24.7.10

Un Poema para Madrid



Madrid es la fiesta
que nunca tuve
cuando transité la vida marital
la pasada década

soy un espectador que se embriaga
mientras se produce la música
de la gente disfrutando estar junta
y las risas rebotando en la acera
se agregan a la porcelana y el vidrio

las mujeres
con sus breves faldas
y sus largas piernas
con sus bombas de tiempo
y sus tiros en la recámara
van cargadas y te sonríen
¡mierda!
en verdad lo hacen
y se ven hermosas con labios rojos
y los largos cabellos sueltos
bañándoles los escotes

es verano en España
una buena época para las caderas
se menean por doquier
tú sólo tienes que sentarte a mirar
bebiéndote una cerveza
mientras piensas:
estas tipas saben
que dejé cincuenta y dos kilos
de soledad al otro lado
hoy harán de mí lo que quieran
en las pequeñas camas
de los hoteles con desayuno

pero quién piensa en el otro día
si tenemos la noche
los bares de tapas floreciendo en las aceras 
el Palacio de Cristal
a donde va a morir la luz de la tarde
debajo de las bancas frías
donde escribo mi mejor nota de despedida

es demasiada alegría
para ser cierta
yo creo que esta gente me engaña
pero ¿qué hay de verdad
a las tres de la mañana?

una mujer ha dicho mi nombre
en la mitad de la noche
y eso será lo único que recuerde
cuando vuelva a casa

22.7.10

Viena Capítulo IV: Los cetáceos.


Voy a dejar correr el agua. Hacer que me recorra para perderse en la alcantarilla de la ducha. Se escucha igual a una lluvia calmada. Está helada. Cierro los ojos y tengo la misma pesadilla de siempre: me encuentro inmerso en un mar azul, floto. El agua está turbia, el sol a penas la atraviesa. A mi izquierda, una sombra se aproxima. Es una sombra marrón que va creciendo. No para de crecer.
Es un pez. Distingo sus aletas. Sus enormes branquias. Es un cetáceo. Una maldita ballena café con sus ojos como esferas de la nada. Enorme, gigantesca, es un edificio, del tamaño de mi miedo. No puedo moverme. La ballena se acerca, viéndome con sus ojos, haciéndome sentir tan insignificante. Su piel está llena de algas. Y cuando está a unos metros, yo creo que me va a matar, de veras lo pienso, pero sólo pasa frente a mí regocijándose, animal jubiloso, bestia que come hijos de Dios.
Cuando termina la pesadilla no sé realmente qué hacer. ¿Debo matar a la ballena o abrazarla como un activista? Cierro el grifo. Tomo la toalla y me seco. Es mi última noche en el Lenas Donau Hotel. Busco los cigarros y decido salir a caminar.
Tomo el U-Bahn hacia el centro. Son las siete y media de la tarde. Hay mucha luz en la Stephanplatz y yo camino sin saber a donde diablos voy. La gente es alta, es rubia, es silenciosa. Un solo pordiosero para toda una calle: en su silla de ruedas inflándole una llanta con una bomba manual.
Encuentro el palacio de la ópera. Tomo unas fotos y camino por donde alumbra más el sol. Las calles están vacías. Qué importa, yo llevo cigarros una chaqueta y todo el desasosiego que un tipo puede tener. Quiero beberme una botella de güisqui completa, de un solo trago y apearme al lado de este monumento de Goethe. Maldita sea, ¿qué diablos significa la ballena?
Quiero volver a ser una antorcha. Una llama, quiero volver a ser igual de irresponsable: tanto como para pensar que volveré pronto a Viena a descubrir el misterio de cada esquina que no crucé. Pero pienso en los vuelos. En los malditos vuelos enormes atravesando los Pirineos. Y olvido el güisqui.
Entro a un parque. Está circulado con grandes rejas de metal forjado. Hay un camino de concreto sobre una superficie irregular sembrada de árboles, pasto, flores y monumento. Saben recrear un ambiente pacífico.
Camino y encuentro uno de los monumentos al emperador. Está cabizbajo y lo compadezco. Toda una vida para mirar al suelo. El escultor debió odiarle. Prosigo y encuentro un enorme palacio. Dos turistas belgas hablan en francés sobre las gradas de la entrada principal. Huele a mármol. Doy un vistazo al jardín y es enorme. Hay gente que duerme bajo los árboles, otros se besan y otros andan en bicicleta. Yo no tengo güisqui y sueño con ballenas.
Seguí caminando. Un restaurante italiano en el camino. Está lleno, me piden esperar quince minutos. Pero vamos: es mi última noche en Viena, esperar no va en mi agenda. Así que sigo y encuentro el famoso museo: el Albertina. Dentro, Alexander Katz está expuesto. Me entretengo un rato adentro.
Salgo, queda luz, muchas ganas, avanzo por los callejones circulares, empedrados, llenos de pequeñas tiendas cerradas. Imagino a sus dueños comiendo con sus familias en sus austriacos departamentos. Los veo cada vez que tomo el metro. Edificios tras edificios donde todo tiene ángulos rectos. Bah. El arte tampoco me explicó la ballena. Quizá sea una buena pregunta para mi psiquiatra.
No quiero pensar en mi médico mientras atravieso los túneles peatonales del palacio real. Llego a la escuela española de equitación. Parece Roma. O más bien, se parece a mi idea de Roma.
Enciendo un cigarro y fumo.
Ya es de noche. Hay luna llena, qué suerte. Puedo seguir andando hasta encontrar el camino al hotel, donde los sillones rojos me esperan para pasar metido entre las sábanas que huelen a nada. Mientras que afuera, la idea de una vida tranquila empieza a abandonarme para quedarse en Viena.

