24.10.10

Intermedio. Myke Tyson cayendo a la Lona. III

Querida, hablemos de esta lección: imagínate un micrófono en la mano del presentador. El hombre de traje ruge como una fiera. De su boca sale un futuro tan claro como la mirada de una madre. Las bestias sólo saben de sangre.  Las lámparas alumbran la lona azul. La tensión es más sensible si tocas las cuerdas. Mujeres en minifalda listas para juzgar si soy frágil. La fila llena en la casilla de las apuestas. Un lector es un apostador inmisericorde. Un buen lector podría apostar contra su madre, si ese día no lo inspira. Don King es el mejor editor de novelas. La campana sonando es la primera palabra del mejor cuento escrito hasta ahora. Escribir es una pelea de doce asaltos contra mi tristeza, contra mis injustificadas ganas de no morir derramadas sobre una hoja en blanco. Myke Tyson noqueará a Buster Douglas. Myke Tyson es la muerte encerrada en dos puños cortos. Myke Tyson es mi primer profesor de literatura. El Perro más salvaje, subiendo al cuadrilátero para dilapidar un adversario. Una página en blanco es un cuadrilátero que espera tu sangre. Buster Douglas perdió a su madre y ganó un puñado de ira. Myke Tyson perdió la vista en un ojo por la sangre del párpado.  Una risa plastificada cayendo lentamente por la televisión en el décimo asalto. Celebramos un cumpleaños el once de febrero de cada año. Japón entero aborda el mismo tren, que a su vez, va al mismo sitio, que no es otro que la mandíbula de un hombre que a su vez es la mejor imagen del fracaso: Tyson cayendo a la lona en ocho cámaras lentas. Las apuestas se cobran treinta y dos a uno. La gente aplaudiendo a un desconocido. ¿Entiendes ahora a qué me refiero cuando digo que escribir además de todo también me aterra?

22.10.10

La Joya. Capítulo tercero: los slides de autoayuda para una morgue.




La lista de enemigos de H. López no ayudaba para nada. Eran demasiados. Gente de la misma iglesia que dirigía, políticos que competían contra él, bandas de extorsionistas y secuestradores que habían sido eliminadas por los escuadrones que comandaba en secreto. Incluso su mujer podría haberle matado. Él estaba asegurado por una cifra millonaria, así que a ella, la muerte de su esposo le suponía una jugosa ganancia. Habría que agregar que ella también era la competencia del buen Harry, en el partido político que dirigían.
Claudia de López, que así se llamaba, había incursionado en la política, aunque con inicios bastante modestos, sí con un creciente número de seguidores. Se decía que ella misma podría significar la separación del partido si llegase a terminar su relación conyugal. Tenía motivos: el pastor era conocido por sus aventuras amorosas con las feligresas. Vaya, otros nombres qué agregar: los esposos de las mujeres que se folló.
El Sapo y yo trabajábamos juntos; decíamos en voz alta, los nombres de las personas que se nos ocurría investigar, mientras el forense, unía sobre una plancha metálica las partes del cadáver. Estaba incompleto. El forense explicó el motivo: la bolsa abandonada frente a una de las iglesias de la secta, había sido encontrada antes por los perros: la prueba eran los mordiscos en la ingle y los pies. ¿Cuánto tiempo habrá pasado esa bolsa ahí? Era esencial saber las horas.
Alguien de la policía entrevistó a la esposa. Claudia declaró que Harry había salido un día antes de hallar su cadáver hacia San José, Costa Rica. Ella mismo lo había dejado en el aeropuerto. Lo único inusual había sido que no se comunicara al llegar a su destino.
Un día y medio. Ese tiempo tuvieron para interceptar a López en el aeropuerto, llevarlo al sitio donde lo asesinaron y descuartizar el cuerpo, dividiéndolo en dos puñados de partes y órganos colocados en las mismas bolsas negras de plástico.
Bolsas genéricas sin ningún dato. Ninguna huella, más que las de los bomberos que hicieron el hallazgo. Jamás se les ocurrió usar un guante. Estoy seguro que si comparara las huellas encontradas, también habría de los fotógrafos de los diarios de nota roja. No se encontraron prendas de vestir en las bolsas. Así que quizá los asesinos las conservan. Alguien tendría que regresar a la Joya a buscar esas prendas.  Alguien tendría que entrevistar al detenido. Hacerlo confesar. Habría que hacerle sentir que no tenía otra salida que colaborar con la Fiscalía. Eso lo haríamos al día siguiente, el Sapo y yo.
Una mujer se acercó a nosotros, en la mitad de la autopsia. Tenía puesto un uniforme del Instituto de Ciencias Forenses, pero no era doctora: era una secretaria. Habló primero con el doctor, entregándole un trozo de papel con unos números escritos a mano. Entonces se dirigió a nosotros, preguntando: ¿Ustedes son los Fiscales Antonio Sánchez y Roberto Malacara? Para servirle, contestó el Sapo y de inmediato esbozó una sonrisa como la que hace cuando estamos en tribunales. Bien, llamó a la oficina una persona de nombre Juan Luis Flores, que dijo ser su jefe. Dijo que era urgente que le devolvieran la llamada. Gracias, ¿nos permite usar su teléfono? pregunté. Ella nos condujo hasta la oficina principal.
Al llegar, pude ver que tras la puerta de ingreso, un buen número de reporteros esperaban que saliéramos. Tomé el teléfono y hablé con Flores. Los planes habían cambiado: quince minutos después de haber ingresado al Centro de Detención Preventiva, el Yoni, el detenido de la Joya, había sido asesinado a golpes. La policía entró tarde, formándose un motín. Todavía no recuperaban el cadáver, que ahora yacía en la celda con la lengua cercenada.
Colgué. Le informé de todo al Sapo. Nos sentamos ahí mismo en la oficina, en silencio, pensando. Tenía muchísimos nombres frente a mí. Como en todos mis casos, una película empezaba a rodarse. Una película incompleta, donde yo tendría que adivinar las escenas faltantes.
Mientras hacía anotaciones en mi agenda, el Sapo regresó a ver si encontraba más datos en el cadáver de López. Más bien en sus pedazos.  Frente a mí, la secretaria de la morgue, revisaba en su computadora algunos mails. Abrió uno, al que adjuntaron una presentación en slides; hablaba del valor del amor y la amistad. Una canción cursi se escuchaba en el fondo, con un piano insufrible. Qué bonito, verdad Licenciado, me dijo, sonriendo y haciendo clic en el ratón, como si fuera una adolescente.
Eran las once treinta de la noche. A esa hora, en la calle, en las iglesias, en la celda del Yoni, en los rastros de sangre, se formaba un océano de dudas esperando encontrar su respuesta. 

