29.9.10

Tomates en la Chácara, 10pm

Todos se esconden en el barrio de los asesinos a sueldo. Atravesando el silencio del pánico nocturno, un auto avanza por las calles desiertas ofreciendo tomates a cinco la bolsa. El mismo precio por la cebolla. Es un pick up viejo con la lámina amarilla comida por el óxido. En el techo lleva un megáfono que amplifica la voz de la vieja. Conduce lento como un gusano. Tiene voz de animal resbaloso, como de atún o de serpiente.
Trato de escribir algo decente en la orilla de mi cama, o quizá sobre la alfombra. Pienso que debería llover en  todos los entierros; que sólo votaría por un niño para presidente. 
Pienso en días que se fueron. Mi pasado es un tobogán en la orilla de una alberca vacía, un camino que conduce a ninguna parte y sin embargo conduce, como la vieja que ofrece tomates pero no vende.

27.9.10

El viento y el bosque

Dormía bajo el árbol plantado a la orilla del campo. De vez en cuando, abría los ojos para escudriñar sobre mí, el luminoso cielo azul fragmentándose en las formas que las ramas de los árboles decidían. A mi lado los niños jugaban a la pelota, dando gritos de emoción a cada instante. Era una tarde tranquila y un viento frío movía suavemente las hojas del pasto debatiéndose entre el verde y el amarillo, cuando el sol naranja las atravesaba.  Ese mismo viento se perdía después entre los árboles del bosque, haciéndolos silbar como un tren viejo. Me dieron ganas de leer. Tomé uno de los libros que llevaba y les di una hojeada. Era la voz de un hombre que hablaba de tipos que vivían solos en apartamentos madrileños. Leí muy poco. Me puse de pie y guardé el libro en el bolso. Me lo coloqué sobre la espalda y empecé a caminar. Tomé uno de los senderos que se introducían en la arboleda. Al caminar, las voces de la gente se fueron apagando entre las innumerables hojas de los arbustos, las ramas caídas, y los árboles enormes y frondosos, colmados de encendidas flores rojas. Se escuchaba un río, pero no podía verlo por lo poblado de la maleza. El camino me llevó hasta un puente colgante. Los maderos estaban pintados de un verde opaco y pendían como una onda meciéndose a mis pasos. El río pasaba manso, rodeando cada piedra multicolor hundida entre el agua. Me detuve un breve instante a ver la corriente. A la orilla del río, una poza se formaba: en ella, podía ver mi reflejo sobre el puente, como una desdibujada sombra negra,  las orillas de un pájaro que trae el invierno. Seguí caminando. El camino se hacía más estrecho por las ramas de los árboles. El sol estaba por ocultarse. Los zanates, gorriones y zensontles llegaban a los árboles. El sol parecía incendiar la parte más alta del bosque. Caminé hasta llegar a un claro. Ahí pude ver el ancho y hondo camino que dejó un río seco. Las raíces profundas de los árboles lucían desnudas a la orilla de la senda, llena de piedras, lianas pudriéndose y ramas incrustadas en el suelo. Era una cuesta, que conducía hasta un paredón. La caminé y al llegar, pude ver que el río que antes atravesaba esa montaña, fue desviado para no atravesar un residencial relativamente nuevo. Las casas, sin embargo, parecían abandonadas, como si nadie las hubiese habitado. Eran ruinas, empezando a ceder su estructura a los helechos y las enredaderas. Había muchísimo silencio, así que decidí volver al campo. Casi podía escuchar mi corazón latiendo, al ritmo de mis pasos camino abajo. Llegué de nuevo  al claro y me senté en una piedra. Esa noche habría una redonda luna llena. Tomé una manzana que traía en el bolso y la mordí. Hacía frío. Pensé otra vez en la voz que había escuchado esa mañana al teléfono, diciéndome que conocía mi nombre, que habíamos follado en diciembre. Que yo había destrozado su vida y que mi castigo sería no saber quién demonios era. Que se iba a hacer daño. No me dio tiempo a responder. No me dio tiempo a contarle que en diciembre había pasado encerrado escribiendo o emborrachándome, sino es que las dos al mismo tiempo. Sólo me quedó la voz metálica, enmudeciéndose, en la diminuta bocina de mi teléfono. Por eso tomé las cosas, por eso caminé al bosque. Hay personas que son pozos andantes que no tienen fondo. Hay gente que puede consumirte, como si fueran un incendio. Hay nombres que se van haciendo impronunciables y  se van secando como los ríos en el desierto. La nada es tan profunda como el más grande de los océanos. Y hasta ahí, seguramente, corría desbocada, la tipa que me llamó por la mañana. Mientras que yo, permanecía guarecido en el silencio de ese bosque, esperando a que la noche cayera. A que fuésemos condenados al olvido. Mientras que al ver cómo los días también mueren, yo me iba sintiendo más tranquilo. Mientras mi nombre siga siendo un sonido impronunciable para los pájaros.   

