30.3.08

ne me quitte pas

He visto pasar al mismo hombre durante tres o cuatro veces frente al café. Quizá al igual que yo, espera a alguien. Dentro, las decenas de conversaciones sólo destacan mi silencio. Miro la taza y en ella el vacío. Impregnado, el café ha dejado testimonio de haber estado allí. Me estoy aburriendo. He salido temprano de la oficina, tal como había planificado desde anoche, cuando en casa sonaba un acetato de Nina Simone insistentemente interrumpido por el timbre del teléfono. Al otro lado, Ruth: quedamos en encontrarnos en este café, en el que estoy desde hace dos horas con quince minutos. Desde hace cuatro tazas de café y un paquete de cigarros, que ahora luce vacío y que como inconfundible signo de mi desesperación, lo vuelvo un embrollo entre mis manos. Me recrimino lo iluso que fui. Pero, vamos, la culpa es de los nervios, la nicotina, la cafeína y de estos dos larguísimos meses sin follar. Eso es: esta abstinencia me tiene impulsivo. Debo encontrar alguien con quien inexorablemente terminemos en la cama. Penetrarla sin preguntar, embarazarla de ideas obscenas y húmedas, en las que mi nombre se repita una y otra vez. Pienso inevitablemente en Ruth; en la redondez de sus senos que perfectamente caben en las palmas de estas manos que ahora reviso y están vacías de senos. De las piernas, las largas piernas de Ruth. De todas esas perfectas líneas que la definen; y sin quererlo hago, digámoslo así, un inventario de su cuerpo y joder, lo recito a la perfección, tanto, que me sonrojo de saberlo. Soy un tonto, me digo y este tonto se va. Esto es: salir rumbo a la rutina de maldecirla a cada vuelta de esquina donde no está. Pago y me largo de allí. Al salir a la calle, siento cómo el calor de marzo golpea con todo a este ser que se consume en pasiones fallidas. Al doblar en la primera esquina, la maldije. O intenté maldecirla, porque antes de terminar una mano tocó mi hombro. Quise con todas mis ganas que fuera la mano de Ruth. Y era ella. Vas a alguna parte, guapo, dijo y yo me desarmé. La tomé de inmediato por la cintura y la abracé fuerte. Sentí al hundirme entre su cabello, su olor, su olor dulce y afrutado. Oye, querido, me alegro de verte también, me susurró al oído y luego me pidió que la invitara a un trago. Sé que en tu apartamento guardas Jim Beam, llévame allí para sentir que vuelvo a casa yo también, me suplicó mientras tomaba mi mano. Y nadie pude negarle cosa alguna a Ruth, así que manejé hasta allí. En el coche oímos algo de Dexter Gordon, mientras nos asíamos de las manos como dos adolescentes en pleno flirteo. Llegamos a mi casa y al bajar del auto, tomé a Ruth de la mano. Amor, necesitas regar este jardín, dijo, mira las flores todas maltrechas! Sólo atiné a sonreír, mientras abría la puerta. Entramos y nos sentamos en el sofá. Ruth reconoció cada uno de los muebles y supo que todo allí estaba igual. A excepción de mí: me notaba con una gripe existencial.
