31.12.09

Amalgamas Errantes

Te Prometo Anarquía es un proyecto cuyo fin es crear un espacio de difusión para la obra de fotógrafos, escritores, pintores e incluso graffiteros que permanecen inéditos en Guatemala. Su fundador, Rafael Romero, es un reconocido escritor y blogger que desde España, sigue al frente de este proyecto virtual.
Para celebrar su segundo aniversario, se reunieron varios textos y fotografías, entre los cuales figura un cuento de mi autoría.
Les dejo el link:


Para que echen un vistazo. Los otros participantes son geniales y merecen ser vistos uno por uno. Un abrazo para ustedes y feliz año. Ya la otra semana, este blog seguirá con sus post efusivos y alegres como siempre.

J.

20.12.09

El Tiempo




Una entrevista con el Tiempo, en ocasión de las fiestas de fin de año. Publicada por la revista Magacín de Siglo XXI.
Felices fiestas, un abrazo enorme.


ilustración de Alejandro Azurdia

15.12.09

Casa

Crucé la calle. De reojo pude ver a los policías apostados en ambas aceras, impidiendo con barreras metálicas el paso hacia el Palacio Nacional. Días antes vi como desalojaban con agua y palos a algunos sindicalistas que llevaban instalados en el parque central poco más de un año.
Levantaron casas hechas con pilares de madera y techos de lámina y plástico. Luego le alquilaron la casa a las putas que trabajan en las bancas del parque, bajo las sombra de los raquíticos árboles que sobreviven. Lo sé porque escuché el gemido de las mujeres cuando pasaba al lado de la construcción.
Ese día, toda la gente se acumuló alrededor del desalojo. Los mirones estábamos en silencio. Ahora lo recuerdo cuando veo las nubes estáticas resistiendo las ráfagas de viento frío.
Tengo que inclinar brevemente el cuerpo para seguir avanzando. La sombra del Palacio empieza a cubrirme. Al entrar plenamente en ella, distingo una figura conocida: el pelo absolutamente alborotado por el viento. Largos rizos sin peinar desde hacía mucho. Una espesa barba que le hace ver, junto al pelo, como un cavernícola. El sobretodo amarillo pálido, la corbata, la camisa blanca. El pantalón café. Todo limpio. Es Fernando, le conozco porque trabajamos en la misma institución hace siete años.
Se encargaba de administrar los viáticos y algunas compras menores. Luego comenzó a tener un comportamiento errático. Hablaba en inglés, según él, pero sólo imitaba el acento de un estadounidense masticando el español. Solía abandonar su puesto durante largos períodos de tiempo. Nadie sabía a dónde iba.
Fernando ahora es un indigente, pero con estilo. Renunció y no se sabe con exactitud qué es lo que hace. Con varios colegas, le hemos encontrado vagando en las recepciones y cócteles. Ahora dice que es el Doctor Fernando Tolstoi, y habla como si fuera ruso. Lo hace para comer gratis en los banquetes. No es el único, otros ex colegas han tenido que tratarse luego de trabajar con criminales. Uno de los médicos tiene alucinaciones con las víctimas de homicidio. Otro abogado, alucinaciones paranoicas con su madre muerta.
Fernando pasa a mi lado, me mira de reojo y sigue caminando. Quizá lleva prisa para llegar puntual a su cita en el Palacio. Tiene que comer. Yo continúo contra el viento.
Un viejo temor aparece y me recuerda su existencia. De niño, miraba con fascinación a los vagos. Les temía, creía que mi destino era convertirme en uno. Ya terminando la adolescencia, supe que aquello no podría ser.
Los vagos son sucios y yo no soporto la mugre. En realidad no es la suciedad lo que me desespera sino la comezón. Rascarse es algo tan placentero y doloroso a la vez. Dejaría de pensar y me rascaría todo el día. En fin, no, nunca seré un vago y si voy a convertirme en uno, quizá sea como Fernando. Yo sería el Doctor Praduski. Expulsado de Francia por chaparro y de Italia por triste. Un apátrida.
La fantasía me consume cuando cruzo la siguiente esquina. Me detengo. Pienso en el trasfondo de esto. En Pessoa que acaba de noquearme en el primer round con su Tabaquería. En el nudo que llevo en la garganta desde hace ocho cuadras. En las mudanzas, lo triste que son las mudanzas cuando ves tu vida pasar en los hombros de cargadores que ignoran cuánto te hizo feliz una cama.
En cada casa donde viví, se quedó guardado un enorme trozo de mi vida. Y si todavía ningún bien aparece registrado a mi nombre, es porque yo me niego a tener una casa, a construir una.
Lo que yo quiero es imaginarme un hogar, porque esa sería la única forma en que podría habitarlo.
Paso la calle, llego al restaurante. Tengo hambre. También una lágrima que detengo con todas las fuerzas que me quedan.

