26.3.10

Los nuevos sitios (Caminando por San José)

Al doblar la esquina, encontré un edificio lleno de luz, alto, con grandes ventanas de madera. Las cortinas se mecían con el viento. Caminé hacia él. La noche tomaba San José y en los negocios, las rejas caían. Letreros avisando que el sitio estaba cerrado me daban la cara por todas partes. Un bingo en un segundo nivel parecía ser la única señal de vida. No habían niños caminando. Muy poca gente. Nadie me veía.
Caminaba junto a Alex y Álvaro, los dos guatemaltecos con quienes visité San José. Encontramos una tienda de abarrotes y decidimos entrar. Era pequeña. Hicimos las compras. Yo tomé varios paquetes de granos con café cubiertos de chocolate y también una botella de salsa Lizano. Fui a pagar. Una cola como de seis personas me esperaba. Cinco cajas diminutas, atendían a los clientes. Cuando estaban libres, se encendía una luz. Era mi turno. Al encenderse la luz, una señora me gritó que pasara. Lo hacía agitando las manos. Yo la veía atónito. La invité a que pasara ella en mi lugar. La señora no contestó y se volvió a la fila un tanto preocupada. Esa fue mi primera experiencia en el super. La siguiente, fue gracias a una tarjeta de teléfono que compré para llamar a casa. Otra vez la cola y al llegar a la caja, un hombre salió a gritarme que pasara a la caja veinticinco.
Creo que gritar en la fila del super, es una especie de deporte en San José.
Es extraño. La gente en las calles se percibe tranquila. Pero tienen una manera un tanto tosca de decir las cosas. Hay muchas mujeres, jóvenes y guapas. Es cierto. Pero también es que no hay nada qué hacer allí. Dicen que hay mucha fiesta en San José, yo creo que es verdad. Es sólo que recorrí la mitad de la ciudad y no encontré más que pequeños bares semivacíos donde los cantineros a penas sabían decir los precios. Luego no te hablaban. San José me hacía sentir solo y perdido: la fiesta estaba en algún lado que se me escabulló por cinco noches consecutivas.
Para las siguientes salidas nocturnas se nos unió Ruth. Ella es canadiense y no habla ni una pizca de español. Serví de intérprete los últimos tres días. Fuimos a varios bares. Jugamos billar. La puse al tanto de cómo es Guatemala.
Hicimos otras cosas: el viernes, por ejemplo, fuimos a un concierto. Era en un parque, la Sabana.Tomamos un taxi desde el hotel. En San José todo está cerca. Dicen que hay tráfico pero llegas en quince minutos a cualquier sitio. Viajar te da perspectivas. Pensé en las interminables horas que permanezco en el auto un viernes por la tarde en Guatemala.
En la Sabana se llevaba a cabo un festival de arte. Mucha gente joven. Algunos fumando mariguana. Atravesamos las ventas y llegamos a una breve calzada. Una anciana me dijo por donde seguir. Fue de lo más amable. Quizá, la más. Caminamos hacia el sitio que ella señaló y encontramos un lago. Estaba oscuro y las luces del parque se reflejaban en el agua mansa. Caminamos por las orillas. También había un bosque. El escenario donde se daba el concierto estaba sobre el agua. Luis Eduardo Aute cantaba, gratis. Vaya.
La voz del viejo Aute inundaba el lago y el bosque y la noche con estrellas. Nos sentamos entre los árboles. Yo traducía la letra de la canción para Ruth, esa misma que dice: presiento que tras la noche, vendrá la noche más larga, quiero que no me abandones, amor mío al alba…. Ruth dijo que podía sentir la canción aún y cuando no supiera la letra. Le recordaba las canciones irlandesas. Su familia era de la isla.
Cuando terminó Aute nos fuimos a cenar. Tomamos otro taxi. Vi una hermosa iglesia gótica desde el taxi pero la cámara no funcionó con tan poca luz, así que perdí la foto. Nos bajamos en el parque central. Las luces de neón titilando, los vagos escarbando la basura, un mendigo recibiéndonos al bajar con la mano extendida y la mirada vidriosa. Es Latinoamérica. Hay que concentrarse para ver las otras cosas: los edificios, los pájaros, los pequeños sitios donde se abandona la tristeza. Esos, donde uno se sienta a soñar que las horas se mueren con café. Que las mujeres nos aman. Que los niños son felices al contarles cuentos. Esos, donde uno piensa que debería escribir, como si con ello uno pudiera querer y ser querido.
Pero sólo estaba abierto un restaurante, donde únicamente nos permitieron estar en la segunda planta. Allí bebimos una botella de vino sin corcho. Sudafricana.
Me gustaría conocer el África, para entender, por qué el hombre quiso moverse de los montes y poblar la tierra. Quizá encuentre ahí la misma respuesta que ahora: para sobrevivir. Es decir, poder soñar que en otro sitio uno puede ser distinto y tener una vida feliz.
Aunque en el fondo todos sepamos, hermanos míos, que la tristeza está en todas partes. Viene agregada a la conciencia de saber que en este mundo todo se acaba. Las personas, las cosas, los hijos, el amor.
Nos jodimos, que más da. Ahora sí, hagamos una fiesta.