Una gripe existencial? / Eso, Julio, una sencilla enfermedad con una cura igual de sencilla. / A ver, en qué te basas para emitir tal opinión? / He leído tu blog. / Ja! Lo sabía. / De una vez, te aviso, que yo no voy a pensar nunca en un epitafio para ti, querido, entiende eso de una vez por todas, por favor. / Era una metáfora muy barata esa… / A ver, y qué exactamente quisiste decir? / Que quiero que tengas la última palabra sobre mí. Incluso sobre mi muerte.
Ruth se quedó mirándome con esa sonrisa que me desdibuja todo signo de pudor. Oh sí! Estoy vulnerable, sujeto a su voluntad y su deseo es que yo pierda por completo la razón. Se acerca lentamente hacia mí, deja el vaso de güisqui sobre el piso y recuesta sus manos sobre mis hombros, mientras abre ambas piernas para acomodarse sobre mi regazo, sentados ambos en el sofá. Empieza a besarme el cuello y mientras lo hace, le prometo que esta vez le voy a dejar impregnado tan profundo mi olor que nadie podrá dudar que es mi mujer. Eso pareció terminarla de encender. Follamos: en la sala, en el dormitorio, camino al dormitorio, en el piso. Diez toneladas de una vida sin follar, fuera de mi espalda. Luego permanecimos horas en la cama oliendo a semen y güisqui. Y fui testigo de cómo la luz del miércoles veintiséis de marzo empezaba a iluminar mis pies junto a los pies de Ruth, que dormía sin enterarse de nada. Me levanté a preparar café y desde la ventana distinguí el espectáculo de mi victoria: mis conciudadanos preparándose para ir a dejar la vida entre el tráfico y los almuerzos económicos, mientras yo permanecía en casa empachado de tanto sexo. Iban por allí, entre otros, mi vecina y su amigo, el de la ropa limpia. Me levanté para hacer café. Estando en la cocina, Ruth me abrazó por la espalda informándome que también había despertado. Me volteé hacia ella, lleno de un repentino impulso autodestructor.
Quédate esta vez, disparé, y no me refiero a hoy, quédate siempre, déjame ver cómo envejeces, cómo pasan los días como ráfagas mientras espero la noche, nuestras noches juntos, saber qué significa llegar a casa y saber que estás allí junto a tu cepillo de dientes. Y Ruth, precisa, tomó mi mano y la besó. Luego se la llevó al pecho y me dejó allí, otra vez, con el café, impregnado en una taza sucia.
El ruido del agua cayendo del grifo de la ducha, empezando a disolver mis palabras. Volteé hacia la ventana y ví como el terrible miércoles veintiséis de marzo era ya una cuestión real, concreta: un día más. Y fui hacia el sofá para empezar a grabarme cada paso que Ruth dio dentro de casa, mientras ella en el baño, iniciaba la terrible ceremonia de borrar el olor de mi saliva, de desprendérselo a fuerza de restregones de la piel. Mientras que a mí, completamente plagado de dudas y de ganas, sólo me resta callar de una vez por todas estas malditas ganas de seguir platicando con sus pliegues. Esos que conozco tan bien.

