30.12.07

Juno y las perspectivas


Las celebraciones populares me dan risa. La mayoría de ellas. El año nuevo, por ejemplo, me divierte. Como toda festividad de masas, se le aborda con una liturgia poco ortodoxa. Una marejada de locuras, extravagancias y desenfrenos, salpica todo, en todas partes. Utilizar calzones amarillos para la prosperidad, rojos para encontrar el amor ideal, y al revés, para tener ropa nueva. Sandeces. Un año termina y da pie al otro. Se acaba un ciclo y como Juno el dios de los romanos, juzgamos bajo dos perspectivas el plano de la temporalidad. Como si el presente fuera mero trámite. Y el optimismo nos invade. Tendremos un año para ser más delgados, más inteligentes, más ricos y menos pendejos. Pero, ninguna víspera de enero, será como la de 1999, cuando el Y2K era el signo de la angustia. El mundo esperaba algo grande, poderoso, impresionante. A lo mejor un desastre. Y buena parte de la gente, pensaba que se iba a morir. Así que, sin saber nada de Al Qaeda, e influenciado por los vaticinios del fin, quise: Primero: Que verdaderamente se acabara el mundo en ocasión del nuevo milenio, como acto de verdadera cordura. Segundo. Que el fin del mundo fuera tan espectacular como lo prometió el cura que me expulsó del colegio (me refiero a los demonios, ejércitos de arcángeles, corderos, sellos, la gran prostituta. Sobre todo ésta última); Tercero. Que dios tuviera la bondad de permitirme ser testigo de su Apocalipsis; y Cuarto. Que en la segunda venida de Cristo, éste no me sorprendiera bailando la macarena. Sin embargo, y por fortuna, mis tres primeros deseos no se cumplieron. El cuarto, todavía es una cuestión incierta. Ocho años después, las cosas cambiaron para mí. Acepté mi muerte, y la de las personas que quiero (un verbo que hasta ahora no había conjugado en primera persona singular). Es más, estoy seguro que todos nos vamos a morir. Y pienso en ello, como siempre. Pero espero, que no suceda ahora precisamente. Cuando a penas empiezo a entender esto de querer y ser querido.

22.12.07

pascua

Es casi navidad, amor, y los borrachos invaden las calles, gastándose hasta el último centavo de sus aguinaldos. Y el suelo, huele a vómito y amoníaco, y los prostíbulos están llenos de gozo y desconsuelo, y las aceras de gente inconsciente dispuesta a todo tipo de robos y vejámenes. Hace un calor de los mil demonios. Las bocinas retumban con merengue y reggeaton. Don Omar es el nuevo filósofo de las masas y trato de no oírlo, para ponerle atención al vecino llegando en su motocicleta vieja, gritando que trae pollo frito para todos mientras entra a su casa tambaleándose y sus hijos gritan de alegría y todo parece estar bien, y su esposa lo abraza y corre a la cocina a prepararle una sopita de pollo con huevo crudo para quitarle la borrachera y evitarle la resaca. Los supermercados están llenos de gente angustiada y necesitada de artículos de primera mano, y esto ya es una incontenible fiesta de beodos, meados, villancicos y pólvora. El otro día leí en el diario la noticia de un niño muerto por una bomba de iglesia. Lo proclamarán mártir? eso es algo que habrá que pensar antes de salir a oír misa, podría resultar mortal. Por eso, te propongo amor que estos excesos que vemos, así como cualquier acto religioso, los evitemos a toda costa y desbordémonos en eso que sabemos hacer bien: hacernos las cosquillas que provocan y describen la mecánica de los fluidos. Esos de los que bebo hasta provocarme la embriaguez. Porque contigo en la cama, todas las noches son nochebuena, virgen peregrina, que ha dejado de ser.


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20.12.07

epílogo

La entrevista concluyó y Hermenegildo estaba cansado. Lo avanzado de su enfermedad le impedía contestar fluidamente a las preguntas del entrevistador. Cortaba las frases para buscar desesperadamente el aire y beber a pequeños sorbos el agua que la enfermera le daba. Rafael, el editor encargado de la entrevista, había sido paciente. Quizá en parte, por la deferencia que sentía hacia la imponente figura artística del maestro. Una vez terminada la entrevista, antes de abandonar la habitación, Rafael sacó de entre su maleta, dos hojas de papel y se las acercó a Hermenegildo a su lecho de enfermo. Y mientras lo hacía, temblaba, se sacudía. Hermenegildo le pidió a Rafael que se sentara, con aquella voz dócil con la que raras veces se le escuchaba dirigirse a alguien y examinó el documento; mientras su autor le explicaba que sería un honor, que aprobara lo escrito. Y es que no era para menos, se trataba de su necrología: el suscinto inventario de sus logros intelectuales, hecho público el día de su muerte, que por la enfermedad se hacía próximo. Hermenegildo terminó de leer el ensayo y pensó que no le hacía justicia. Honestamente, le pareció que era una mierda, pero no se lo mencionó a Rafael. Pero éste, al ver la impresión en el rostro del maestro, le ofreció una oportunidad inédita: que él mismo escribiera el artículo, sin que nadie se enterara. Y Hermenegildo aceptó. Escribió el ensayo. Por respeto a su arte, no se le editó ni una sola palabra, ni coma, ni punto. Y cuando se publicó, dos meses después de la entrevista, quienes lo leyeron pensaron que era un texto brillante, el mejor que se haya escrito en el diario. Pero también pensaron que era una verdadera lástima que la gente lo haya pasado por alto, abrumada por otra noticia: la victoria de la selección de fútbol dos a cero sobre la de Brasil.

