29.4.09

El Alcalde

El alcalde dice que no tenemos que besarnos ni darnos la mano. Tiene una esposa a la que supongo que ahora no besa y muchos hijos con los que supongo ahora no se reune ni saluda de mano. Por la gripe porcina dice. Yo por si acaso, mejor me juego la vida y te beso. No confío en un político sino en tus labios.

25.4.09

aguacero


Ayer llovió. Caminaba fuera de la oficina cuando cayeron las primeras gotas. Luego fue una llovizna que terminó por convertirse en aguacero. Olía a tierra mojada. Tuve que ir a una reunión y no pude ver a la gente meterse a los almacenes para no empaparse. Tampoco pude ver a los motociclistas esconderse bajo los puentes, fumar desde un balcón, ni caminar bajo el aguacero, porque estaba con la corbata puesta, añadiendo azúcar falsa a mi café. Y claro, también estaba pensando en ella.
Y cuando finalmente la vi por la noche, toda la ciudad seguía estando fresca. Con un tráfico de los demonios, pero absolutamente renovada. Todas las calles se limpian cuando llueve. Los árboles empiezan a recobrar su color. Hace años viví en un edificio de apartamentos rodeado de un bosque. Nunca logré contar cuántas tonalidades de verde podías ver en el invierno en las hojas, ni las infinitas formas de las ramas. El silencio de las tardes y el ruido de los pájaros por las mañanas. Son ruidosos los pájaros. Debes vivir una vida sana para poder convivir con la naturaleza.
Es decir, tener el corazón listo. Como para tomar su mano y saber que es lo correcto, el lugar y tiempo justo donde quieres estar. Que le da sentido al primer día de lluvia, el habernos visto de nuevo. Es decir, haberme encontrado otra vez, con esa espectacular forma de ver el mundo, mientras un rebelde mechón de pelo le cae por la frente ocultando la maravillosa forma de sus cejas. Claro, con eso. Con su olor y con el sabor de su boca. Un dejo de ron, de limón y azúcar. Tropical y cálida como el día en que la besé por primera vez.
No quería desprenderme de ella. Su espalda cabe perfectamente entre mis brazos. Pero vamos, tenía que irse y yo quedarme como un huérfano en una calle oscura, pisando el pasto mojado. Avanzando luego en el auto por encima de los charcos.
Llegué a casa y me encontré con unos policías fumando mientras charlaban de sus compañeros abatidos a balas por unos narcotraficantes. Fuera de la puerta de casa, los restos del árbol recién talado me recordaban que al amanecer, el sol violaría sin pudor mi ventana. Me refiero a que me topé con el cúmulo de cosas sobre las que debería tratar este post. Pero cuesta trabajo sentirse desgraciado, mientras no te puedes borrar la sonrisa y el sabor de una boca que a penas empiezas a conocer.

22.4.09

TRANS 2.0: el taxi donde te acomodaron la vida


Por ejemplo, el taxi donde te acomodaron la vida en el asiento de atrás y te la hicieron fuego a pura verga y el tierno calor de la punta de los tenis inflamada en el hocico, el perro hocico nuestro donde se fuga espesa la noche, hocico de ladrido seco de no saber por dónde es que al fin viene la muerte.
Te agarran lindo por la espalda y cantan las tiernas runas de la lotería del barrio, del blanco estornudo del barrio, del trastocado espejo de estar justo en tu calle rifando barrio, qué más da al corazón el gélido susurro de unas manos desconocidas acariciándote el hombro, tranquilo culero, hoy sí vas a conocer el infierno qué más da, el taxi en que te irás lleva una cruz de olvido.
Y aún no cae la tarde frente a tus ojos, todavía no te toca, este aire extrao solo era para que te asomaras a la cola, para llevarle el ritmo al caracol vacío de la muerte, que calculés tus fuerzas y te mirés tranquilo: hay una sombra inmensa derramándose en tu boca como un nuevo río de palabras agotadas. Este ejercicio, papá, es un llegue del señor de Xibalbá arrimándote la almendra, para que seas vos el que sintás la muerte y tu amigo poeta sea el que escriba, cómo la ves.

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18.4.09

teléfono

si digito ocho números hablo con mi hijo, ¿cuántos necesito digitar para hablar con mi padre?

Calle

hay que ver los ojos de un borracho, mientras se sienta a ver pasar los autos, para entender que el mundo contiene una infinita tristeza. Inexorable, inefable, la causa radical de la hermosura.

Ejercicio No. 1

He dormido semidesnudo. Hace mucho calor. Me despierta la voz de una señora que pasa frente a mi casa y canta: "te vas quedando solo, solo" Tengo en la mente a Patti Smith. La descubrí recién el miércoles. Hay tanto por oír todavía, por leer, por ver. El aburrimiento me parece tan lejano. Me cubro con una sábana para seguir soñando con nombres de mujer olvidados.