23.3.08

Éxodo


Los perros del vecino se quedaron encerrados mientras él, supongo, vacaciona. La ventana de mi habitación da justo hacia su patio y eso ha sido ahora más que nunca un inconveniente.
A toda hora los perros ladran y más que ladrar, se quejan. Han hecho escándalo desde el martes por la noche y lo hacen aún hoy domingo. Incluso llamé a protección animal y nadie atiende. Nada es útil en estos días. Incluso los diarios dejan de circular: la más extensa y ridícula prueba de que vivimos en una aldea.
El ruido martilleante de las bestias enfadadas y la falta de sueño me provocan recriminarme. Lamentar el desprecio que a su tiempo hice a las múltiples ofertas de Horacio: me había invitado a pasar estos días de descanso en Cancún, junto a las dos exóticas brasileñas que lo iban a acompañar.
No lo vas a creer, dijo: ¡trabajan de bailarinas en un show! Y mientras lo decía, frotaba sus manos, una contra la otra y esbozaba una sonrisa que lo hacía verse como un tonto.
Yo le expliqué que salir de la ciudad en estas épocas y largarse hacia las playas me parecía la opción menos higiénica. Estás muy equivocado, me replicó, esta suerte de éxodo masivo implica algo mucho más allá de lo físico, es una cuestión espiritual judeo-cristiana; ya verás: éste sábado, ¿no fue cuando Eloí sacó de Egipto a su pueblo, liberándolo al partir en dos el mar rojo?
Yo asentí, pero igual me negué a ir con él. Realmente me repugnan las multitudes. Así que Horacio tomó el vuelo, sin quien atestiguara su peripecia carioca.
Esperar la mano de Dios partiendo las aguas del Caribe junto a una brasileña semidesnuda no era mi idea de salvación. Es que hoy no necesito ser salvado, sino de mí. Y creo conocer a la perfección mis puntos críticos.
Lo de Horacio es pandémico. La mayoría de gente se ha ido en busca de una playa donde mostrar la abundancia de sus carnes, ya sea esperando a Dios o bien, alguien para aliviar su calor interno. Gracias a ello, Guatemala está realmente vacía en estos días.
No se avizora grupo alguno moviéndose por allí. El silencio es casi todo: las calles, los cafés, los cines. Me encanta. Es como si hubiesen borrado a la mayoría de conciudadanos, y eso sólo puede alegrarme.
Pasé toda la semana revisando las esquinas en las que usualmente transito. Una y otra vez. Y son otras, lo juro. Están limpias: incluso aquella en la que mataron a un hombre a sangre fría, frente a mi auto, cuando conducía hacia el trabajo.
Dos hombres descendieron de un coche y desenfundaron sus armas descargándolas sin piedad ni detenimiento en el cuerpo que caía. Lento, lentísimo, como si ya fuera de los gusanos. Hicieron lo suyo con absoluta impunidad. Nadie dijo nada. Nadie hizo nada. Sólo atiné a meter la cabeza tras el volante y observar lo fácil que es morir en Guatemala.
Afortunadamente en esta semana es muy difícil ver un asesinato en esta ciudad. Lo único que vas a ver si sales son las imágenes de iglesia paseándose en procesión por las calles del centro.
El viernes decidí salir a buscarlas. Luego de caminar, encontré lo que me temía: una multitud. Era gente pobre en su mayoría, lo sé porque entre ellos, sobresalen muchos borrachos y desdentados.
El aire de la calle traía consigo una mezcla de olor a incienso, aserrín, alcohol, pegamento y fluidos humanos. Pero vamos, este es el prójimo: hediondez que invade el espacio. Obscenidad. Olor a catre. Un gusano que se arrastra dejando a su paso la estela brillante de la baba.
A mi lado, apenas alumbrado por el foco intermitente que pende del poste, un  niño (he decidido calificarle así, aunque parece tener unos dieciséis años) inhalaba pegamento. Es una práctica común en estas calles. Dicen que te hace olvidar el hambre.
El niño, digámosle así, veía pasar la procesión. Los tambores de guerra retumban. Imagen barroca de un Cristo mostrando su muerte. Música fúnebre. Siempre deseé un funeral con banda. Como lo acostumbran en Nueva Orleans. Que toquen los músicos, mientras los albañiles aguantan la risa colocando uno sobre otro los ladrillos del nicho. Quizá le deje algún dinero a Horacio para que lleve a mi entierro a las brasileñas y que muestren allí lo suyo. Que esa sea mi última broma.
Pero volvamos al niño, quien bajo efectos del pegamento, luego de la procesión se dio vuelta y largó de allí. Se lo tragó de inmediato la multitud y le perdí de vista.
Tomé su ejemplo e hice exactamente lo mismo: regresé a casa. Los perros ladrando me esperaban. Pensé indeterminadamente en desaparecer, perderme de vista.
Es una necedad mía, continuar en esta ciudad, pero no me permitiré desertar. Ni tampoco me lo permitirá Cavafis con su infausto poema.
Mientras los ladridos de los perros me roban todo resto de paz, pienso en los caminos atestados. En los ahogados, los muertos, las balas, la sangre corriendo hacia la escotilla del drenaje, los semáforos en rojo, los niños inhalando pegamento, el éxodo.
Tengo la certeza de que cada paso dado en esta ciudad es un paso más cerca de la muerte. Y del destino ya sólo puedo decir una cosa: todos deberíamos pensar en el epitafio de nuestra tumba, que lo único seguro es que vamos a morir.
            Sé exactamente de qué va a ser: yo me voy a morir de asco.