15.12.07

hotel


Tus medias rotas. No podía dejar de verlas y apreciar en ellas las formas de tus muslos ajustados y lo despreocupada que eras para vestirte. Tus zapatos de tacón, la manera de fumarte un cigarro, tus ojos negros, cuidadosamente delineados, todas prioridades para mí. De vez en cuando también le ponía atención al camino, cuando me aseguraba que la policía no me sorprendiera manejando y bebiéndome una cerveza. Íbamos rumbo al pueblo que tú habías visto en la postal que compramos frente a la clínica, donde te hiciste el examen del Sida. Te pareció bonito el lugar, y de inmediato me abrazaste y me dijiste que querías ir allí. Te abrí la puerta del coche y nos fugamos de aquél sitio. Con tus ojos llenos de felicidad viendo la carretera y tu voz desenfadada cantando todas las melodías tontas que sonaban en la radio. Y sólo nos detuvimos cuando estaba la noche bien puesta, en el único hotel de paso que encontramos. Tú te divertías viendo al hombre que nos dio la habitación y todo te parecía nuevo y encantador, incluso su peluquín mal puesto. Una vez apropiados del cuarto, hicimos el amor, como si tuviéramos dieciséis años y aquella fuera la cama de tus padres. Pero aquella, era una cama anónima, y con esas mismas sábanas se habían cubierto quién sabe cuantos viajeros de presupuesto corto. Ahora eran nuestras, y las marcamos con nuestros fluidos desenfundados. Luego de la sesión maratónica de orgasmos, quedé profundamente dormido, mientras tú te abrazabas a mi pecho desnudo. Desperté hasta el otro día, con ganas de seguir manejando otros setecientos kilómetros. Pero me topé con lo que mi madre llamaría un desastre y el código penal, un hurto agravado: mi billetera vacía, tus medias rotas en la cama y la habitación entera sin ti, ni un aviso de tu huida. Y me puse las botas y el pantalón. Pero no la camisa, porque me eché a llorar como un niño. Hasta que el ruido de la puerta abriéndose me advirtió que era un estúpido y apareciste tú con el desayuno. Y los emparedados de tocino los comimos en la cama y luego nos dimos un baño en la piscina. Estábamos desnudos, para el asombro de todos, incluso el hombre del peluquín. Luego supe que se llamaba Jorge, cuando pagamos la cuenta y llamó a la policía. Pero nada nos quitó la felicidad, Yessenia. Y seguimos viajando.


imagen: David. W. Dunlap

12.12.07

amanece

Amanecer. Elevar la temperatura de todo, iluminar. Despertarse, saber que no en todo amanece, no en ti, no en la vasta extensión de tu cama, no en la fría composición de tu cuerpo. Dejar el lecho y encontrarse con un espejo donde se refleja la nada: no tus párpados oscurecidos, no tu boca seca, no tu iris sin dilatar, no tus piernas cansadas. El camino inevitable hacia lo existencial. ¿Este soy yo? Acudir a la conciencia, y no a la religión. Encender el televisor. Un media-pastor gritando al mundo que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Dudas sembradas como las palmeras del desierto. Un Dios judeocristiano que se hizo hombre. Hecho hombre: ¿sabía que era Dios?. Ser Dios es ser absoluto y el absoluto es certeza. Es el cumplimiento exacto en el plano de los hechos de cualquier manifestación de la voluntad. Ser persona es ser contingente. El humano es un animal circunstancial. Si Dios sabía que era Dios, tenía la certeza del cumplimiento de sus actos. Entonces no era hombre. Yo no sé tan siquiera si soy éste que toma café y escribe líneas sin sentido. Pienso que es hora de irme. Avanzar. Hacia un nuevo éxodo. Uno cuya traslación sea de la conciencia, no del cuerpo. Hasta llegar a donde el día también es un estado de ánimo.

4.12.07

selva

La casa de un asalariado los últimos días del mes, es mucho más salvaje y peligrosa que la misma amazonia. Si uno tiene hambre debe procurar su sustento. Y con hambre cualquier cosa es alimento. El calendario marca treinta y mi saldo de cuenta cero. Voy hacia la cocina y abro el refrigerador. Lo único que permanece es una cebolla. Y sus hongos. Por aquí, lo que se deja a su suerte, es siempre de los hongos. Y del musgo. Como el auto abandonado que una vez encontré en la carretera. Cierro el frigorífico. Examino el área. Las alacenas. Al abrirlas, me topo con la monstruosa abstracción de la nada: el vacío. Dos latas están allí olvidadas. La fecha de caducidad es, para el pobre, una simple anécdota circunstancial. Códigos incomprensibles. Las destapo a cuchilladas. Ahora, el derrumbe es inminente. Los melocotones en almíbar están podridos. Las prioridades son enlistadas. Agua potable, luz eléctrica, telefonía fija, vicios. Eliminación al azar. No los vicios. Enciendo la PC. Puede ser la última vez que la encienda, antes de que corten la luz. No son románticas las velas? Un correo llama mi famélica atención: 264 dólares americanos si envío correos. Sin borrar el destino. Supr. Eso dice la tecla que presiono. Nervios. Hambre. Eras en verdad tú, Bill Gates? Habré perdido una fortuna? Tomo mi último trago de vodka. Lo que quedaba en la botella. Y la tiro junto a las latas de fruta en conserva.