18.3.10

San José, Costa Rica

Un curso me trajo a Costa Rica. Estoy encerrado en el hotel desde el domingo. Me voy el sábado. Lo que conozco de San José es un salón de convenciones, la habitación 1028, una ventana con árboles secos que se mecen con el viento plagado de humedad, y montañas llenas de vegetación. He salido todas las noches a caminar por las calles, vacías, tranquilas, sin tráfico y muy poco ruido. Los negocios del centro cierran temprano, el parque central está lleno de aves, pericas que cantan. Las calles están empedradas, faroles enredados con flores. Esquinas con pollo frito. Restaurantes chinos donde venden cerveza. Entré el domingo a uno. Me sirvieron la cerveza y un vaso lleno de hielo. Se supone que uno bebe cerveza con hielo. El restaurante chino también tenía una rockola, donde sonaba Gun's n Roses y Héroes del Silencio, mientras un mariachi tocaba en la mesa de al lado y un niño asiático se paseaba entre las mesas con su patín. La cerveza es buena. Las calles transitables. Caminas, eso me gusta, con la brisa pegándote de frente. Las prostitutas llenando los casinos. Los rótulos de neón intermitentes. Manadas de tristeza, olor a salitre, los días en retroceso. De San José he conocido hasta ahora, la calma de una ciudad en días que se me vienen en reversa. Se escucha a lo lejos el sonido de un saxofón iniciando un blues lento acompañado de un piano, con sabor a güisqui y tabaco, mientras lo único que tengo a la vista para acompañarlo, es la versión de San José, tras una ventana, interrumpida por los árboles que se mecen con la brisa y las montañas pobladas de nubes. No quiero regresar a Guatemala sino a la gente que amo. Son el único país que me habita.

8.3.10

Metallica, Guatemala. Crónica.

