30.5.10

Futuro para insaciables

hoy es el futuro
resistí para vivirlo
y sin embargo
nada pasa

un milenio recién murió
con toda su parafernalia
el mundo no encontró un fin apocalíptico
ya nada me espanta

vivo los días como esperas de la nada
contesto llamadas
envío correos
me desintegro en palabras

voy al trabajo
hago citas
y nada parece ser distinto
de cuando vivía añorando
tener treinta años

¿dónde quedó la vida llena de aventuras
que me prometieron la televisión
y mis libros?

debo decir entonces:
¡esto fue todo!
como si la vida fuera
un polvo mal dado

vengo del pasado
y voy a cobrarme los días
que pasé encandilado
con la luz de estas horas
de focos quemados

voy a tomar lo que es mío
todavía no sé bien qué cosa
pero algo me toca
lo que sea
menos estos bosillos vacíos
y esta hambre que no sacio

26.5.10

el ocio.

Salí del primer bar, manejé diez minutos y llegué al siguiente. Al subir por las gradas de la entrada, escuché la música. Era un salón grande, sin más iluminación que la de los focos de la calle. Dentro, la gente bailaba. Pedí una cerveza. Un tipo dormía totalmente borracho al lado de dos tarros de gelatina. Luego fui al balcón, que carece de baranda; es más bien una marquesina. Me paré fuera y vi los edificios de al lado. Algunos tenían luces encendidas y era como si desde el bar viera mi casa. Me pareció aburrido y volví a entrar. Un amigo se me acercó y me pidió que lo siguiera. Decía que me enseñaría algo. Fui y tomó la gelatina con las manos. Me la embarró en el pelo, diciendo: gelatina! Un hombre delgado se acercó y empezó a increparle, diciéndole que la gelatina formaba parte de una instalación artística. Me lavé la maldita gelatina en el baño. Seguí bebiendo y bailando canciones de Michael Jackson hasta que llegó Luis. Hablamos fuera en el balcón. Mujeres hermosas bailaban dentro junto a un vagabundo que fumaba mariguana. El vago se meneaba como en los vídeos del youtube que gente ociosa me envía por mail. El ocio es implacable. Sólo eso explica por qué estaba ahí a las doce cuarenta y tres de la noche. La música se apagó a la media hora y alguien tomó un acordeón y empezó a tocar. La gente se acercó haciendo un círculo a su alrededor. Aplaudían como si estuviesen frente a una torta de cumpleaños. Un par de mujeres en minifaldas se hacían fotografiar junto al borracho que seguía tirado al lado de la puta gelatina artística. Un travesti entró al sitio. Era una guapa mujer-hombre. Con las piernas largas y cada detalle cuidado con esmero. Los zapatos, las medias, la falda, la blusa. Un metro noventa de pura hermosura gay, bailando al ritmo del acordeón. No me di cuenta de cuándo pero empecé a aplaudir. Luego, bailando terminé al lado del borracho. Se vomitaba. Otro tipo y yo lo intentamos levantar para que no se ahogara con su vómito. Le reconocí: era un escritor. Sabía su nombre y lo llamé por él, para intentar que reaccionara. Lo cargamos al baño, entre Luis, el tipo y yo. Lo sentamos sobre el retrete y le tiramos agua a la cara. Reaccionó. Luego se echó a dormir, recostado sobre más gelatina verde. Salí del baño, el bar cerraba. Eran las dos con cinco de la mañana. Bajé las gradas, tomé el auto y me fui a casa. Con la ferviente intención de abrir otra cerveza. Estas noches no se mueren, haga lo que haga. Estoy vivo; salud!

