26.10.09

Rockstar: Jonathan Davis



la primera vez que un tipo

amenazó con matarme

me di cuenta

que le faltaba un diente

la saliva manándole

en espesas gotas

escapando por el vacío

al tiempo que gritaba:

¡te voy a matar

hijo de puta

te voy a matar

pedazo de mierda!


alguien dijo

que se oía igual

que una vieja loca

echando a un marido borracho

esperé al menos sentirme asustado

o que un frío me invadiera

congelándome la vida

pero hacía calor esa noche

yo sudaba

al tiempo que las palomillas

violaban los focos

de la cárcel donde estábamos


el tipo no sabía

que jugué sobre las tumbas

que mi vida está adornada

con coronas floridas


suicidio es una palabra hermosa

repetida como letanía

las innumerables noches

en las que esperas en vano

que el dolor desaparezca


él hombre me miraba con rabia

esperando que yo me quebrara

pero no pude complacerlo


tampoco él a mí:

sigo vivo

mientras escribo esto

19.10.09

Apostador

El viento se ha llevado las nubes. Las copas de los árboles se mecen con el paso del frío. La luz del sol es un incendio sobre las aceras. Los pájaros, estrellas oscuras flotando sobre colores pastel. El fin del año se aproxima. Todo se vuelve calma. Mis meses favoritos comienzan y me encontraron enamorado de una buena mujer. Mi hijo repite que me quiere. Tengo una sonrisa que me sirve de cobija. Estoy listo para dejar que otro año muera. Aún no me arrepiento de vivir como un apostador: tengo un corazón que nunca pierde.

11.10.09

Legado



Abandonar una casa como se deja una esposa, en plena madrugada.

Moverse lento, como camión paseando condenados a muerte.

Mirar las sombras de mis pasos mientras un avión sobrevuela.

La luz abandona los ojos, las turbinas se silencian con la distancia.

Sólo me quedan los rótulos de neón y las farmacias.


Recordar que entre las sábanas permanece viva una media rota.

Los tacones.

Los cigarros.

Las manos tibias y la cadera levantada.

Una botella de güisqui.

Ocho dígitos en un papel lleno de lipstick.


La mañana empieza oliendo a día fallecido.

El viento frío me obliga a meter las manos entre los bolsillos.

Adentro: un teléfono y unas llaves que no abren ninguna casa.

Recuerdo a mi hijo.

No he podido heredarle más que esto, que es todo.

Una ciudad, un nombre.

Esa mujer que quise.

Y el lado derecho de una cama.


5.10.09

Leaving Hope

Hay luna llena. Me enteré cuando la encontré absolutamente redonda, reflejada sobre los vidrios opacos de un edificio. Su luz penetraba el cristal, hasta llegar a las oficinas. Desesperadamente vacías, inundadas con hojas en blanco que aguardan la tinta del lunes.
Tomé su mano mientras le señalaba el edificio. Ella iba conmigo en el auto. La luz verde me permitió seguir conduciendo.
Cuando era niño, el domingo por la noche obedecía a la misma rutina. Yo miraba el televisor mientras mi madre planchaba mi uniforme del colegio. Recuerdo con claridad el olor, el sonido del agua evaporándose de mi pantalón gris. También tengo en mente esa vez, en la que mi madre prendió la radio y mientras planchaba, hacía pausas para enseñarme a bailar. Me tomaba de ambas manos y dábamos vueltas por la habitación. Con el olor de la ropa recién planchada.
Éramos felices.
Fue la primera vez que quise que los ríos se detuvieran y el petróleo se prendiera en llamas. Para que la electricidad no tuviera ningún reloj que me gritara la hora. Ni me despertara un lunes, con la mañana cayendo como filo de guillotina sobre mis sueños.
Hoy también quise lo mismo. Que la hora fuese para ella y para mí, números de chocolate cediendo ante el calor de esta noche.
Manejé hasta pasear nuestra libertad frente a su oficina y la mía.
Dos soldados custodian mi edificio y junto a dos policías, se acomodaban contra la pared mientras la noche les traía el frío.
Bandadas de autos poblaban las avenidas, viajando hacia sus oscuros nidos.
Me detuve frente a su casa y la besé.
Subí hasta su apartamento y desde su balcón, fui testigo del incendio.
De la muerte de todos los relojes despertadores.
No termina este sueño.
El lunes es tan sólo un estado mental que no resiste el demoledor paso de la ternura.