24.9.10

Ludwing

Entramos al teatro
y tomamos asiento
entre señoras y el murmullo
las luces desaparecen
la orquesta afina
cuánta emoción
cuando el primer violinista
da la señal a los otros
la novena de Bethoveen
arranca como un tractor
yo guardo silencio
mis vecinos enmudecen
algunos se duermen de inmediato
yo intento contenerme
si cierro los ojos
veo claramente
al mundo rompiéndose
como las piernas de un soplón
en el sótano de un restaurante
las paredes de mi casa
los papeles de la oficina
las cárceles
los hospitales
las iglesias donde no me casé
pedazos enormes
desintegrándose en el vacío
es la cáscara de todo 
lo que veo perderse
debajo de las cosas
la desnudez es un desierto
en el  que se escucha el retumbo
del agua venir
como docenas de elefantes
un océano violando lo seco
con olas, pájaros y peces
yo me ahogo
ciudadano de la Atlántida
en el único bautizo posible
y aplaudo
de pie aplaudo
a los músicos
a Ludwing
¡oh Señor lo que ha hecho ese sordo!
quiero escribir
aquí están mis ojos

19.9.10

La hija de Rambo

¡Son las once y media de la noche y el pendejo no contesta! Gritó Rodríguez, mientras sostenía el teléfono y las hojas de planificación del allanamiento para capturar a nueve policías robafurgones. Tranquilizáte mijo, sugirió un colega, al tiempo que bebía una taza de café frío. Rodríguez, visiblemente enfurecido, volvió a marcar el número. Esta vez sí obtuvo respuesta. Refunfuñó teléfono en mano, paseándose por uno de los pasillos de la Fiscalía. La luz era demasiado tenue. Las lámparas blancas no encendían siempre.
Dadas las circunstancias de tensión dentro, decidí salir a tomar aire a la calle. Dos o tres autos pasaban. Afuera, unas diez autopatrullas estaban estacionadas y los policías uniformados aprovechaban para comer bocadillos, que habían comprado a un tipo que empujaba una carretilla con varios canastos multicolor. Otros compañeros fumaban. Yo tenía un Redbull guardado esperando a que me diese sueño.
Dos horas y media después, estábamos organizados: Rodríguez nos citó a todos en el lobby del edificio y nos dio algunas instrucciones breves, porque era su caso, y repartió los fólders con las órdenes de allanamiento, las órdenes de aprehensión y algunos datos como las fotografías de quienes debíamos detener. Al abrir mi fólder de inmediato vi la fotografía del tipo: alrededor de cuarenta años, bigote, ojos oscuros, el inconfundible uniforme blanco con dos insignias policíacas sobre el hombro, que daban cuenta que era Comisario. Al fondo: una pantalla azul. La descripción del sospechoso incluía su apodo: el Comandante Rambo. Vaya apodo. Supongo que por el mote de “Comandante” él era el cabecilla. A mí me había tocado el gordo; ¡por favor! si ni siquiera es mi caso. Esto pasa cuando vos te declarás públicamente suicida.
Me asignaron entonces a tres compañeros para realizar la captura, todos fiscales: El Chejo, de secuestros, un tipo rudo, armado, de pocas palabras, barba de candado y pelo castaño cortado casi al rape; el Charly, un fiscal contra el robo de vehículos, que conocí años atrás cuando era parte del equipo de recolección de evidencias. Un levantamuertos, vaya. Y la Negra, fiscal con quien llevamos casi cinco años trabajando delitos sexuales y trata de personas. Tan ruda que embarazada me acompañó a tomar una cárcel de mareros y trasladar a los cabecillas a una prisión de alta seguridad. Ahí iba ella con su máscara, entre el gas pimienta y los disparos, mientras otros compañeros lloriqueaban afuera del miedo, escondidos en los autos.
Nos pusimos de acuerdo: llegar, tomar, aprehender. Sin más. Luego subimos a un pequeño bus, para unas veinte personas y salimos hacia el lugar, a unos doscientos kilómetros al oeste de donde estábamos. Se habló poco en el auto. Yo dormía en pequeños lapsos que eran interrumpidos por fuertes golpes de mi cabeza contra la carrocería del bus. La carretera había sido destruida por una tormenta. Fue un viaje largo, nos tomó cuatro horas llegar al sitio, cuando normalmente hubiesen sido dos.
Estando ahí, me asignaron algunos miembros del ejército, para apoyar en la captura. Formados todos los grupos, se decidió ir a cada una de las casas. Eran las cinco de la mañana y ningún allanamiento se puede hacer en Guatemala antes de las seis. Nos movimos al “punto”. Era un callejón sin salida, cuyo tope era un campo de milpa. Los soldados fueron los primeros en bajar. Se mimetizaron algunos entre la hierba y otros rodearon la casa, escondidos tras los autos. Luego bajaron los policías. Hicieron lo mismo: esconderse. Tendríamos que esperar media hora para entrar. Mis colegas fiscales y yo, aprovechando la poca luz de la calle, nos apostamos al lado de una pared. El Chejo y yo planificábamos cómo entrar. Mientras hablábamos acerca de ello, el Chejo volteó rápidamente hacia una casa y me dijo: “Se abrió una ventana”. Entonces desenfundó