13.7.11

La fila universal o por qué los tributos le deben al Cristianismo.

Tengo cierta envidia de la gente mala. Van por ahí siendo ellos y nunca les pasa nada. A mí no. Si obro mal seguro, me descubren, delatan y castigan. Creo que los padres salesianos cumplieron su misión.
¿Pero a qué viene esto? Es que resulta que tengo un nuevo carné de identidad. Sí, uno donde aparezco con una inmensa cara de resaca. Y no es esa terrible maña vulgar de decir "casi no me parezco a la foto, ¿verdad?" como una excusa para la propia fealdad. No. Se trata de algo comprobado. El otro día en el super la cajera tuvo que mirarme cinco veces para asegurarse que era yo el del carné. Bah. 
Con ese carné de identidad nuevo, todo en mí cambia. Comencé por el estado civil. Aparezco soltero. Genial. También cambié mi firma. Oh por Dios soy un hombre nuevo. Y esta novedad acontecida en mi humanidad, debía ser notificada a la oficina de impuestos. Joder. 
Como el lunes cumplí años, tomé la licencia que da la oficina. Tenía años de no hacerlo, porque la verdad, me hacía sentir como parte del sindicato y a mí eso de alzar las manos juntos, me suena un poco a baile de boda. Tampoco se me da eso de las manadas, pero qué se puede hacer. Suficiente tiene el mundo con no poder girar a la inversa. 
Así que, como un ciudadano temeroso de sus propios errores, y para preverlos precisamente, en mi licencia de cumpleaños fui a la oficina de impuestos a decirles "soy un hombre nuevo y este es mi carné". 
Había dos filas: una inmensa y la otra gigantesca. Como últimamente me ha dado por el optimismo, me acerqué a la inmensa. Pregunté y me dieron un número: 597. Lo maravilloso del asunto es que atendían al 473.  
Tomé asiento en medio de dos señoras que parecían bastante distraídas. Pero luego una me comenzó a mirar con sospechas. 
Yo también sospecho de las señoras que me miran con sospecha. A veces pienso que me quieren matar y luego tejerle suetercitos a mi cadáver. Yo que sé:  tengo algo de adorable, dijo mi abuela y también provoco ganas de matarme, dijo mi madre. 
Para evitar las miradas furtivas de la vieja, tomé un libro y lo comencé a hojear. No lo leía, sólo miraba apiladas las letras como cúmulos de ropa sucia. Miré a mi alrededor. El sitio estaba repleto de gente con un rostro de aturdimiento. Sí: todos hacíamos fila. Todos estábamos opacados por una espera que no guardaba ni razón ni lógica. Éramos un grupo de gente reunida en el mismo sitio, mirando a todas partes, menos a nosotros. 
Podría culpar al calor, la desesperación y la angustia. Podría decir que me iluminé. Quién sabe: lo cierto es que me di cuenta que la vida puede ser explicada como una fila en la oficina de impuestos. Nadie sabe por qué estamos ahí, pero sí que debemos estar y que nos tocará esperar hasta que sea la hora y ser atendidos por el tipo de los sellos. Oh sí. La mayoría estaremos condenados a pagar algo, porque nacimos con una deuda. Menos los afortunados que se irán libres sin freno ni castigo. Oh. 
Llegué frente al tipo que me atendería, tres horas después de mi llegada. Había evadido dos millones de veces la plática de la señora fisgona, que encima bendecía a todos con una muy campirana actitud pontificia. ¡Dios los bendiga y que todo salga bien! Les dijo a todos y cada uno de los tipos que vio pasar frente así. A mí no. 
Me senté frente al tipo que jamás me vio a los ojos, tuvo la vista siempre fija en el monitor. Creo que  en realidad él también era parte del ordenador. Le confesé espontáneamente que era un hombre nuevo y que como tal tenía nuevo carné de identidad. Tecleó uno dos tres, un dos tres, y pum. Ya está. Sello. 
Yo era  un tipo afortunado. Un elegido. Pero joder: cómo podía alegrarme si igual había tenido que esperar. Y si hubiese celebrado, le habría caído gordo a los demás. Sí: me hubiesen odiado. Así que sólo me limité a sonreír y a salir con mi hoja sellada, que me daba la venia de la oficina de impuestos para ser un hombre nuevo. 
El centro comercial ofrecía todo tipo de cosas. Incluso una montaña rusa que atravesaba el mol. Fui directo a la taquilla, no lo dudé: me iba a subir. Tenía que deshacerme de alguna manera de todo residuo de los impuestos. Necesitaba hacer algo incoherente. Pagar impuestos es lo más coherente que hay. Es como decir existo y soy parte del Estado. El Estado guatemalteco. 
Yo no existo. Yo cumplo treinta y dos años y utilizo mi descanso para contestar felicitaciones de feisbuc, ir a la oficina de impuestos y comer fruta congelada bañada en chocolate, sólo. 
Me subí al carrito. Y dí las cuatro vueltas que pagué. 

