26.9.09

Allanamiento

Recosté la cabeza contra el asiento, mientras el auto iba en movimiento. Acelerábamos. Las llantas chillaban al doblar todas las esquinas. Eran las cuatro de la mañana. Era mi segundo cigarro. Cada vez que daba la bocanada, sentía el olor de mi mujer mezclándose con el del tabaco impregnado entre mis dedos.

Ella estaría durmiendo. Mi suerte era otra: Yo madrugué para ir al trabajo.

Adelante iban el piloto y Walter, el dueño del caso por el que íbamos a allanar. Se pasó todo el día anterior diciéndome: Julio, el lugar está a la orilla de un barranco, es un nido de ratas, nos van a matar. Yo lo escuché quejarse sin dejar de revolver el café dentro de mi taza.

A mi lado iba sentada Roxana, haciendo preguntas sin detenerse ni un maldito segundo. Walter y Roxana eran nuevos. Yo había cumplido siete años de tirar puertas. De pellizcar mi muerte por las madrugadas.

Todos estaban excitados. Aquello les parecía el suceso más intenso de su vida. Sentí pena por ellos y mucha por mí. Podría drogarme antes de cada diligencia y nadie lo notaría. Así sería otro estúpido más en este carro.

Llegamos al sitio y de las patrullas bajaron rápido los policías, enormes, armados con todo, luciendo sus recién estrenados rifles de asalto y sus chalecos anti balas.

Walter no se bajó. Temblaba en el auto. Roxana preguntaba si tenía que bajar.

Los mandé a la mierda, me colmaron la paciencia.

Algún día le pediré perdón a mi hijo por no querer morir como un cobarde.

Ordené a dos policías subirse al techo de la pequeña casa de una planta. Les pedí que apuntaran a todo lo que se moviera.

Entonces toqué la puerta y nadie contestó.

Tomé la tabla donde se hacen las actas y con ella nuevamente golpeé el metal de la puerta.

Segundos después, un tipo se asomó por la ventana. Me preguntó qué queríamos. Es un allanamiento le expliqué y le rogué que nos abriera.

Me dijo que no.

No estoy preguntándote hijo de puta si me querés abrir o no, te estoy diciendo que si no me abrís, voy a tirar la puerta y te voy a encontrar adentro pedazo de mierda, le recité con mi maldita voz grave de madrugada.

Se fue corriendo.

El policía que estaba junto a mí, que era el jefe de esos perros, le dio un manotazo al portón de doble hoja. Tenía un brazo enorme el hijueputa. La puerta cedió y el policía volteó hacia mí incrédulo y sonriente.

Entramos. El tipo que se negó a abrirnos estaba agazapado en un largo pasillo, escondiéndose en la oscuridad.

Uno de mis hombres lo registró mientras lo engrilletaban poniéndolo sobre sus rodillas.

Todo estaba oscuro y dentro, parecía un laberinto. Los policías encendieron sus linternas mientras apuntaban con sus rifles y sus preciosas miras láser.

Al llegar al final del pasillo, nuestras linternas alumbraron lo que parecía un bulto al lado de un tonel. Un policía se acercó y mientras lo hacía, de entre las cosas saltó un tipo delgado, rapado, armado.

Nos apuntó con su pistola. La luz de la madrugada brillaba sobre el cañón. Se acercó a nosotros y nos dijo que nos íbamos morir.

De inmediato un punto rojo se encendió sobre la frente de aquél hijueputa, preciso entre sus dos ojos.

Luego brillaron otros tres. Los perros de la terraza apuntaban sus armas contra el idiota.

Estás rodeado animal. Bajá la pistola, no seas estúpido. Le advertí, caritativo como siempre.

Comé mierda, contestó, sin percatarse que tras de él, uno de mis hombres le apuntaba con un rifle.

Lo supo cuando el frío del cañón le rozó la cabeza. Entonces bajó el arma y volteó a ver.

Quizá todavía alcanzó a echar un vistazo a la simple belleza de la ovalada suela de la bota del policía que lo pateó en la espalda.

Quizá no.

El imbécil cayó de bruces contra el suelo, perdiendo el conocimiento y también un diente. Me asaltaron unas repentinas ganas de patearlo. Pero no lo hice. Esa mañana, para su fortuna, llevaba suelas de cuero y si lo tocaba, las heridas se hubiesen notado en la audiencia.

Lo engrilletaron inconsciente. Registramos toda la casa. No había nada más a excepción de dos mujeres, una de las cuales, salió a recibirnos con una blusa transparente que dejaba ver sus tetas.