su arma, una pistola nueve milímetros. Vi hacia la casa y efectivamente, la ventana había sido abierta y ahora se cerraba. Entonces la puerta se abrió. El Chejo se hizo hacia una pared y apuntó con su arma al hombre que salía de la casa. Yo me hice al lado de un auto. El hombre me vio y me dijo: “buenos días” yo le contesté el saludo, pensando mierda, va a haber un tiroteo. El hombre, se hizo a la luz y pude ver que era un anciano. Se percató que el Chejo le apuntaba con el arma. Yo le dije, éntrese a su casa por favor. Y él obedeció. Las cosas se complicaban. Vi el reloj: eran las seis menos cinco. Entonces me enfilé hacia el “punto”. Era una casa de block, con poca construcción. Dentro, unos autos aparcados y un perro ladrando con rabia. Esperé los cinco minutos y toqué. Al tocar dos policías se pusieron tras de mí. Toqué otra vez. Se escucharon unos pasos. Los policías apuntaban sus fusiles hacia la puerta, que al tocar una tercera vez, se abrió. Era una señora de unos cuarenta años, en pijamas. Le notifiqué el motivo de nuestra visita y se negó a dejarnos entrar. De inmediato, tiró la puerta para cerrarla; pero yo la detuve con el pie y me entré. Dos policías me siguieron. El perro que ladraba se nos tiró encima, pero la cadena lo detuvo y se quedó ahí, ahorcado con ganas de arrancarnos un pedazo. Le pedí que toda la gente que estuviera en casa saliera al patio. Entonces llamó a su esposo. Más policías entraron. Un hombre salió hacia el patio, vestido con un short, sin camisa. Lo vi bien y era él: el Comandante Rambo. Me tranquilicé: el primer objetivo estaba cumplido, capturé al jefe. Le explicamos a qué veníamos y le pedimos que nos enseñara la casa. Luego de revisarla, encontramos un arma larga sin registro. Él debatía, alegando que la Constitución le permitía tener armas, yo le explicaba que sólo aquellas que estaban registradas. Tres pequeños niños salieron a la sala. La más grande, de unos doce años, nos miraba con susto y lloraba. Los otros estaban asustados y salían al patio a ver qué hacíamos. Rambo llamó a su abogado. Eran un hombre mayor. El mismo que había salido antes de la vecindad. Vaya, pensé acá están organizados.
Rambo y su Abogado intentaban convencerme para que no mencionara lo del arma larga, diciendo que era una práctica común en aquella zona. “Mire, yo fui policía y me dieron de baja injustamente. Algunas veces yo lo dejaba pasar porque mala onda con la gente, porque ellos tienen un arma para defenderse de esta ola de delincuentes que hay”, rogaba Rambo en la sala, de pie, mientras que yo estaba cómodamente sentado en su sofá, al tiempo que sus hijos me miraban con lágrimas y su esposa me maldecía desde el comedor. ¿Se dan cuenta, que usted, un policía de formación y un abogado, me están pidiendo públicamente, a mí, un fiscal, que me haga la vista gorda de un delito? Ellos no entendieron el punto y me siguieron rogando. Mientras Rambo suplicaba, dejé de escucharlo. Me imaginaba las veces que a él le habían rogado de esa manera los pilotos de los camiones que había asaltado. Cuántas muertes llevará encima, eso no lo sé. Acá comienza el karma, concluí y crucé la pierna. Lo esposamos. Subimos las evidencias al auto y también al detenido. Una hija mucho mayor, de unos veinte años, que vivía fuera de casa pidió que la dejáramos acompañar a su padre. Accedimos. Se subió junto a él en la parte de atrás del pick up. Alegaba que ella debía ir adelante. Bah! Llegamos al juzgado y dejamos al detenido. Ahora era responsabilidad del juez y de Rodríguez, a quien informé por teléfono. Al llamarlo me contó que otros compañeros habían encontrado granadas, armas largas y a toda la banda. Un éxito.
Era mediodía y el sueño me estaba ganando. Me tomé el Redbull. Según mis cálculos llegaríamos hasta las ocho o nueve de la noche a la ciudad. Para entonces habríamos cumplido treinta y seis horas de trabajo continuo sin dormir. Joder. A eso de las tres, reunidos todos, tomamos el camino a casa. Una patrulla encendió la sirena y avanzamos entre las enormes filas de autos. Hacía calor. Paramos a comer en un restaurante al lado de la carretera. Bebimos unas cervezas. Hacían chistes los fiscales. Brindamos.
Volvimos al camino. Abrí la ventana porque hacía mucho calor y algunos de los colegas habían comido demasiado y lanzaban gases hediondos, dando risotadas. Empezaban a ponerse ebrios. Afuera, lloviznaba intermitentemente sobre las plantaciones de caña. Cabeceaba en mi asiento. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver los ojos de Rambo, como un niño asustado, pensando mierda esta vez va en serio. También miraba los ojos de su hija, juzgándome, terrible, con los ojos llorosos, asustada, incrédula, imposibilitada de hacer algo, queriéndolo hacer todo por su padre engrilletado. La cosa era justa. Esa niña y su padre, estoy seguro, esa noche también soñaron conmigo.