16.5.10

Fútbol para desempleados

Coloqué la taza de café sobre el balcón, cuidando que las gotas del aguacero no la alcanzaran. En la cancha de fútbol de la vecindad, estaban jugando un partido. Bajo la intensa lluvia, ellos seguían gritando como si fuera la final de la copa del mundo. Y quizá para ellos lo era: su barrio, su universo. Tomé un sorbo de café y pensé en prender un cigarro. No lo hice, llevo un buen tiempo sin tener verdaderas ganas de fumar. Pensé también en leer un libro; pero en realidad, quería seguir viendo cómo los tipos se deshacían entre el lodo, como si eso fuera mucho más importante que estar en casa cómodamente viendo el televisor. Terminaron el partido y yo el café. Algunos espectadores les aplaudían, cubriéndose con improvisadas capas de plástico hechas con bolsas del supermercado. Luego, algunos se fueron a una tienda vecina, donde comenzaron a beber cerveza. Los entiendo. Pareciera como si ese charco lodoso, donde marcaron los mejores goles de su vida fuera el único sitio donde existen. Ahí sueñan, yo les conozco. Algunos son mis vecinos, mis amigos. Y tienen trabajos que los demuelen. Ocho horas moviendo garrafones de agua purificada, o cargando cajas para una farmacéutica. Invisibles la mayor parte del tiempo. Pero no en la cancha, ahí pueden ser héroes, que desafían la lluvia para hacer que su equipo ascienda en la liga del glorioso estadio de la Chácara. Estoy seguro que no pueden regresar del estadio directo a casa. Tienen que pasar por la tienda, para recibir su dosis de anestesia. De otro modo, no aguantarían la rudeza de un domingo por la tarde y la semana amenazando con empezar, con tragarse sus sueños de cracks de ligas de barrio. El fútbol me provoca emoción, pero también mucho de tristeza. La mayoría de los jugadores locales son como caballos de carrera, que terminan abandonados al final de sus vidas, hablando en cantinas sobre sus glorias pasadas. Que tampoco fueron muchas. Pero sí los suficientemente importantes, como para hacer que los lunes tuvieran sentido. Y algunos días, un delicioso sabor a victoria que se va disolviendo entre la lluvia, los charcos y el lodo, en el largo camino a casa. 

11.5.10

aviso

Por las mañanas camino al trabajo esquivando vagos. El sol me da de frente y estornudo. Autos viejos circulan, mientras encuentro el mismo letrero de siempre: un robot no suspira, dice sobre una pared amarilla, descascarándose como corteza de árbol seco. Por las noches bebo cerveza. Las guardo en el refrigerador. El aparato está en la lavandería. Cada vez que salgo por una, al pasar por el balcón, un perro me ladra. De once de la noche a una de la mañana, en la escuela frente a mi casa, aparece una anciana que limpia las ventanas con una manguera. Estoy convencido que no existe; sólo es un juego de luces. Pero la señora tiene a su lado un perro que no deja de verle. La señora existe porque el perro la mira, no porque yo la observe con una cerveza abierta. Yo no puedo hacer que algo exista, aunque lo desee con toda mi alma. He dejado de fumar. Bueno, fumo a veces. Miro las montañas oscurecerse y la ciudad morir desde mi cama. Yo prefiero sobrevivir a las noches que pueda y quedarme a mirar cómo el sol brilla sobre las hojas de los árboles plantados en el jardín; caminar por una calle con un rótulo que me recuerda que no soy un robot. Quisiera tener un engranaje en vez de corazón. Quisiera ser un auto, tomando a cien por hora una curva cerrada. Las aves vuelan también de noche. Yo sólo prendo el televisor.