Viernes 5 de Marzo del 2010.
16.00
Debí salir del trabajo. La entrada al concierto me la entregaron por la mañana, en un accidentado desayuno. Junto a Lepe ordenamos sendos menús de huevos rancheros. Recibí una llamada de la oficina. Tuve que dejar enfriándose los huevos. Pésimo presagio.
16.30
Aún no podía escapar de la oficina. El concierto comenzaba a las seis de la tarde. La cosa pintaba mal. La contadora de la oficina debía pagarme casi cien dólares de viáticos. Así que no había otra que esperar. Eso: pensar en el dinero. Metallica. Dinero. Bah!
17:15
Salí de la oficina. En un acto descaradamente travesti, me cambié de ropa y dejé la corbata en el asiento trasero del auto y con ella mi imagen de fiscal. Me encontré con Luis y Gabriel. Tres taxis no pararon al vernos. Decente, es un término ambiguo. Finalmente un buen ciudadano se detuvo. Nos llevó al Estadio.
18.05
Entramos al Mateo Flores. Extinción, el grupo guatemalteco que abrió el concierto, tocaba. La gramilla todavía estaba a medio llenar. Esa era mi localidad, por la que pagué casi 100 dólares. Lo mismo que la Fiscalía me debía.
18.20
Dejé de ver el reloj. Es más, lo guardé en una bolsa del pantalón. Supuse que todavía tenía el suficiente entusiasmo para unirme al moshpit. Los teloneros terminaron, la luz se fue, entró Mastodon. De súbito, una náusea me sobrevino. Sin reloj a la vista, describiré los eventos en forma progresiva, sin referencia horaria.
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Mastodon realmente me preocupaba. No sabría decir si su presentación se trató de una misma canción que duró una hora o varias interpretaciones hiladas por el caos. Destacaré al tecladista que era el único que tocaba bien. Sin embargo no se oía. Así que supuse que tocaba bien. Parecía un organillero satanizado. Es más, a él le parecía que sus compañeros no tocaban a su altura así que tomó una guitarra y tocó la guitarra. Junto a un tipo que no sabría diferenciar entre elfo o mujer guapa.
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Los educados muchachos de la General saltaron las vallas que los dividían de gramilla. Es decir, de pagar 150 quetzales ($17.96) ahora recibían los privilegios de quienes pagamos 600 ($71.85). En cambio, quienes pagamos por gramilla, ahora recibíamos una bandada de Ewoks borrachos que alzaban sus manos en señal de victoria. Ni hablar de los que no pagaron nada y entraron a al fuerza. Aquí los demás regalos que recibí:
  1. Escupidas. Un tipo chiflaba detrás de mí y mientras lo hacía, una brisa me envolvía la espalda y el cuello.
  2. Una teta masculina fue restregada contra mi rostro. El tipo pasó borracho, empujando, sin camisa. Lo demás se explica sólo.
  3. Un borracho de dos metros, parado frente a mí, me ilustró del inicio de sus arcadas. Así durante media hora donde me debatía entre recibir sus trescientas libras o sus vómitos.
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Como preámbulo a Metallica, se mostró un vídeo con extractos de El Bueno, el Malo y el Feo, junto a la impecable musicalización de Morricone. Invocar a Clint Eastwood sólo puede darme gracia y gusto.
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Metallica inició a tocar. Las bocinas retumbaban y hacían temblar cada órgano suelto de mi cuerpo. Y entonces el sonido se cayó. El grupo siguió tocando y sólo se les veía moverse como marionetitas del diablo sin que se escuchara nada. Focmi.
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Tardaron quince minutos aproximadamente (recuerdo, no tenía reloj) cuando el sonido volvió. Sin embargo, que se haya asesinado el inicio de un concierto de Thrash Metal de esa manera, sólo podía ser comparado a una llamada de la abuela más aburrida durante el coito. Para contarnos que le han salido ronchas en las axilas.
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Transcurrió el concierto. Alguna que otra canción la salté. Luego, como la mayoría, veía inmóvil a los músicos. Hetfield hizo lo suyo, vaya, rescató el recital.
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Cuando sonaba One, el tipo que estaba a mi lado comenzó a chillar. No; no se trataba de lágrimas corriendo lento. Eran chillidos de cerdo sacrificado para los tamales. Gritaba: !Mátenme¡ Por favor, !Mátenme¡ ya me puedo morir tranquilo... voz desgarradora. Hubiese cumplido su deseo de no ser porque se prohibió el ingreso de armas al recinto.
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Finalizó el concierto. Las luces se encendieron. Las piernas las tenía entumecidas. Estaba ronco, como después de cualquier concierto de rock, pero esta vez no era por gritar. Era por el gas que la Policía esparció cuando los invasores hicieron de las suyas a la entrada del Estadio. Medité. De inmediato reconocí que el cansancio, la teta en mi cara y la escupida no habrían importado diez años atrás. Me reconocí viejo.
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Seguía sobrio. Eran las diez y media de la noche aproximadamente.
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Comí una hamburguesa en McDonalds.
Me dio sueño.
Pensé que con el dinero del concierto habría podido jugar dieciocho meses consecutivos en el bingo. O ir dos veces al bar. O regresar a la playa. En fin.
De ahora en adelante, si voy a un concierto de rock, lo veo sentado.
O bien, acepto mi vejez y sólo asistiré a conciertos de Mocedades en restaurantes de carne asada. Puyazo.
Bien asado.
Gracias.