13.9.10

Mis vecinos disparan y follan.

Eran como las once. Sí, lo recuerdo bien porque vi el reloj en el auto, antes de cruzar. Decía diez cuarenta y ocho. Doblé hacia mi casa y en la siguiente esquina, en aquella calle oscura y solitaria, debajo de una sombra, oculto, permanecía un muchacho. Tenía unos catorce años, pelo engominado, pantalones cortos y una chaqueta de béisbol. Aquí nadie juega a la pelota. Todos quieren meterle un gol a Brasil. Pero este muchacho me miraba, con los ojos opacos, como de un asesino y se movía tan asustado como si fuese un gato viendo mis colmillos de caza. Corrió, lo recuerdo bien. Se movió a lo más oscuro de la sombra cuando supo que me acercaba. Yo lo vi, ya lo he dicho, y luego crucé hacia la izquierda.
Al llegar, detuve el auto. Me bajé. El chico y yo estábamos a una cuadra. Lo veía de reojo. Si de pronto venía, tendría qué hacer algo; qué podría hacer: correrlo, ahorcarlo con mis manos, quitarle el arma, pegarle con el arma, dios mío, no sabía qué hacer, sino mirar cómo se escondía bajo las sombras mientras yo abría la puerta de mi edificio, con el motor del auto encendido y los faroles alumbrando, pensando uno de los dos va a morir.
Pero el chico no se movió y yo entré sin ningún problema. Y vaya si no era una noche movida. En alguno de los tres apartamentos que están ocupados, alguien follaba. Oh sí; se distinguían con la claridad de un teatro en casa los gemidos multicanales de una mujer. Ah. Ah. Ah. Ahmmmm. Ah. Lo oí mientras cerraba la puerta y me quedé dos segundos abajo, pensando ¿quién de los vecinos folla la noche de un lunes, mientras yo huía de un chico que se escondía bajo las sombras?
Permanecí alrededor de tres minutos inmóvil. Después subí a oscuras hacia la segunda planta. Los gemidos disminuyeron hasta desaparecer. Subí otro piso y llegué frente a mi puerta. Abrí y encontré mi cama alumbrada por los focos de la calle. No encendí la lámpara. Sólo me acosté, con ganas de escribir un poema. Pero no tenía mucho qué decir. Así que permanecí con los pantalones puestos, acostado, unos tres minutos y escuché, en medio de la noche, dos tiros. Venían de la calle de enfrente y luego se escucharon otras dos detonaciones, por la calle de atrás. Pum Pum. Silencio. Pum pum. Gritos de hombre. Miré por la ventana y pensé, demonios, una bala perdida podría atravesar el techo y matarme mientras escribo un poema. Qué verguenza.
Mis vecinos algún día dejarán de follar y dirán, qué mierda, apesta. Llamarán a la policía y me encontrarán semidesnudo, con la computadora en el escritorio ahogada en un charco de sangre. Un agente uniformado leerá un texto en el ordenador encendido, sería el poema que escribía mientras una bala me atravesó el cráneo. Se reirán. Oigo ya sus risas. !Jo, este tipo sí que era un imbécil!
Puta, alguien descargó una tolva. Seis disparos, los conté. Miré la hora. Eran las once treinta y dos. La vida pasa tan rápido en esta zona. Es decir, de pronto tienes catorce años matas a vecinos, robas, te drogas y huyes de los disparos de un señor enfurecido. Y mientras yo, claro, pienso en mis vecinos follando y en que ese chico pudo matarme, antes de que escribiera un poema.
Mierda, no quise escribir, se me fueron las ganas. Pensé que si una bala me atravesara, debería ser mientras paseo en bicicleta escuchando música intrascendente o cuando estoy en el retrete, leyendo poemas de otros. Eso estaría bien.
Me acosté de nuevo. Había silencio. Un rotundo mutismo en las calles. También en mí. No pensaba en nada. No podía escribir. Me acosté de lado. Empezó a llover. Las gotas chocaban contra la lámina. La puerta del balcón estaba abierta. Se vino un aguacero. Cerré los ojos. Me quedé dormido. También soñé que construía un barco.