Los muchachos se pusieron inquietos. Era hora de irnos.

Walter se había cagado en los pantalones y hacia el acta de la diligencia. Roxana tenía una cara de pena; ya no preguntaba.

Subimos a los dos tipos a la parte trasera de la patrulla y mientras lo hacíamos, un vecino se me acercó a decirme que estaban agradecidos por llevarnos la basura.

Yo no contesté.

Pensé que era hora de tomar el desayuno. Eran las ocho treinta.

Entonces también pensé que mi mujer a esta hora, ya estaría engañándome con su amante. Tenía cuatro meses de hacerlo.

Encendí otro cigarro. El auto prendió la marcha.

Debí drogarme en ese momento. Antes de la audiencia de esos dos hijos de puta. Nadie lo notaría.

Nadie me pondría atención.

El tipo que me apuntó con el arma sangraba sin decir palabra, mirando, con tristeza, cómo su casa, se iba quedando atrás sin remedio hasta perderse de vista en la patrulla.

Había tanto alboroto ese día.

Todos parecían emocionados.

Era mi séptimo año como servidor público. Había demasiado polvo sobre mi entusiasmo archivado.

18 comentarios:

Abril dijo...

Cuando entro a tu espacio normalmente quedo impresionada por la forma tan penetrante de captar la atencion del lector.

Sea cual sea el tema, aunque no te comente, te aplaudo.


Abrazos miles.


Abril

Nancy dijo...

Queridísimo Prado, como dic Abril, podés escribir de lo que sea, creo que nadie puede dejar de leerte hasta llegar al punto final. Yo vuelvo a hacerlo dos y tres días después... y siempre regreso.
Este de hoy es increíble, siempre haciendo lucir la realidad como toda una ficción... o haciendo parecer las ficciones más reales que la realidad. Tan distinto a todo lo demás y siempre con tu sello inconfundible.

Iris dijo...

Impactante. Desolador.

güichita dijo...

Hoy estuvo genial!

Un fuerte abrazo

Vania Vargas dijo...

Cabal! velocidad y fuerza: dos elementos que hacen un gran relato. Mis respetos.

Maru Luarca dijo...

Enganchada de principio a fin. La vida de servidor público, tan patética como imagino. Gran relato. Como todos los tuyos.

Estrada dijo...

Felicítole prado, una descripción literario de su buen quehacer. Zalemas

mariomarch dijo...

la verdad queda la impresion que entre un allanamiento legal y una irrupción delincuencial... la diferencia es solo un papel...

el ritmo del texto, es lo mejor.

saludos

David Samayoa dijo...

Hey!!! al tipo de Bad Boys!!! jajaja... dele hermano, saque sus historias...

Issa dijo...

wow fuerte pero excelente narrativa como siempre encuentro en tus post :)

el Kontra dijo...

Excelente Prado, como dice Nancy, cualquiera lo puede ver como el guión de una serie de suspenso pero para los que vivimos en Guatebalas sabemos como la realidad supera la ficción.

Saludos broder!!!

Eme dijo...

Quisiera tal vez entonces ver que tan grave es esa voz de madrugada*

Tal vez fumemos uno o dos cigarrillos*

Un besodulce para ti, Prado.

Prado dijo...

Gracias a todos, los quiero.

El tiempo se me hace tan breve estos días sin embargo sepan que los leo.

Vania: besos.

Antón Abad dijo...

Acabo de darme una magnífica panzada con sus relatos amigo Julio; ¡no sabe lo que disfruto con su prosa descarnada y sorprendente!
Debo agradecerle por este rato estupendo que he pasado, disfrutando de su azoramiento y buen hacer literario; un auténtico lujo que me doy gratis, gracias a su generosidad y al absurdo que vivimos, en que sólo los más torpes cobran por aparecer en los medios. Un placer como siempre visitarle.

Guillermo dijo...

Buenos cuentos.
Saludos.

PROSÓDICA dijo...

Wow Aviador, me sentí como en medio de Rambo I jajaja. Emocionante!!. Yo que usted los hubiera bajado del carro a la fuerza, pa´ que supieran si realmente estaban hechos para el chance o no.

Los cigarros de madrugada son a la nostalgia, como el café al cansancio... lo entiendo.

Buen trip!!!

pancholon dijo...

Un articulo que impacta, emocionante a la vez, La vida consiste en historias reales pero muchas veces contadas de manera diferente. es primera vez que te visito felicidades.

José Joaquín dijo...

Muy bueno este vos Prado.