17.4.09

Salvation Road

Las aspas de la hélice. El rotor. El maldito zumbido. La paranoia. Cada noche, desde hace una semana, un maldito helicóptero se pasea por encima de los techos del barrio, con las luces apagadas. Es una mancha negra o un estruendo. Se supone que es parte del plan de seguridad, es decir, que debería sentirme bien escuchándolo, porque significa que el señor Ministro de Gobernación hace algo por mí. Pero no, no siento eso. Odio al maldito helicóptero y me jode la calma. Siento que estoy en una zona de guerra. Pienso que se va a caer sobre mi casa, destrozando el techo y cayendo justo sobre mi cama, cuando estoy durmiendo y soñando con que vivo en una zona donde no hay helicópteros. Joder. No han sido semanas tranquilas estas dos últimas. A penas y he podido acercarme al blog. La semana pasada comenzaba un largo descanso desde el miércoles santo hasta el lunes de pascua. Pero el martes por la noche, una infección estomacal acabó conmigo y me retuvo en la cama durante el miércoles, el jueves y el viernes. Jodido totalmente. Bebiendo agua y tomando sopas. Famélico. Muy poco que contar. El jueves santo pasó un cortejo procesional frente a mi casa. Llevaban un Cristo con la cruz a cuestas, sobre un anda. Se formó un alboroto. Yo salí a ver. Frente a mi casa, estaba Sebastián, un borracho que empuja una carreta por el día y por la noche duerme en ella, a unas cinco casas de la mía, en la acera. Sebastián se mea en los pantalones y también se defeca. Huele a rancio, pero vamos, así olía la gente hasta hace mil años. Así que alrededor de Sebastián había un círculo vacío, sin personas. Aprovechando el espacio, me paré a su lado a esperar que Cristo pasara y con él los encapuchados, los tambores, la banda fúnebre, la algarabía en resumen. Y así fue: lento. Cinco o seis minutos, confundiendo mi olfato entre el incienso que llevaba la procesión, el olor de Sebastián y el perfume de las cargadoras que iban haciendo fila para cargar a la Virgen. Me detuve a observar la reacción del indigente. Sus ojos rojos, opacos y tristes no decían mucho, fuera de ser un signo de lo avanzado de la descomposición de su cuerpo. Pero se quedó inmóvil hasta que toda la procesión pasó. Y se persignó al final. La banda siguió su camino, tocando marchas fúnebres. Yo tenía ganas de ir al baño otra vez. Entré a casa. Luego de aliviarme, salí a ver por la ventana. Ya el mar de gente empezaba a dispersarse. Sebastián empujaba torpemente la carreta rumbo a la nada. Antes, pensaba que podía parar como él, totalmente perdido en las calles. Huyendo de todo. Así que siento cierta conexión con su vida. Por ejemplo: sé que al igual que yo, por las noches, mientras que yo estoy cubriéndome con las sábanas y él se acomoda sobre la acera, bajo la persiana de un restaurante de mariscos, ambos vamos a estar frente al mismo sitio: el cementerio. Si, al final de mi calle hay un cementerio. Y a lo mejor, también Sebastián también va a estar maldiciendo al helicóptero. Justo como yo. También sé que la gente ha hecho de todo por salvar a Sebastián, que lo han metido a rehabilitación y todas esas cosas. Sé también que nada ha resultado porque él se rehusa. No puedo hacer mucho por él. Tampoco por mí. A estas alturas del partido, ya no sé si quiera salvarme. Prefiero explorar otras opciones.

7.4.09

Abril

El clima se mejora en abril. Por las noches corre un viento fresco que te quita el calor que dejó el día. Puedes dormir de lo mejor si abres la ventana de tu habitación, si es que tiene ventanas. De estos días, prefiero la tarde, cuando el sol es una inmensa bola naranja. La luz que emana es fantástica, porque hace parecer mucho más vivo el mundo de lo que en realidad está. Entre las cuatro y las seis de la tarde es un verdadero espectáculo. La gente sale y la mayoría se ve feliz con sus bolsas llenas de frutas. Las chicas salen a pasear con sus faldas cortas o se ponen shorts ajustados. Y los tipos como yo vemos contentos como ellas rebosan vida.

El otro día, frente a la casa de una amiga, vi a una niña jugar con su perro. La niña tenía el pelo castaño claro y uno de esos lindos vestidos largos. El perro era un labrador dorado. Jugaban sobre el pasto. La madre de la niña regaba la grama. Reflejado en el agua, había un minúsculo arcoiris.

Pasó bastante tiempo desde la última vez que escuché el sonido que provoca el agua cayendo sobre el pasto. El tranquilo ruido de la humedad. El olor de la tierra mojada. Lo frío del pasto si lo pisas descalzo.

Yo también tuve un jardín, el tiempo en el que tuve una mujer y una casa. Ese tiempo en el que en vez de pensar, regaba el jardín. Pero todo se quedó atrás, cuando me llevé la caja con mis cosas. Ya los libros están acomodados en una librera nueva y los discos suenan otra vez en mi radio. Pienso en escribir. Escribo. Siento que estoy vivo.

No me importa que al salir de casa, no haya jardín sino un árbol pudriéndose. Tampoco encontrarme con algun borracho meando sobre el árbol. Esta cuadra es de gente que hace lo que le da la gana. Tipos como yo, que van siempre rumbo a cualquier sitio. Sólo por andar, nada más. Repartir el corazón en cada cama; compartir la almohada sin pensarlo. Ser fugaz como el mes de abril, cálido, con ligeras brisas. Qué se yo. Apostar siempre por ti y no por los pedazos. Pelear siempre a la contra.

Eso es.

Hacer que no quede otra opción.