16.10.10

La joya. Capítulo segundo.

La razón de esta audiencia, señor Jonathan Esaú Canales Campos, es porque usted el día nueve de octubre del dos mil diez, aproximadamente a las seis horas con treinta minutos, fue detenido en el interior de su residencia ubicada en la séptima calle nueve guión treinta y cinco, colonia la Joya, lugar donde también se localizó una bolsa de plástico negra la cual contenía una mano izquierda posiblemente perteneciente a  una persona de sexo masculino, dos glóbulos oculares y una oreja. Asimismo, también se le encontraron una pistola marca Glock sin licencia, modelo 17, varios cartuchos útiles para Fusil AK 47 y una granada de fragmentación útil. También fueron encontrados dos cuchillos de carnicero en la misma habitación con fluidos y cabellos. Hechos que a juicio del Ministerio Público, constituyen los delitos de: Asesinato, contenido en el artículo 132 inciso sexto, el cual habla acerca de la perversidad con que ha sido cometido el crimen; Tenencia ilegal de armas de fuego bélicas o de uso exclusivo del Ejercito de Guatemala o de las fuerzas de seguridad y orden público del Estado, explosivos, armas químicas, biológicas, atómicas, trampas bélicas y armas experimentales, contenido en el artículo 112 de la Ley de Armas y Municiones; el delito de Tenencia ilegal de municiones, contenido en el artículo 114 de esa misma ley y el delito de Portación ilegal de armas de fuego de uso civil y/o deportivas, contenido en el artículo 123 de esa misma ley. Para ello se cuentan con los siguientes elementos de convicción...
Enumeré la lista de pruebas. El tipo me miraba, sentando en la mesa de enfrente, junto a su abogado defensor. Engrilletado, no podía más que intimidarme con la mirada. O al menos intentarlo. Yo seguía leyendo la lista de cosas: informes del médico forense, testigos, etcétera. Seguía viéndome. No llegó a darme demasiado miedo: era él quien debía sentirlo. Hoy mismo estaría en una celda, rogándole a Dios que le concediera el milagro de no ser violado por sus compañeros de cárcel. Pero hay demasiados presos pidiendo lo mismo, muñeco y Dios mantiene la línea ocupada. 
El abogado defensor no pudo decir mucho. El Juez la tenía fácil. Mandó al Yoni a prisión y me dio dos meses para investigar. Me jodió. Era muy poco tiempo. Ya inventaría algo. Tomé mis cosas y busqué al piloto de la oficina. Al salir del sótano de Tribunales, donde están los juzgados de turno, encontré el cuadro de siempre: el olor a cebolla de los puestos de tacos, las señoras esperando con ansias. La camioneta de la Unidad se acercó a mí y subí. El piloto dio vuelta mirando por el espejo retrovisor que nadie nos siguiera. Avanzamos y encendí la radio. Las noticias eran las mismas: un tráfico de mierda por todas partes. Hablaron sobre mi detención, que había sido por la mañana. También dijeron que esa noche, los bomberos habían sido alertados sobre otra bolsa con restos humanos que había sido abandonada al lado de una iglesia en el sur de la ciudad. 
Mi teléfono sonó. Era el Sapo, mi colega. Luego de un breve saludo, el Sapo fue al grano: "Malacara, encontraron otra bolsa con restos y el forense ya sabe quién es el mutilado. Te vas a cagar" No jodás Sapo pizado, decíme quién putas es. Me dijo el nombre. Efectivamente un asombro me sobrevino.  Enorme, como una roca. Gigante como el culo de un dios griego. La mano, la oreja y los ojos, eran del Pastor Harry López. Del candidato Harry López. Del millonario Harry López. Del jefe del escuadrón de la muerte, según las malas lenguas, Harry López. Otra llamada entró a mi celular. Era mi jefe. Contesté. Eran una infinidad de órdenes. La primera era llegar a la morgue y reunirnos ahí. El piloto aceleró. Recordé los glóbulos oculares al momento de sacarlos de la bolsa.
Harry López; ya tenía un rostro para completar el horror de aquella mirada permanentemente abierta. 