16.3.08

El cielo, Elías, prendélo en llamas

El teléfono está sonando. Es la quinta vez que me llaman esta noche y también que no contesto. Llevo un par de días saliendo de casa exclusivamente por circunstancias inaplazables. Como el trabajo, por ejemplo. Si bien, la gripe ha terminado de afectarme, creo que empiezo a desarrollar otra enfermedad que me resulta familiar: la náusea. Y sí; se trata de la mismísima náusea sartreana: La contingencia como lo esencial, no máscara, quiero decir. Dos jugadas antes, Eva, poniéndome en jaque mate y yo flotando perdido en esta marejada que revienta en un filoso acantilado. Después de salir de la clínica de Umaña, empecé a sentirla. Una espiral que succiona; que acaba mi ánimo, revuelve el estómago, me convierte en un autómata. He asistido a la oficina como tal. El martes recién pasado le conté de la situación a Horacio y ha insistido en que no abandone la idea de Eva. Horacio quiere que me vengue de ella, que golpee a Umaña, que me emborrache y que de paso lo invite a las dos cervezas que le debo por haber arruinado su noche en el putero. Y no ha dejado de llamarme desde entonces. Estoy completamente seguro que es él quien está tras estas llamadas insistentes que no he querido contestar. Así que desconecto el teléfono. Y me siento a escuchar lo que la ausencia de ruido intencional te deja. Puedo distinguir el motor de la lavadora automática de mi vecina. Funciona una y otra vez, vueltas cíclicas. Es la una y media de la mañana. Quién lava ropa a esta hora? Y también oigo su voz. Tiene un timbre peculiar. Parece reír. Salgo a ver por la ventana y nadie pasa por esta calle. El cielo, como todos los de marzo está despejado. Dos estrellas apenas brillando dispersas. Y yo, escudriñando el horizonte, el terrible horizonte, el extenso y lácteo horizonte vacío de presencias extraordinarias. Surge dentro de mí un solo deseo: que de entre las delgadas capas de gas que cubren este catastrófico planeta, venga el mismísimo Elías en su carro de fuego y me invite a dar un paseo. Le enseñaría cosas, a Elías, seríamos amigos, él y sus caballos de fuego. A cambio del paseo, yo le enseñaría las mismísimas puertas del infierno dibujadas a lápiz en la ingle de una mujer: Eva, vamos, Elías, Frankfurt, vos conocés. Pero nada pasa por el cielo. Sólo dos estrellas agonizando entre lo lactoso. Y la única respuesta a mis plegarias es el infeliz y mecánico baile de una lavadora automática. Quién lava la ropa a las dos de la mañana? Mi vecina, que ríe y está acompañada. La veo desde otra ventana. Me escondo, no prendo luz. Está con un hombre. La besa, se besan, se ríen, sorben de dos copas gemelas el líquido que seguro más tarde les sabrá a líbido. Y terminarán luchando contra el deseo en la cama, seguramente, mi vecina y su amigo, mientras la lavadora termina de lavar la ropa. En tanto yo, me acuesto en esta cama que no es más un conjunto de resortes y seis patas, sino un continente. Un continente vacío es mi cama y defino de una vez por todas que es Asia. Sin gente, pero sí valles y montañas, algunas gélidas hasta el hartazgo. Islas sí, gente no. Asia vacía. Y este corazón que se pudre no es más un músculo, es un engranaje, un reloj, no sístole, no diástole, tic-tac, el viejo juego, sí del tic-tac. Me invade la náusea y siento la imperativa necesidad de asomarme otra vez a la ventana. La náusea, digo en voz alta mientras defenestro las dos terceras partes de mi cuerpo. Veo dos pisos abajo, mi jardín empezando a marchitarse gritándomelo con signos inequívocos: el pasto amarillento, las flores derritiéndose. No he regado esta semana. Nada ha pasado esta semana, ni siquiera una carroza encendida en llamas que me lleve a dar un paseo. Sólo la noticia de ropa limpia y dos voces que se ríen a carcajadas. Gemidos incluso. Creo, honestamente que he comenzado a perder la razón. A alucinar, también. Levanto la vista y a lo lejos sólo se distinguen, agonizantes, dos estrellas brillando apenas dispersas en el cielo. Y dentro, el absoluto vacío del lado izquierdo de mi cama.