10.7.11

Ludwing Van Bethoveen. De rockstar! (catafixia:2010)

Para Facundo

conozco tipos inocentes
miles de ellos
como el padre de Marga
la niña de seis años
que conocí una madrugada
en la sala de emergencias
de un hospital público

acostada en una camilla
respirando por un tubo,
partida en dos por una herida
que comenzaba desde su vagina
y terminaba con su ombligo
la luz blanca y violeta alumbrándola
me recordó una señal de tránsito
que me la enseñó así de violada

inocentes,
como los tres señores
que raptaron a mi tía Juana,
haciéndola morder la tierra
tras unos matorrales
crecidos a la orilla
de una carretera polvorienta
mientras ella suplicaba piedad y sentía asco
del calor de sus miembros
de lo ardiente de sus fluidos 

inocentes como mi padre
que ha podido ignorarme
durante treinta años
pensando ingenuamente
que así dejaré de ser 
o tal vez que de esa manera
me convertiré de nuevo en esperma
que lanzará ya más cuerdo
a la taza de un inodoro. 

Tristes del mundo:
pueden hacer lo que sea
el horror los ampara
siento su aliento sobre mi nuca
he escuchado sus amenazas
me arrullan en las noches
con sus descargas

sigan devorando
sacien sus ganas

sin embargo,
sepan,
finitos cobardes,
que hagan lo que hagan
                               
                la belleza no se acaba.

                la belleza no se acaba

                la belleza no se acaba.

3.7.11

Piñata

La mujer se tomaba de ambas manos, como queriendo brindarse consuelo a sí misma. Cuarenta y ocho horas antes, había perdido todo contacto con su hija: una adolescente de dieciséis años que al parecer, se había escapado con su novio. Ambos habían sido vistos por vecinos, días antes de la desaparición. Me interesó ese dato. 
Cuando tienes un caso así, te debe importar todo lo que la víctima hizo los días previos a perderse en la nada. Y esta cría había hecho de todo.
Había noticias de que asaltó una tienda, junto a su novio. Abandonó la escuela, se compró ropa nueva, en casa era una rebelde total. Debes armar una historia, para adivinar el desenlace y así saber dónde está. 
No parecía ser difícil esa vez: bastaría con mandar un par de policías a buscarle en los sitios donde el novio se mantenía. Con presionar en la casa del tipo. Y así fue. Es sólo que la señora, no paraba de llorar. 
No se imagina lo que hemos hecho por nuestra hija, empezó a explicar, le pagamos de todo, incluso una fiesta de quince años, que nos costó un dineral. Somos pobres, pero queríamos darle lo que no tuvimos de niños, lo que también le faltó a mi esposo. De niña yo cargaba costales de café en una finca. ¿Sabe licenciado? Yo nunca tuve una piñata...
La mujer empezó a llorar. Lo hacía de tal manera que yo podía verla tras los barrotes de una cerca, en cualquier casa, la tarde soleada de un sábado, admirando la fiesta: niños envueltos en carcajadas, repartiéndose los dulces, en un evento donde ella siempre sería invisible y sus manos permanecerían vacías. Como si estuviera frente a mí esa niña; como si la señora aún tuviera frente así toda la alegría y  no la pudiera tomar.
Esperé a que se calmara y luego le expliqué lo que haría. Cinco horas después su hija estaba con ella. Estaba bien; sólo bastante confundida. 
Yo no pude dejar de pensar en la historia de la piñata. Aquella noche en casa, abrí una cerveza y me senté en el balcón.
Y también lloré por mis manos extendidas, esperando todavía a tomar toda la belleza que no he podido tener.