6.9.10

nosotros y las fotos


Es lunes y miro las fotografías donde aparezco con ella. Acostados en el pasto, el mundo parece tener una orilla. Más allá de la orilla, el mar, donde nadamos como dos niños que miran por primera vez las olas. En otra foto, aparece mi mano derecha junto a su mano izquierda. Mi mano se ve demasiado blanca, la de ella femenina. Vamos en el auto, en un viaje fallido hacia occidente. También hay otra, en la que estamos reflejados en una tetera. Me entretengo diez minutos antes de volver al trabajo. Qué fantástico, uno usualmente finge una sonrisa cuando le toman una fotografía. Todos queremos ser recordados felices. En éstas fotos, nadie parece fingir nada. Sólo son dos cuerpos extendidos sobre la hierba, unas manos tomadas, dos siluetas en una tetera. La felicidad no está en las fotos, sino en esta manera tan tranquila en la que afronto este lunes; mientras pienso en ella y en los infinitos sitios en los que podremos fotografiarnos.

1.9.10

El cumpleañero

-Vos, ¿qué pensás del niño?, me preguntó Alejandro, mientras miraba la foto del pequeño en la prensa. Celebraba sus tres años con un pastel verde dispuesto sobre una mesa forrada de plástico. Varios familiares aplaudían al lado.
Todos en la foto se veían marchitos. Eso pensé mientras fingía formular una hipótesis acerca del paradero del niño. Uno desarrolla un instinto. Uno sabe qué pasó. La respuesta a eso es fácil: mientras más te adentrás en la criminología, más pensás como un criminal. Yo soy una maldita bestia en potencia.
- El niño está muerto, contesté sin decir más.
- Mierda, seguro que sí. Pero ¿dónde podrían haberlo enterrado?
Medité. Vi la foto, sentí un frío excepcional, pensé en una especie de túnel negro con una abertura al final blanca. La poca luz que entraba en el orificio me dejaba ver las paredes brillantes por la humedad, era una caverna mohosa.
-El niño está cerca de una fuente de agua, dije.
Alejandro tomó el teléfono y llamó al equipo que estaba en la casa de la sospechosa. A tres horas de donde nosotros estábamos, en una montaña árida. Les dijo que buscasen cerca del pozo o de la pila, y que devolvieran la llamada si encontraban algo.
Yo me senté a escribir unos oficios. Me sentía mal. No había dormido mucho. Había bebido. Estaba un poco borracho todavía. Era un veintitrés de diciembre.
Las fiestas me joden. En el freezer tenía el cadáver de un pavo. Una botella de vino enfriándose. Un teléfono apagado. Aquella vida tranquila congelándose.
Un par de minutos después, el teléfono de la oficina sonó: el equipo que allanaba tenía algo: cerca de la pila, tras escarbar con una pala, asomaron a la luz tres dedos humanos. De un infante, aparentemente.
Alejandro me avisó. Me tomé un Red Bull. Encendí un cigarro. Saqué el arma de la gaveta, la cargué y me la coloqué en el cinto y salí a la calle.
Había muchísimo sol. Me puse las gafas oscuras. Detesto la luz. La gente pasa en sus autos viéndome con asco. Miran el nombre de la Fiscalía, el edificio y a mí. Nos desprecian. Qué más da. No me pagan por ser popular. Menos con los criminales.
La camioneta verde se detuvo enfrente. Alejandro y yo subimos. El piloto emprendió la marcha. Los policías hicieron sonar las sirenas. Era la música de la fiesta.
Había comenzado la cacería. Qué alegría, era hora de atrapar una presa.