto. No tengo mucho que ofrecer. Salvo mi furia leyéndolos y tratando, vanamente, de imitarlos escribiendo.

19.4.14

Bernabé Meléndez, en la defensa del español.

Bernabé Meléndez, culto hombre, doctorado en Derecho, ha decidido embarcarse en una empresa titánica: salvar al idioma español de la barbarie.
Para ello, como punto inicial, se propuso corregir toda falta ortográfica, sintáctica o gramatical que encontrase en su mundo cotidiano. 
Por consejo, abrió cuentas en redes sociales, donde publicaba listas de errores comunes para que la gente que las leyera apreciara la caridad y enmendara sus yerros.
Teniendo a la vista su éxito, cuyos réditos se medían en cientos de likes y retuits, Bernabé Meléndez decidió que estaba hecho para la épica. Entonces, usando sus mismas herramientas, decidió alertar a sus seguidores de toda aquella palabra cuya influencia fuera foránea a la patria de su buen español.
¡Oh, aquello era como colocar a mano limpia un dique en un río caudaloso! ¡Oh cuánta palabra deformada, como muchachos que arrastran la mitad del cuerpo, corroído por la sarna!
Bernabé Meléndez descubrió que el español estaba plagado de anglicismos, de americanismos bárbaros, de deudas con los griegos y latinos ¡qué cosa tan horrenda era todo aquello ahora que saltaba a su vista! ¡Dominicanos destruyendo el idioma!
La tarde de un viernes, mientras leía las etimologías de San Isidoro de Sevilla, Bernabé Meléndez, hombre culto de empresas heroicas, descubrió que no había palabra en el idioma que no hubiese sido deformada en el tiempo ya sea en su forma, ya en su significado; y que todas conservaban en sí mismas, raíces de otras lenguas.
Bernabé Meléndez, la tarde de un viernes, en su estudio lleno de libros de pasta dura, descubrió que lo único verdaderamente puro es el silencio; y entonces decidió abrazarlo.