1.11.09

En algún momento ninguno supo herir

Las tardes hace veinticuatro años eran mirar hacia en el cielo el ocaso del azul y la eclosión del rojo, naranja y amarillo intenso, como la primera premonición nocturna.
Eran convencer a mis amigos que las nubes eran estáticas y que la tierra era la que se movía rotando como una pelota en mis dedos.
Eran hallar el orden dentro de un patio repleto de niños jugando.
Esconderme en los árboles, volar una cometa, inventar que era un aventurero perdido en mi jardín.
Las noches, eran resguardarme bajo las sábanas con un beso de mi madre o de mi abuela.
Una cena caliente servida con tanto amor como era posible.
Cielos poblados de estrellas, con una ciudad a oscuras, en silencio.
Sólo el viento quedaba en las madrugadas
Los días hace veinticuatro años, eran la incapacidad de imaginar que hay gente que gasta su tiempo en hacer daño.

5 comentarios:

Fabrizio Rivera dijo...

Que forma de describir la inocencia. (que se fue sin despedirse igual que dios)

Un saludo.

Nancy dijo...

Qué hermoso, Prado.
Tu blog es un hermoso prado de literatura. jajajaja. No me salen las metáforas, lo mío no es eso. Pero es que después de leerte como que salgo de aquí flotando o volando sobre la alfombra mágica de tus palabras.
apapachos

David Lepe dijo...

Me gustó. Es cierto, hace 24 años el mundo y nuestras mentes eran un poco distintos a ahora.

Vania Vargas dijo...

Todo pasa. Incluso la gente que hace daño. Luego, la belleza, el juego, la inocencia y el amor vuelven a aparecer. Besos

Prado dijo...

La inocencia es lo que hay que recuperar, dios vendrá después Fabrizio.

Gracias hasta donde el vuelo de la alfombra te lleve, Nancy.

Éramos unos niños, David. Ahora somos adolescentes.

Usted lo sabe bien, Vania. Apareció. Besos.