14.7.10

Viena Capítulo III: Las ratas en Viena.






Nicole propuso el restaurante. Nos dieron un mapa del centro. Era divertido: los nombres de las calles eran inmensos. Mi hotel estaba en el Alto Danubio, cerca del Centro Internacional de Viena y el sitio donde comeríamos, en el centro. A unos quince minutos viajando en el U-Bahn, el metro de Viena. Fui a la habitación del hotel. Me quité el saco y la corbata para salir. Caminé sobre el puente y me topé con varios deportistas. Eran alrededor de las siete de la noche. Subí a la estación del Alte Danou y tomé el metro hacia la Stephanplatz.

En el U-Bahn confían en el usuario: uno compra su boleto y uno tan sólo debe validarlo sin que esto impida el ingreso. Nadie pide el boleto. Ellos confían en que uno pague. Si te pillan viajando de gratis te cobran setenta euros, me dijo alguien en el evento. Yo no quise probar. Aunque debo confesar que las primeras veces, me sentí como un tonto pagando por un boleto cuando jamás vi a nadie hacerlo. Pero cuando confían en mí me joden porque yo me siento como una rata si fallo.

Yo suelo ser una rata; pero no en Viena.

Al llegar a la estación de la Stephanplatz me bajé del vagón. Toda Viena es pulcra. El metro tiene los vagones mejor pintados que he visto en mi vida. Y hay mucho silencio en él. Es difícil incluso, llegar a escuchar al tren transitando por las vías.

Las estaciones están igual de cuidadas. Los austriacos respetan el silencio del otro. Nadie grita, a excepción de los extranjeros que se pasean como lunares ruidosos cuando hablan por el móvil.

Una amiga vivió un año en Viena. Es española. Me lo advirtió: esa ciudad es tan calmada que cuando uno lleva tiempo ahí, se da cuenta que se ha ido apagando. Es verdad: uno se mimetiza con las ciudades. Hay un espíritu en ellas que te doma, quieras o no.

Encontré unas escaleras eléctricas y las tomé. Al subir, me encontré en medio de la plaza de San Esteban. Había mucha gente y poco ruido. Tomé unas fotos a la iglesia. Hacía un clima agradable. Las calles tenían un viento frío recorriéndolas, pero era tan cómodo caminar sobre ellas que rápido lo olvidabas.