10.10.10

La joya. Capítulo primero.







Te dije que tomaras algo, concluyó el oficial, dirigiéndose a uno de sus agentes que bostezaba sin parar, vencido por la madrugada. Agazapados a las orillas de una casa de tres niveles, situada en una montaña, esperábamos el momento adecuado para entrar. El ejército acordonó el área y toqué la puerta. Con cada golpe contra el metal mal pintado de negro, se devolvía el eco de una habitación vacía. Volví a tocar, pensando en una barreta de metal. La incrustaría en una de las bisagras, deshaciendo el concreto. El portón caería, en un par de minutos.Se escuchó un ruido. Un ventana en la segunda planta se abrió y un hombre salió a ver. Policía,  gritó el oficial, abra la puerta. Me coloqué del lado contrario al que la puerta abría para no estar en su ángulo de tiro. Abrieron y cinco agentes entraron acompañándome. Encontramos a un par de hombres viéndonos fijo. Los colocamos contra la pared y los agentes los revisaron en busca de armas. Uno de ellos, completamente vestido de negro, parecía ser el jefe. Tenía tres anillos, dos de ellos en forma de calaveras con los ojos brillantes y rojos. Del cuello le colgaban una decena de  cadenas plateadas. Un tatuaje en la mano derecha  lo delataba como miembro de una pandilla. El otro tipo, a penas hablaba. Parecía un jugador de fútbol venido a menos. Neutralizados ambos, nos permitieron subir a la segunda planta, por unas escaleras con una lámpara de araña en medio. Había una infinidad de cucarachas en el sitio, transitando impunemente por el suelo y los muebles. La segunda planta, tenía varias habitaciones. En una de ellas, lloraba un recién nacido al lado de su madre. Los hombres de la casa guardaban silencio, esperando a que encontrásemos algo. Pasé a otra de las habitaciones, llena de ropa desperdigada. Ahí dormían dos niños. Uno de ellos, según dijo el padre, sufría de ataques de epilepsia. La revisé y salí de nuevo. La última habitación me esperaba al fondo del pasillo. La orilla de una cama se veía desde fuera, la puerta estaba entreabierta. Me acerqué y los dos hombres se colocaron a la orilla del pasillo, contra la pared. Dos policías iban tras de mí con las armas desenfundadas. Atravesé el umbral de la puerta abriéndola de golpe. Un olor a mentol salía del sitio. Amanecía tras una ventana enorme. El sol naranja de octubre incendiaba el cuarto, encegueciéndome por un momento. Con la mano izquierda, me protegí de la luz. Había un sofá. Me senté en él. Respiré profundo. El espectáculo estaba listo: un río de sangre corría hasta mis pies comenzando desde una bolsa negra, dispuesta al lado de varias velas encendidas.  

6.10.10

Dos Microrrelatos en la Nave de los Locos.

"La escopeta" y "Mandemos a Bukowski a la Mierda", dos microrrelatos inéditos, de mi autoría, fueron publicados en el blog "La Nave de los Locos" del escritor español Fernando Valls. Para leerlos pinchen el siguiente enlace: 


Un abrazo. 

J.