23.2.08

destino

He puesto uno de esos discos en el reproductor. De los que oyen los borrachos cuando se les parte el corazón. Literalmente. Elliott Smith se apuñaló exactamente en ese sitio, cuando decidió matarse. Lo hizo después de grabar estas canciones que de por sí, eran el vaticinio de su rendición. Liarte con el dolor puede conducirte hacia una perspectiva distinta de las cosas. En mi caso, me predispone a una estética fluida. Es cuando te alejas de los objetos cuando los aprecias en su justa dimensión. Voy en el auto, por cierto. En el espejo retrovisor a lo lejos se distinguen las luces que por las noches alumbran Guatemala, ciudad. A veces me da por manejar en la noche. Sin un rumbo predestinado. Vengo de la nada y voy hacia allí . Sólo soy un detalle más de este paisaje, y si te descuidas, puedo consumirte conmigo. Echar raíces, me entiendes. Pero no es ese el motivo de este viaje. Es sólo tomar el volante y conducir. Oyendo discos que me hagan sentir miserable. Hasta que no vea más luces, hasta que no conozca exactamente dónde estoy. Hasta que mi suerte dependa de los ladrones y asesinos, menos citadinos, de carretera. Esos escondidos entre la espesa vegetación que inunda este país, plagado de tropical fools. Tontos como éste que conduce sin destino. Una vez conduje hasta México. Dejé el auto tirado en Tapachula y luego tomé un bus hacia el Distrito Federal. Cuando estaba en la habitación del único hotel disponible a las cuatro de la mañana, traté de recordar de qué estaba huyendo. Y no lo sabía. Me asomé a la ventana y contemplé el esplendor nocturno de una ciudad desconocida. Me fumé un cigarro que saqué de una cajetilla comprada en algún lugar de Oaxaca donde estacionó el autobús. Acabé con las diminutas botellas del minibar. Borracho tomé la guía telefónica y disfruté no encontrar ningún nombre conocido en sus dos mil quinientas páginas. Regresé dos días después sin decir dónde había estado. Pero esta noche no habrá México para mí. Sólo caminos oscuros como este, que recorro sólo, en el auto. Quiero ver de lejos las calles. Sentir la nostalgia de las esquinas. La ausencia de olor dulce de la ciudad, que más que urbe, es una guarida de sicarios. Huir de la ficción que es Guatemala. Que no es. Que no será. Que nunca fue, una ciudad para nosotros. Demasiadas posibilidades de morir sin dejarte más herencia que el recuerdo de este tu amante entregado. Demasiados días en los que estás centrada en ser tú, y calcular las consecuencias fácticas de serlo, mientras que yo tiendo a la ausencia, a dejarme a mi suerte, mientras intento descifrar esa idea que nos haga felices. A divagar. Cualquier cosa con tal de no pensar en el cepillo de dientes que sobra en mi baño. Todos los caminos conducen a tí, lo sabes. Aunque al final no seas más que una sombra inasible, como todo objeto deseado.

14.2.08

Bienaventuranza. Primera.

Dichosos nosotros los que jugamos a ser amantes en la carencia, valentines paupérrimos que sólo sabemos regalar calor guardado debajo de una sábana y una mano que acaricia debajo de la mesa sucia de una cafetería trasnochada.

Dichoso yo, que te tengo a ti, para bailar cuando no se baila, reír cuando no se ríe, y amar en tiempos de rabia. Lámpara que alumbra la densa oscuridad de mis dudas. Llama que arde. Verdad sabida. Letanía. Quiero inventar un idioma, para rebautizarte con un nombre que te haga justicia, maravilla, encierro de bondad, generosa, has tenido para mí todo y yo, querida, sólo te doy a cambio un gracias y estas notas, que al final son nada.

Mesura. Eso me pido. Decirle sólo a tu oído las cosas dulces que se me ocurran. Guardar mi amor en una almohada, donde te acuestes a soñar con futuros, casas amuebladas y desayunos para dos en la cama. No quiero gritar nada. Hacer un alboroto. Tú sabes, amor, que lo mío es hablar quedo y que lo último que quiero, es darle una oportunidad al destino para la venganza. Han sido demasiados inviernos los que te esperé apostado en esta esquina. Viendo hacia la misma ventana. Esa que daba a la sala, de la casa en que no estabas.

7.2.08

Diversión in absentia. Test No. 1


Horacio es un salvaje. Uno de esos tipos que sin tu permiso, llegan a estar sobre la pieza fundamental de tu vida, ni te enteres nunca por qué les permites permanecer. Mientras yo disertaba las particularidades de la guerra que se libra en las calles entre criminales y no criminales, de sus migraciones, sus trincheras, Horacio insistía en un tema bastante disímil: mencionaba intermitentemente el nombre de un prostíbulo que frecuenta. Acto seguido, extendió una invitación, que según él, “no aceptaba un no por respuesta”. Quería que yo también fuera al sitio. Pensaba que era tiempo de salir a conocer el mundo.
Acepté. Quería conocer el mundo de Horacio. Así que nos lanzamos hacia el lugar y tal como lo prometió, las mujeres que lo atendían eran nocivamente hermosas. Para no perdernos ni un detalle de la acción, nos apostamos a un lado del escenario, como dos adolescentes legos en el sexo. De inmediato salió a bailar la más voluptuosa de todas las meretrices, contoneándose de maneras imposibles; mostrando, por qué no, los dotes que la genética y la ciencia le habían concedido. Horacio me sonreía agitando su vaso, provocando el choque de los hielos contra el cristal. Esto, amigo mío, mata toda filosofía de autodestrucción, dijo y se colocó el cigarro en la boca para tomar con sus dos manos los abundantes muslos de Chantal, la bailarina, encajándola sobre sus piernas. Y mientras Chantal se dejaba querer, yo, que todo lo razono, viendo a Horacio buscar desesperadamente una cura para mi incapacidad de diversión, pensé, a lo mejor como producto de esa misma limitante, que el maldito lugar estaba lleno de idiotas que habían perdido por completo la fe en sus propias habilidades de conquista, y que absolutamente derrotados se arrastraban hasta este sitio —ahora viene la peor parte— con el propósito de alquilarse una vagina para masturbarse.
Y se lo dije a Horacio.
Supongo que tenían razón quienes afirmaron que soy incapaz de divertirme, dije, mientras cerraba la puerta de casa dejando a Horacio fuera, con esa expresión de desilusión que me resulta tan familiar. Empezaba a digerir el hecho de no verme más cuando se despidió. Una vez dentro, encendí el ordenador para tratar de explicar en un texto la idea de la guerra. Y de los prostíbulos. Pero tampoco pude escribir. Sólo conseguí permitirme salir al balcón a ver pasar la noche. Es decir, a vigilar las calles vacías, el resplandor naranja­-sepia que mancha las nubes y las rutas de las ambulancias con sirena abierta. No pensaba en nada serio. Sólo una cosa ocupaba mi mente: la manera tan precipitadamente hermosa con la que abres mi puerta.
Y te juro que en ese momento me senté a ver la puerta. Y que también crucé los dedos.