25.5.09

all is full of love

Los trozos de hielo golpeaban el cristal de la ventana. Granizaba. En la calle, dos autos pasaban lento rumbo al cementerio. Dentro, mi hijo dormía profundamente sobre mi cama. Me acosté a su lado. Estaba acomodado como esa primera vez, cuando lo vi en la pantalla del ultrasonido. Me conmovió ver sus diminutos dedos acariciar el vientre de su madre. El médico se incomodó al notar el par de lágrimas que me rodaban. Para mí era importante. Fue la primera vez que supe que yo existía. Que tenía peso, que ocupaba un tiempo y un sitio y que no era una sombra. Heredé parte de mi alma. Me deconstruí en dos piezas. Entendí que también yo heredé de otros. Y de las cosas. De la lluvia que cae con violencia, de las flores rojas que nacen en el cementerio, de los perros sacudiéndose en los charcos. Del árbol que estaba frente a mi ventana. Soy y somos parte de uno y ese uno somos todos. Mi hijo y yo, y la motocicleta que pasó haciendo ruido mientras él nacía. Su madre haciendo su mejor esfuerzo en el parto, para abrazarlo pronto. Sentirse conectado con la vida hasta que te duela la piel y quede corto el cuerpo. Desear que morir sea un estallido, una conversión a las esporas. Para que me respiraran y poder viajarles dentro. Devolverles lo que recibo, multiplicado por cientos.

19.5.09

escritos de invierno




Te lo advierto, cuchillo

Mientras iba en el auto

comenzó a llover

como nunca había llovido en este invierno

llevaba puesto en la radio

un disco triste

porque tengo muchos así

y mientras sucedía la música y el aguacero

decidí

que voy a dejar que mi piel se arrugue

llena de manchas en las manos

que los dientes se me caigan

que los esfínteres no me funcionen y

se me olvide qué es una erección


Que al final sea el tiempo lo que me mate

y no vos,

Puta Tristeza



Primera Vuelta


Lo que no te he dicho de la lluvia

es que me recuerda a Panamá

ciudad

cuando emigré hacia allí

sin pensar en volver

tenía diez años

y nos mudábamos

con el padre de mi hermana


desde la ventanilla del avión

pude ver a mis abuelos y mis tías

llorar y decir adiós detrás del cristal del andén


mi abuelo llorando

fue el primer gran golpe que recibió mi alma

nunca nos dijimos que nos queríamos mi abuelo y yo

simplemente lo sabíamos

somos dos tipos duros, tú me entiendes

desde los diez años lo deduje

o quizá desde los siete

que yo sería un niño desalmado


llovía en Panamá

llovió los dos meses que estuve allí

el mar estaba siempre bravo

los cubanos jugaban béisbol en el patio

los viejos al dominó

la piscina vacía del edificio

llenándose de hojas y agua de lluvia

los vendedores de chicha gritando

el olor a salitre en mi habitación

la toalla que cayó seis pisos desde nuestro balcón

el arroz que incendió la cocina

y el día en que se inundó el apartamento


todos fueron presagios del desastre:

mi madre, mi hermana y yo

de vuelta a Guatemala

dos meses después

era el día en que elegían presidente, en mil novecientos noventa

yo lo recuerdo

en casa olía a pan recién hecho

y mi abuelo estaba contento

10.5.09

Traición


No son las personas ni las cosas las que al final me traicionan. Son las ideas. Me explico: si voy al supermercado digamos que, por dos libras de papa, cuatro cebollas, leche descremada, una docena de huevos y una caja de cereal, lo que acontece entre el pasillo de las verduras y el de los lácteos es asombroso. La estantería de los frijoles es abatida por el golpe de una garra. Tres o cuatro dedos verdosos con uñas negras, afiladas y enormes, anfíbicas, que hacen rodar a las latas cilíndricas pordoquier. El anfibio se acerca a mí y a mi carretilla cargada de frutos frescos. Me observa detenidamente y habiéndome examinado me hace sentir su aliento que no es de aire, sino de fuego. Yo para ese entonces, ya empuño la espada y confío en mi armadura. Todo esto, sin dejar a un lado mis gafas graduadas y mi cara inconfundible de geek.
Minutos después estoy en la caja registradora pagando una lata de atún, dos bolsas de hielo y una botella de Jack con mi tarjeta de crédito favorita. Mientras que el dragón, yace muerto en la sección de ropa interior femenina, cerca de los sostenes de encaje y al lado de las tangas. Queda una intensa batalla. Era un anfibio decente. Mucho más que el del domingo anterior.


5.5.09

Oficios

A las siete cincuenta y tres a.m. camino sobre la calle que conecta mi parqueo con la oficina. El sol me explota en la cara. Es la luz del optimismo, así que me pongo las gafas oscuras. Al terminar la primera cuadra, el restaurante italiano con su olor a salsa, queso y omeletes, me recuerda siempre que tengo hambre y poco tiempo. Diez metros después y seis minutos antes de que den las ocho en punto, debería encender un cigarro, pero no lo hago. En cambio, veo cómo los tipos que duermen en la calle se levantan con los ojos vidriosos. Uno de ellos cuida de un diminuto gato como si fuera un hijo, otro trae café para todos y alguno más empieza a empujar los carritos de las ventas callejeras para ganarse un par de quetzales. Y mientras empuja, otro vago, vestido un tanto más limpio y con señales de haberse pasado agua sobre el pelo largo y grasoso, le grita "hay va el burro ve" mientras imita las orejas del animal con ambas manos puestas sobre su cabeza y se agacha caminando. El que anda con la carga, sólo atina a devolverle una mirada triste, igual y no tiene otra. Sigue empujando. Los otros toman café y aquél sigue cuidando al gato. El comediante camina frente a mí. Llego tarde a la oficina y tampoco enciendo el cigarro. Prendo el ordenador y claro, hago lo que tengo que hacer todos los días: imaginar que trabajo en un sitio de puta madre.