19.9.11

Lujuria y obstetricia


He pasado dos horas mirando el techo. Las vetas en la madera, las vigas, el crujir cuando el frío viene. Los pasos de los pájaros por la madrugada.
Recuerdo la casa de mi abuela. Aquellas mañanas sabatinas, despertando con pereza y el olor a panqueques friéndose y el café recién hecho.
Su techo tenía el aspecto de un pastel derritiéndose. Con la luz de la mañana, parecía como si mil rostros emergieran de allí, mirándome como si estuviera desnudo y tuviera tres pechos.
Descubiertos los rostros, jamás desaparecieron. Despertaba observado por ancianos y mujeres de ojos goyescos con un gesto de cemento.
Las multitudes son abominables. Esa es la conclusión, mirando el techo. Houellebecq tiene razón al desaparecer sin dejar rastro, como en su última novela.  Siempre es una mejor idea vivir en un territorio ficcionado.
Enciendo la computadora y veo mi perfil de facebook. Lo eliminaré y dejaré que el mundo siga actuando como si todo fuera lujuria y obstetricia. 

6.9.11

Acá no vive Carmencita.



La primera llamada la recibí el jueves pasado, a eso de las seis treinta de la tarde. Recién entraba del super cuando encontré el teléfono sonando. Coloqué las bolsas de la compra sobre la mesa y  tomé el teléfono.
—Buenas tardes, ¿está Carmencita? Me dijo una voz de mujer joven, de lo más normal.
—No; está equivocada, contesté, y de inmediato colgaron.
Todo bien. Pero el viernes, a la misma hora, escribía un ensayo sobre lo que nuestro código de Comercio llama personas imaginarias, cuando volvió a sonar el teléfono. Era la misma voz:
—Buenas tardes, ¿está Carmencita? Dijo, otra vez, con la misma firmeza. Hice una pausa antes de contestar.
— No; ha marcado un número equivocado. Acá no vive ningu…
Colgó antes de que terminara de decir la frase. No pude seguir con el ensayo sino hasta después de tres vodkas servidos en mi pequeño vaso del mundial de México 86 que llevo cargando durante años. El mismo donde me servían leche chocolatada.
Pensé que todo quedaría así. Pero el sábado a las dos treinta de la mañana, miraba el techo pensando en mi próximo libro de cuentos, cuando volvió a sonar el teléfono. Lo miré durante un rato. Dejé que sonara y mi intención no era contestar. Pero no pude.
— ¿Aló? Dije casi gritando.
— ¿Por qué no me pasa a Carmencita? Dijo la voz, notablemente alterada.
— Porque no vive acá, acá no vive ninguna Carmencita.
— Yo sé que sí, dígale por favor que quiero hablarle.
— No hay ninguna Carmencita acá, no joda.
— ¿Carmencita le dijo que me contestara eso verdad?
— Por favor, entienda, no hay ninguna Carmencita, repetí ya con cierta lástima.
Colgó.
Pasé un domingo tranquilo. Es más, no me levanté en todo el día. Miraba la cortina mecerse mostrándome un sol insufrible en la calle. No había nadie afuera del edificio. La luz hacía arder el asfalto. Parecía como si un duelo de sicarios fuese a acontecer ahí mismo, a esa hora, es más: parecía como si el charco rojizo ya estuviera corriendo entre el granito del suelo hasta coagularse.
Puse una película de Sergio Leone. Abrí una cerveza y una lata de atún. Mi confortable búnker contra el mundo.
Pero el teléfono volvió a sonar. Un sollozo profundo y desgarrador fue lo primero que escuché.
— Yo sé que Carmencita está ahí, por favor dígale que me hable.
— Carmencita no está. No vive acá, se lo he dicho mil veces.
— Está bien, yo sé que no me quiere hablar, decía entre lágrimas; dígale que me perdone, que fui una estúpida que me perdone por favor, suplíqueselo.
No sabía qué contestar. Aquello había llegado al absurdo. Lo medité dos segundos y comencé a hablar.
— Carmencita dice que te jodas, pendeja.
— ¿Cómo?
— Que eres una mierda, que no quiere hablarte, que te odia, que me ha puesto a mí a decirte que no está. Jamás te la voy a pasar ni la vas a ver, ni oír otra vez en tu putrefacta vida.
— ¡Pero yo no quería hacerle daño!
— Pero se lo hiciste. Y mucho. Ahora revuélvete en la culpa y ten por seguro que jamás te hablará, porque eres una mala persona.
Colgué.
En la televisión, Eastwood entraba a una cantina a matar a un sujeto. A veces es la muerte la que reparte las cartas en la mesa. Seguía haciendo muchísimo calor y afuera no andaban ni los perros sueltos. Me terminé la cerveza y cuando terminó For a Few Dollars More, me eché a dormir.
Y el teléfono ya no volvió a sonar. 

*imagen: www.listal.com