4.3.10

Metallica, Guatemala

Mañana en el Estadio Mateo Flores, Metallica presentará su gira Death Magnetic. Si le contase eso a mi yo adolescente, seguro le daría una apoplejía. O quizá una parálisis, escoja usted cuál de las dos le parece más atinada. La explicación viene con lo siguiente: me educaron en un colegio de curas. De niño fui monaguillo. Es verdad. En la adolescencia, descubrí que los curas me resultaban antipáticos. Vamos, sé que lo he contado en el blog; pero conviene mencionar que uno de esos sacerdotes, todos los días hacía una homilía sobre por qué no masturbarnos. Es más, pasó a un compañero al altar, durante una misa para que diera su testimonio de cómo abstenerse a tocarse "la palomita" como él lo llamaba, con la "manita" durante casi un mes. Yo aplaudí. Todos me siguieron. Era absurdo.
De esos compañeros adolescentes ninguno tiene relación con mi vida actual. Varios murieron ya. Otros estuvieron presos o internados en centros de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos. Así que supongo que a mí me ha han resultado bien las cosas. De maravilla: me volví escritor y fiscal.
Pero antes de distribuir mi tiempo entre las letras y los presos, fui un asiduo asistente de los recitales de rock. Vaya, era tal mi afición que cuando todos se lanzaban contra los otros, yo también arremetía contra mis colegas como si fuésemos los mismísmos cabritos negros que Don Bosco, Padre y Maestro de la juventud, y guía espiritual del centro de detención juvenil donde me educaron, soñó junto a la Virgen María.
Dos situaciones extremas, son las que recuerdo de esos conciertos: la primera, un amigo tenía un piercing en la teta. Durante el moshing un tipo se le tiró encima y sin querer, de un manotazo, le arrancó el arete, partiéndole de inmediato en dos el pezón izquierdo. La cara de los enfermeros en la tienda de emergencias, jamás se me olvidará.
La segunda imagen que recuerdo de esos conciertos, está compuesta por un grupo de adolescentes lanzando al aire a uno de ellos. El asunto es que cuando cayese, todos deberían haberle recibido. Pero no. Cayó al suelo de culo y el impacto fue tan severo, que provocó un sonido seco. El tipo empezó a chillar y los demás nos quedamos viéndole con pena. Quizá el culo se le partió en dos como la teta de mi amigo. Uno de los adolescentes que lo había lanzado, se le acercó a patearlo. No que sos rockero, no que sos rockero, levantate! le gritaba.
El concierto seguía mientras.
Mañana, cuando esté viendo a Metallica en la gramilla del Mateo Flores, pensaré en eso. Y seguro estaré mirando entre la gente, si encuentro a alguno de mis compañeros de celda, en el Colegio Salesiano Don Bosco. No tengo muchas expectativas. La última vez que supe de ellos, les encontré gordos y calvos. Con varios hijos. Con mucha pena. Algunos eran sólo epitafios en tumbas que no visitaré más. Otros, claro, les perdí la pista luego del centro de rehabilitación. Quizá volvieron a las calles a mendigar.
Supongo que de esto va, lo de llevar una vida salvaje.
La mía, en cambio, me ha llevado a lugares en los que de adolescente jamás me imaginé estar. Algunos terriblemente dolorosos. He conocido el horror. Niños contándome de cómo les violaron durante tres años. Las emergencias pediátricas de los hospitales más pobres del mundo.
Pero también he conocido la belleza.
Y seguro saldré del concierto, intacto ante los golpes de la nostalgia, porque si de algo carecí en mi adolescencia fue de la capacidad de imaginarme feliz. Sin embargo, ahora lo soy. Y mucho.
A pesar de eso, no he dejado de sentirme ni un minuto salvaje.
Eso es lo genial.