9.3.08

antesala

Mientras ingresaba a la clínica, estuve a punto de arrepentirme. Buscaba al doctor Umaña para averiguar si Eva, realmente había abortado un hijo mío, y si él realmente había atendido ese procedimiento. La enfermera que vigilaba el escritorio de la recepción, al verme ingresar y luego acercarme, se permitió hacer una observación en voz alta: el doctor no atiende hombres. Sentí que estaba tomándome por un tonto. Anotó mis apellidos en la lista de espera solamente después de haberle dado una extensa y falsísima explicación del por qué estaba yo, un hombre, solicitando al punto de la exigencia una cita con un ginecólogo y obstetra. Dije que éramos amigos de la niñez, entre otras cosas y que quería consultarle ciertas cuestiones para una reportaje sobre los nacimientos prematuros. Y mostré mi credencial de prensa mientras rogaba a mi suerte que no examinara el documento. Hacía cuatro años había dejado de trabajar para ese periódico. Y la tipa, excesivamente maquillada y engañada por este servidor, me mando a sentar, junto a las otras personas sin quitarme un segundo la vista de encima. Incluso cuando llamaba al doctor por el teléfono, me miraba como si llevase ocho granadas y un fusil bajo la camisa. Cuando colgó el teléfono, tomó su labial y repasó el brillante rojo en su boca. Parecía como si intentase dar un tono circense a la escena.
Tomé asiento junto a las demás personas. Eran mujeres casi todas, embarazadas muchas, acompañadas algunas de sus maridos. Todo el mundo parecía feliz. Excepto yo, por supuesto, y otros dos tipos que llevaban consigo unas gigantescas maletas de cuero. Para distraerme, agarré una de las revistas que estaban sobre la pequeña mesa dispuesta al centro de la sala. Era una revista de medicina. Me dio pereza leerla. A mi lado, uno de los tipos con maleta, me saludó. Sabía que ese era el inicio de una conversación, de las que se dan en las salas de espera. Aburrida, plana, pero útil para pasar el tiempo. Le respondí y luego me preguntó de qué casa farmacéutica venía. De ninguna dije y el exhaló a modo de relajarse. Pensé que era competencia dijo y soltó una sonora carcajada que no tuvo ninguna réplica de mi parte. Evidentemente se trataba de un tonto, de la peor clase: un tonto impertinente. Luego no volví a hablarle. Tomé otra vez la revista y fingí interés. De reojo veía a la enfermera observarme con insistencia. Como si esperara que yo me derrumbara y saliera corriendo. Como diciéndome que no me había creído ni una sola palabra. Como sabiendo que yo estaba allí por Eva.
Pasaron treinta y cinco minutos y yo seguía fingiendo que leía la revista. Lo único que me interesó de ella fue un artículo que detallaba los efectos de un nuevo tipo de anestesia. Por las fiestas, digamos.
Leyendo este artículo estaba, cuando la enfermera se levantó y me llamó por mi apellido, avisándome que el doctor estaba esperándome. Dejé la revista y entré a su consultorio. El doctor era muy distinto a lo que yo pensaba. Lo imaginé viejo y con una bata amarillenta; y era todo lo contrario: joven, casi de mi edad, con un traje impecable. Un tipo de esos que disfrutan restregándote su éxito por la cara.
Tomé asiento y con la disfonía que me causó la gripe, hice un esfuerzo proverbial por explicar de la manera más racional y sucinta el por qué estaba allí. Es decir, el embarazo, Eva, mi terrible situación de incertidumbre y el aborto. El doctor me miraba fijamente, como si estuviese buscando la explicación médica de mis rasgos físicos. Me sentía como un animal raro desde el momento en que pisé la clínica. Y estaba sobrio, por dios que sí. Le enseñé incluso la nota de Eva, donde hablaba de nuestro supuesto hijo y del adiós. Esa nota escrita sobre una factura suya. Cuando terminé de explicar la situación, el doctor abrió la gaveta de su escritorio y sacó una fotografía. Era una foto de Eva y de él. Y luego me explicó que conoció a Eva porque era paciente de un colega con quien compartió consultorio y que la había invitado a salir. Habían sido amantes, dijo y que ella había ocultado por completo mi existencia. Que nunca había atendido a Eva como médico sino sólo como hombre (esto último provocó que le viera con lástima, igual a Eva, eran tan vulgares) y que jamás había realizado un aborto. Que esa era efectivamente una factura suya, pero que debía haberla extendido por cualquier otro motivo. Vaya, que todo lo de Eva era una mentira, una estratagema para destruirme por completo y de paso también a él, que al final de cuentas era la víctima de la situación, porque todavía la amaba. Que incluso antes de mi visita, tenía planes de ir a buscarla a Frankfurt. En este punto de confesiones, no quise contarle que nuestra Eva, ya tenía a Lotar, mucho menos teniendo noticia de las connotaciones de semental que implica el sustantivo.
Era una situación incómoda y para salir de ella por la vía más fácil el doctor me ofreció ir por unos tragos luego de que terminara con las pacientes. Pero no acepté. Me excusé con la recién pasada gripe. Así que me fui de allí estrechando la mano del hombre con el que compartí a Eva. Eso, sin tener la más mínima idea de nuestra situación de bígamos.
Al salir de la clínica me di cuenta que afuera, el clima estaba radiante. El cielo azul profundo y el viento fresco. Encendí un cigarro. Un cigarro cubano que la misma Eva había dejado en casa la última vez que estuvo allí. Y sonreí. Jamás nadie se había tomado tantas molestias para conmigo.
Y supe que no me equivoqué cuando dije que tras los ojos de Eva había una mente criminal, disfrazada de venus. Los tacones, los escotes, los cigarros. Las noches de bar en bar. El hotel, los hoteles! , la ficción. Oh, la ficción...
Y en el reporte de hoy debo decir que estoy herido. Pero que ésta, sencillamente es una herida de fácil curación. De cicatrización rápida. Tan rápida, tan veloz, como decir adiós.

