31.10.08

Nota al reverso

El piso seis deja a la imaginación de su servidor, las posibles gestas suicidas con destino a: I. Una heladería; II. Una venta de zapatos; o, III. Un carrito jotdojero. Mas, si hasta el día de hoy, viernes treinta y uno de octubre del dos mil ocho, día de San Alonzo Rodríguez, confesor, la idea concreta del suicidio me ha resultado esquiva; veintinueve años corridos y algunos bisiestos en esta ruta acelerada al infierno resultaría ridículo prescindir de mi existencia, aún por más invisible que parezca al mundo en general. Sin que tampoco en este juicio pese demasiado, la tentadora posibilidad de acabar mis días entre toneladas de helado de fresa con vainilla, unos zapatos de tacón baratos o las impúdicas longanizas del chef. De manera que, determinado a reconocer la magnitud de mi propia cobardía, cuyo efecto más inmediato es una absoluta imposibilidad de atentar contra mi integridad física, debo introducirme de inmediato en mi vehículo (porque el piso seis, desde donde me ubico geoposicionalmente, corresponde a una torre de estacionamientos), y buscar de inmediato un pedazo de papel y un lápiz en el interior del auto. Ambas cosas están allí: el papel en el anverso contiene un anuncio gráfico de un servicio de putas culonas y en el reverso un espacio rectangular en blanco, donde, con el lápiz, antes propiedad del Gobierno de la República, me dispongo a escribir tómese nota que en un auténtico acto de lucidez, volitivo y manifiestamente libre: “He convocado a todos mis enemigos, que no son muchos sino dos o tres y hemos acordado lo siguiente: Reclamo el uso exclusivo de mi nombre, así que enemigos ya no les llamaré ni Julio, ni Roberto, ni Julio Roberto. No señor. Desde ahora a ustedes, respetabilísimos únicos dos enemigos que asistieron a esta convocatoria urgente, les llamaré Rambo y Chuck, simplemente porque Rambo y Chuck son dos nombres que me hacen cagarme de la risa. Así que Rambo y Chuck, ahora serán los dos perros sumisos y fieles de mi sombra, y me acompañarán obedientes a todas partes: a las citas con el psiquiatra, a mis reuniones de neuróticos anónimos, a mis clases aplicadas de manejo de armas, a las sesiones del partido político donde recién me afilié en busca de un escaño en el Congreso, a mis borracheras en bares de mala muerte, a los sitios donde suelo pedir comida para uno, incluso a tomar conmigo mi té chai, elephant vainilla, acompañado de su respectivo pastelillo de naranja y almendra. Y los sacaré al ataque, Rambo y Chuck, sí y sólo sí, aparece la dueña de esta mínima pieza de lencería, conocida por el vulgo como tanga, que lleva ya dos semanas en el sillón de atrás del auto, recordándome con su escaso volumen de tela lo bueno del primer polvo y lo triste del segundo. Los haré salir, Rambo y Chuck, para cobrarle a esa mala mujer el daño emocional del polvo mal dado”. (transcripción literal del original) Salvado este punto, enciendo el auto, cancelo la tarifa del parqueo y me dirijo sonriente mas no entusiasta a por mi tacita de té chai y mi pastelillo de naranja y almendra. Colgando en el camino, la tanga roja del espejo retrovisor y encendiendo el último cigarro de la cajetilla, a la que sin querer también prendo en llamas.

19.10.08

inventario no. 1

Si me preguntás por nosotros, te diré la verdad. Somos dos amantes que se buscan en la penumbra, no la de la habitación con cama, mesa y lámpara; sino la de la extensa noche escampada. Amantes a ciegas, arrastrándose entre las sábanas. Somos las luces del bar que se apagan, los últimos besos en la mesa, las manos tomadas. Mujer en las sombras, herida que no sana. He querido recordar tu nombre pero tu nombre no me recuerda nada.

14.10.08

visitación

Llevo dieciséis años preparándome para ser viejo. Adiestrándome en las tareas del abandono desde muy joven. Es como si el ánimo se me hubiera gastado muy pronto, demasiado. Como la fe en el otro. Ahora tengo veintinueve años y creo que el año entrante recibiré una visita. Acudiré a la puerta con mis pasos seniles y abriré lentamente. Un grupo de evangelizadores estará esperándome, con sus trajes limpios y pobres, roídos y asoleados. Será una familia. Veo a los dos padres honestamente trabajadores y a las dos hijas deshonestamente eróticas. Y de la boca dulce de las hijas saldrá la música: hemos venido, querido señor, a visitarle. Les dejaré entrar y los sentaré a todos en mi sofá. Prepararé un té. Serviré el té en las tazas de porcelana que compraré en el mercado. Y mientras lo sirvo, me explicarán que ellos se dedican a visitar gente como yo: personas solitarias. Veré por la ventana el mismo árbol de siempre y luego les ofreceré galletas. Son tan útiles y prácticas cuando se tiene visita. Después, con disimulo, fijaré la vista en las dos mujercitas sentadas en mi sofá. Una tendrá diecinueve y la otra veintitrés. Y perderé todo el sentido de la cordura. Quizás no me contenga y hasta les ofrezca un anis. Será una tarde linda, ya lo sé. Pero luego todos se irán y yo me quedaré con las ganas de que no. Total, ya nada me importa. Ser viejo es esperar que la muerte se acuerde de ti. Yo creo haber oído mi nombre el otro día.