22.10.10

La Joya. Capítulo tercero: los slides de autoayuda para una morgue.




La lista de enemigos de H. López no ayudaba para nada. Eran demasiados. Gente de la misma iglesia que dirigía, políticos que competían contra él, bandas de extorsionistas y secuestradores que habían sido eliminadas por los escuadrones que comandaba en secreto. Incluso su mujer podría haberle matado. Él estaba asegurado por una cifra millonaria, así que a ella, la muerte de su esposo le suponía una jugosa ganancia. Habría que agregar que ella también era la competencia del buen Harry, en el partido político que dirigían.
Claudia de López, que así se llamaba, había incursionado en la política, aunque con inicios bastante modestos, sí con un creciente número de seguidores. Se decía que ella misma podría significar la separación del partido si llegase a terminar su relación conyugal. Tenía motivos: el pastor era conocido por sus aventuras amorosas con las feligresas. Vaya, otros nombres qué agregar: los esposos de las mujeres que se folló.
El Sapo y yo trabajábamos juntos; decíamos en voz alta, los nombres de las personas que se nos ocurría investigar, mientras el forense, unía sobre una plancha metálica las partes del cadáver. Estaba incompleto. El forense explicó el motivo: la bolsa abandonada frente a una de las iglesias de la secta, había sido encontrada antes por los perros: la prueba eran los mordiscos en la ingle y los pies. ¿Cuánto tiempo habrá pasado esa bolsa ahí? Era esencial saber las horas.
Alguien de la policía entrevistó a la esposa. Claudia declaró que Harry había salido un día antes de hallar su cadáver hacia San José, Costa Rica. Ella mismo lo había dejado en el aeropuerto. Lo único inusual había sido que no se comunicara al llegar a su destino.
Un día y medio. Ese tiempo tuvieron para interceptar a López en el aeropuerto, llevarlo al sitio donde lo asesinaron y descuartizar el cuerpo, dividiéndolo en dos puñados de partes y órganos colocados en las mismas bolsas negras de plástico.
Bolsas genéricas sin ningún dato. Ninguna huella, más que las de los bomberos que hicieron el hallazgo. Jamás se les ocurrió usar un guante. Estoy seguro que si comparara las huellas encontradas, también habría de los fotógrafos de los diarios de nota roja. No se encontraron prendas de vestir en las bolsas. Así que quizá los asesinos las conservan. Alguien tendría que regresar a la Joya a buscar esas prendas.  Alguien tendría que entrevistar al detenido. Hacerlo confesar. Habría que hacerle sentir que no tenía otra salida que colaborar con la Fiscalía. Eso lo haríamos al día siguiente, el Sapo y yo.
Una mujer se acercó a nosotros, en la mitad de la autopsia. Tenía puesto un uniforme del Instituto de Ciencias Forenses, pero no era doctora: era una secretaria. Habló primero con el doctor, entregándole un trozo de papel con unos números escritos a mano. Entonces se dirigió a nosotros, preguntando: ¿Ustedes son los Fiscales Antonio Sánchez y Roberto Malacara? Para servirle, contestó el Sapo y de inmediato esbozó una sonrisa como la que hace cuando estamos en tribunales. Bien, llamó a la oficina una persona de nombre Juan Luis Flores, que dijo ser su jefe. Dijo que era urgente que le devolvieran la llamada. Gracias, ¿nos permite usar su teléfono? pregunté. Ella nos condujo hasta la oficina principal.
Al llegar, pude ver que tras la puerta de ingreso, un buen número de reporteros esperaban que saliéramos. Tomé el teléfono y hablé con Flores. Los planes habían cambiado: quince minutos después de haber ingresado al Centro de Detención Preventiva, el Yoni, el detenido de la Joya, había sido asesinado a golpes. La policía entró tarde, formándose un motín. Todavía no recuperaban el cadáver, que ahora yacía en la celda con la lengua cercenada.
Colgué. Le informé de todo al Sapo. Nos sentamos ahí mismo en la oficina, en silencio, pensando. Tenía muchísimos nombres frente a mí. Como en todos mis casos, una película empezaba a rodarse. Una película incompleta, donde yo tendría que adivinar las escenas faltantes.
Mientras hacía anotaciones en mi agenda, el Sapo regresó a ver si encontraba más datos en el cadáver de López. Más bien en sus pedazos.  Frente a mí, la secretaria de la morgue, revisaba en su computadora algunos mails. Abrió uno, al que adjuntaron una presentación en slides; hablaba del valor del amor y la amistad. Una canción cursi se escuchaba en el fondo, con un piano insufrible. Qué bonito, verdad Licenciado, me dijo, sonriendo y haciendo clic en el ratón, como si fuera una adolescente.
Eran las once treinta de la noche. A esa hora, en la calle, en las iglesias, en la celda del Yoni, en los rastros de sangre, se formaba un océano de dudas esperando encontrar su respuesta. 

1 comentario:

Miss Trudy dijo...

Pero bueno, la esposa DICE que lo dejo en el aeropuerto, pero es cierto? Llego acaso a registrarse para su vuelo? Por que si no, no entro al aeropuerto. La esposa pudiese estar mintiendo ...