10.12.09

En busca de la felicidad navideña




Mi emisora de música clásica ha dejado la severidad de otros días y transmite música navideña. En el patio de mi oficina se escucha ensayar a la sección de vientos de la Sinfónica Juvenil de la Municipalidad. Ellos replican el espíritu navideño con melodías de la época. Estoy rodeado. Tengo que hacer algo para encontrar felicidad y paz, para después salir dando brincos cantando yinguel bels, yinguel bels, yinguel bels mientras agito mi cabeza o me volveré loco. Leo mis textos y no ayuda. Me dan tristeza. Leerme me hace llorar. Así que decido como primera estrategia deshacerme de esa voz narrativa que expone mi dolor en el blog como si fuera prostituta holandesa, y voy en busca de la felicidad. Pero ¿qué hace la gente para ser feliz? A ver. Busco en mi lista mental de recuerdos felices. Comer. La gente gordita es feliz dice mi abuela. Voy por una hamburguesa. Se supone que cuando el queso se derrite sobre la carne provoca una reacción química que da felicidad. Yo llevo casi tres meses siendo ovolactovegetariano la mayor parte del día. Pero vamos, una pequeña hamburguesa de dos mil calorías no me hará daño. Le doy las primeras mordidas. Me pregunto si la vaca fue feliz. La lechuga y el tomate se ven felices, tan coloridos. Pero la carne no. Tiene unas irregulares burbujas que le nacen. Una de esas burbujas es idéntica a mi jefe. Joder. Intento concentrarme para sentir el advenimiento de mi felicidad hamburguesera pero me interrumpen los gritos de un viejo. Habla con sus amigos. Parece una reunión del colegio promoción 1935. Grita algunas pendejadas acerca de un ingenio. Bah. Hamburguesas viejo, habla sobre hamburguesas. Creo que está sordo. La vejez es injusta. Uno va perdiendo el oído, la vista, los sentidos, incluso se te priva de tu vida sexual sin químicos. Debería ser a la inversa: hay tantas cosas que de joven no quise ver ni escuchar, y que ahora, ya más cerca del final de esta vida promedio podría asimilar adecuadamente. La vejez es entonces la negación de la experiencia: no tiene ningún sentido acumularla, sirve al final, sólo para morirse sonriendo en un hospital mientras una enfermera te lava el culo. Maldición, ese no es un pensamiento feliz. Mejor me voy de acá. Doy rápidos bocados a la hamburguesa, papas, trago de soda, hamburguesa, papas, trago de soda, tos. Mucha tos.
Salgo y me dirijo al café. Me siento en la barra, intento que nadie me reconozca. No quiero que nadie se entere que busco conseguir una sonrisa navideña. Pido el café de siempre: cuatro exquisitas onzas de expreso y un toque de leche que no le quita ni un céntimo ni del color ni de la densidad al petróleo que da vueltas en una taza de cristal transparente. Una señora al final de la barra mira con asombro mi taza. Le pego un trago. La señora me ve como si fuera el primer junkie de su vida. Me alegra. Empiezo a sonreír. Joder lo conseguí.
..
Al menos fueron dos segundos de sonrisa neta. Luego, un inmenso dolor de estómago me sobrevino. Maldita hamburguesa.

2.12.09

Rockstar: Santiago



me siento tan abandonado
como un telégrafo
las palabras se me atoran
entre los oxidados engranajes
nada funciona
el corazón se toma un descanso

pero tú no
sigues bailando
sobre la desgastada pista de mi pecho
donde escribo tu nombre
pájaro hermoso
volando hacia el verano