Examiné el mapa y traté de ubicarme. El centro de Viena es como una telaraña y huele a embutido. El sinnúmero de iglesias católicas te recuerdan el pasado y el presente de Austria: la mitad de la gente es católica, según mi breve investigación previa. Los templos son góticos, la mayoría. Gárgolas, piedra, madera. Una iglesia incendiada. Cualquier idioma menos el español. Uno camina por las calles del centro, con total libertad, absolutamente desconectado de América.

Las tiendas son pequeñas, pintorescas más bien bohemias. No hay molls. Cierran a las seis los negocios, en su mayoría, a excepción de los restaurantes, que tienen mesas sobre las calles peatonales. La gente habla moderadamente. Toman cerveza, comen cosas empanizadas. Los músicos toman las esquinas y los hombres como yo las bancas cercanas para leer un libro y mirar de reojo a la gente que pasa.

Pero iba a cenar, no podía ser ese día. Así que crucé en el callejón que indicaba el mapa. Un tipo vestido con el traje tirolés daba volantes impresos del restaurante a donde iba. Le pregunté hacia dónde dirigirme y me señaló el fondo del callejón, “Alley” en inglés. Recuerdo cómo agregué esa palabra a mi vocabulario, fue con una canción de Bob Dylan.

Llegué al restaurante. Era de techo bajo, decorado con muchísima madera y una luz tenue. Olía a cerveza y a vino. Depende en qué esquina estuvieras. Mis colegas ya habían tomado una mesa. La mesera era una chica amable con una sonrisa enorme. Me explicó que era cada plato porque el menú estaba en alemán. Le tomé la palabra y ordené la especialidad de la casa: las chuletas. Me llevaron la cerveza antes y brindamos.

Cuando sirvieron la comida tuve frente a mí la chuleta más grande que había visto. Empanizada y a su lado, un plato pequeño con papas. Todo lo ponen así: con esos tubérculos.

En ese plato resumí el carácter de Viena hasta el momento: nada ostentoso, quizá un poco simple sí, pero definitivamente bien elaborado. Venga, es cerdo y cerveza, cualquier persona que coma eso debe ser buena.

Tomé un par de cervezas más y al salir de ahí busqué otra estación del metro. Me despedí del grupo y paré a las orillas del Danubio interno. Era un poco oscuro. Había mucho silencio, nada de tráfico. Muy poca gente caminando por las calles. Me paseé alrededor del conjunto de los palacios imperiales. Hasta salir completamente de ellos y llegar a una calle con apartamentos pequeños y pobres. Luego seguí caminando, sin exactamente saber a dónde iba.

Suelo hacer eso durante los viajes. La mejor forma de conocer es el azar. Uno no decide sino la ciudad. Y voy donde quiera no donde las guías dicen. Me topé con unas librerías. Estaban cerradas por supuesto, era como la una de la mañana. Juré volver al otro día, pero no pude.

Esa noche tomé el metro frente a un hotel. En el Stadpark. Es la estación de metro más hermosa que he visto. Parecía que hubiese sido construida en el viejo oeste americano, e introducida en un glorioso parque renacentista. Vaya.

Dos muchachas hablaban del otro lado de las vías. A mi lado también habían dos mujeres: una oriental y una árabe. Me puse los audífonos. Llevaba una selección de Arias y piezas de Mozart. Había algo de Strauss también. Quería contextualizar la música. Elegí una de las Arias.

La soprano empezó a cantar. El tren apareció a tiempo, como siempre. Entré al vagón, tomé asiento y de lejos pude ver cómo la ciudad se perdía en la oscuridad de los túneles.


10.7.10

Viena Capítulo II: Cuando llueve en Austria.







la silla rota todavía está en el comedor
esperando que vengas a probar el desayuno

yo desmenuzo el universo
luz por luz
pero la ceremonia nocturna
de los disparos y las sirenas
me obliga a pensar en sábanas blancas
con manchas de color marrón
como bandadas de gorriones

de trece canales en la tele
ocho son de porno cuando oscurece en Viena
me siento tan solo en esa cama
mirando los dos sillones rojos
y los trenes marcharse sin nosotros

el Danubio es azul
sólo a las dos con quince de la mañana
no debe haber mucha luna
el U-Bahn debe pasar sobre el puente
es necesario oír a los barcos chocar contra el muelle
para bailar un vals sin sentirme cojo

cuando vuelva a América serás una isla
yo seré el mar y nos llamaremos trópico
habrá calor
nuestros dedos olerán a hierbas
finalmente sabremos qué hacer con la alegría
tómalo como una promesa

es verano en Austria y llovizna
empapado
es cuando más te hecho de menos

6.7.10

Viena. Capítulo I.




