Adiós Eva.

2.3.08

Sonntag

Amaneció lloviendo y es domingo. Aunque seas el tipo más optimista de esta ciudad, los días como hoy soy una combinación que invita a permanecer en casa todo el día. Solo. Con el viejo amigo Jack. Así que no hago otra cosa más que ver mi jardín. Porque tengo uno, como previsión para la vejez. Me entretengo remozándolo, abonando el pasto, regándolo. Cada dos días. Pero hoy me ahorré el trabajo: está lloviendo y hace frío. En marzo! Quién iba a decirlo, en pleno trópico del itsmo centroamericano.
El vecino sale a caminar bajo la lluvia. Parece no importarle la amenaza de gripe. Yo tengo gripe y me siento fatal. Me da cierta envida verle andar despreocupado bajo la llovizna. Parece entrar en razón. Desiste de su caminata. Sube al auto y se va. Admirable. Yo no podría dar dos pasos en la calle. Por consiguiente resuelvo quedarme en cama. Pero no puedo. Pienso en el cúmulo de cosas en el clóset. Son tantas, que las puertas van a ceder en cualquier momento. Podría ser mientras esté durmiendo, por ejemplo. Una avalancha de basura inundará la habitación. Y será inútil resistirse. Estaré ahogado entre papeles viejos, cajas de zapatos y calcetines sin su par. Hasta que el vecino regrese de su paseo dominical y escuche mis gritos. Es una pesadilla.
Me obligo a prevenir el daño. A sacar la basura, vamos. Tengo que comenzar por algo: las cajas de zapatos. Dentro de las viejas cajas de cartón, encuentro fotografías. Son de algunos de los viajes que he hecho; pero no aparezco en ellas. Pero sí mis amantes. Es como si intentara borrarme de mi propia vida eliminando cualquier prueba de mi existencia. La teoría del autoboicot. Las fotos no las tiro.
Encuentro dos cajas repletas de papeles. Son colecciones de facturas, notas de desahucio, memorandos de prensa, artículos escritos y olvidados, una carta amabilísima que redacté para el editor que extravió hace cinco años el manuscrito de mi novela fundamental, y una sorpresa. Una nota de Eva:

Julio, corazón:
(Eva siempre fue sarcástica)

Anoche lo decidí. No quiero vivir más con vos. No es nada personal, lo sabés. Es sólo que la cosa no funcionó.

Eva.

PD. Le hubiéramos puesto Adrián. Era hombre.

Esto último adquiere sentido cuando examino el reverso de la nota. Estaba escrita sobre una factura. Del doctor Carlos Umaña, ginecologo y obstetra. No tengo idea de cómo llegó hasta aquí la nota. Es más: Eva no me dejó así de pronto. Optó por una beca y se fue a estudiar su maestría en biología. A Frankfurt. Debe ser una farsa. Una venganza, de alguna pelea estúpida. Además, siempre tomaba sus pastillas. Yo la veía haciéndolo, era una obsesión, de las mórbidas. Mierda. Jack no va a ser suficiente esta vez.

Son las once de la mañana en Guatemala. En Frankfurt, las seis de la tarde. Tomo el teléfono y llamo a Eva.

Hola Eva / Hola, quién habla? / Habla Julio / Julio? / Si, Julio! / Bueno, qué quieres, estoy a punto de salir a cenar…/ Encontré tu nota / Qué nota? / Esa nota donde dices que me ibas a dejar. Y que tuvimos un hijo…/ Estás loco! No existe ninguna nota así / Bueno, si te llamé es porque la estoy leyendo. No hay otro motivo para hablarte. No lo hago desde que te marchaste y eso fue hace un año y medio / Oye, este asunto es ridículo. Jamás te escribí una nota así. Cuando me fui te lo dije de frente y créeme: NUNCA TUVIMOS UN HIJO. Así que hazme un favor, déjame en paz, que ya me tengo que ir a cenar. Lotar está esperándome / Lotar? / Adiós Julio. No me vuelvas a llamar. El número te lo dejé por alguna emergencia familiar. FA-MI-LIAR me entiendes? y ésta, definitivamente no es una.

Colgué el teléfono. Me serví otro güisqui. Tiré todos los papeles a la basura, sin prestarle atención a ninguno.

Basta de sorpresas por hoy.