1.9.09

Izabal, viaje salvaje

Salí del trabajo temprano. Acababa de llegar a casa. Busqué en el refrigerador la última cerveza del paquete y no la encontré. Me la había tomado esa mañana antes de salir. Alcancé la botella de Jack. Me serví lo suficiente en el único vaso limpio y prendí el televisor. Me acosté en el sofá y comencé a cambiar de canales frenéticamente.
A lo lejos, escuché cómo el teléfono comenzó a sonar. Odio el teléfono. Sólo le contesto a tres o cuatro personas. Odio las conversaciones innecesarias. La gente habla y habla, cuando quieren pedirte que hagas algo.
Preguntan cosas que no les interesan: ¿sigues escribiendo? ¿publicas todavía en el blog? ¿cómo te sientes? Para llegar a lo esencial: ¿podrías prestarme dinero? ¿podrías reparar mi televisor? ¿podrías curar mi angustia? ¿podríamos tener hijos?
Verifiqué quien llamaba. Era de la oficina. Contesto.
—¿Julio?
—Respiro profundo, este tipo ¿a quién cree que llama? Hablo: Si ¿jefe?
—Mañana hay que dar un curso en Izabal, así que como no hay nadie disponible va a ir usted. Tiene que estar en la estación de buses a las siete de la noche, le van a pagar el transporte y el hotel.
—Pero Izabal está a cinco horas, ¿no puedo ir en un automóvil de la oficina? Y son casi las cinco y media, tengo a penas una hora y algo para llegar. ¿No puede ir otra persona? Yo he ido a dar los últimos cursos y verá que eso me distrae de mi trabajo. No puedo investigar de manera adecuada con estos inconvenientes.
—No. A las siete, en la estación. Llegan por usted.
—Bien iré. Gracias, feliz noche.
Me despedí del güisqui. Alisté mi maleta. Esperé a que me llevaran. Llegué justo al bus. Salimos rumbo a Puerto Barrios, un pueblo a cinco horas de la ciudad. Llegaría a la una de la mañana. Sin saber quién me recibiría. Sin hotel. Sin nada más que unas trapos mal empacados y una cámara con la que pretendía fotografíar los viajes de la desgracia.
Cuando tienes un empleo, un verdadero empleo, con un jefe que te esclaviza, vas a crecer. Tendrás lecciones de humildad constantes. Sabrás que tu tiempo no es en realidad propio, sino de quien te paga. No hay horas libres, muchacho, sino momentos de distracción de tu patrono.
Intenté dormir en el bus. Había un tráfico agotador. Era jueves, habían matado a tres tipos en el camino. Así que íbamos lento.
Pude ver las decenas de iglesias apostadas a la orilla del camino. La mayoría pobres. Simples salones con sillas oxidadas y arreglos florales marchitos. Gente desesperada, alzando las manos en señal de clamor.
Nada se reparte en esas iglesias además de la pobreza, de la desesperanza. Se abrazan. Desde la comodidad del autobús percibo su fe difuminarse con la luz blanca y el ruido de las panderetas. Alcanzo a pellizcar el último aullido de sus gritos de súplica. El vidrio nos separa. Un autobús en movimiento.
Nadie compartió conmigo el asiento. Saqué de la maleta el reproductor de música y me coloqué los auriculares. Una pareja con dos hijos pequeños ocupaban la fila de al lado. La mujer lleva puesta una mínima falda y sandalias. El tipo se escapaba por la ventana mientras abraza a un niño de unos dos años. Su mujer calma a una criatura de meses. Lloraba a gritos.
Pensé que iba a ser un viaje largo.
Subí el volumen de la música.
Thom Yorke me dice que compre un ticket de tren y me largue, porque acá todo está hundido en la mierda.
Cuando llegamos a los bordes de este monstruo, a la orilla de este abismo llamado Guatemala, el conductor le subió al aire acondicionado. Las luces cada vez están más dispersas. Los niños ya se habían dormido cuando en el camino apareció un intenso aguacero.
Por la ventana pude ver como la línea de la carretera nos acompañaba irregularmente gracias a los trozos mal pintados. Los pueblos estaban más cercanos de lo que imaginaba, no pasaba mucho tiempo sin ver una luz tenue.
La lluvia se convirtió en llovizna y yo pensaba en la calidez de las manos de la mujer que amo. Cuando te alejas de casa, es cuando te das cuenta de lo que has dejado. Yo abandoné contra mi voluntad una noche de güisqui y televisión, que terminaría en algo concreto: iba a escribir algo más sobre ella. La llamaría para oírla decir mi nombre.
Mi nombre fabricado con su aire, que corrió dentro de su pecho, donde late un corazón inmenso en el que me siento cobijado. Mi casa es un músculo que late. Mandé a amoblarme el corazón para que ella viva cómodamente el tiempo que quiera. Ya tengo los gatos.
Paró de llover. Encendieron los televisores en el bus. Nadie veía la película, casi todos dormían. Yo continuaba mirando por la ventana. Adoro la noche en la carretera. Uno no sabe lo que le espera después de cada curva; no puedes ver por el retrovisor lo que has dejado. Existes en un lugar, que no es otra cosa sino movimiento.
Marqué un número de teléfono.
Escuché su voz pronunciar mi nombre.
¿Puede una caricia codificarse, mutada en ondas que viajan por antenas hasta llegar a otro aparato receptor que transmita setenta megavatios de cariño?
Terminé mi llamada. Intenté dormir, pero no pude. Pensaba hacer una historia por cada uno de los pasajeros del bus; pero me dio pereza y simplemente me dediqué a mirar cómo la luna se escondía intermitentemente tras las montañas.
Llegamos a Puerto Barrios. Me bajé en la estación y una mujer me llevó a un hotel. Entré a la habitación y encendí el televisor.
Se había muerto Ted Kennedy.
Yo escribía mis notas para el curso.
Era la una de la mañana.
Estaba tan lejos de la ciudad, tan cerca del mar. Pero las olas no se oían; sino la voz de la presentadora contando que Ted Kennedy se murió. En Guatemala murieron veinte que no debían morir. Acá no oigo eso, sólo las teclas de la computadora.
Al día siguiente hizo calor. Sudaba mientras impartía el curso. Tomé el desayuno en el hotel y fue lo único que comí, antes de volver al bus, que me traería de regreso.
No pude ver el mar. Ni siquiera me hizo falta. Nadie pago el hotel, yo subvencioné mi viaje.
Mi tiempo y mi dinero le pertenecen a mi patrón. Pero no mis sueños.
Sólo quería estar en un sitio: reflejado en los ojos de la mujer que amo. Y fue a ese lugar donde volví. Con el olor de la caña incendiándose, con el salitre impregnado en mis manos: El aliento de un mar que no vi.