Viena, Lunes, 14.30 pm. Me esfuerzo por entender la explicación del tipo al que pregunté sobre el sitio donde debo esperar el bus que me lleve a mi hotel. Habla con un inglés demasiado influenciado por su alemán natal. Está sentado tras el mostrador de información del aereopuerto, ubicado en una diminuta oficina pintada de blanco, adornada únicamente por el color de los mapas que están adheridos a la pared con tachuelas. Finalmente, entiendo que la estación de buses está al cruzar la calle. Tomo las dos maletas que llevo y salgo a la intemperie. Llovizna. El cielo es una mancha abrumadora y blanca que ilumina los edificios de vidrio. Me siento en una banca a esperar el bus. Falta una hora para que pase.
En la banca más próxima, unos tipos hablan en algo parecido al ruso. Tienen pinta de serbios: las facciones rudas, el cabello oscuro, las narices pronunciadas. Un italiano les pregunta en su lengua dónde tomar el bus y ellos gesticulan para responderle. Dejo las maletas sobre la banca y me acerco a la calle. El tráfico se detiene cuando lo hago, pensaban que iba a cambiar de acera.
Camino dos pasos y veo a una mujer, en un traje beige escotado, acercándose a mi sitio. Tiene una coleta en el pelo, unas gafas oscuras y un cigarro encendido al cual da bocanadas continuas. Camina hacia mí con sus tacones perfectos y luego sigue de largo hasta los serbios. Es una mujer hermosa,  evidentemente  un travesti. Lo noté inmediatamente al tenerla cerca y lo confirme al ver sus caderas escurriéndose por la falda mientras se alejaba.
Me senté de nuevo en la banca a mirar cómo la brisa obligaba a los pájaros a posarse frente a mí en la estación. Así pasé el rato, hasta que tomé el bus.
Tomamos una autopista que atravesaba campos agrícolas. Las torres afiladas de una catedral fueron el aviso de bienvenida. Encontré una ciudad limpia, sin ruido, con gente en bicicleta. Calles anchas sin tráfico. Dos puentes que atravesaban el Alto Danubio. Luego, mi hotel. A dos cuadras del cuartel central de la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Crimen y a dos del río.
Es el inicio del verano en Europa y la gente empieza a disfrutárselo con pequeños veleros y bicicletas. Hay mucho silencio en las calles. Se puede pensar cuánto quiera. Está permitido dilucidar, argumentar, imaginar. Explicarme cómo es que terminé en Viena, si comencé investigado delitos en Guatemala. Supongo que tengo suerte, pensé mientras desempacaba la ropa. Una hora más tarde, estaba en el edificio de la ONU, pasando mi maleta por los rayos X. El departamento de seguridad me fabricó una identificación para el evento. La utilizaría para pasar los controles electrónicos de entrada. Superados estos trámites, me encontré con una réplica de las oficinas en Washington D.C.
Avancé hasta el edificio M. Largos pasillos blancos, grises, ventanales, banderas, esculturas olvidadas y gente de todos los sitios. Salón 379. Ahí tenía que dirigirme pasando un grupo de hindúes, otro de árabes y uno de coreanos. Al lado, se discutía sobre energía atómica mientras se bebían toneladas café africano.
Entré a mi salón de juntas, conocí a la gente. Veníamos de los cinco continentes. Nos sentamos y empezó la discusión y también mi estadía en Viena, la pequeña hija perdida del catolicismo. Esa ciudad imperial que fue paso obligado para los cruzados y que me tendría por una semana. Tratando de descifrar sus calles circulares. Intentando recrear pasajes de Richard Linklater. Y hablando de mi trabajo, lejos, en Guatemala. Donde todo es hermoso y salvaje.