3.5.10

Korn Guatemala 2010, Crónica

para Carlos
4U
Una multitud rodeaba el Estadio del Ejército. Finalmente veríamos a Korn presentarse en vivo. Era la tarde del domingo 18 de abril del 2010. Allan y yo compramos la primera cerveza. Luego nos lanzamos a la cola. Unas horas antes, había dejado a mi hijo en casa de su madre. Me dijo que yo soy su mejor amigo. Luego me preguntó si íbamos a ser niños por siempre. No supe cómo contestarle, sino con la verdad: vamos a ser niños, siempre.
Dead Bodies Everywhere
Al inicio de la enorme fila encontré unas amigas. Permanecí con ellas un buen tiempo y perdí de vista a Allan. Tuve suerte, nos dejaron entrar antes y no hice demasiada cola. Dentro, el escenario estaba dispuesto cercano a las gradas. El espacio para mi localidad era reducido, lo cual en realidad era bueno: vería de cerca al grupo. Todavía ensayaba la primera banda: Toba. Luego tocaron y estuvo bien. Una de mis amigas habló acerca de sus conciertos de adolescente. Yo recordé los míos. El primer amigo con el que escuché heavy metal fue Carlos. Nos volvimos cercanos en tercero primaria, en esa institución católica donde fuimos educados. Nos gustaba inventar historias acerca de un padre sin cabeza que recorría el colegio cuando habían pocos alumnos. Los otros niños nos veían aterrados. Leíamos. Nos entusiasmaba el apocalipsis, los cuentos tradicionales y el latín; cómo nos reíamos diciendo frases en latín en la fila antes de entrar a clases. Carlos era un genio para las matemáticas. Y así lo fue durante todo el colegio, hasta que le perdí de vista porque me botaron de esa cárcel. Pensé en mis amigos de esa época; ya dos están muertos. Al primero lo atropelló un bus cuando atravesaba una calle. Estaba borracho y recién salía de un prostíbulo. El otro, murió en un accidente contra un camión, en la carretera que lleva hacia el oriente del país. En su velorio sólo estábamos su hermana, dos amigos y yo.
Ahora con Carlos la cosa fue distinta: después del colegio algo le pasó. No logró salir del viaje a las drogas. Terminó en la calle. Lo sé porque alguna vez encontré a un amigo en común. Me dijo que lo había buscado por años. Lo encontró una tarde, caminando en harapos, irreconocible. Lo llevó a una casa de rehabilitación donde se quedó internado. Me pidieron que lo fuera a ver. Nunca fui. No sé por qué. Quizá fue miedo a preguntarme por qué yo no paré ahí también. O muerto.
Cuando Toba terminó, entró Extinción. Roberto Mora, el vocalista se lució. Tocaron bien, el moshpit estaba empezando. Compañeros de entre veinte y treinta años, eran quienes se lanzaban contra sí. Había anochecido y no había entrado la gente que permanecía haciendo fila afuera. Todo iba lento. Vendían cerveza, así que seguí bebiendo. Hacía calor.
Extinción dio lo suyo. La gente recuerda las letras de Mora y la actitud del grupo permanece intacta. Hay mucho de rabia en ellos. De irreverencia. Lo que uno busca en un grupo de metal. Era hora de Korn.
Here To Stay
Cuando Korn empezó, hablaba con Allan, que recién había entrado a la gramilla. La inconfundible introducción de 4U se empezó a escuchar en el estadio. Los músicos salieron y yo, me acercé al escenario. Busqué el inicio del moshpit. Dead bodies everywhere empezó a sonar luego. Fantástico: qué mejor bienvenida que esa afirmación. El país, con catorce o más asesinatos diarios, es un conteo de cadáveres eterno. Aquí es donde esta crónica pierde la línea: cuando los riffs exactos sonaron con todo, cuando la batería ejecutada a la perfección, y sobre todo cuando Jonathan Davis, ese maravilloso animal de la tristeza, apareció justo para pasear su rabia entre nosotros, yo me perdí por completo. Korn, suena fuerte. Letras impenetrables como un puño cerrado. Una voz absolutamente masculina y desgarrante al momento de los gritos, una historia terrible que les une. Un cantante, que ha tenido que suspender giras por la depresión. Es imposible que no me sienta identificado con ellos. Les puedo decir nada más, que canción a canción, la cosa iba mejorando. El vapor subía entre el público y el círculo donde estaba se iba abriendo. En el centro, sin razón ni lógica, nos embestíamos unos contra los otros en un baile con mucho de bestial. Y no me refiero a una cosa de machos, había mujeres también. Korn, daba lo suyo.
Did my time
Las canciones que tienen frases que me emboban sonaron: Freak on the Leash, Throw Me Away, Blind, Falling Away From Me, entre otras. Habían tipos que gritaban las letras con dolor. Y no es para menos, oyendo estas frases: A veces juego con el suicidio y está bien, a veces es lo único que calma el dolor; ... Cómo quieres que sea un buen hijo si me haces sentir como si fuera el peor? (una afirmación bastante acertada para un adolescente); Tengo una herida abierta que se cura con medicación, debería asumir que alguien me escucha cuando rezo?... ;Yo escogí este camino que también abandono, siento que la vida es la que me empuja, que la rabia es lo que me cambia, cumplí mi tiempo, oh dios! es la rabia lo que me mueve...
Agreguemos: guitarras distorsionadas. Un guitarrista poseído que escupe a diestra y siniestra. Un bajista que martilla su instrumento y lo hace sonar como el filo de un cuchillo afilándose, un baterista que pareciera tener ocho manos y cuatro piernas, y Jonathan, absolutamente frágil y derrotado en cada letra, gritándola como si ahí mismo se estuviera muriendo.
Bienvenidos al mundo del rocknroll.
Got the life
En el encore, Korn tocó Shoots and Laters. Esta canción tiene una introducción interpretada con una Gaita. Davis la toca. Cuando sonó yo me imaginé en un campo de batalla escocés. Entre las embestidas de los otros, los empujones, uno realmente flota. Hay algo tan básico en ello, que es imposible de explicar ahora que ha pasado una semana. Es más, creo que mi capacidad narrativa no llegará nunca a describir con claridad lo que sentí ahí. Sólo puedo decir, que entre los miles de rostros mal iluminados que iban pasando frente a mí, mientras estaba entre el caos del moshpit, pude distinguir las caras de mis amigos muertos. También la de Carlos. Donde quiera que esté. Estaban bien, todos. Teniendo quince años. Con su rabia e inocencia. Estaban vivos. Como yo. Éramos niños; lo seremos siempre. Dios nos lo dijo, tenemos la vida. La tenemos, Oh! dije yo.