11 comentarios:

MARIOMARCH dijo...

te hubieras llevado a Jack. El amigo Daniels, es sin duda y esas circunstancias el mejor amigo.

Igual el relato te quedo brillante, como es usual por aquí...

sarah dijo...

hijo, siempre tan desgarrado en tus escritos que parece que bailas un precioso tango con las letras...pero te falta el sabor irónico de aquel Horacio de marras...ya se le echa de menos.
un saludito.

Goathemala dijo...

Muy bien narrado, desde lo más hondo. No hay más patria que la personas amadas, el trabajo es una semiesclavitud pagada en estas fechas. Conozco esa ruta, asistí en ella a la conversación más machista que escuché en mi vida. Pasé calor, no funcionaba el aire del bus. Me gustó la lluvia.

Un abrazo.

Issa dijo...

Excelente narración... triste historia... buen post!

Vania Vargas dijo...

El viaje: esa inmobilidad aparente, ese bombardeo de imágenes (bellas, por cierto). Sensación transmitida.

Blanca Estela Rojas dijo...

Amigo estimado
Esa descripción que haces de tu Guatemala me es tan familiar, no tienes idea cómo me ha servido recurrir a esa imagen de puente de caña quemándose ( es decir de la situación Tropical inflada esa)que por cierto me ha hecho, nos ha hecho a mi y a otros escritores recurrir al Mapa, las provincias, los alimentos típicos, un sinfin de detallitos para la colección de cuentos.
Ah y también se me infla el corazón con esa forma que tienes de amar a esa mujer que por cierto debe ser justo la que te esperaba, sin saberlo ni tu ni ella estaban cerca, había que cruzar un puente nada más. A mi también me salva el amor...
Un grandísimo abrazo para tres!

Miss Trudy dijo...

Tenes la habilidad de escribir como si estuvieras tallando surcos en piedra.

Esa historia le habla a todos los que hemos recorrido ese camino en alguno y otro lugar.

Prado dijo...

Jack. Es cierto Mario, no se me ocurrió. Gracias por los halagos, he leído tus textos, aunque ahora no se permitan comentarios. Saludos.


Sarah, Madre? bailar un tango es bailar. Claro. Horacio ya vendrá, con las fiestas independentistas. ES patriota. Saludos.

Goathemala: Muchas Gracias. Cuándo estuviste acá? Izabal es un lugar genial, cuando vas de turista. Lo de la conversación más machista me interesa, yo di una plática de género allá. Saludos y un abrazo por supuesto.

Gracias Issa. Triste hubiera sido no regresar. Eso sí. Un abrazo.

El texto cumplió su misión entonces, Vania. Besos.

Blanca, amiga mía, querida. Gracias por los abrazos y recordar los puentes tropicalizados palmerísticos. Los puentes también te recuerdan con cariño. Que estés bien, un abrazo.

Gracias Miss Trudy. De veras.


Un fuerte abrazo para ustedes.
Fortíssimo.
Permiso.

David Samayoa dijo...

Damn... y yo me quejo de mi trabajo... bueno, a pedir facturas con nit del jefe mano y a sacarle las fichas!!!

Yo no soy muy viajero, no me gusta la incomodidad de estar cerca de algo que no es confiable, por eso me llevo un pedacito de casa, mi almohada...

Iris dijo...

Es cierto que te quedó agridulce el relato, a mi me viene las imágenes que narras y me dan ganas de coger una cámara y rodarlo, pero creo que es por la lluvia de noche, que tiene algo especial y no deja dormir.
besos

paola guillen dijo...

Como siempre estupendo relato. Creo que tambien en estos días influye un poco el clima en nuestros estados de animo.

saludos,